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La guerra en Europa: de las armas al comercio internacional

Los que desean un liderazgo mundial disputado o “compartido” apuestan a un debilitamiento de la influencia económica y la hegemonía militar de Washington

Banderas de la Unión Europea en Bruselas.
Banderas de la Unión Europea en Bruselas. Getty Images
Héctor Rubini 18 abril de 2022

La invasión rusa a Ucrania sigue lejos de lograr sus objetivos. No tiene total control del Donbass, no ha “desmilitarizado” Ucrania ni concretado la ficticia “desnazificación” sólo presente en la mente de los funcionarios de Moscú. 

Kiev no cayó, el gobierno de Volodomir Zelenski tampoco, y la evidencia muestra más bajas militares rusas que ucranianas. Ya no puede ufanarse de contar con uno de los mejores del mundo. Ahora apuesta o bien a un corte final con un ataque sorpresa con armas atómicas o químicas de amplio alcance, o profundizar la estrategia iniciada con la invasión terrestre: destrucción de poblaciones e infraestructura con cohetería indiscriminada, y terrorismo total con torturas y matanza de civiles inocentes. 

Pero esto no tiene éxito asegurado. Puede implicar un conflicto de larga duración, y con potencial participación de otros países que podría llevar el campo de batalla hacia el interior de Rusia también. Y no es claro que en ese caso, Vladimir Putin pudiera evitar un final como el de Alemania en 1945.

Pero Occidente tampoco la tiene fácil. Disponer la exclusión de Rusia de SWIFT e iniciar el aislamiento comercial y financiero de Rusia. Pero Rusia no se ha quedado sin amigos. La votación en contra de sanciones a este país, y la continuidad de acuerdos preferenciales de comercio y de provisión de armas a Rusia ha dejado más que en evidencia a los amigos firmes del Gobierno ruso: Bielorrusia, China, Kazajstán, Armenia, India, Pakistán, Siria, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, Serbia, Eritrea y Nicaragua. 

Otros han optado por cierta neutralidad, no adhiriendo a los boicots a Rusia, han mostrado la debilidad de la influencia de Estados Unidos en diversas regiones del mundo. 

  • Turquía mantiene un equilibrismo frágil: no adhirió a las sanciones a Rusia, pero tiene sus cielos abiertos para la OTAN, ha vendido drones a Ucrania y ha cerrado los estrechos de Bósforo y Dardanelos al paso a barcos de guerra rusos. 
  • Israel tampoco adhirió a las sanciones a Moscú, desconfiando del Gobierno de EE.UU. aparentemente dispuesto a cerrar un nuevo acuerdo nuclear multipartito con Irán. Días atrás el secretario de Estado de EE.UU., Anthony Blinken, dijo que lo que se está negociando es el “mejor” para evitar que Irán tenga armas nucleares pero, para el Gobierno de Israel, ese borrador es un acuerdo “aún más peligroso de 2015”. El Gobierno israelí necesita que Rusia no adhiera al mismo y que mantenga el compromiso de seguir atacando en Siria objetivos iraníes. 

Entre “amigos”, gobiernos que juegan a varias puntas (fruto en gran medida de la cada vez más errática política exterior de Washington en las últimas dos décadas), y neutrales, es claro que varios gobiernos están ayudando a Rusia superar el impacto de las sanciones aplicadas por los países de la OTAN. 

  • China, por caso, incrementó en más de 26% su comercio bilateral con Rusia desde la invasión inicial del pasado 24 de febrero. 
  • Pakistán cerró un acuerdo de comercio preferencial con Rusia a principios de marzo. 
  • Armenia realizó los últimos pagos de importaciones de gas ruso con rublos. 
  • India continúa con las etapas de instalación del sistema de misiles antiaéreo ruso S-400 (de hasta 400 km. de alcance). Según la agencia Bloomberg ya está negociando con Rusia un acuerdo para aumentar sus exportaciones Rusia y realizar pagos bilaterales en monedas nacionales (rublos y rupias). 
  • El Gobierno de Sudáfrica mantiene su “neutralidad” en el conflicto sin condenar a Rusia en la ONU, aparentemente a la espera de inversiones rusas en su país para una planta gasífera, una mina de manganeso en el desierto de Kalahari, y una planta siderúrgica. 

La OTAN, además de las conocidas sanciones, está participando activamente en el conflicto. La resistencia ucraniana cuenta con una asistencia cada vez más visible de voluntarios, instructores, armas y asistencia médica de EE.UU., Reino Unido, Canadá, Australia, Polonia, Estonia, Lituania, Letonia, República Checa, Eslovaquia, Luxemburgo, Francia, Alemania, Nueva Zelanda y Corea del Sur a quien Ucrania en los últimos días le está pidiendo envío de armas.

Los que desean un liderazgo mundial disputado o “compartido” entre EE.UU., Rusia y China, y quizás algún participante más, apuestan a un debilitamiento definitivo de la influencia económica y la hegemonía militar de Washington. 

Algunos entienden que cualquiera sea el resultado del conflicto, se consolidará el bloque BRICS, otros la emergencia de un polo o “eje” Rusia-China frente a EE.UU.-Europa-Asia Pacífico (sin China), y algunos también imaginan un mundo más multipolar con EE.UU.-Reino Unido-Asia Pacífico por un lado, Rusia-China por otro, India como gran emergente para los próximos 10-15 años, y Africa, América Latina y el resto de Asia oscilando entre esos polos. 

No son pocos los observadores bastante menos optimistas. Perciben que esos escenarios dan por descontada una victoria breve de Rusia, con bajo impacto económico de las sanciones en curso en Rusia, y de las represalias de Rusia sobre Europa. No es claro que Rusia no intente extender el conflicto a otros países más débiles como Georgia o Moldavia si logra no sólo ocupar totalmente el Donbass y quitarle a Ucrania la salida al mar de Azov y al mar Negro. 

Moldavia puede ser el próximo objetivo de Moscú. También Georgia, y las amenazas a Suecia y Finlandia y a las tres repúblicas bálticas indican que Moscú no pueden tomarse a la ligera. 

Lo mismo para en otras regiones del mundo como se percibe con el Grupo Wagner en varios países de Africa. Pero eso también depende de contar con financiamiento permanente y seguro que podría debilitarse seriamente en los próximos meses. ¿Aprovechará China para invadir Taiwán, o Corea del Norte para atacar a Corea del Sur o Japón, o algún objetivo estadounidense? 

En cualquier escenario, ¿volvería o no EE.UU. a la política comercial agresiva durante la presidencia de Donald Trump? El Gobierno de EE.UU. está bastante disconforme con el gobierno chino por no haber cumplido con sus compromisos de aumentar sus importaciones de EE.UU. por U$S 200.000 millones, según la primera fase prevista del acuerdo comercial que los gobiernos de ambos países firmaron en 2020. 

Es previsible, hasta ahora, que el statu quo de este conflicto sostiene una costosa espiral inflacionaria y recesiva sobre la economía mundial, a lo que se suma el retorno de las restricciones al comercio en Shanghai y que ya están afectando al comercio mundial. Lo que no resulta claro es el impacto económico final sobre Rusia y sus reacciones en caso de un conflicto prolongado. 

Según el Banco Mundial, la economía de Ucrania registraría de mínima una destrucción de su PBI de al menos 45%. Si pierde la salida al mar y con varios meses de guerra, la suba de precios de commodities seguirá su curso al menos hasta el año próximo, lo que impactará negativamente en el comercio, la inflación y el crecimiento económico en el resto del mundo. 

Lo que no es claro es si habrá o no un recrudecimiento de medidas proteccionistas, represalias y contrarrepresalias que fuercen, de facto, a “hibernar” a la OMC, hasta para las investigaciones antidumping. En ese caso, el “vale todo” podría emerger en otras regiones. Con o sin recrudecimiento del COVID en China y otros países, las interrupciones al comercio y al transporte profundizarían una dinámica de mayor inestabilidad económica y conflictividad política de decenas de países, y no sólo en Africa y América Latina.

Lamentablemente, las perspectivas son bastante complicadas, sobre todo para países que no tienen asegurado un flujo de divisas vía comercio e inversiones de riesgo. Y los que enfrentan este escenario en condiciones de mayor fragilidad son los más endeudados, los que más espantan inversores y los que padecen las mayores tasas de inflación. Entre ellos, el nuestro.

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