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5 series y películas para ver este fin de semana en Netflix, Max, Prime Video y YouTube

Una selección con las series y películas recomendadas para este fin de semana.

Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana.
Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana. El Economista
Oscar Mainieri 06 junio de 2024

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Max, Prime Video y YouTube.

1. Película para ver en Netflix: El vendedor de ilusiones: el caso Generación Zoe

Este documental de Matías Gueilburt narra el ascenso y caída de la plataforma financiera más bizarra de Latinoamérica, Generación Zoe, a la vez que se ocupa de la biografía de su creador, el inefable Leonardo Cositorto, actualmente detenido en Córdoba por haber estafado a miles de familias con un esquema piramidal. 

El guion de Nicolas Gueilburt se basa en una profunda investigación que acumula testimonios de los líderes de Generación Zoe, empleados de la empresa, periodistas y damnificados.

Leonardo Cositorto, el líder de Generación Zoe, comenzó su carrera vendiendo libros puerta a puerta, daba charlas motivacionales y terminó como "Master Coach profesional internacional", un título con el que se auto coronó. Creó Generación Zoe en el año 2017, llegando con sus actividades a abarcar 17 países. 

La empresa, dueña de 65 oficinas y más de 80000 abonados, llegó a tener su propia criptomoneda, un equipo de fútbol, hamburgueserías, inversiones en bienes raíces y minas de oro, y hasta una iglesia. 

El director hace muy bien en poner a varias de las víctimas de la estafa, mayormente cordobeses de Villa María, a contar sus experiencias en el contexto de un parque de diversiones, con Cositorto como su mayor maestro de ceremonias y creador de ilusiones.

Con un montaje hábil, abundante material de archivo, vemos cómo el timo comienza a destaparse a través de unos hilos de Twitter que llaman la atención de un periodista de la localidad. 

La profusa información siempre es suministrada de manera clara, y los testimonios de Cositorto llegan hasta 2024, ya que es entrevistado en la misma cárcel en donde cumple condena, prometiendo a sus acreedores que apenas recupere la libertad se pondrá al día con ellos.

¡Oh pagador de promesas! 

Muy recomendado. 

2. Serie para ver en Max: Hacks

Con antecedentes señeros como Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1982) o Con un fracaso millonarios (Mel Brooks, 1967), hay pocas cosas que los estadounidenses hagan mejor que el referir historias sobre el mundo del espectáculo. Un logro más cercano es La maravillosa señora Maisel, que deslumbró durante 5 temporadas.

El producto que hoy día ostenta el cetro es Hacks, en donde Deborah Vance (Jean Smart), una humorista de 70 años, con 5 décadas en el paño, ha experimentado un renacimiento de su carrera, en parte gracias a la alianza con la guionista Ava (Hannah Einbinder), una muchacha de 30 que la pone al tanto sobre aquellas cuestiones que no es políticamente correcto tratar, y con las que la dama se hacía un festín en el pasado y a las que le cuesta renunciar.

En esta tercera temporada (9 episodios de 30 minutos), Deborah persigue el papel estelar en el Late Show, tras hacer una suplencia de su conductor, que se está por retirar. De quedarse con el show, la humorista sería la primera mujer en lograrlo y podría remontar humillaciones sufridas en el pasado.

Es así como la dama y todo su entorno se abocan a la conquista del puesto, sin ahorrarse situaciones embarazosas como seducir ejecutivos en competencias de golf, someterse al escrutinio de los universitarios de Berkeley que estarían dispuestos a cancelarla por el contenido de sus chistes, atravesar extenuantes pruebas médicas para chequear que no esté pronta a abandonar este mundo en el corto plazo, etc. Pero para rematar el hecho, debe volver a contratar a Ava, a quien había despedido la temporada anterior. 

La relación entre las dos mujeres es el motor que impulsa la serie y, entre encuentros y desencuentros, explosiones narcisistas y bajones en la autoestima, la gran historia de amor que protagonizan -un poco jefa y empleada, un poco madre e hija, un poco ama y esclava- tocará situaciones que tienen que ver con el envejecimiento, la competencia en un mundo dominado por hombres y la autenticidad en los vínculos afectivos.

Si bien todo el elenco es de primera categoría, Smart (una eterna actriz secundaria) logra el mayor éxito de su larga trayectoria como Deborah, habiéndose ganado todos los premios del medio televisivo. Dueña de una belleza mayestática y una gran habilidad para disparar frases mortíferas con la sincronía del aleteo de un colibrí, el suyo es un gran personaje que combina el sarcasmo y la acidez con momentos de tierna vulnerabilidad. A su lado, Hannah Einbinder resplandece y sigue sus pasos como buena pupila. El final de esta temporada -muy comentado en los Estados Unidos- mostrará que es una excelente alumna.

Con participaciones especiales de actrices consagradas como Susan Hunt (Mejor, imposible), Christina Hendricks (Mad Men) y J. Smith-Cameron (Succession), vistas impresionantes de una Las Vegas nocturna y un gran diseño de producción, Hacks es imperdible.

3. Miniserie para ver en Netflix: Eric

Una gran estrella encabezando un proyecto no asegura que esté bien logrado. Este año vimos a Kate Winslet en El legado, una farsa que no hacía reír, dirigida por el veterano Stephen Frears (Ropa limpia, negocios sucios, Ambiciones prohibidas, Las relaciones peligrosas), con un gran nivel de producción, pero con guiones desvaídos que no lograban más que producir bostezos. 

Eric tiene a Benedict Cumberbatch en su centro y un gran elenco a su alrededor, pero distorsiones en el tono provenientes de los guiones de Abi Morgan y de la dirección de Lucy Forbes hacen que, de a ratos, veamos Río místico y, de a ratos, una de Disney (el clímax que se da en el último de los 6 episodios roza lo ridículo). 

Vincent (Cumberbatch) es un consagrado creador de muñecos del tipo de los Muppets, pero debido a traumas infantiles y un gran apego al vodka no puede dejar de maltratar a sus compañeros de trabajo, ni a su esposa (Gaby Hoffmann), ni a su hijo (Ivan Moris Howe).

Una mañana el niño desaparece camino a la escuela, precipitando una crisis profesional y matrimonial en el padre de familia. Por suerte, está el detective Ledroit (McKinley Belcher III) llevando el caso y nos aleja de los tediosos y reiterativos trances del protagonista que, además, se disocia en un muñeco de casi dos metros de altura que lo sigue a todas partes criticándolo y humillándolo. No está de más decir que Belcher III se roba el show en cada una de sus intervenciones.

Ambientada en los años 80, con una fotografía más apropiada para Los goonies o Poltergeist que para un drama con toques surrealistas, la trama va desplegando casos de corrupción a todos los niveles... Mientras tanto, seguimos viendo a Vincent revolcándose en las cloacas.

Cumberbatch, como productor ejecutivo, se buscó un papel en donde exhibir toda su bolsa de artilugios, pero cuando la investigación policial y el personaje que la lleva a adelante son más interesantes que el protagonista, algo no está bien calibrado.

Recomendada (sólo para fanáticos de Benedict Cumberbatch)

4. Película para ver en YouTube: If...

En un colegio privado en donde estudian los hijos de las clases dirigentes se producen abusos desde tiempos inmemoriales: los niños recién ingresados deben soportar la servidumbre que le imponen los de los años más adelantados, hay castigos brutales para los que violan las normas, los profesores exhiben conductas arbitrarias...

Hay un trio de muchachos liderado por Mick Travis (Malcolm McDowell) que son soñadores, tienen posters del Che Guevara y de Raquel Welch pegados en las paredes del cuarto que comparten, destacan en la esgrima y en otros deportes, y pueden llegar a ser muy hábiles en el manejo de las armas. 

Creen que "un hombre puede cambiar al mundo con una bala en el lugar apropiado".

Llegará un día que estos jóvenes, cansados de las conductas ignominiosas y mandatos imperiales que no los representan, se dejen llevar por un ideal romántico y organicen un ataque armado contra las autoridades del colegio...

Este celebrado film de Lindsay Anderson -uno de los padres del cine inglés moderno- ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1969, y en nuestro país se estrenó con numerosos cortes producto de la censura vigente en el gobierno del teniente general Onganía.

If... fue el escaparate en donde Stanley Kubrick encontró al joven McDowell, el Alex de La naranja mecánica.

Para muchos críticos, el colegio es una alegoría de la sociedad inglesa, y como el tratamiento realista alterna con situaciones surrealistas -así como la fotografía en color alterna sin motivo aparente con el blanco y negro - uno puede ver profesores ingresando a las aulas en bicicleta, enfermeras que caminan desnudas por los pasillos en horario nocturno, un rector que vive haciendo el ridículo...

Inolvidable por su belleza y salvajismo es el encuentro feroz entre dos "tigres" en el piso de un bar, entrelazados en una batalla sexual, con la música ritual de la Misa Luba como fondo. 

Sátira corrosiva en donde el humor ácido se va apagando a medida que la violencia escala, If... es un film que merece ser visto por adultos y jóvenes que sientan que el statu quo no los conforma. La llama de la rebeldía no se apaga tan fácil en los jóvenes de corazón.

Imperdible. 

5. Película para ver en Prime Video: El hombre de al lado

He aquí una película que es demasiado cool para su propio beneficio. Todo está muy cuidado por los realizadores, excepto el desenlace, que luce chapucero y poco convincente. El film se inicia con un plano de una pared que se rompe -en realidad son dos paredes que se rompen porque se ve la acción de un martillazo sobre una pared en pantalla dividida-, un recuadro en fondo blanco, el otro en fondo negro. Así terminarán los dos personajes, igualados por los mazazos que les ocasiona la narrativa, sobre una pared blanca, ubicados a la misma altura dentro del plano.

El conflicto viene dado cuando el exitoso arquitecto Leonardo (Rafael Spregelburd, en una interpretación tan lograda que da la sensación de crear un personaje pringoso), que vive en la casa Curuchet -una edificación modernosa construida por Le Corbusier en La Plata- y descubre que su vecino Víctor (Daniel Aráoz, encerrado en un personaje que titila entre la constricción y el exceso) ha abierto un boquete en la medianera para crear una ventana que le permita un poco del sol que a Leonardo le sobra. 

Como todo en esta película, el boquete deviene símbolo: en realidad se trata de penetrar en la vida de Leonardo, de ocasionar un agujero en esa fachada magnificente que lo lleve a descubrir lo mediocre y vacía que es su existencia, con una esposa repugnante que vive entre el yoga y la necesidad de pedirle un "piquito" como si fuera un canario, una hija ahogada en unos auriculares para no escuchar las sandeces que dicen sus padres, que baila mecánicamente y lo ignora de una manera que Leo no cree merecer. 

De a poco, Víctor se va metiendo dentro de Leonardo, abriendo nuevos espacios y demoliendo fachadas ante sí y los demás, hasta que finalmente penetra dentro de la casa misma. En la segunda ocasión que lo hace, deviene el desenlace antes indicado, donde una acción criminal -registrada de manera demasiado espontánea y económica- desluce el resultado de todo lo hasta allí expuesto.

Film más descriptivo que narrativo, estructurado en base a las diferencias de clase, exitoso en la representación del imaginario que cierta clase media tiene sobre lo que es distinto y los temores que suscita, nos remonta -en principio- al cuento Casa tomada, de Julio Cortázar. Allí dos hermanos de clase media, con una vida asfixiante y estéril, batallan contra una extraña fuerza que- de a poco- los va desalojando de su propio caserón colonial. Con la coartada del género fantástico, Cortázar -antiperonista en los años 50 del siglo pasado- retrataba una alegoría sobre el imaginario de la clase media ante la irrupción de la clase baja promovida por el primer Peronismo.

También en el terreno de nuestra literatura encontramos el potente cuento de Germán Rozenmacher, Cabecita negra, escrito en 1961, donde ya esa clase a la que se teme -y a la vez se intenta abusar con las viejas prerrogativas- está instalada en el mismo nivel (pero los que no se han apercibido del cambio son los antiguos dueños de la clase media.) 

En el terreno de la excelencia cinematográfica, dos ejemplos vienen a la cabeza: El sirviente (Joseph Losey, 1963), donde un señorito de clase alta termina siendo dominado y manipulado por su sirviente. El guion de Harold Pinter, a través de una mirada absurda, mostraba cómo la clase pudiente que quería seguir viviendo con los ideales del pasado terminaba sometida y arrasada en la Inglaterra de los años 60 ante el avance de la clase baja.

El otro caso, el de El plomero, un film realizado por el australiano Peter Weir en 1979 para la televisión, una antropóloga -muy preocupada por los derechos de los negros africanos y un tanto descuidada por su pragmático marido- caía víctima de sus propios prejuicios tras una batalla con un plomero que se le instalaba kafkianamente en su casa y en su vida, develando en el proceso la brecha social que los separaba para siempre.

En todas estas películas la puesta en escena hace hincapié en la utilización del espacio para desplegar metáforas sobre el poder. En El sirviente, el señorito inglés terminaba en lo más bajo de su condición moral, disoluto en un puff, en medio de una orgía escenificada por el mayordomo en su propia casona. En El plomero, la antropóloga terminaba viendo desde lo alto del balcón de un edificio de departamentos en el que habitaba -propiedad de la universidad-, cómo el plomero era capturado y arrastrado -de un espacio que les pertenecía a ambos por igual- por las fuerzas del orden, merced de una artimaña pergeñada por la mujer.

En El hombre de al lado, esa amenaza dramatizada en Víctor termina asimilada al espacio del arquitecto; el film no deja claro si como héroe o villano, aunque sí ofrece pruebas fehacientes de que Leonardo tiene sus capacidades iniciales mermadas: uno parece vivo, el otro agonizante, pero se trata de un juego de apariencias. Nada dice que Leonardo no esté muerto en vida desde hace mucho tiempo... víctima de las apariencias de éxito que encubren el más triste de los fracasos, y que parte de la fuerza vital de Víctor se haya apoderado de él.

Al fin y al cabo, Leonardo ha hecho un esfuerzo a lo largo del relato para asimilar a Víctor, pese a la denigración que de él hace su mujer. Uno puede adivinar -dejando volar un poco la imaginación- que a medida que Leonardo va descubriendo que la vida de Víctor es mucho más soleada que la suya los prejuicios de clase van cayendo como las capas de una cebolla, y aquellos ideales de la educación pública de amalgamar las diferencias sociales detrás de un guardapolvo blanco, dándole las mismas oportunidades al hijo de un nativo, de un judío, de un italiano o de un polaco emigrados de sus países de origen, los mismos que terminaban igualados por una pelota de futbol jugando en un potrero, funcionan en algún lugar del inconsciente, ya que el film está hablando de la desintegración de la clase media argentina en varias capas, como de alguna forma y en otro registro totalmente distinto lo hacían la formidable Buena vida delivery (Leonardo di Cesare, 2004) o Cama adentro (Jorge Gaggero, 2004)

Y algo de esa fuerza vital de Víctor -quizás impulsada por la necesidad de escalar en lo social- que lo lleva a querer tener una ventana como tiene su vecino; o a levantarse a una chica del mismo nivel social que su vecino; o a diferenciarse de "la negrada" del bar de la esquina; o a juguetear de manera ambigua con la hija de Leonardo a través de un pequeño teatrito de objetos disímiles (un par de dedos, unas fetas de lomito, una banana cortada por la mitad)..., quizás tenga su origen en la misma brecha de clases que en principio los separa.

Y decimos quizás porque el film está narrado desde el punto de vista de Leonardo, punto de vista con el que los realizadores del film (Gastón Duprat, Mariano Cohn, los mismos de El artista, El ciudadano ilustre, El encargado, Nada) parecen identificarse, por más autocríticos que se muestren. Vamos, si se puede decir que el acto final de Víctor parece una forma de corrección política para redondear un personaje al que se teme o desconoce. 

Así y todo, El hombre de al lado es un film con más merecimientos que objeciones. Es de tránsito agradable -aunque a veces el personaje de Leo termine siendo sumamente irritante para satisfacer la conciencia culposa de los realizadores- y mueve a la reflexión, lo que no es poco.

Recomendada.

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