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5 series y películas para ver este fin de semana en Netflix, DIRECTV GO, MUBI y cines

Una selección con las series y películas recomendadas para este fin de semana.

Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana.
Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana. El Economista
Oscar Mainieri 08 febrero de 2024

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, DirectvGo, MUBI y cines.

1. Película para ver en cines: Los que se quedan

Con 5 nominaciones para el Oscar (película, actor, actriz de reparto, guion original y montaje) el nuevo film de Alexander Payne (Entre copas, Los descendientes, Nebraska) es para ser celebrado, ya que narra una historia imbuida de valores humanistas de esas que cuesta encontrar, entre muñequitas de plástico que recitan un catecismo y lecciones de física cuántica festoneadas por un estallido cada 10 minutos para despertar espectadores.

Ambientado en 1970, el guion narra la particular relación que establecen tres personajes que deben enfrentar el receso invernal en la prestigiosa Academia Barton para muchachos con familias de abundantes recursos. 

Paul Hunham (Paul Giamatti, el venerable actor de Entre copas) es un profesor de cultura latina un tanto rígido con los alumnos, dueño de un cinismo alimentado por cierto resentimiento de clase, que no se altera por no ir de vacaciones como sus colegas porque la Academia Barton es, de alguna manera, su refugio. Tiene un ojo virolo y huele mal, además de empinar el codo más de la cuenta.

El alumno Angus Tully (el notable debutante Dominic Sessa) ya ha sido expulsado de varios colegios y, si lo mismo se repite en éste, corre el riesgo de ir a una academia militar que lo derivaría directamente a la guerra de Vietnam. Le cuesta luchar contra su inestabilidad emocional y es un erizo escurridizo.

La cocinera Mary Lamb (la excelsa Da'Vine Joy Randolph) acaba de perder un hijo en esa guerra y se ve obligada a quedarse en el colegio en donde él estudió becado para alimentar a los que se quedan. Excedida en carnes, la afroamericana lucha con su duelo y el pesar de no haber podido juntar el dinero suficiente para mandarlo a la universidad, lo que lo hubiera eximido de ser cooptado por el ejército.

La convivencia durante esas dos semanas no será fácil -cada uno de ellos tiene sus peculiaridades- pero conformarán una familia. Al final del período, tras vivir situaciones agridulces -una invitación a una fiesta navideña que les hace la secretaria del colegio, visitas a familiares, un viaje a la cercana Boston de los dos varones- terminaran transformados por la experiencia.

Payne ambienta su película en 1970, cuando el New Hollywood reinaba, y canaliza el espíritu inconformista de Hal Ashby, el realizador de gemas como Harold and Maude y El último deber, en donde personas mayores tendían una mano al que está creciendo sin brújula, ya sea por el egoísmo de los padres o por condicionamientos de clase.

Era una época en donde abundaban las películas ambientadas en colegios o universidades, con alumnos conflictuados y profesores que, o eran idealizados (Contra corriente, Al maestro con cariño, Adiós Mr. Chips) o eran condenados (La primavera de una solterona). 

En donde los alumnos ponían a los profesores contra las rejas por el cambio de valores que derivaban del choque generacional, la desconfianza en las autoridades, la revolución sexual, el floral power, el rock, el mayo del 68, los magnicidios (los hermanos Kennedy, Martin Luther King), la puja por los derechos civiles de las minorías, etc., etc. 

Había en el aire un aroma anti establishment: Las fresas de la amargura e If... eran films que llevaban la cosa más allá; la violencia por el estado de cosas prendía fuego a colleges y universidades.

Nada tan extremo plantea Payne, pero el espíritu inconformista está y resulta bienvenido y vivificante en esta era de ajustes, aprietes y opresiones varias.

El estilo de la película también trata de asemejarse a las de aquella época (los créditos vintage que reproducen los certificados de calificación y el logo de la productora, el recurso del fundido encadenado que marca el paso del tiempo sobreimprimiendo la imagen nueva sobre la que va desapareciendo, algún zoom muy abrupto, un tema de Cat Stevens utilizado también por Ashby, etc.)

Como es habitual en este director, las actuaciones son impecables, al igual que el guion, esta vez perteneciente a un novato (David Hemingson) guiado por un especialista (Payne tiene dos Oscars en el rubro). 

Una rareza en un universo de superhéroes, los personajes son ricos y variados, poseen carnadura humana y la película plantea situaciones divertidas y dramáticas. Ideal para ver con los hijos adolescentes y con el celular apagado. Imperdible.

2. Película para ver en el cine: El color púrpura

Miss Celie tiene dos hijos de adolescente, y el hombre que la violó -su padre- los separa de ella. Miss Celie es vendida en matrimonio a Mister, para que le crie los hijos, le limpie la casa, le cocine, y haga de fuelle entre él y el colchón.

Mister también separa a Celie de su hermana Nettie, que se va a África a encontrarse a sí misma. Por suerte aparecerá Shug Avery, una cantante muy desprejuiciada amante de Mister, que hará que Celie descubra lo que es el amor y el camino de empoderamiento que la llevará a sacarse de encima todos los yugos, y reencontrarse con los que más ama.

Esta es la segunda versión cinematográfica de la novela epistolar de Alice Walker. La primera la dirigió Steven Spielberg, (aquí productor), que la transformó en un melodrama hollywoodense con todas sus aristas filosas endulzadas y afelpadas, que tuvo 11 nominaciones para el Oscar y consagró como estrella a la debutante Whoppi Goldberg (que hace un cameo aquí) y a Ophra Winfrey (también coproductora en esta ocasión).

El color púrpura es ahora un musical y sigue suavizando todo lo problemático de la historia narrada en pos de construir una escalera al cielo para su protagonista, con una fotografía que disfraza la pobreza que se vive en la Georgia de la época (ingresan por ventanas y puertas haces y haces de luz lechosa en las casas) y unos números musicales briosos que no pueden disimular -por más que el director mueva la cámara, la ponga en el techo y adopte angulaciones llamativas- el origen teatral, ya que se basa en una obra de Broadway. 

¿Es una buena película? Sí, aunque no supera a Cabaña en las nubes, otro musical interpretado por afroamericanos y que marcara el debut de uno de los maestros en este género cinematográfico, Vincente Minnelli, en 1943. También El color púrpura muestra mayor cohesión narrativa y temática que El mago (Sidney Lumet, 1977), en donde Diana Ross y Michael Jackson hacían cabriolas en una Nueva York disfrazada de la tierra de Oz.

El elenco es uniformemente bueno en su desempeño, destacándose Danielle Brooks en el papel de Sophia, la nuera que se impone a Mister y al hijo de éste, pero no puede evitar ser sojuzgada por la mujer del alcalde de la ciudad, que la quiere de sirvienta full time

Para amantes del género musical.

3. Serie para ver en DIRECTV GO: Fargo

La quinta temporada de esta serie producida por los hermanos Coen dice estar basada en hechos reales acaecidos en 2019, pero el tratamiento que recibe desde el guion y la puesta en escena la asemeja a un comic, por lo descabellado de las acciones de los personajes y sus efectos.

Dorothy "Dot" Lyon (Juno Temple) vive en Scandia, Minnesota, junto a su hija de 10 años y su marido. Intentan secuestrarla. Ante las autoridades niega ese hecho, aunque hay un policía involucrado. Su suegra (Jennifer Jason Leigh), una mujer acaudalada, nunca la quiso demasiado y sospecha de ella.

La noche de Halloween vuelven a intentar secuestrarla... Interviene el FBI.

¿Quién es Dorothy? ¿Qué pasado oculta? 

Desde Dakota del Norte, un sheriff (John Hamm), que ya va por la enésima reelección en su burgo, que es un supremacista blanco, que adora a Donald Trump, que es fanático religioso, que desprecia a las mujeres y a otras minorías, es quien encarga los secuestros. No desdeña el homicidio si es necesario para lograr sus cometidos.

Hay que decir que Dot cuenta con todos los recursos para defenderse de sus secuestradores, lo que entraña acciones espectaculares no exentas de arrojo y atrevimiento por su parte. Con ese cuerpito enclenque, es toda una tigresa.

En parte comedia exacerbada por el estilo elegido, en parte drama porque algo tremendo ha llevado a la protagonista a forjarse una nueva identidad, si uno acepta el verosímil elegido, esta temporada excede en suspenso y creatividad a todas las anteriores de la serie.

Juno Temple (Killer Joe, La oferta) se consagra en este papel que le exige tanta demanda física como compromiso emocional, y Jennifer Jason Leigh, con ironía y cierta perversidad, agrega otro pergamino a su ilustre galería de logros profesionales. John Hamm, muy lejos de la sofisticación del protagonista de Mad Men, cumple con las expectativas de este Marlboro Man quedado ideológicamente en la era en donde reinaba el hombre de Cromañón.

Elogiada por Stephen King por sus características asombrosas, poco convencionales y fascinantes, esta temporada ofrece un gran nivel de producción, violencia inusitada -en el tono de las correrías del Coyote y el Correcaminos-, personajes extravagantes, suspenso casi insostenible, y más de un giro sorprendente en los guiones: los 10 episodios son de lo mejor que hay para ver en el territorio de las series. Imperdible.

4. Película para ver en Netflix: Voluntad

Dos jóvenes auxiliares de policía son testigos de los horrores cometidos por los nazis durante la ocupación alemana en Amberes, en 1942. Uno de ellos, Wil (Stef Aerts), tiene dotes artísticas que lo relacionan con un pintor amigo de su padre que es antisemita y gusta de organizar batidas contra los judíos para quedarse con sus bienes. El otro, Lode (Matteo Simoni), pertenece a una familia que forma parte de la resistencia a los invasores.

Esta asfixiante producción belga producida por la plataforma fue dirigida por Tim Mielants, responsable de algunos episodios de Peaky Blinders, Profesor T. y El terror, con pulso firme y sin escatimar dosis de violencia extrema. 

Hay suspenso y también una fina elaboración psicológica de los personajes desde el guion. Wil se enamorará de la hermana de Lode y colaborará con la resistencia al opresor, contrabandeando información de los próximos ataques de los antisemitas. ¿Cuánto podrá tolerar semejante presión sobre sus escuálidos hombros? Al fin y al cabo, es un hombre joven con sus propias convicciones, que parecen tambalear en tiempos de guerra.

El clima opresivo del film se ve acrecentado de un formato de pantalla que recuerda al de las películas anteriores al Cinemascope. La fotografía es sucia y opaca, como las acciones que se describen. El elenco brinda buenas interpretaciones y el film, pese a la gravedad de su tono, es una excelente opción para ver.

5. Película para ver en MUBI: La pianista

La profesora Erika Kohut es una de las más reconocidas en el conservatorio. Es especialista en Schumann y Schubert, a los que interpreta con intensidad y con los que se conmueve hasta las lágrimas en pleno goce estético; es implacable con sus alumnos cuando no alcanzan determinado grado de compromiso al interpretarlos. Erika parece reseca, árida, inflexible; sin embargo, si alguien llegara a conocerla como nosotros, sabría que desea ser amada.

En el plano privado, sus gustos poco tienen que ver con lo romántico. Frecuenta los sex shops desafiando con su mirada a los hombres, que se sienten incómodos ante su presencia en ese ámbito masculino. Disfruta de la pornografía, donde las mujeres aceptan sumisas los portentosos desafíos que imponen los hombres. Espía a las parejas que hacen el amor en un autocine, descargando primitivamente sus más bajos instintos. Como su prima lejana, el personaje interpretado por Ingrid Thulin en Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972), es capaz de mutilarse para sentir algo. Hay poco lugar para un hombre en su vida, su madre -con la que vive y comparte la cama- ocupa e invade todos los resquicios posibles para que nada florezca a su alrededor.

La profesora de piano (así se llamó cuando se estrenó en nuestro país), de Michael Haneke, es un drama tan intenso que roza la comedia, dada la conducta tan inflexible de su protagonista que, en cada paso, se adentra en lo más bajo de la condición humana. Ahora si se provoca alguna risa a lo largo de este film es la que brota de un espasmo nervioso.

Finalmente aparece un hombre en esa tierra baldía, un muchacho más joven, el insistente Walter Klemmer, que se anota en el conservatorio para acercarse al objeto de su afecto. No será tarea fácil, deberá sortear la indiferencia y aceptar la humillación que implica el amancebamiento del amor romántico que lo guía: la profesora impone su propio conjunto de instrucciones para sentirse amada, seguramente aprendidas y mamadas de tanta película porno; Erika está guiada por la mente, nunca por el corazón. No existen páramos ni cumbres borrascosas para ella. Es más, es peligroso acercarse a ellos porque implican el riesgo de la autodestrucción.

Walter acepta la propuesta y aprende a manejarse ante tanta instrucción sadomasoquista, está ante una excelente profesora. Demasiado tarde, Erika descubre que no es eso lo que mejor le sienta a su idealismo disfrazado del más degradado materialismo. La escena final -ambientada en un gran teatro - muestra a Erika ansiosa esperando a su objeto amado, en su cartera se oculta un cuchillo -hasta ese punto ha llegado la escalada entre los amantes. 

Pero Walter no se presta al juego. En un ámbito social se guarece en la manada -siempre se lo ve en grupos, el deportivo, el de su clase social- y sólo la reconoce como profesora. Y Erika, que estaba dispuesta a pasar por alumna y ponerse a la par del muchacho -reemplazando a una alumna que no podía tocar esa noche- no se presenta a la función y se aleja, tras clavarse una puñalada en el corazón (¿para sentir en carne propia el rechazo del muchacho?), del ámbito de la representación donde se da el hipócrita juego social, ya sea porque se siente incapacitada para participar en él o por ser demasiado auténtica en su sentir para hacerlo.

El animarse a amar -como ella puede, como ella quiere- excluye a Erika de la sociedad. En un comienzo era Walter el que estaba excluido -se le cierra la puerta del ascensor en la cara, separándolo de la arcaica sociedad madre-hija-, se detiene en umbrales a la espera de ser admitido por la profesora que recién le dirá que sí en el baño del conservatorio, donde comenzará el amancebamiento del muchacho. 

El desarrollo del film mostrará que Walter sólo puede practicar ese tipo de amor en la periferia de su vida social -un cuarto de limpieza en el vestuario deportivo, el departamento donde conviven las mujeres, espacio de por sí excluido del intercambio que la sociedad admite- dejándola a Erika puertas afuera del teatro con su accionar. Su mentalidad clasifica a esa mujer más como una puta que como una pareja digna de ser presentada en el juego social.

Nuestra solidaridad para con Erika. Con todas sus rémoras lo ha apostado todo al sentir y le ha ido mal. ¿Cómo alguien tan inteligente pudo errarle tan feo? Víctima del patriarcado más abstruso actúa como un robot a control remoto: cree que con su accionar va a tener el control de la situación y termina siendo la víctima más degradada que se pueda admitir. ¿Cómo es que Erika ha pergeñado ese mapa del amor y lo ha puesto en ejecución?

Como siempre en Haneke, el misterio permanece. La cámara observa conductas desequilibradas en ámbitos limpios y decorosamente ordenados. Aún los baños poseen un orden y una simetría que las conductas de los personajes tienden a desestabilizar. Sin embargo, la implacabilidad de su mirada acumula datos para el espectador.

Estamos acondicionados para pensar que el atroz daño que la profesora le produce a su alumna para que no pueda tocar el piano es una forma de celos: Walter -poco antes- se había mostrado solidario con la temerosa muchacha. Pero esta chica, que no pone toda su pasión cuando toca el piano, viene acompañada de una madre que dice "cuánto se ha sacrificado con su hija" en la práctica del piano (ahora impedida por el "accidente"). Erika la corrige: "su hija se ha sacrificado", sabedora de lo que es tener al lado una madre que vive sus avatares como propios. ¿Y si Erika con su accionar quiere evitarle a la chica una vida como la que su propia madre le dio, puro esfuerzo y práctica de piano, poco lugar para desenvolverse en lo social? De hecho, en el teatro, la alumna dañada forma parte del rebaño del que Erika, al separarse de su madre, al ser despreciada por Walter, queda excluida.

Estamos acondicionados para creer que aquellos que interpretan las emociones más sublimes no son capaces de las mayores degradaciones. A Erika no le ha quedado más que conformarse con su madre; trata de romper con eso y paga un precio muy alto. Esa madre -desembarazada hace mucho de un padre y que es capaz de soltar a boca de jarro, como un castigo hacia la hija por haber llegado tarde y dejarla sola, que su padre ese día ha muerto, algo que no produce ninguna emoción visible en ambas- solícita y guardiana de su hija, le ha inyectado todos sus prejuicios sobre el sexo a la vez que la vampiriza. Erika, a la deriva con sus pulsiones, las descarga en violencia hacia la madre e instrucciones que los hombres deben conocer para poder acceder a ella.

Por otro lado, estamos acondicionados para creer que el arte sólo puede deparar sensaciones gratas y que su frecuentación sólo puede deparar consecuencias positivas para nuestras vidas. ¿Cómo hacer para competir con la sensación de completud que produce una pieza de Schubert o de Schumann, esa sensación de totalidad a la que Erika se ha acostumbrado de tanto abundar en el goce estético y que ningún hombre -haga lo que haga- podrá equiparar? Esa terrible sensación embriagadora que produce el ser uno con el objeto estético, tan similar a la de ser uno con la madre, algo que la misma Erika ha saboreado -como la miel que la madre le introduce con los dedos en la boca a su hijito al comienzo de La luna (Bernardo Bertolucci, 1979)- y en la que ha quedado pegoteada.

Los dardos de Haneke no se detienen aquí. Disfraza a nuestro caballero -negro- con todos los azúcares del amor romántico, las reglas de cortesía y, al mismo tiempo, la impetuosidad para expresar sus deseos. A medida que el relato se desenvuelve notamos que nos están ofreciendo otra versión de Caperucita roja: sólo hace falta que Erika pulse unos pocos botones para que el macho más educado y refinado detone lo que tiene en su memoria más ancestral: años de considerar a la mujer como algo inferior, una presa a cazar, un objeto a poseer y mancillar.

Basada en la novela de Elfriede Jelinek -premio Nobel de Literatura- el film sería imposible de ser imaginado sin la presencia de la gran Isabelle Huppert, esa niña vieja capaz de representar los repliegues más rugosos del espíritu humano con helada impasibilidad, que ganó su segunda Palma de Oro a la mejor actriz (la primera fue con un Chabrol, Niña de día, mujer de noche, en 1978), secundada aquí por la veterana Annie Girardot y el joven Benoît Magimel. Imprescindible.

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