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5 series y películas para ver este fin de semana en Netflix, Prime Video, Apple TV y cines

Una selección con las series y películas recomendadas para este fin de semana.

Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana.
Las 5 mejores películas y series para ver este fin de semana. El Economista
Oscar Mainieri 29 diciembre de 2023

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine, para convertir ese menú interminable en un problema del pasado.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video, Apple TV y cines.

1. Película para ver en cine: Priscilla

Esta película narra el romance entre Priscilla Beaulieu y Elvis Presley, de cómo la joven se encandiló con el astro y, con los años, se fue despersonalizando hasta transformarse en una muñequita complaciente que ya no sabía en dónde estaba parada. La recuperación plena de la identidad perdida en aquel proceso tiene su corolario en el divorcio.

La historia suena a fórmula, el cuentito de hadas que se va develando una pesadilla, pero en manos de la directora Sofia Coppola (Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokio, Somewhere) se transforma en un pasaje delicado a otras épocas y costumbres, con la minucia y la elegancia de una sensibilidad europea refinada que observa un curioso fenómeno estadounidense, tan tosco como el peinado "colmena" que lleva Priscilla en el momento en que sale del hospital con su beba en brazos. 

No es de extrañar que a Coppola le cueste conseguir financiamiento en su país de origen. Sus films sobresalen en la creación de atmósferas y el detallismo en la puesta en escena, en donde se presta desmesurada atención a las texturas de los objetos y sus formas, objetos que suelen acompañar el tedio que domina a sus protagonistas, chicas que tienen todo lo material servido en bandeja pero que no pueden evitar un vacío existencial que las pueden llevar a callejones sin salida (María Antonieta era tan pero tan frívola que perdió la cabeza en el camino).

No es el caso de Priscilla, que fue captada por el ídolo a los 14 y tuvo que esperar hasta los 21 a que él decidiera consumar la relación, mientras en las revistas leía los numerosos affaires que él mantenía con sus compañeras de filmación antes y después del casamiento, en 1967. Hasta entonces, vivían franeleándose, y ella, obligada a contener sus impulsos sexuales.

Elvis decidía qué ropa debía vestir -¡hasta el estampado de la tela! -, qué color de tintura para el pelo, cuándo podía gozar de su proximidad. La carrera cinematográfica imponía que él pasara muchos meses en Hollywood y ella se aburriera como una ostra en la mansión de Memphis que era su nidito de amor.

Y no vaya a ser que la muchacha se comportara como un hombre (en la psiquis de Elvis eso significaba que ella tomara decisiones por sí misma): podía ligarse un sopapito o un sillazo

Pero un día, agotada de estar sola y de ser manipulada, Priscilla empieza a ver una salida y aprovecha las extensas ausencias del ídolo, cada vez más derruido por las pastillitas y su manager, el coronel Parker, para emanciparse. 

Priscilla quizás sea el mejor film de Sofia, en donde la fuerza que le imprime al relato se equilibra con su visión elegante y melancólica de la vida. La elección de los temas musicales -que ayudarán a convocar emociones, a tapizar conductas, a perfumar las flores- es sumamente atinada, al igual que los actores.

Cailee Spaeny tiene bien merecido su premio a la mejor actriz en el Festival de Venecia, ya que debe transitar por numerosas transformaciones, de adolescente a muñeca en la repisa a esposa sojuzgada a madre liberada, con su cuerpecito y un semblante sumamente sensible por el que vehiculiza una amplia gama de emociones. El australiano Jacob Elordi también compone un Elvis apropiado, más con la expresividad de su cuerpo longilíneo que la de sus facciones.

Basada en las memorias de la misma Priscilla Presley, de más está decir que no es la película indicada para una primera cita, pero sí que vale la pena. Es un trabajo artístico con mayúsculas.

2. Película para ver en Prime Video: Saltburn

Oliver, un muchacho de escasos medios (Barry Keoghan), estudia becado en Oxford y es invitado por otro compañero, Félix (Jacob Elordi, el Elvis de Priscilla), a pasar el verano en su aristocrática mansión. Oliver no es agraciado, es un tanto nerd; Félix es un dios bajado del Olimpo y atrae mujeres y hombres como un magneto.

El segundo film de Emerald Fenner (Hermosa venganza) se inserta plenamente en la tradición romántica del cine inglés, que se aleja un tanto del realismo social para mostrar fantasías plenas de excesos, importándole más representar subjetividades que retratar realidades a la manera de Ken Loach.

Oliver quedará deslumbrado por la decadencia y frivolidad de esta familia y sus amigos, que viven asoleándose con escasas ropas, armando festichola tras festichola de tanto que se aburren, decapitando con lenguas filosas conocidos a los que hasta hace un minuto elogiaban. 

Quienes hayan visto films memorables como El sirviente y El mensajero del amor (Joseph Losey como director, Harold Pinter como adaptador) sabrán hacia donde se encamina la historia que narra Fenner con eficacia hasta el último tercio del metraje, en donde el guion naufraga con algunas digresiones innecesarias. 

La directora retoma las riendas en el desenlace, que será creíble o no según uno acepte el verosímil que propone este film vistoso que busca más provocar que ser tomado en serio. Como entretenimiento, cumple con creces.

3. Película para ver en Netflix: No me llame Ternera

Este ascético documental enfrenta al periodista español Jordi Evole con una de las figuras clave en la organización de ETA: Josu Urrutikoetxea, más conocido como Josu Ternera.

La entrevista -que alterna con material periodístico que cubre los diversos atentados que cometiera la organización terrorista entre 1973 y 2006, el año en que dejó de operar- resulta interesante para conocer la mente de un hombre que en busca de sus objetivos no le importaba si morían mujeres y niños.

El periodista sabe repreguntar muy bien, logrando que se cuartee en varias ocasiones la máscara de impasibilidad que lleva Ternera y supuren varias contradicciones, entre tosecitas nerviosas y reproches (no le gusta que lo llamen Ternera).

Hay un prólogo y un epílogo en que Evole entrevista a Francisco Ruiz, una víctima del accionar de Ternera -para muchos el cerebro de la organización. En el primero expone su caso, cuando en 1976 como policía recibió varios tiros cuando estaba custodiando al alcalde de Galdakao que fue asesinado en el ataque. En el epílogo, tras enterarse que Ternera reconoció su participación en el hecho, debe pronunciarse acerca de si lo perdonaría o no.

Ternera parece no arrepentirse de sus acciones, por más que diga que lamenta el dolor que ha causado con su conducta. 

Muy interesante.

4. Miniserie para ver en Apple TV: La maldición de Enfield

Este curioso documental (3 episodios de 45 minutos) reflota un famoso caso de actividades paranormales en el municipio de Enfield, cuando la familia Hogdson denunciaba que en su casa se escuchaban golpes o se movían los muebles. Los sucesos se dieron entre 1977 y 1979, pero diversos investigadores no pudieron ponerse de acuerdo en si los eventos eran reales o puras supercherías surgidas de mentes afiebradas.

El documental se arma en torno a unas grabaciones a miembros de esa familia cuando el inventor Maurice Grosse y el escritor Guy Lyon Playfair investigaban el caso. El director Jerry Rothwell arma distintas dramatizaciones en donde actores de segunda categoría hacen mímica de los miembros de la familia y de sus investigadores. 

El caso Endfield fue muy documentado por la prensa de la época, por lo que también aparecen periodistas grabados, con sus respectivas representaciones. 

El resultado produce cierto extrañamiento en el espectador, que ve una ficción con elementos reales -las voces- que es consciente de su artificio; se muestra que hay cámaras y que se trata de escenografías que ayudan en la representación y le dan origen, a la vez que se ha optado por una fotografía desvaída -tirando al sepia- que les imprime a los eventos un tinte de álbum familiar añejo. 

Para los interesados en cuestiones paranormales, fantasmas y púberes histéricas, puede ser un plato difícil de resistir.

5. Película para ver en Prime Video: Pasaje a la India

El canon del cine inglés clásico está integrado por cuatro nombres: a la cabeza, ajeno a los avatares de las modas, el gran Alfred Hitchcock. En segundo lugar, el refinado David Lean. Después, el impersonal Carol Reed (El tercer hombre). Finalmente, el romántico y apasionado Michael Powell (Narciso negro), más sujeto a la experimentación, más arbitrario, adorado por Martin Scorsese.

Al igual que Hitchcock, David Lean (1908-1991) hizo la primera parte de su carrera en Inglaterra y, tras el éxito internacional de Locura de verano (1955), contó con el aporte de capitales hollywoodenses que le ayudaron a financiar empresas tan colosales como El puente sobre el río Kwai (1957), Lawrence de Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965), La hija de Ryan (1970) y, finalmente, Pasaje a la India (1984), ganadoras de Oscars y variados premios internacionales, ligando su nombre a la super producción de calidad, haciendo olvidar aquella primera etapa festoneada por dramas domésticos (La vida manda, Breve encuentro, Apasionada, Madeleine, Es papá quien manda), adaptaciones de Dickens (Oliver Twist y Grandes ilusiones), alguna comedia (Un espíritu burlón), y dos films relacionados con la guerra (Sangre, sudor y lágrimas -codirigida junto al dramaturgo Noel Coward Coward) y el avance tecnológico en la aviación (La barrera del sonido).

De esa primera etapa, dos films han quedado como joyas bellamente buriladas: Oliver Twist (1947), cota contra la que debe medirse cada nueva adaptación dickensiana, y Breve encuentro (1945), cumbre del melodrama, en la que dos personajes casados viven el embrión de una historia de amor abortado por las restricciones que se imponen ellos mismos y las convenciones de la época.

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En la segunda, todos los films tienen en común la gran interrelación entre los personajes y el paisaje que los envuelve e influencia. En Locura de verano la bella Venecia hace que una nerviosa solterona (impagable Katharine Hepburn) de vacaciones se permita un romance con fecha de vencimiento con un italiano seductor (Rossano Brazzi). En El puente sobre el río Kwai, la selva de Siam sirve como teatro de operaciones para que dos voluntades sesudas -la del coronel británico Nicholson (Alec Guinness, actor fetiche del director, ganador del Oscar por esta interpretación) y la del coronel Saito (Sessue Hayakawa)- confronten y nos demuestren la futilidad de toda guerra. En Lawrence de Arabia, ejemplo de biografía complejamente burilada si las hay, el desierto contribuye a crear y vestir a la leyenda que superará al hombre. El más cálido e intenso de los melodramas tendrá lugar en la estepa siberiana de Doctor Zhivago, una de las películas más taquilleras de todos los tiempos. Madame Bovary buscará un amor tan alto como los acantilados irlandeses en La hija de Ryan (destrozada por la crítica en el momento de su estreno por la fastuosidad de su puesta en escena en un momento donde se privilegiaban films para jóvenes como Busco mi destino y Bonnie and Clyde, realizados con bajos presupuestos y espíritu inconformista). Finalmente, y marcando su regreso al cine tras 14 años de ausencia, provocados por el devastador efecto de la crítica sobre su film previo, Lean confrontará a Adela Quested (Judy Davis) con las verdades de la India, lo que derivará en una serie de malentendidos que casi llevarán al conflicto entre dos naciones y al autoconocimiento a personajes varios.

En el momento de su estreno en 1984, Pasaje a la India fue reivindicada como un ejemplo del cine que ya no se hace (narrativa muy clásica, grandes presupuestos, filmación en lugares naturales, cientos de extras) y David Lean considerado uno de los grandes maestros del cine. El film fue nominado para 11 premios Oscars (incluyendo a la mejor película y al mejor director, que Lean ya había ganado dos veces) y fue derrotado por Amadeus, de Milos Forman, que se llevó la mayoría de las estatuillas. Sin embargo, hoy uno puede ver que Pasaje a la India es un clásico que no ha perdido nada de su intensidad y que Amadeus ha envejecido notablemente como las bufonadas de su protagonista.

Pasaje a la india se basa en la novela de E. M. Forster y en la adaptación teatral de la misma que hiciera Santha Rama Rau. La adaptación cinematográfica y el montaje pertenecen al mismo Lean. En ella, dos mujeres, Adela y su futura suegra -la sra. Moore- llegan a la India para visitar a Ronny, el hijo de la última, que se desempeña como juez local. La India todavía se halla sujeta al colonialismo inglés, lo que se advierte por doquier en el barrio donde se alojan las mujeres, donde hasta los nombres de las calles remiten a la nación invasora. 

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Adela, anhela conocer la verdadera India, y no este transplante inglés que consiste en reunirse con otros compatriotas que consumen las mismas obras teatrales que se dan en el West End -en puestas de aficionados patéticas-, que se levantan como impulsados por un resorte cada vez que suenan los acordes de Dios salve a la reina, que desprecian al país que los acoge, su gente y sus costumbres. La señora Moore -interpretada por la sensible Peggy Ashcroft- es un alma sabia que capta el ansia de aventuras de su joven acompañante, a la vez que desprecia a sus compatriotas ingleses por su poca compasión hacia los dueños de esa tierra, y le advierte que las aventuras se dan pero no cuando uno las espera. 

En contacto con la sensualidad del paisaje que la rodea, Adela experimentará una confusión provocada por el choque entre los valores de la educación recibida y lo que sus sentidos comienzan a experimentar. Cuando consigue formar parte de una reunión con nativos, gestada por el maestro Fielding (James Fox interpretando a un director de escuela que detesta los convencionalismos de sus compatriotas y acoge con fruición los tesoros que el país tiene para darle) y con el médico Aziz (Victor Banerjee, estrella del cine hindú, que interpreta a un sujeto que hace lo imposible por caerle bien a los ingleses cargando con humillaciones varias) y el brahmin Godbole (Alec Guinness otra vez, quien transita por los carriles de la filosofía hinduista de la reencarnación y el destino), aparece el convencional Ronny (Nigel Havers, tan estiradito y lavado como un grisin) y le recuerda las restricciones que la cultura inglesa impone ante seres que considera definitivamente inferiores.

Así andará la pobre Adela, entre elongaciones y constricciones del espíritu hasta desembocar en las cuevas de Marabar, a las que estaba destinada desde la primer escena del film, cuando firmó el boleto de compra del pasaje, un emplazamiento montañoso donde confluirá con el doctor Azis en más de un sentido, provocando una confusión y un malentendido que llevará a juicio al galeno acusado de intento de violación, produciendo algo más que una confrontación entre las naciones que ambos representan. 

De hecho, del conflicto los dos personajes saldrán maltrechos pero habrán ganado en autoconocimiento: Adela sabrá que ha sido víctima de sus propias ilusiones y lo reconocerá con valor públicamente, lo que la hará una paria entre sus congéneres; Aziz redescubrirá su identidad como hindú y hará valer su profesión, vapuleada por tantos años de humillación y simulación ante los ingleses, a los que a partir de ahora no dejará de despreciar hasta el desenlace del film, en que una carta destinada a Adela borre toda traza de rencor por lo sucedido.

El choque de culturas ha sido transitado por el cine moderno con mayor o menor éxito en la filmografía del director australiano Peter Weir, sobre todo en La última ola (1977) y Picnic en las rocas colgantes (1975), con la que Pasaje a la India tiene más de un punto de contacto en lo que hace a la interacción de los personajes con el paisaje y las dinámicas entre represión y restricción de las energías libidinales. 

La diferencia radica en el estilo de sus realizadores. 

Peter Weir es un gran narrador pero David Lean, además de ser un virtuoso del relato fílmico, es un gran estilista de la imagen. Con simples contrastes provocados por el montaje, Lean muestra cómo un tren que lleva cómodamente alojados a los ingleses desborda humo que hará toser a decenas de hindúes que duermen hacinados debajo de un puente. Tras un encuentro mágico y espiritual de Aziz con la señora Moore a la luz de la luna, un cadáver será devorado por un cocodrilo en el río. La sutileza con la que el inglés puede traducir y sugerir estados interiores de diversa índole sin recurrir al diálogo, es una constante en su filmografía.

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Generalmente, las protagonistas femeninas de los films de Lean son románticas idealistas cuya concepción del amor no coincide con lo que la realidad tiene para ofrecerles. La solterona de Locura de verano sale de la rutina estadounidense y se sumerge en la bulliciosa Venecia, donde el amor florece en cada recodo que sigue una góndola. La interacción del personaje con el paisaje lo inflama de ansias que difícilmente se despierten en su ámbito natural. Al borde de la desesperación -todos los personajes con los que se relaciona tienen una pareja- y siempre acompañada de un niño callejero -que parece estar a la altura de su inmadurez emocional- conoce el amor de la mano de un galán italiano. Ella no puede creer en su suerte... pronto se sentirá desilusionada cuando descubra que el hombre es casado. Herida en su idealismo, la mujer se adapta a su suerte y planea un regreso a su país, contenta por lo menos de haber conocido el amor.

La joven Rosy de La hija de Ryan anhela que el amor la haga sentir flotando como las gaviotas que revolotean entre la playa y los acantilados irlandeses. Acostumbrada a leer novelas románticas, se enamora de su maestro, el maduro Charles Saughnessy, con el que se casa y se sentirá desilusionada, ya que sexualmente no colma sus expectativas. No tardará en engañarlo con un apuesto y traumatizado oficial inglés, tan joven como ella, lo que desembocará en un gran escándalo. No sólo herirá a su marido sino que también tendrá al pueblo en su contra, sufriendo escarnio tras escarnio. Finalmente, cuando ya no le quede cabello con el que guarecer su cabeza, descubrirá la verdadera naturaleza del amor al tener a su lado a su marido, que la sostendrá incólume ante la avasallante mirada de los otros.

Adela acude a la India en busca de aquel a quien cree amar -su prometido, Ronny- al que pronto descubre altamente convencional y apegado a las normas y leyes que su país administra en la colonia. Los vientos cálidos de la India, su exuberancia y colorido -la piel oscura de sus hombres- le insinúan que hay algo más. Rompe su compromiso con Ronny y poco después se embarca en un viaje en bicicleta. Se topa con unos frisos hindúes medio derruidos que muestran diversas escenas sexuales escondidos ante la maleza que la agitan y la hacen anhelar algo que desconocía y la conmueve profundamente... la pasión sexual. El hechizo no dura mucho: unos monos salvajes la persiguen y la obligan a refugiarse en los seguros brazos de Ronny. Más tarde, en medio de una insolación, en una de las cuevas de Marabar, el doctor Aziz será su objeto de deseo, con las consecuencias antedichas.

"Los ingleses toleran los misterios pero no las confusiones" dice un personaje. La India aparece a los ojos de los ingleses como algo desordenado, indomable, una bestia que debe permanecer bajo control so pena de enturbiar y confundir los valores en los que han sido educados. "La India te obliga a confrontarte contigo mismo" dice la sabia señora Moore que capta señales de un destino imparable: una tumba que anticipa su muerte, una luna negra en pleno día cerniéndose sobre las montañas de Marabar. El brahmin Godbole la despide cuando parte en tren hacia su muerte en el mar, consciente del destino que le espera a esa otra alma vieja. Godbole sabe que nada puede hacer para detener o desviar el curso de los acontecimientos.

No hay respuesta clara para lo sucedido en la caverna entre Aziz y Adela. La clave está en una portentosa metáfora visual que David Lean enhebra mediante el montaje tras esa escena: un elefante emerge de un charco de agua provocando su desborde. Esta imagen, asociada con la actividad que Adela estaría desarrollando dentro de la caverna -merced al contacto y la cercanía de Aziz y su "insolación"- hacen pensar que la mujer descubrió los placeres de la autosatisfacción.

Lo cierto es que la confusión de Adela, de la que se libera mediante el juicio, la "limpia": tras confesar que Aziz no tuvo nada que ver con lo que sucedió en la caverna y ganarse el escarnio de sus compatriotas, eleva sus ojos al techo. Lean nos muestra cómo cae la lluvia sobre una claraboya de vidrio, limpiándola de los rastros de tierra, aclarándola. Ya sin la señora Moore ni su hijo para que la acompañen -ella ha muerto y él acaba de descubrir públicamente la naturaleza apasionada de su futura prometida- Adela cae en los brazos protectores del maestro Fielding, que la ayuda a sortear los escollos previos a su regreso a Inglaterra (lo que crea otro malentendido, ya que Aziz cree que Fielding lo ha traicionado para casarse con Adela y lo hace víctima de un rencor que no distingue entre ingleses de distinto tipo, cuño y educación).

Ya en Inglaterra, Adela aparece igual que al comienzo del film, detrás de un cristal, un día de lluvia. Ha descubierto su naturaleza, se ha conocido a sí misma. Han pasado los años y el destino ha hecho su obra: una carta de Aziz perdonándola le devuelve la tranquilidad que le faltaba a su melancólica soledad.

Pasaje a la India fue el último film de David Lean. Desde entonces, ninguna superproducción ha podido emular o alcanzar la estatura de sus clásicos, ni su elegancia ni su delicadeza.

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