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Filosofía

El silencio de los empáticos

Nosotros, los buenos empáticos, tenemos garantizado un mejor futuro porque somos hábiles de un modo en que ni las máquinas ni los antipáticos pueden serlo.

La reflexión crítica es también una habilidad blanda, como el ejercicio de la sospecha.
La reflexión crítica es también una habilidad blanda, como el ejercicio de la sospecha. pixabay
Mariana Chendo 13 junio de 2024

"¿Solamente la maldad es destructiva?"

(Thomas Harris, El Silencio de los Corderos)

¿Cuándo fue que la empatía se volvió el imperativo moral de nuestros tiempos? ¿Cuándo fue que la empatía le ganó todo el terreno afectivo a las demás pasiones configurantes? ¿Cuándo fue que empezamos a indignarnos porque el colectivero no es empático, a exigirle empatía con igual ímpetu al docente y al verdulero, a renegar por la falta de empatía de los gobernantes? ¿Cuándo fue que el jefe conductor devino líder motivacional para terminar en colaborador empático? ¿Cuándo fue que empezamos a sentirnos mejores ciudadanos por ser empáticos, mejores compañeros, mejores personas? ¿Cuándo fue que empezamos a juzgar acusadoramente a los que no saben ponerse en el lugar del otro, mirar con los ojos del otro, sufrir con el alma del otro, ser el otro? 

Nosotros, los buenos empáticos, tenemos garantizado un mejor futuro porque somos hábiles de un modo en que ni las máquinas ni los antipáticos pueden serlo. 

En una reciente columna del New York Times titulada Cuando se eclipsan las habilidades técnicas, tu humanidad será más importante que nunca, se nos da la clave de comprensión: "Hay un cambio inmenso en las habilidades que más valora nuestra economía". Y allí mismo se explica: si bien la presente "economía del conocimiento" tiene sus orígenes en la "economía de bienes", también es cierto que se está dando paso a una "economía de las relaciones", donde la empatía será el litio del éxito. 

En la columna, los autores citan investigaciones de LinkedIn, encuestas de Jobs of The Future, estadísticas de departamentos de Recursos Humanos, identifican 500 habilidades que serán afectadas por las inteligencias artificiales generativas, evidencian la fragilidad presente de las habilidades duras e hipotetizan la fortaleza futura de las habilidades blandas. 

"Para saber cuáles serán los trabajadores del futuro, debemos preguntarnos cuáles son nuestras capacidades básicas como humanos", reflexionan los autores para concluir que la empatía será la clave del éxito. La columna permite ver que lo que está en juego en el imperativo moral de la empatía es "el futuro de nuestra economía" y hacen saber que la Universidad y sus humanidades tiene un papel central en la construcción de este futuro. 

La reflexión crítica es también una habilidad blanda, como el ejercicio de la sospecha. Hay que poner atención a los devenires de las palabras, a sus saturaciones semánticas, a sus corrimientos, a sus repeticiones abusivas, a sus derivas de sentido, a sus rotaciones intencionadas. ¿Cuándo fue que la empatía se corrió de su sentido aristotélico de "sentir dentro" o de ese "dolor intenso" que Galeno nombra con el término empatía? ¿Cuándo fue que la empatía olvidó su larga historia en la sensibilidad estética y la filosofía del arte? ¿Cuándo fue que la empatía se convirtió en un fenómeno neurológico capturable, reconocible, reproducible? ¿Cuándo fue que la empatía logró su independencia organizacional? Cerebros empáticos, líderes empáticos, organizaciones empáticas, compañeros empáticos, capacitaciones para la empatía, soluciones de futuros empáticos para presentes catastróficos. 

La clave del giro está en la columna del New York Times: fue necesario desgastar la empatía para hacerla caber en el "futuro de la economía"; desgastado el sentido sufriente del término empatía, la palabra queda para indicar la buena intención de ponernos en el lugar del otro. La buena intención de la empatía da el rodeo: poniéndose en el lugar del otro, evita el conflicto con quien siente diferente, con quien piensa diferente, con quien es diferente, ocupar el lugar del otro en silencio. La clave del giro está en desgastar la empatía para no entrar en conflicto. Un giro sofisticado que promete trabajos mejores para los buenos empáticos. 

En estos tiempos aciagos, no sentir empatía es ser insensible y hostil. Deberíamos preguntarnos cuán empático es exigir empatía. Desde nuestras mancilladas humanidades, quizá no deberíamos preocuparnos tanto por los trabajos del futuro sino más bien por los humanos del presente. E

n su texto La política cultural de las emociones, Sara Ahmed sostiene que no se trata de sentir lo que siente el otro, que la empatía queda pasiva y corta, que hay que llamar a una política colectiva basada no en la posibilidad de ser el otro, sino en que podamos aprender a vivir con la imposibilidad de sentir lo que siente el otro, "aprender que vivimos con y junto a los demás y, sin embargo, no somos como uno solo". 

Entre el silencio y el insulto, queda la sensación de que la moda de la empatía se ha erigido en el extremo opuesto de la moda de la violencia. No sólo la maldad es destructiva, el camino del futuro está empedrado de empáticas intenciones. Nos urge encontrar otras políticas de las emociones, que hagan lugar al conflicto sin clausurarse en el silencio ni acabarse en el insulto. Las humanidades tienen ahora mismo un papel central.

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