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Los Emmy y la crisis de las instituciones de premios

En una ceremonia dominada por Sucession y Ted Lasso, donde Better Call Saul se fue con las manos vacías, resurgieron los problemas que enfrentan todas las entregas de premios: pierden audiencia. Por primera vez en la historia, los Emmy tuvieron menos de 6 millones de espectadores.

Las instituciones de premios son necesarias para la industria.
Las instituciones de premios son necesarias para la industria.
Pablo Planovsky Pablo Planovsky 16-09-2022
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La primera entrega de la ceremonia de los premios Emmy, los galardones que otorga la Academia de Artes y Ciencias de la Televisión, fue en 1949. 

Mucho sucedió en el mundo para que en su séptima cuarta edición los premios enfrenten una doble crisis de audiencia. Como sucede con los premios Oscar, de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, precursor de todas las ceremonias de premios del espectáculo (y referente incluso para ceremonias de otras disciplinas) los Emmy parecen combatir una decadencia imparable reflejada en los números de audiencia. Por primera vez en la historia tuvieron menos de 6 millones de espectadores según Nielsen, la empresa que mide el rating en Estados Unidos.

Las causas son varias. Por un lado, la mayoría de los eventos en vivo transmitidos por televisión bajaron el promedio de rating durante los últimos años. La multiplicidad de pantallas (celulares, notebooks, tablets, etcétera) trajo aparejada nuevas formas de consumo audiovisual en nuevas plataformas. 

La TV tradicional ya no tiene el monopolio de los hogares de todo el mundo, porque ahora existen plataformas como YouTube, Netflix y Twitch, entre otras, que permiten que los espectadores elijan qué, cuándo, y cómo ver el contenido que deseen. Aunque como sucede con los cambios en las políticas de las grandes empresas de streaming, plataformas como Netflix y Disney+ tomen decisiones que cada vez las acerquen más al modelo de TV (por cable o satelital) tradicional, el número de competidores se agrandó. Y quienes más lo sufrieron fueron los canales tradicionales, como NBC, hogar de los Emmy.

Pero la caída del 25% en la audiencia con respecto a la medición del año pasado ofrece datos más interesantes: tuvo la medición más baja en el rango etario que va desde los 18 hasta los 49 años. Aunque es un rango bastante amplio, una posible hipótesis sugiere que a los shows históricos (como los Emmy) cada vez les resulta más difícil sumar a nuevas generaciones. 

Los Oscar, aún con números bajísimos, continúan como líder de todas las ceremonias de premios en mediciones de audiencia, pero tienen problemas casi idénticos. Los productores de estos shows, incluyendo a los Grammy, no saben cómo atraer a los más jóvenes. 

Quizás eso pueda explicar el “homenaje” que tuvo El Padrino por sus 50 años en la última ceremonia del Oscar, con música de rap de fondo y editada en un breve clip como si fuera una película de acción. 

Los Oscar (y, podríamos decir que por extensión también las otras ceremonias) intentan atraer a un público que no está interesado en ellos mientras alejan a los (cada vez menos) interesados que los siguen. 

Parte del problema de la alienación cultural que logran estos premios se traduce las premiaciones en sí. Los Emmy tendrán para siempre encima la carga de nunca haber premiado a The Wire, considerada como una de las mejores series de ficción en la historia de la televisión; pero ahora también se impusieron otra “mancha” más: Better Call Saul se fue, una vez más, de la ceremonia sin haber ganado en ninguna categoría. 

Como en toda premiación, es muy discutible definir qué es lo mejor en cada categoría, pero después de 46 nominaciones es llamativo que el spinoff de Breaking Bad no haya conseguido ganar nunca. 

Sean los Oscar, los Grammy, o el Balón de Oro, toda premiación hará enojar a varias personas que apostaron (algunos con algo más que sentimientos) a la victoria de los que perdieron. Ese descontento se amplifica en la época de las redes sociales, donde los espectadores pueden expresarlo al instante y buscar deslegitimar los premios.

Aún cuando sabemos que los “aciertos” y “errores” dependen de quién evalúe los premios, otro problema que tienen todas las ceremonias tiene que ver con la cantidad de personas interesadas en ver un triunfo de títulos que no vieron. 

Los Premios Sur, que condecoraron a lo mejor del cine y las series en Argentina, y fueron transmitidos por la Televisión Pública en agosto, le dieron ocho estatuillas a Karnawal. 

La película independiente tuvo un paso muy discreto por las salas de cine y no estuvo entre las diez más taquilleras del año en las salas de Argentina. Como sucedió con los Oscar para Nomadland y CODA, es muy difícil que la transmisión del show tenga más audiencia cuando las películas nominadas (y ganadoras) estuvieron muy, muy lejos de ser populares.

Las academias e instituciones de cine y televisión parecen encontrarse divorciadas con los títulos que venden más en las boleterías. Al mismo tiempo, premiar solo películas masivas sería un error que los Oscar supieron evitar cuando cancelaron la categoría “Mejor película popular”, que ni siquiera llegó a concretarse en la ceremonia que estaba planeada.

Otro punto que no juega a favor de estas ceremonias es la atomización de la vida (antes inalcanzable) de las estrellas, que ahora suele estar a unos clics de distancia en las redes sociales, aunque todavía persiste el encanto, también amplificado en redes sociales, por comentar los trajes y vestidos de las celebridades que atienden esos eventos.

Más allá de la frivolidad y las críticas que se puedan hacer en contra, se puede argumentar que las instituciones de premios son necesarias para la industria. No solo porque todavía tienen cierto poder para aumentar la visibilidad de ciertos títulos: también ayudan a formar el canon de una época sobre qué es considerado “lo mejor” del año. 

Revitalizan la discusión sobre el estado del arte mientras moldean y se adecuan al clima social que los acepta o rechaza. La prueba que va a contramano de los descensos de audiencia es The Game Awards, la institución que premia a los mejor del año en videojuegos. La transmisión no está ligada a ningún canal de televisión tradicional, pero año tras año crece en audiencia en YouTube. Es cierto que es muy difícil medir audiencias en el mundo digital (¿cuántos son realmente espectadores de carne y hueso?) pero, si son ciertos, los 85 millones de espectadores (las cifras de la última ceremonia, en 2021) de The Game Awards dejan muy pequeños a los Emmy. 

La industria de los videojuegos era una de las pocas que, todavía, no tenía una ceremonia de ese estilo. Desde 2014 The Game Awards, no sin críticas, crece todos los años. Prueba puntual del interés que todavía pueden despertar estos eventos.

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