Presente versus pasado

El Gobierno dice postular una controversia deseable: futuro versus pasado. Pero no puso en la mesa una propuesta o una agenda del futuro.

Carlos Leyba Carlos Leyba 02-06-2017
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Por Carlos Leyba

Quince meses de caída de la industria. Una tasa de inflación que, generosamente, la ubicamos en el orden del 22% y 20% del desempleo juvenil (19 a 24 años). El más alto de la región. En CABA, 175.000 jóvenes  hicieron cola para demandar uno de los 11.000 puestos ofrecidos. El Gobierno festeja que el empleo privado volvió a los niveles de 2015.

¿Conformistas?

Lo bueno está tierra adentro. Suma que crece el agro (tipo de cambio -por ahora- y fin de retenciones) y la construcción (inversión pública) que pisa el territorio. Esos son motores vivos que arrastran. Bien.

Sin embargo, en el centro del país, la pobreza medida en Córdoba supera el 40%.  Como siempre la información que molesta hace enojar al ministro con la realidad. Pero enojado no se puede pensar (Jorge L. Borges dixit).

La percepción colectiva derivada de estos hechos, medida en mayo, señala la caída del Indice de Confianza del Consumidor (-0,9%) y del Indice de Confianza en el Gobierno (-3,6%) ambos de la UDT.

Es decir, las metas del Gobierno, menos que ambiciosas, no llegan y se nota. La inflación baja. Pero no lo suficiente como para abandonar la dramática persecución a la actividad, para gozo de la Patria Financiera, ejercida por la tasa de interés. Y tampoco “arrancó la economía”: la industria y el comercio descienden.

¿Por qué? El consumo frena, el tipo de cambio atrasado cancela el vigor de la productividad real y la única inversión que se registra es la pública. Comparativamente, en el primer trimestre de 2017, el PIB permanece debajo del nivel de 2015. La política fiscal solo alcanzó para contener la caída sin arañar el objetivo, y la política monetaria, muy dura, solo alcanzó para disminuir el ritmo, pero no para aproximarse a las metas de inflación.

Así seguimos

Seguimos en el escenario de estanflación. Conclusión, política equivocada o incompleta, que es lo mismo.

La realidad económica cotidiana constituye la parte más sensible socialmente del presente. Mientras el pasado K se congela en la memoria. Por ausencia de futuro, pasado y presente son las esquinas que ocupan los que se enfrentan en el cuadrilátero electoral de nuestros días. Presente versus pasado y viceversa. Es lo que hay.

Sin embargo, el Gobierno dice postular una controversia deseable: futuro versus pasado. Pero no puso en la mesa una propuesta de futuro. Una agenda del futuro. Sólo exhortaciones escolares de fecha patria.

Por su parte, la oposición ya demostró, durante 12 años, que el futuro no es lo de ellos. Néstor ?con recursos abundantes? se limitó a gobernar, desde el primer día, con visión de sala de guardia. La excepción fue la prorroga por 30 años de las maquinitas de timba del Hipódromo “para que la demanda de juego no se vea insatisfecha” (sic).

El futuro, como proyección de lo deseado, con el diseño del mapa de acceso y las estaciones de recarga necesarias, no aparece. El futuro no está en oferta.

No lo expone el Gobierno, siendo que esa es la principal función de la vida pública, y no lo exponen quienes están fuera de él, siendo que esa es la principal función de quién se postula como alternativa.

Estamos electoralmente encerrados en presente versus pasado y la política no tiene mas vuelo que una campaña de dentífrico o productos de limpieza. Hombres de marketing.

Mal que le pese al oficialismo, el presente es todo lo que puede ofrecer. Mientras que a la principal oposición, insólitamente, no le queda otra cosa que reivindicar el pasado. Lo hace dividida en función de la parte del pasado en que participó.

El presente sólo y sin adjetivos, tal cual es y se percibe, enfrenta al pasado inmediato, que es el de los doce años inaugurados por Néstor.  Peor. Porque las voces del presente no enfrentan todo el pasado. Muchos de los actuales funcionarios lo fueron de gestiones previas al kirchnerismo y, básicamente, sus ideas económicas fueron puestas en práctica por José A. Martínez de Hoz y Domingo Cavallo.

En la macro del día a día el PRO practica, como Joe y Mingo, la pulsión por la apertura comercial y la convalidación de un tipo de cambio atrasado a causa de la financiación externa del déficit fiscal.  Eso ya lo vivimos. Y sabemos cuánta industria, empleo y pobreza nos costó.

Compensar sin progresar

Desde entonces vivimos en el déficit fiscal que las malas políticas económicas generan al obligar a políticas sociales compensatorias para mantener la paz social que las políticas económicas destruyeron.

Ejemplo: el PRO celebra el incremento del número de AUH que no es otra cosa que el analgésico imprescindible para solventar la crudeza de una situación laboral de desempleo y marginalidad como mínimo estancas. No ataca el problema sino las consecuencias. Igual que los K. En este presente hay mucho del pasado.

Sobre todo en la concepción de largo plazo. El PRO repite la asociación estratégica con China de Cristina.

Comprender el significado y las consecuencias de esa asociación modeladora, requiere tener presente la tendencia a la dependencia de un solo producto (soja) y un solo mercado (China), en el marco de una política cambiaria de retraso sin retenciones.

Pero,  además, exige ser conscientes de la estrategia de la República Popular China que, en el “Libro Blanco sobre Política china de Recursos Minerales (2003)”, señala que “la potencia imparable que ofrece una economía política centralizada por un Estado firme y prudente, que cuenta además con la población más numerosa, trabajadora y sacrificada de la Tierra, asegura que el Pueblo, transcurridos los primeros años del Siglo XXI, está llamado a dictar el devenir de la humanidad en las próximas décadas”.

Es decir, el presente PRO tiene elementos estructurales definidos en el pasado inmediato como lo son la alianza con China y la política social en lugar de una estrategia de desarrollo.

Además, el PRO suma pasados previos como lo son la apertura y retraso cambiario provocado por la deuda cuyo origen es el déficit fiscal. La confrontación hoy es presente versus pasado inmediato.

De ese pasado permanecen vivas las negativas imágenes policiales que han cambiado el orden de las secciones de los medios de prensa: las páginas políticas chorrean delitos.

Pero esas imágenes delictivas se erosionan a causa de la desesperanza que provoca el ejercicio rengo y manco de la Justicia. En estos días la incapacidad de juzgar a un camarista, cuyos antecedentes tornan escandalosos, instala la legítima preocupación que la Justicia pertenece al poder.

Y que no habrá castigo al pasado ni al presente mientras el poder presente, por conveniencias electorales o el poder supérstite del pasado, por lealtades siempre inconfesables, intervengan en función de sus intereses. Si hay intereses no hay Justicia.

Del pasado inmediato también hay memoria de beneficios, transitorios, surgidos de los desparramos cometidos. Desparramos a su vez transitorios posibilitados por el agotamiento del stock.

Desacumulación, como lo es la deuda externa que, salvo que sea parte de un proyecto de desarrollo, es un modo de desacumulación del futuro. Así expuestos los términos en pugna denuncian un gran extravío  del que es necesario salir y nos cuesta imaginar un hilo conductor que nos conduzca a otro territorio.

La política aquí y ahora se reduce a descalificaciones, tal vez ciertas, que por ser el único contenido del discurso terminan por descalificar a quienes lo emiten. Es que sólo grandes liderazgos son capaces de introducir el futuro como contienda.

Una contienda sin futuro sobre la mesa es una grita de conventillo. Ahí estamos como consecuencia del vuelo rasante de nuestros dirigentes políticos.  Claro que siempre hay excepciones.

Es obvio que si la disputa está reducida al enfrentamiento entre el presente y el pasado, la política es un ave de vuelo bajo. El mandato, aquí y ahora, es levantar vuelo para mirar el panorama desde la altura enorme que brinda pensar en el futuro de una Nación con enormes potenciales. Necesitamos el mínimo consenso para convocarnos a mirar el futuro. Vamos a redescubrir el potencial y a identificar los contrapesos, barreras y fronteras que lo están secando.

Primero, la lucha contra el presente en que viven quienes están condenados a la pobreza y, fundamentalmente, el 50% de los menores de 14 años. Ahí está el futuro. ¿Qué programa tenemos para esa realidad? ¿Hay ejemplos exitosos para emular? Por supuesto que sí. ¿Quién puede negarse a un acuerdo sobre este riesgo fatal en el que estamos embarcados hoy?

Segundo, la lucha contra la concentración demográfica del conurbano bonaerense. Un capítulo de esa lucha es el que incluimos en el primer punto: la pobreza niña y joven. El otro es la relocalización de las oportunidades de trabajo que contribuyan a la integración del territorio.

Una vía integradora es la reconstrucción de la industria ferroviaria nacional. Hay que detener el inmediatismo, otra continuidad PRO-FpV, de la importación de lo que sabemos, podemos y necesitamos hacer.

Trabajo e industria ferroviaria para integrar físicamente el país. Otra es inaugurar un programa nacional masivo de producción de equipos solares y eólicos para la energía limpia. Tenemos todo para hacerlo. Trabajo para nuestra realidad de 50% de baja calificación, para ocupar el territorio e integrar modernidad y tecnología. Pagar la deuda interior que mantenemos desde mitad del Siglo XX y que no podremos cancelar con quimeras de esdrújulas griegas.

Pensar el país desde adentro y a partir de la geografía abandonada. Saldar la deuda de la ciudad puerto rica y cosmopolita.  Los cinturones conurbanos la están despertando.

Discutamos estas cuestiones materiales y estaremos ganando altura y dejando a un lado la necesidad de ocultar o mentir. Es que las cartas de presentación del presente y del pasado no avalan hoy a ninguno de sus portadores.

Solamente en el discurso del futuro hay posibilidad de consenso y, por lo tanto, de construcción. Porque “el futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer” (Henri Bergson, filosofo). Nosotros.

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