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Nacionalización mediterránea

Córdoba ( y sus medios) están nacionalizados y Milei no necesita a Llaryora para entrar en la provincia.

Juan Schiaretti y Martín Llaryora
Juan Schiaretti y Martín Llaryora .
Daniel Montoya 18 febrero de 2024

Basta con remontarse a marzo de 1991 para comprender que el protagonismo de Córdoba en el plano nacional no es ninguna novedad. No obstante, el arribo de Domingo Cavallo a la silla de un súper poderoso ministerio de Economía a partir del lobby de un entramado de grupos económicos mediterráneos, no le daba a la provincia una centralidad política equivalente. 

En ese plano, el entonces gobernador radical Eduardo Angeloz le ganaba las elecciones provinciales de aquél año al peronista José Manuel de la Sota por una diferencia de 10 puntos, 52% a 42%, en el medio de un clima de época dónde el acartonado y engominado angelocismo se regocijaba con el, ¡atenti el oxímoron!, perfil insular de Córdoba.

Por supuesto, el gran contrasentido de una isla mediterránea no sólo le terminaría saliendo caro unos años más tarde a la provincia con el pellejo de un Angeloz que no solo se resistió con terquedad al tsunami privatizador irradiado por la Nación, sino también a cualquier instancia de sinergia como la que terminaría subsanando Néstor Kirchner en la siguiente década con la construcción de la trascendental y postergada autopista entre Córdoba y Rosario. Por cierto, una arteria decisiva en la configuración del poderoso enclave agropecuario cordobés actual.

De todas maneras, el daño de tal primera versión serrana de la doctrina Monroe -Córdoba para los cordobeses- sería mucho más profundo ya que, con la tozudez que llevaría a Angeloz a su caída en 1995, la variante radical de modernización y racionalidad económica que impulsó él mismo en las elecciones presidenciales de 1989 con su slogan del "lápiz rojo", dejaba como única variante partidaria en pie a un alfonsinismo que cargaba la mochila de plomo de la hiperinflación de 1989 y, de igual modo, una entrega anticipada del poder.

A esta altura, no quiero ser indulgente con Fernando de la Rúa pero, con el cuadro partidario descripto, el huevo de la serpiente ya estaba en plena incubación. Ni hablar si a ello le sumamos su alianza con una intrascendente fuerza política como el Frepaso, un tipo de formación partidaria de esas que prosperan cada tanto al calor de los poderosos medios de comunicación metropolitanos que, in memoriam Jorge Luis Borges, representan tan fielmente a la más sincera de las pasiones argentinas: el esnobismo.

Big Bang y cordobesismo 2.0

El quiebre de la convertibilidad de 2001 inaugura un nuevo ciclo político y económico nacional que, en lo sustancial, no altera sino por el contrario refuerza tales rasgos ombliguistas de la política cordobesa, aunque en una zona de confort bien distante de aquella de los '90.

 Al correrse el centro de la gravedad de la política nacional al área metropolitana de Buenos Aires con el interinato de Eduardo Duhalde entre 2001 y 2003 y después con la saga de Néstor y Cristina Kirchner entre 2003 y 2015, ya no era que Córdoba se encapsulaba sino que una mini Nación de 13.000 kilómetros cuadrados restringida a la ciudad de Buenos Aires y a los 24 partidos aledaños se alejaba en general de las provincias, dejando el campo orégano para la proliferación y sofisticación de diversos provincianismos.

En ese marco, Córdoba experimenta de la mano del incombustible "gallego" de la Sota su primera versión peronista de un partido cordobés cuya fecha de nacimiento se remonta allá lejos en el tiempo al "Pocho" Angeloz, a Amadeo Sabattini y paremos aquí para no viajar al siglo XIX a lo Milei. 

El "Gallego" de la Sota
El "Gallego" de la Sota

"Córdoba Corazón de mi País" y, años más tarde, con Juan Schiaretti y un "Hacemos por Córdoba" y sus múltiples referencias discursivas a "Córdoba para los cordobeses". En una palabra, todo aquello tendiente a, ni más ni menos, mantener bien alambrada la provincia.

De más está decir que el kirchnerismo más fácil no se la pudo hacer a sus líderes políticos locales, circunstancia reflejada en el pobre 37% obtenido localmente por Cristina Kirchner en una elección de 2011, dónde a escala nacional consiguió el 54%. ¡Casi 20% de diferencia! 

Es decir, una provincia más libre de kirchnerismo imposible con terminales locales que, en la última elección de 2023, ponían en sus carteles el logo "Frente de Todos" en letra tamaño 4, no apta para cortos de vista.

Resolución 125 y cordobesismo 5G

El conflicto federal disparado a partir de la resolución 125 de 2008 abre un nuevo ciclo político con consecuencias profundas no sólo en la política nacional sino también en la dimensión local. 

En el primer plano, activa una coalición política nacional inédita, ¡atenti!, inédita, distante aún de aquella liderada por un Carlos Menem que, construyó su poder político a partir de una alianza inestable, pero alianza al fin, con la maquinaria política bonaerense duhaldista que, parricidio mediante, le diera soporte político también a Néstor Kicrhner una década más tarde.

Martin Llaryora, intendente de la ciudad de Córdoba y gobernador electo de Córdoba.
Martín Llaryora, gobernador de Córdoba.

A diferencia de aquél proceso político, el centro de gravitación del "primer tiempo" de Macri fue de movida el entramado de la Región Centro con eje en la provincia de Córdoba y, ¡atenti de nuevo!, al igual que el "segundo tiempo" que hoy está liderando un Milei cuyo termómetro de salud política será, al igual que para Macri, la capital mundial del Fernet con Coca dónde el flamante presidente fue a cerrar su campaña junto a la actual ministra de Seguridad, Patricia Bullrich y, de igual manera, contó con la presencia de una Victoria Villarruel que fue al festival de Jesús María para agradecer la gesta electoral de los cordobeses.

Semejante cuadro sirve para explicar el actual choque de trenes entre el presidente Milei y el flamante gobernador cordobés Martín Llaryora. De haber tenido Macri en su presidencia la impronta reformista de Domingo Cavallo en la década del '90, los chisporroteos entre el poder nacional y el provincial hubiesen sido también de alto voltaje. Pero no sólo por la agenda de reformas en sí misma, sino también por la concurrencia novedosa de bases electorales y de una opinión pública dónde Milei no necesita a Llaryora para entrar en Córdoba y viceversa. Insisto, y viceversa. Más aún, en un contexto comunicacional dónde los medios de Córdoba están nacionalizados de hace tiempo. 

Para muestra, basta el ejemplo del centenario diario La Voz del Interior asociado con Clarín desde 1998 o Radio Mitre entrando a Córdoba en 2006. Sumado a ello, la profunda penetración de las redes sociales, un ambiente digital dónde Milei se mueve como Messi por el mundo con su rosarinismo y dónde, no solo el gobernador cordobés, sino una clase política en general analógica, la corre de atrás mal y no encuentra cómo entrar en la conversación y polarizar con un presidente que salta de un intercambio con Elon Musk o Donald Trump a una pelea con Lali Espósito, un líder político o periodista cualquiera.

En tal ambiente de cambio de paradigma político y, a la par, comunicacional, todo el sistema tradicional está amenazado pero, más que nadie, aquellos líderes que proponen una oposición frontal dentro de la cancha dónde Milei juega de local y que, de fortalecerse en un futuro, no tendrán como Llaryora la posibilidad que tuvieron Angeloz, De la Sota o Schiaretti de echar mano a la insularidad de un electorado y una opinión pública cordobesa que hoy, lejos de aquella época, está nacionalizada y también vive como propios los robos en el conurbano bonaerense, los piquetes de Belliboni y el malestar crónico de los porteños que invita a parafrasear a Raúl Alfonsín: "Un psicólogo por allí".

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