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Milei, la gran oportunidad y el enorme riesgo

Milei es una gran oportunidad de revisión del sentido de la política.

El presidente Javier Milei.
El presidente Javier Milei.
Daniel Montoya 09 enero de 2024

No hacía falta aludir a la palabra crisis. Milei es un excelente sinónimo de ella, en la doble acepción que tiene para los chinos: oportunidad y riesgo. No obstante, en esta oportunidad hay que sumarle dos adjetivos a ambas dimensiones del término: gran y enorme. No es la primera vez que, desde la recuperación de la democracia, nuestro país enfrenta una crisis así de severa, profunda y terminal.

Experimentamos la primera en 1989 en un contexto hiperinflacionario no de cientos sino de miles por ciento, acompañado de saqueos de supermercados y manifestaciones diversas de violencia urbana. Apenas doce años más tarde, en 2001, nuevamente, aunque en el marco opuesto de una híper depresión económica signada por un alto desempleo y una crisis social en el cordón más sensible de la gobernabilidad en Argentina: el conurbano bonaerense.

Sin perjuicio de ello, en ambas oportunidades, el camino de salida identificado, aun con severas dificultades, siempre guardó estrecha relación con el sistema de fuerzas políticas imperantes en ambos momentos. Sea en 1989 mediante un Partido Justicialista fortalecido no solo por un proceso de renovación interna disparado en 1985, sino también por una interna inédita en 1988 o, en 2001, por un acuerdo entre dos líderes políticos con indiscutible arraigo hacia adentro de las dos mayores fuerzas políticas vigentes en esa época: Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín.

La tercera fue la vencida

Pero con el outsider Milei hasta aquí llegamos. Al menos en lo que hace a los sucesivos ensayos de salida de crisis terminales por parte del sistema político tradicional. Ello representa una gran oportunidad y un enorme riesgo. En particular, la extraordinaria circunstancia tiene que ver con la posibilidad de inyectarle al sistema político argentino una dosis de renovación y sangre nueva que lo induzca a revisar y cuestionar una serie de conductas perversas instaladas como una suerte de sentido común en el ejercicio de la actividad política profesional.

Si para muestra sobra un botón, en primer término vale mencionar el Pacto de Olivos de 1993, un acuerdo político que, en lo sustantivo, consagró un sistema de reelección presidencial que, como lo analizara en una columna publicada en La Voz del Interior, está estrechamente ligado y explica en gran medida las recurrentes y severas crisis económicas que azotan a nuestra Argentina. En tal sentido, la "re-re de Menem" o la movida "Cristina eterna" no fueron menciones inocentes al pasar, sino los rasgos de un sistema político con incentivos nocivos en su diseño.

Por otra parte, el mencionado acuerdo de salida de la dura crisis de 2001 que, a diferencia de la anterior de 1989, dejó además un penoso saldo de sangre en la Plaza de Mayo, fue una salida táctica de emergencia que, en el plano institucional, no implicó el diseño de una arquitectura institucional que impidiera que una administración emergente de la crisis como la Kirchner escalara un modelo político propio de una pequeña provincia rentística como Santa Cruz a escala nacional, con todos las huellas políticas, económicas e institucionales que perduran al día de hoy y que, en buena medida, abonaron el terreno para la llegada de una suerte de Johnny Rotten de la política como Milei. In honorem Sex Pistols.

El enorme riesgo

Vale decirlo de nuevo: Milei es una gran oportunidad de revisión del sentido de la política. Así como representó un duro golpe para una fuerza política tradicional como el peronismo que, de tanto preocuparse por los pobres y los excluidos, los terminó multiplicando; también fue un frío baño de realidad para un nuevo partido político como el PRO que, nacido a partir del ADN de la modernidad y el cambio propios de la actividad empresarial, terminó con más vocación por la rosca política y las internas que sus propios socios (¿aún?) del centenario radicalismo, hoy curiosamente más atentos a su reverdecer y a la renovación de la oferta partidaria. ¡Qué inversión de roles!

En tal aspecto, el flamante presidente outsider dejó al desnudo la vocación de ambas fuerzas políticas mayoritarias para, diciéndolo en clave Martín Rodríguez, construir una Argentina para el peronismo o el cambiemismo más que, a la sana inversa, un peronismo o un cambiemismo para nuestro país. Precisamente, si de enormes riesgos se trata, lo peor que le podría ocurrir a la flamante administración Milei es la consagración de ese vicio que opacó, hoy no sabemos si circunstancial o definitivamente, a ambos espacios políticos.

En particular, más que la demora en el tratamiento o la redefinición del alcance del DNU y la ley Ómnibus, lo más delicado sería que, en esta instancia de crisis terminal, el ADN empresarial y corporativo de esta primera versión de la administración Milei conduzca a la tentativa de convertir a la Argentina en una unidad de negocios de corporaciones como Grupo América más que en un valioso aporte de esos grupos y entidades empresariales para la postergada construcción de un país. 

En definitiva, aquello que constituye la gran deuda de las grandes fuerzas políticas y, en definitiva, termina explicando el ascenso inédito de un outsider como Milei, pero, al mismo tiempo, determinará el éxito o fracaso de su única misión: hacer lo que la política profesional no quiso, no pudo o no supo durante estos 40 años. In memoriam Raúl Alfonsín.

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