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Los enojos, la soledad y el futuro del Presidente

Atilio Molteni Atilio Molteni 27-12-2018
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Por Atilio Molteni Embajador

El último de los gladiadores adultos y equilibrados que incluía el Gabinete de Donald Trump era el secretario de Defensa de los Estados Unidos, el General Jim Mattis, quien renunció a su cargo alegando un fulminante desacuerdo con la reciente decisión del Jefe de la Casa Blanca.

Este decidió por las suyas retirar a los 2.000 soldados norteamericanos apostados en Siria y a 7.000 de los 14.000 que se encuentran en Afganistán en lucha cotidiana con las formaciones talibanas. Todos, inclusive el propio Mattis, esperaban que el funcionario continuara en sus funciones hasta febrero para permitir una transición ordenada con su sucesor, pero la gran trascendencia y valor que dio la prensa a los términos de la renuncia, afectaron las terminales nerviosas del Presidente, quien lo removió dos días después con el propósito de que deje el puesto el 1° de enero. Además lo reemplazó interinamente con el subsecretario Patrick Buchanan, quien no es militar, sino un ex directivo de la empresa Boeing.

En el texto de dimisión, Mattis dedicó particular énfasis en puntualizar los avances registrados en algunos aspectos de la Estrategia de Defensa Nacional de su país (documento que parece representar con superior fidelidad los puntos de vista de las instituciones militares que los de Trump), destacando que las tropas siguen proveyendo las capacidades necesarias para prevalecer en los conflictos y sostener la influencia global de Estados Unidos, sin olvidar que la columna vertebral del país requiere preservar su fuerza como Nación dentro de un sistema único, modular y comprensivo de alianzas y asociaciones.

Después de alinearse con la idea de que Washington no puede ser el policía del mundo, Mattis afirmó que la alternativa eficaz para alcanzar los objetivos nacionales consiste en utilizar todas las herramientas del poder estadounidense para proveer a la defensa común, incluyendo en ello el efectivo liderazgo de las alianzas existentes. Asimismo, recordó que 29 democracias demostraron esa fuerza en la decisión de pelear juntos en oportunidad de dar respuesta al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001.

Al respecto, cabe tener en cuenta que ya en los debates electorales que lo llevaron a la presidencia, Trump empezó por dudar acerca del papel de Estados Unidos en la OTAN y de su condición de líder de Occidente, al punto de arriesgar la noción de que ese organismo había devenido en una entidad obsoleta. Recién en junio de 2017 dio vuelta la página y aceptó retomar la política tradicional de su país representada por el artículo 5 de Tratado de la OTAN, cuyas disposiciones dan vida al concepto de la defensa común.

Durante una primera etapa del actual Gobierno, un grupo de funcionarios encabezados por Mattis e integrado por los entonces secretarios de Estado, Rex Tillerson; el titular del Consejo Nacional de Seguridad, General H.R. Mc Master y el Jefe de Gabinete, General John Kelly, ahora todos desligados de sus funciones oficiales, fueron calificados por la prensa y la clase política como los “adultos o maduros en el jardín de infantes de la Casa Blanca”, al transformarse en un contrapeso de las ideas originales del Presidente respecto de los vínculos con la Federación Rusa, China, OTAN, Corea del Norte e Irán.

El norte de sus acciones fue contener a Trump y hacer que sus decisiones se mantengan dentro de los campos del equilibrio y la razonabilidad. Pese a ello, para los observadores y representantes de muchos países, nunca fueron claras las líneas de autoridad y de decisión en Washington, porque a veces los tweets del Jefe de la Casa Blanca parecían representar la política a seguir. Tras dos años de Gobierno, la idea central de los analistas es que la posibilidad de contener al presidente dejó de existir.

Bajo esta perspectiva, Trump empezará el tercer año de mandato sin límites a sus acciones personales en el marco del Poder Ejecutivo, pero deberá enfrentar a una Cámara de Representantes donde la mayoría es demócrata, la que puede condicionar sus promesas más duras de campaña como las que le permitieron ganar el apoyo de su coalición política original. A esta altura, el Gobierno federal está empantanado y no puede funcionar por falta de acuerdo presupuestario acerca de la financiación del muro en la frontera con México. Ello explica la caída de la Bolsa situación sobre la que Trump responsabilizó al Presidente de la Reserva Federal, Jerome H. Powell, funcionario que el mismo nombró a principios del corriente año.

La versión del habitante de la Oficina Oval sobre sus decisiones, no ayudó para nada a devolverle confiabilidad. Según él, ya no era necesario mantener fuerzas en Siria, por cuanto la misión se había completado al obtenerse la victoria contra el Estado Islámico, hecho que los especialistas consideran banal ante la falta de una estrategia racional que haga posible asegurar que las fuerzas jihadistas no podrán resurgir allí, en Iraq, Yemen o Libia. Además, la medida de Trump deja a los aliados como las Fuerzas Democráticas Sirias, que son mayormente kurdas, en un marco de indefensión ante Turquía y a las tropas de Al-Assad, hecho que consolida la posibilidad de que Rusia e Irán apoyen al dictador sirio para que éste se declare ganador de la guerra civil y ocupe las zonas del nordeste.

Va de suyo que Putin detectó en esta movida una gran oportunidad. Intentará consolidar el papel de Rusia como un elemento central del nuevo orden que está surgiendo en Medio Oriente, mientras que se abren las compuertas para condicionar la permanencia de las fuerzas de Irán y del Hezbolá, lo cual significa un peligro muy concreto para Israel, sin que Estados Unidos dispongan de tropas para ayudar en el futuro a su aliado tradicional, que tiene un papel aéreo central en Siria a la hora de limitar las eventuales acciones terroristas en su territorio.

Por otra parte, el 13 de diciembre una decisión bipartidaria del Senado efectuó un decisivo repudio a la política de Trump con relación a Arabia Saudita en dos aspectos: 1) instándolo a terminar la participación norteamericana en la guerra en Yemen, que consiste en suministros e inteligencia militar y 2) responsabilizando al príncipe heredero Mohamed Bin Salman por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi.

Hasta ahora, el Jefe de la Casa Blanca defendió la alianza con ese país sobre la base de sus compras militares, su aporte eventual para estabilizar Medio Oriente, su respaldo para enfrentar a Irán y por la contribución que hace para estabilizar el mercado global del petróleo. Sin embargo, el Senado señaló que las antedichas operaciones de armas no han sido tan significativas y que Arabia Saudita es hoy un problema estratégico por varias conductas irresponsables de su dirigencia, que no sólo incluyen el desastre humanitario que ocurre en Yemen, sino también su enfrentamiento con Catar, que es también un país de importancia en la región y donde se encuentra la mayor base aérea de los Estados Unidos. Respecto del petróleo, un factor que ahora tienen en cuenta la dirigencia política estadounidense, es que su país se ha convertido en 2018 en el mayor productor mundial, superando a Rusia y a Arabia Saudita, de modo que su precio de comercialización ya no depende tanto de la OPEP y sus aliados.

En pocas palabras, todo ello equivale a decir que Trump comienza 2019 con un escenario en el que sus críticos están tomando más importancia y sus aliados no hacen mucha sombra en el piso.

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