Almorzando con Alberto

17 de julio, 2020

Por Carlos Leyba

Las invitaciones las tiene que cursar el dueño de casa. Y el menú deberá ser diseñado por el anfitrión.

Con las invitaciones tenemos problemas a partir de las quejas de Cristina. Y del menú no hay noticias.

Todos hablamos de esa mesa que no arranca y todos sabemos que sin consenso, que se forja en una mesa y con un menú, no salimos de este drama decadente en que nos estamos despeñando. Las invitaciones son una necesaria afirmación presidencial.

Nadie puede arrogarse el derecho de proscribir o de incluir comensales. Si eso ocurre vamos mal.

¿Qué pasó hasta ahora? Veamos.

Alberto Fernández ha realizado varias reuniones. No tomo en cuenta las referidas a la pandemia; ellas son las inevitables de la emergencia, hubiera sido suicida hacerlo solo. Alberto convocó a la mesa del mambre. Luego a empresarios, sindicalistas y movimientos sociales, para colectar apoyo a las gestiones de las deuda externa y la social: pura retórica.

Después una mesa de algunos de los más importantes empresarios nacionales.

La última convocatoria fue a empresarios del llamado G6 más un dirigente sindical para compartir el podio del mensaje presidencial del 9 de julio. Ninguna fue una mesa de agenda previa, intercambio, debate, conclusiones de acción o propositivas. Todas fueron territorio de cordialidad y consideración. Nada más. De políticas públicas ni hablar. Sin embargo, esas invitaciones dieron razón para que Cristina expusiera su definitiva molestia con los elegidos por el Presidente. “Alberto, con esos no”: ese fue el mensaje político más importante y por cierto el menos novedoso de los Kirchner. Ella ha expuesto su papel de “deslegitimadora”: el “con esos, no”. La última invitación, que por ausencia de materia fue sólo ensayo, ha sido el disparador del debate del escenario político futuro: el clima “poscuarentena” que desea forjar el kirchnerismo que es, por ahora, la materia energética de la coalición gobernante.

La materia prima es la “deslegitimación” del otro y ser “otro” no requiere definirse como tal, basta con no deslegitimar al “otro” y en la cabeza de Cristina uno pasa a ser “deslegitimado”.

Un panorama complicado. Claro que del otro lado, en el macrismo, ocurre exactamente lo mismo.

Ambos “líderes” (¿son?), Mauricio y Cristina necesitan vivir en una escena tóxica. Apenas aparece, en la conversación, la cuestión de lapos cuarentena, y por lo tanto del “futuro”, la llama incendiaria de la deslegitimación aparece de la mano de la Vicepresidente y se puede observar a Mauricio tirando nafta a la hoguera. Ambos nos agobian por igual. Las invitaciones, pocas y desordenadas, de Alberto han sido incompletas.

Las pequeñas y medianas empresas no están plenamente representadas por la UIA, el peso de los empresarios nacionales en la UIA está intervenido por la presencia de muchas empresas de matriz trasnacional, las necesidades del empresariado del interior tampoco tienen plena voz en esas organizaciones. Lo mismo ocurre en el movimiento obrero.

Nuestra sociedad tiene un problema de debilidad de “representación” que deriva del bajísimo nivel de participación en las organizaciones que asumen la representación.

Inmediatamente acude a la memoria el modo en que se han forjado las candidaturas electorales: el dedo

El Presidente, que se ganó un lugar ex post facto, fue ungido por Cristina, que fue ungida por Néstor. Y lo mismo cabe para todos los competidores. No decimos nada nuevo.

Esto revela que listar a los invitados a la mesa presidencial es una decisión compleja y frágil.

Pero salir de esta decadencia es una tarea compleja que exige una enorme generosidad, amplitud y sensibilidad.

Esas tres condiciones no son las que caracterizan la jefatura política de Cristina y, por cierto, tampoco la de Mauricio.

Afortunadamente, no son ellos los responsables de esta tarea. ¿Lo será Fernández?

El no puede ignorar que las inclusiones son tan definitorias como las exclusiones.

Se trata de convocar para aunar fuerzas para enfrentar el drama que vivimos. No cabe duda que deben estar presentes todos los que representen alguna capacidad para sacarnos del pantano. No hay exclusiones posibles. Son pocas las fuerzas de cada uno y sólo sumando muchas podremos inventariar capacidad de arrastre.

Nadie está en capacidad de “deslegitimar” a nadie. Primero porque la “deslegitimación del otro” está en el origen de este drama cuya raíz es la “deslegitimación” política del otro. Segundo, porque no hay ninguna posibilidad de tener “un almuerzo en paz y productivo” si no consideramos legítimos a todos los comensales.

Alberto ha ensayado, hasta ahora sin resultados, invitaciones. Lo ha hecho sin menú y en conversaciones sin propósito programático.

La lista de invitados no es una cuestión menor y es esencial que reine un espiritu de cordialidad que, como todos sabemos es cuestión del corazón y depende del tono y de las palabras del dueño de casa.

Sin esas condiciones todo se pone más dificil.

Supongamos, en positivo, que están todos los que tienen que estar y que el clima cordial domina la escena y que está próxima la presentación del Menú. El programa.

Una nota al pie. El ministro de Economía, Martín Guzmán, ha declarado que “el programa es la administración de la crisis” y, más allá del interrogante que para todos, aquí y en el planeta, es la pandemia, ha señalado que “ahora la pelota está en el campo de los acreedores de la deuda externa”. Que no piensa en nuevas propuestas del Gobierno. Es decir que la probabilidad de salir de “todo el default” es baja, aunque resolvamos una parte sustantiva. Eso no es un marco alentador.

Pero tampoco podemos seguir esperando, porque todos tenemos un hambre colosal de salir y de empezar.

Necesitamos sentarnos a la mesa y ver que hay ahí para alimentar las esperanzas. Que de eso se vive. Administrar la crisis no es un programa. Como todos sabemos lo que nos proponen a la mesa, depende de las disponibilidades en la despensa.

Tiempos de escacez. Nada abunda.

A la mesa cordial la debe presidir espiritu de austeridad en las demandas porque será austero el menú.

Puede ser menú de cuatro pasos, entrada o estímulo del apetito; plato ligero; en tercer lugar plato fuerte y finalmente postre: la satisfacción del futuro.

La entrada, o el estímulo de que vale la pena compartir la mesa, es tratar aquello que estamos dispuestos a hacer con todos y cada uno de los precios y los salarios.

Un sistema de administración de modo de contener las presiones de los poderosos de ambos lados; y forjar un sistema de precios que provea la estabilidad imprescindible para que, cualquiera sea el elemento reactivador, no se lo devore la carrera de precios, salarios, escacez y conflictos.

Un clima de aguante social comprometido por dos años, de modo que sólo se privilegie el cuidado de los más vulnerables. Para el resto, rigor y espera.

Pero en el plato de entrada también debe estar el sector público, la administración del Estado en todos las jurisdicciones.

Hay que comprometer, del municipio para arriba, la congelación los cargos públicos por diez años: vacante que se produce no se reemplaza. Y comprometer la congelación de los salarios públicos superiores al sueldo del Presidente.

En esa lista están, por ejemplo, los jueces, funcionarios de la AFIP y de otros organismos cuyos salarios están asociados a la recaudación.

Si pasamos por el primer plato (el de la estabilidad), podemos avanzar al segundo porque estamos contribuyendo no sólo la calma de corto plazo, precios y salarios, sino a frenar parte de las causas de la expansión del gasto público.

El segundo plato, es la necesidad de recrear la moneda y el crédito. Sin moneda no hay Estado y sin crédito no hay economía capitalista, porque no se puede financiar la innovación.

Que experiencias previas no hayan sido exitosas no inhabilita la necesidad de volver a explorarlas toda vez que ambas cosas, moneda y crédito, son imprescindibles.

Las formas indexatorias (atadas a los precios generales, sectoriales, o a la cotización del tipo de cambio) han dado resultados positivos en la lucha contra la inflación y a favor del desarrollo del crédito, en otros países. Este plato no se puede eludir. Y, como todo lo anterior, es la responsabilidad del Presidente proponer una definición para el debate. Aquí también el consenso es condición sin la cual toda decisión carece de sentido.

El plato fuerte, el de consistencia, es (una vez conformado el programa de estabilización, austeridad pública, reconstrucción de la moneda y el crédito) lanzar la transformación productiva y territorial. Todos los programas a la vez.

Leyes que ofrezcan incentivos a largo plazo. Por ejemplo, plena exención tributaria a las inversiones en industrias productoras de bienes o servicios que sustituyan importaciones y/o generen nuevas exportaciones y que se radiquen en el interior, en regiones poco pobladas. Regionalizar, con capacidad de decisión, todos los bancos, oficinas federales. Desarrollar, con la asociación con empresas líderes del mundo, programas de instalación y transferencia tecnológica para el sistema y la industria ferroviaria, de la industria de la energía eólica y solar.

Potenciar “el segundo y tercer piso” de la producción agropecuaria y minera.

En ese plato se incentiva la inversión, la productividad y la posibilidad exportadora. Y ayuda a generar los mecanismos de atracción para el rebalanceo demográfico.

Todo las materias del plato fuerte son una marcha hacia el interior: federalismo material.

El postre es la estrategia para terminar de manera inmediata y definitiva con la pobreza de los niños.

Antes que termine este mandato presidencial el compromiso argentino debería ser que todos los niños, a partir de los 5 años y hasta los 14, deberían tener una cama, un baño y su desayuno antes del colegio de doble turno, y una tarde de estudio y recreación, protegidos con la seguridad de su comida y la protección que todos necesitan: en esas condiciones habrán dejado de vivir como pobres.

Ese sería un buen almuerzo que al crecer nos haría mejores. ¿Fernández invitará?

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