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Informe de LLYC

Los datos son como el plutonio: no se debe prohibir su uso, sino regularlo

El plutonio es un material tóxico pero, al mismo tiempo, se utiliza en marcapasos que evitan infartos o en centrales de energía. Hay datos que son plutonio.

04-08-2022
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Las mayores empresas del mundo por capitalización bursátil son tecnológicas y obtienen masivamente datos de sus usuarios que, en ocasiones, los proporcionan de manera inconsciente. Es cierto que todas estas compañías piden formalmente permiso a los usuarios para acceder a sus datos. 

Pero prestamos el consentimiento casi de manera automática para no quedar aislados tecnológicamente del mundo. Se tarda unos 40 minutos de promedio en leer los “términos y condiciones de uso” que se nos exigen cuando damos de alta un aparato o nos inscribimos en una red social. Sin embargo, y también de promedio, los usuarios prestamos nuestro consentimiento en tan solo ocho segundos.

El año pasado se calculó que había 50.000 millones de dispositivos conectados a Internet en el llamado IoT (Internet de las Cosas, por sus siglas en inglés). De modo que a las fuentes habituales de captación de datos deberemos añadir la aportación de los procesadores, los sensores y el tratamiento masivo de esos datos. “Y conviene también tener en cuenta que esas máquinas, además de captar datos, pueden tratarlos, ordenarlos e incluso llegar más allá de lo que normalmente podemos hacer los humanos con nuestras limitadas capacidades”, sostiene un informe de LLYC. El título: “El dataísmo: la economía que adora los datos pero que no los utiliza bien”.

Mucha de la información que queda en manos de estas empresas son datos personales que incluyen los relativos a la salud, el ocio y el ideario político o religioso del presente, del pasado e incluso del futuro. Eso incluye también, para nuestra desgracia, los datos borrados y enviados a la papelera o audios de voz, o incluso imágenes familiares íntimas, por no hablar de los datos de geolocalización. 

“De las diez comunidades más grandes del planeta, solamente dos son países, el resto son plataformas como WhatsApp o YouTube. Así, al final, algunas de esas plataformas, que ya son más poderosas que los gobiernos de algunas de las grandes naciones del mundo, saben más de nuestra vida que nosotros mismos”, dice el reporte de Llorente Y Cuenca (LLYC). 

La cuarta revolución industrial

Este fenómeno revolucionario tiene implicaciones profundas y radicales en muchos órdenes y espacios sociales como la economía, política o la cultura, entre otros. Además, se está produciendo con una aceleración temporal, una extensión espacial y una profundidad de consecuencias tales que dificulta enormemente que la sociedad asimile los cambios. 

Y, lo que es más importante, produce la  imposibilidad de ofrecer respuestas éticas, legales y sociales adecuadas a los ritmos y alcances del proceso de transformación. Pero, hay pocas dudas en que nunca en la historia reciente la transformación digital ha estado tan presente en la agenda pública o privada. Y jamás ha habido tanto consenso ni tantos recursos para ello.

Las tecnologías de la información son el presente y no deben alarmarnos. Sin embargo, es preocupante que un uso indebido de los grandes conjuntos de datos personales recolectados gracias a ellas pueda lesionar la privacidad, la reputación e incluso la dignidad del ser humano. “En ocasiones, los usuarios tenemos la sensación de que hemos perdido el control de nuestros datos. Y es importante retomarlo”, dice el trabajo de Iñaki Ortega, Director Senior del Area Executive de Educación Directiva de LLYC y David Ruiz, Socio fundador de SmartUp y profesor de The Valley School. 

¿Qué proponen?

“Que el sector público —con la ley— y las empresas — con auto regulaciones y códigos deontológicos—, actúen poniendo límite a la explotación abusiva de las malas tecnologías de la información. El ser humano ha de ser capaz de disfrutar de los beneficios de estas tecnologías, pero al mismo tiempo debe articular instrumentos que le permitan evolucionar en su uso y desarrollo”, sentencian.

“No son pocos los colegas de nuestro entorno que hablan de una cuarta generación de derechos humanos que nos permita poder desconectar, o que las máquinas nos olviden, e incluso que la red sea neutral.

Se necesita, una cuarta generación, la de los derechos fundamentales en la era digital. El derecho a ser olvidados, el derecho a la identidad digital o la imparcialidad de la red constituyen sólo algunos aspectos de la dignidad humana que se han desarrollado con la irrupción tecnológica y a los que debemos volver nuestra mirada”, argumentan.

Es evidente que la transformación digital ha traído muchas ventajas, algunas de las cuales son irrenunciables y casi todas irreversibles. “Por tanto, la solución no es criminalizar los datos o la tecnología. La solución es humanizarla, como ya lo han hecho muchas empresas en todo el mundo”, agregan.

El plutonio es un material tóxico pero, al mismo tiempo, se utiliza en marcapasos que evitan infartos o en centrales de energía que, “por ejemplo, están salvando a Francia de la crisis energética que vivimos actualmente”. Hay datos que son plutonio, dice LLYC. Para bien y para mal. Por ello, el debate no es prohibir su uso, sino regularlo. 

Los datos serán buenos o malos en función de lo que hagamos con ellos, dicen los autores del informe de LLYC. Es algo que dejó escrito hace ochenta años Isaac Asimov en sus leyes de la robótica. “Más de la mitad del tráfico de datos no se realiza entre humanos sino con máquinas (bots). Y, de estos, la mitad son robots dedicados al cibercrimen. Pero como no se ve, no se sabe que están ahí. Se necesita que en el mundo digital exista la misma transparencia que en el mundo real”, dicen. 

Las fake news son el síntoma que ha de servir para que empecemos a preocuparnos y ocuparnos. Estos bots difunden mentiras tan peligrosas como las campañas antivacunas o la negación de la masacre ucraniana, ya que los algoritmos viralizan lo que crea tráfico, aunque sea falso. “Por ello, es el momento del humanismo, es el momento de la regulación, pero también del autocontrol, de una suerte de juramento hipocrático para los tecnólogos que trabajan en las empresas”, precisan.

El profesor de Esade José María Lasalle alerta de que los algoritmos que manejan datos abocan a que el hombre no sea del todo libre porque es conducido sutilmente en el ejercicio de su libertad. El ser humano no está controlando la transformación digital. “Del homo habilis que utiliza las manos y la inteligencia como instrumentos de afirmación de su identidad hemos pasado al homo digitalis, que tiene la pantalla como mediador de la realidad y proyección de una nueva identidad”, agregó. 

Ortega y Ruiz concluyen diciendo que son “tecno-optimistas”. Pero, advierten: “La pandemia y ahora la guerra nos brindan una gran oportunidad para humanizar la tecnología de la mano de los datos. La década de los años 20 en la que vivimos nos está demostrado que no somos dioses, sino seres frágiles que necesitamos de buenos datos que nos cuiden, nos den salud y hagan el mundo mejor”.

La incorporación de la supercomputación a la ciencia médica está permitiendo grandes avances en el desarrollo de nuevos tratamientos y fármacos.

Según datos de Analysys Manson, el tráfico de datos se va a multiplicar por tres hasta el 2026. Todos los productos y sistemas de transporte, incluso la ropa, van a estar conectados a internet y emitirán información.

Los datos serán buenos o malos en función de lo que hagamos con ellos. Es algo que dejó escrito hace ochenta años Isaac Asimov en sus leyes de la robótica.

La humanidad afronta un gran desafío: defender los derechos de las mentes ante el aceleradísimo avance de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial.

Aunque parezca ciencia ficción, existen tecnologías que podrán leer lo que estás pensando antes incluso que tú mismo.

La solución no es criminalizar los datos o la tecnología. La solución es humanizarla, como ya lo han hecho muchas empresas en todo el mundo.

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