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Envejecimiento prematuro

Vivimos el eterno “Día de la Marmota” económica nacional de una sociedad decadente, como consecuencia de “no medir las consecuencias” de las “medidas”.

Desde hace décadas comenzó a divorciarse la “economía” (como cosa de números) de la “política” (como cosa de gobierno).
Desde hace décadas comenzó a divorciarse la “economía” (como cosa de números) de la “política” (como cosa de gobierno).
Carlos Leyba Carlos Leyba 02-09-2022
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El programa (23/7/22) que Gabriel Rubinstein preparó para Sergio Massa fue publicado por Horacio Verbitsky en “El cohete a la luna”. ¿Información o denuncia?

Es un prolijo inventario de alternativas de políticas coyunturales. Algunas desestimadas, otras propuestas concretas. 

No es un “programa”, pero comenzaría a aplicarse el 1 de septiembre. El autor es viceministro y, por eso, podemos pensar que está en marcha. 

Tiene diagnóstico y también remedios. Como es habitual, no se expresan las consecuencias previsibles. 

Entre los consultores hay un común sobreentendido en que las consecuencias no deseadas ni se prevén ni se anticipan. ¿Se consideran?

Llegados a Gobierno anuncian las medidas de manera sorpresiva. Las consecuencias sorprenden. 

Pero dejan ser problema de los economistas. Pasan a ser de los políticos. 

En general son problemas de larga duración y más graves que las enfermedades que el “remedio” pretendía curar. 

“Latrogenia” económica. 

Un ejemplo. Remedio: “Apertura económica con tipo de cambio deliberadamente bajo” (medida antiinflacionaria). Recibe aplausos. 

Consecuencia: “Industricidio, seguido de desempleo”, que configura una crisis social, la que se asocia (caída económica) a declinación fiscal recaudatoria. 

En una segunda iteración ocurre el ataque a la crisis  vía política social la que, generalmente, incurre en déficit. 

La tercera iteración es más inflación, pero ahora con más problema social. 

Entonces volvemos a empezar. 

Vivimos el eterno “Día de la Marmota” económica nacional de una sociedad decadente, como consecuencia de “no medir las consecuencias” de las “medidas”. Desde hace décadas comenzó a divorciarse la “economía” (como cosa de números) de la “política” (como cosa de gobierno). 

Por eso los que hacen política han pasado a ser “dependientes” de los “economistas”.

Es que los economistas, ¡que tentación!, siempre apuestan al “éxito”. Esto está muy de moda en el PRO.

Niegan el carácter esencialmente político de la economía y cultivan una “visión económica de texto”. ¿Qué significa? 

A la economía, por la razón de que es “política”, la sostiene la densidad y capacidad de convicción de un proyecto, de una promesa tangible. 

Ciriaco Da Mita, presidente de la DC italiana, afirmó (1985) que “en política no existe la categoría del éxito” . Antonio Cafiero lo interrogó asombrado: “¿Entonces qué sostiene a la política?”. Respuesta: “Un sueño, un proyecto, la promesa consistente de un futuro mejor”. 

No se puede “hacer economía” -ni de corto plazo- sin un “proyecto con densidad que la sostenga”. Rumbo, dónde vamos. Norte.  

Rubinstein -un consultor reputado en el mercado y colaborador de la gestión de Roberto Lavagna (2003/2005)- afirmó que la “idea central” de su Programa de Estabilización era “volver a los equilibrios macroeconómicos prevalecientes durante el Gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007)”.

Los identificó como a) elevado superávit fiscal primario, b) elevado saldo externo y alto nivel de reservas, c) baja inflación (con precios y salarios libres). 

En otros términos, para él, lo mejor está en el pasado. ¿Puede el pasado ser un proyecto con densidad? La economía se ejecuta, no sólo en el espacio sino en el tiempo. Y ese tiempo es “el futuro”. No el pasado.

Rubinstein tiene como norte, acotado y preciso, los resultados de la gestión Néstor.

En el primer párrafo de su documento, Gabriel se distancia de los gobiernos de Cristina, responsables de la corrosión de aquellos equilibrios precarios (los del Gobierno de Néstor ¡que precarios eran!). Cristina continuó la corrupción del termómetro del Indec (precios, PIB, pobreza en la obscuridad). Ocho años “a ciegas”. ¿Cómo no estrellarse?

Claramente Rubinstein no comparte la declaración de CFK cuando, luego del pedido de condena a 12 años de cárcel por asociación ilícita, declaró: “Me van a condenar por los 12 años del mejor gobierno que tuvo la Argentina en las últimas décadas” (28/8). 

Don Gabriel no comparte que “sean los mejores” los ocho años de Cristina y tiene razón. 

Hasta 2007 esos tres “resultados” macro (fiscal, externo, precios) fueron “buenos” aunque de base frágil como quedó demostrado por la historia.

Cualquiera haya sido la solidez (larga duración) de los resultados “macro” de Néstor, en el período de Cristina se desbarataron. 

Y después con Mauricio Macri y su “mejor equipo de los últimos 50 años”, todo se puso peor; y mucho peor con Alberto y el insólito monografista Martín Guzmán.

La cuestión es ¿las condiciones de partida son equiparables a las que, en 2003, permitieron el alcance de los objetivos macro por parte de Néstor? 

Como Ud. bien sabe, definitivamente no. Veamos.

No hubo ahora ni un D. Cavallo con corralito, ni un J. Remes con 40% de devaluación y corralón y de golpe la novedad escandalosa de 50% de pobreza nueva y mansa.

El mercado devaluó a $3 y volvieron dólares a una Argentina barata y todavía bastante segura y un imaginario chavista demasiado lejano. 

Ni hablar del escenario internacional, los términos del intercambio, la tasa de interés y la Chimérica. 

Todo eso no está. 

Rubinstein en el documento de marras dice que para aplicar su programa es necesario el pleno apoyo -“bien explícito” dice- de las máximas figuras del FdT (Cristina, Máximo, W. de Pedro, Carlos Heller, Axel). No estaría ocurriendo. El silencio no es apoyo. 

Además, Máximo acaba de aclarar que se felicita de no haber votado el acuerdo con el FMI que es el “presupuesto básico” del programa de Rubinstein. Y a pesar de jugar el papel de “moderado”, W. de Pedro habría amenazado con “incendiar el país” si la condenan a Cristina. 

Con poco apoyo comprometido, Rubinstein pone como condición un “muy buen plan técnico” y requiere un “equipo idóneo y bien empoderado”. Es obvio. 

Dejemos de lado la “idoneidad” que necesitamos creer que está garantizada por él. Pero ¿“empoderado”? 

Esta en un gobierno en que se profundiza el “loteo” con delirios de gasto que ocurren en todos los organismos que tienen un mínimo de autonomía (ANSES, PAMI, empresas estatales, Ministerios ridículos, etcétera). Huele más a encierro que a empoderado. 

Lo que llamó Rubinstein “requisitos generales” no están dados. Y es obvio que son imprescindibles para quien quiera gestionar. Por ahí seguimos flojos.

En el documento, Rubinstein señala que entre hoy (2/9/22) y diciembre de este año debería ocurrir: a) una completa y creíble eliminación del déficit primario; b) el parcial desdoblamiento cambiario para acumular reservas; c)una devaluación inicial del 50%; d) y alinear precios y salarios con la suba esperada del IPC en función de “las devaluaciones” y subas de tarifas que cabría esperar.

Como hemos dicho Rubinstein no habla de “las consecuencias” ni del trayecto, ni del futuro. Se propone emular un pasado lejano en casi 20 años. 

Propone objetivos, los mencionados al principio basados en el gobierno de Néstor y en este último tramo (que es lo que debería ocurrir) hay un objetivo sin instrumentos (eliminar el déficit primario) y otro (acumular reservas) con dos “instrumentos” para lograrlo, que son el parcial desdoblamiento cambiario y una devaluación inicial del 50%.

Hecho esto se propone una “política de ingresos” para alinear precios y salarios en función de la devaluación y los aumentos tarifarios. ¿Con quién y cómo?

Todos los que votaron por el Acuerdo con el FMI (oficialistas albertistas, moderados, masistas, lavagnistas y la absoluta mayoría de los opositores, salvo el mínimo de gurkas) están - en líneas generales de acuerdo con esos objetivos. 

Los opositores que votaron el acuerdo podrían haber firmado el documento de Rubinstein. Pero permanecen críticos y levantan la voz contra “el ajuste”.

Pero los que no votaron el acuerdo con el FMI son los que tienen el real control del gobierno y ellos sí están muy lejos de sostener las decisiones que anuncia Gabriel. 

Tienen el “no”. Pero no tienen un programa ni de estabilización ni de desarrollo.

Hoy la situación social es desesperante. La situación política sólo genera incertidumbre. El mundo es un enorme interrogante. 

La Argentina cotidiana en la primera plana de los medios sangra policiales o judiciales. 

Y lo más “importante” para los medios es una concentración inútil frente a la casa de Cristina quien -insólitamente- goza con eso. Se conforma con poco.  

La encuesta del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la UBA concluye que 80% de los consultados la consideran “culpable” de los delitos por los que fue acusada. 

Y entre los que la creen culpable está el 26% de los que la votaron. ¿Eso no la conmueve?

Para que la historia la absuelva necesita que ese 80% escuche de su boca las pruebas de su inocencia. Y no que condene a los que la acusan o la juzgarán. 

Este escenario, el amontonamiento del Frente de Todos detrás de la negación de pruebas en contrario a lo que alegan los fiscales, dedicados a juntar gente para gritar “que quilombo se va a armar”, amenazar con “incendiar el país”, ¿puede empoderar a quién quiere llevar adelante un programa de reducción del déficit, de acumulación de reservas, de domesticar la inflación? 

Mientras tanto sin reservas y sin capacidad de importar -en una economía perforada en sus cadenas de valor a consecuencia del “industricidio exitosamente practicado sin solución de continuidad desde 1975”- la capacidad de sostener trabajo de las medianas y pequeñas empresas se irá agotando. ¿Quién invierte?

Sin capacidad de sostener trabajo productivo -ya no de crear-, la presión inflacionaria solo puede ser contenida con el derrumbe de las condiciones de vida que es la expresión cotidiana de la colosal caída de la productividad media de la economía que se arrastra hace medio siglo.

Sergio Massa que avanza y gira como un trompo en velocidad, solo puede prometer unos dólares que habrá que devolver. 

De crecer ni hablar. 

Nos hemos condenado a un envejecimiento prematuro. Envejecer es perder la capacidad de pensar y de imaginar el futuro. 

El odio cotidiano anula la imaginación. 

Sin imaginación el futuro no existe.

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