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Estados Unidos: múltiples causas en la pérdida de confianza hacia el presidente Biden

La imagen de Biden está en baja. Las muertes por la pandemia, la inflación, el bloqueo en el Congreso y la atropellada salida de Afganistán son las principales causas

Estados Unidos: múltiples causas en la pérdida de confianza hacia el presidente Biden
Luis Domenianni Luis Domenianni 08-11-2021
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¿Quién está dispuesto a morir por Taiwán? Es una pregunta que el Gobierno estadounidense y el propio presidente Joe Biden deben plantearse a menudo, ante la escalada de la conflictividad que opone a China con Estados Unidos y cuyo epicentro es la citada isla donde los ciudadanos, mayoritariamente, votan por la independencia definitiva.

China no tolera hablar de una eventual soberanía taiwanesa y solo acepta aquella fórmula de “un país, dos sistemas” que quedó completamente desfasada en Hong Kong cuando el Gobierno comunista chino arrolló las libertades políticas en la excolonia británica. Como contrapartida, Estados Unidos afirma que garantiza la autodeterminación taiwanesa.

¿Dicha conflictividad puede llevar a una guerra entre las super potencias? No parece, dado el poder de aniquilamiento que ambas exhiben. Claro que nunca las guerras son tales hasta que se desencadenan.

Recientemente, la administración Biden revelo que el arsenal nuclear norteamericano, al 30 de setiembre, contabilizaba 3.750 cabezas nucleares, suficientes para destruir varias veces el planeta.

Al hacer el anuncio, el Gobierno se diferenció de la administración anterior presidida por Donald Trump que dejó de informar sobre el asunto. Es un dato para tener en cuenta, aunque no resulte determinante. Porque, más que nada, se trató de formular una advertencia a China acerca de la superioridad bélica de Estados Unidos.

China tomó debida nota. En primer lugar, porque su propio arsenal nuclear no supera las 270 cabezas nucleares con perspectivas de llegar a 1.000 recién en 2030. En segundo término, porque el presidente Biden se encargó de precisar el compromiso militar norteamericano (lo calificó de “sagrado”) en la defensa de Taiwán ante un eventual ataque chino.

Biden abandonaba así la doctrina de la “ambigüedad estratégica” que consistía, desde hace varias décadas, en ayudar a Taiwán a construir y reforzar sus defensas, sin comprometerse a una intervención directa en caso de conflicto.

Ahora, el presidente habló de “compromiso sagrado” en la defensa de los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a saber: Japón, Corea del Sur y Taiwán. Ese “compromiso sagrado” visualiza a China, pero también a Corea del Norte que continúa con sus pruebas de balística, mientras desarrolla su capacidad nuclear militar.

De su lado, la propia presidente “independentista” de Taiwán, Tsai Ing-wen, recientemente reelecta con una cómoda mayoría, confirmó la presencia de soldados norteamericanos en la isla. Sí, asintió el Pentágono, “en calidad de asesores”. Como sea, están presentes.

La tensión había alcanzado un pico en octubre pasado con motivo de las incursiones de aviones y drones chinos en el espacio aéreo taiwanés cuyo número diario fue récord en la materia. Las advertencias norteamericanas motivaron la retracción china y el contencioso disminuyó su componente militar en aras de una mayor actividad diplomática.

A diferencia del expresidente Trump defensor a ultranza del unilateralismo norteamericano, el actual presidente Biden juega cartas multilaterales en respuesta a la agresividad china. Por un lado, el “QUAD”, la iniciativa diplomática y militar no formal, que reúne a Estados Unidos, junto a Japón, Australia y la India, esta última, potencia nuclear.

Por el otro el “AUKUS”, que conforma una iniciativa militar de disuasión nuclear, integrada por Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. La constitución del AUKUS generó una discordia con Francia, en particular y con la Unión Europea, en general.

Es que el “AUKUS” representó el abandono unilateral del compromiso australiano de compra de submarinos convencionales franceses que pasó a mejor vida tras la decisión norteamericana de dotar de sumergibles nucleares a Australia.

Ocurre que la interpretación de Estados Unidos y del Reino Unido respecto del conflicto con China difiere sobre manera de la que formula la Unión Europea. Para los primeros se trata de una permanente demostración de fuerza. Para los europeos, se trata de avanzar a través del diálogo.

En las opiniones públicas europeas, el pacifismo, pese a la sucesión de fracasos que lo enmarca, cala profundamente. Bastante menos en Estados Unidos y en el Reino Unido. De difícil comprensión para quienes disienten de la visión europea, es la ponderación del pacifismo frente a regímenes como China o como Rusia, ambos con clara vocación imperial.

Afganistán y Medio Oriente

Por supuesto que el contencioso con China no es el único conflicto para la política exterior norteamericana, aunque, sin dudas, es el principal. Pero las “preocupaciones” norteamericanas, como corresponde a una super potencia, se diseminan por todo el planeta.

En Asia, además de la cuestión china, está Afganistán, donde la retirada estadounidense, pese a haber sido anunciada con anticipación, fue casi oprobiosa por diversas razones. Una de ellas, fue la estruendosa rendición del Ejército afgano a los pocos días de comenzada la ofensiva talibán.

Años de preparación, miles de millones de dólares gastados, vidas de soldados extranjeros perdidas en la defensa de un gobierno y de un ejército que desertaron frente al primer empuje islamista.

Cierto es lo que señala el presidente Biden cuando se queja de la nula vocación de combate de los afganos y cierto es también que no se justifica defender a quien no se defiende. Tan cierto como que la salida de una guerra interminable no la negoció la actual administración sino la anterior, la del presidente Trump.

Aun así, el mundo vivió la salida de Afganistán como una muestra de la desconfianza que genera la política exterior norteamericana y sus compromisos de defensa frente a terceros países. Y el presidente Biden paga el precio.

Hoy, el Afganistán de los talibanes es un potencial aliado de China y de Rusia que esperan la circunstancia propicia para reconocerlos como gobierno legítimo. Hoy, el Afganistán de los talibanes depara una incógnita frente a su actitud respecto de Al Qaeda, la organización terrorista islámica que, en 2001, derribó las torres gemelas de Nueva York.

Si se trata del Medio Oriente, nadie puede poner en dudas los avances que alcanzó la diplomacia norteamericana bajo el gobierno del expresidente Trump. Israel fue reconocido como Estado por parte de Baréin, Emiratos Arabes, Marruecos y Sudán, que se sumaron así a Egipto y Jordania.

Obvio que los avances de uno implican, casi invariablemente, el retroceso de otros. Es el caso de los palestinos que ven cada vez más difusa la constitución de un Estado conformado con Judea, Samaría y Gaza, sin colonias hebreas y con capital en Jerusalén Este.

Pero hoy, el problema árabe central ya no caracteriza al Estado judío como el rival a vencer. Israel fue reemplazada por Irán. La teocracia shiíta iraní es desde hace unos años el enemigo principal. E Irán es también un enemigo para los Estados Unidos. Más aún a partir de las intenciones de la teocracia iraní de dotar al país de su propio desarrollo nuclear.

Los iraníes cuentan con el apoyo de la dictadura siria del alauita -variante del shiísmo- Bashar Al-Asad, del Hezbollah shiíta libanés y de los combatientes hutistas, también shiítas, yemeníes, estos últimos en guerra contra una coalición de las monarquías del golfo integrada por Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos.

Todos enemigos de Israel, todos enemigos de la inmensa mayoría de los países árabes, en particular, de las monarquías del Golfo, todos enemigos de Estados Unidos. Solo que también aquí, Estados Unidos retiró sus tropas, tanto en Irak como en Siria, sin haber logrado los objetivos, al menos en plenitud

Ni los kurdos iraquíes, ni los kurdos sirios, combatientes experimentados de primer nivel, volverán a confiar en una garantía norteamericana.

Los de Irak porque deben enfrentar a los paramilitares armados y financiados por Irán. Los de Siria, porque quedaron solos para enfrentar al dictador Assad, apoyado por Rusia e Irán, por un lado, y al autoritario presidente turco Recep Tayyip Erdogan, por el otro, enemigo jurado de cuanto kurdo existe en el mundo.

El resto del mundo

Frente a la prioridad que es el Pacífico -con China como rival-, el desentendimiento en Afganistán y el menor involucramiento en el Medio Oriente, la política exterior norteamericana no sufre mayores alteraciones ni en Africa, ni en el resto de América.

En Africa, el Departamento de Estado observa con preocupación los avances del terrorismo. Se trate de Al Qaeda o de Estado Islámico o de ambas organizaciones criminales, tanto en el Sahel -Burkina Faso, Mali o Níger-, como en Somalia y recientemente, en Mozambique, el yihadismo islámico alcanza un desarrollo alternativo frente a la derrota sufrida en Medio Oriente.

Pero, la respuesta norteamericana no es de compromiso militar, sino de inteligencia y logística. Servicios que son prestados en particular a Francia, hasta aquí -no así de ahora en más- la ex metrópoli colonial mayormente involucrada en el Sahel.

Africa no figura entre las prioridades, tanto es así que el primer presidente africano en ser recibido en la Casa Blanca, en Washington, fue el keniano Uhuro Kenyatta, tras diez meses de Gobierno de Biden.

Claro que, como siempre en política, exterior o interna, espacio que se deja de ocupar, lo ocupa otro. La intención de retirada de Francia abrió la puerta a los paramilitares rusos del Grupo Wagner, sostenidos extra oficialmente por el presidente Vladimir Putin y el gobierno de ese país. Algo que pone a prueba la paciencia y la voluntad norteamericana.

En el resto de América, la administración Biden hereda dos problemas centrales. La inmigración y el avance autoritario. Frente a la inmigración, el gobierno pretende exhibir un rostro más humano que el que mostraba en época del presidente Trump. Frente al autoritarismo, de momento, solo palabras.

La “nueva” aproximación a la cuestión migratoria, explicada por la vicepresidente Kamala Harris durante su visita a México y Guatemala hace seis meses, es la de crear mejores condiciones de vida en los países “expulsores” para desalentar la salida de nacionales.

Hasta aquí, nada se logró. Las periódicas marchas de centroamericanos, sobre todo hondureños y salvadoreños, de haitianos y de venezolanos, demuestran que “del dicho al hecho, hay largo trecho”. Y, el “rostro humano” tiene mucho de maquillaje.

En cuanto al autoritarismo, Cuba, Venezuela y Nicaragua conforman la trilogía “apuntada” por la política exterior de Estados Unidos. Las herramientas utilizadas no van más allá que el sostenimiento, en distinto grado según el país que se trate, de la oposición.

Ni la dictadura cubana, ni los autoritarismos nicaragüense o venezolano, parecen demasiado preocupados por la política exterior del presidente Biden. De los tres, Venezuela aparece como más visualizado tras la extradición de Cabo Verde a Estados Unidos, del agente financiero del presidente Nicolás Maduro, acusado de “desviar” la ayuda alimentaria para ese país.

Párrafo aparte para el narcotráfico, en particular el que destina droga para Estados Unidos. En este capítulo, la preocupación más fuerte reside en México donde los carteles dominan la vida en algunas regiones del país y donde infiltran de forma creciente a las instituciones del Estado nacional.

La respuesta norteamericana no va más allá del combate a cargo de la DEA, la agencia especializada en el tema. El reciente preacuerdo firmado, en octubre, entre los gobiernos de ambos países para enfrentar al narcotráfico muestra mucho de intenciones y poco de acciones concretas.

Una imagen que se deteriora

Donde las relaciones norteamericanas evidencian una mejoría sustancial es con Europa. Se debe, claro, a la mencionada “apuesta” por el multilateralismo del presidente Biden. Aunque, como siempre, aparece un bemol. En este caso, la decisión unilateral de los submarinos australianos que desembocó en un fuerte enojo francés y, por añadidura, europeo.

Fue la tregua -no la solución definitiva- acordada entre el presidente Biden y la presidente de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyden con relación al contencioso comercial respecto del acero y el aluminio. Claro que una tregua siempre implica concesiones.

Para ordenar, momentáneamente, la cuestión, la Unión Europea debió aceptar los aranceles aduaneros suplementarios de 25% para el acero y 10% para el aluminio. Como contrapartida, fueron establecidas cuotas de ambos productos que ingresarán a Estados Unidos libres de esas tasas suplementarias.

La síntesis de la cuestión debe buscarse en el triunfo parcial, pero triunfo al fin, del proteccionismo norteamericano, impuesto por la administración Trump sobre las reglas del libre comercio. Su justificativo: bloquear la producción subvencionada y contaminante de China. Siempre China.

Desde el plano interno, el presidente Biden pena en lograr que el Congreso apruebe su plan de relanzamiento de la economía (“Build Back Better”) mediante la inyección de fondos públicos, básicamente en proyectos de infraestructura, en gasto social y en reconversión “climática”.

Es que la economía norteamericana sufre un recalentamiento por la vía inflacionaria, casi inevitable luego de tanto gasto público y una menor recaudación impositiva motivada por la pandemia. La inflación alcanzó, anualizada a setiembre, un alarmante 5,4%.

Al presidente no le quedó otro remedio que reducir el plan de inversiones de su aspiración original -pasó de US$ 3,5 billones a US$ 1,2 billones- y, como consecuencia, debió renunciar a su proyecto original de imponer un impuesto del 23,8% sobre las grandes fortunas y de aumentar la imposición del 21% al 28% para las sociedades.

Hoy la imagen del presidente Biden ya no es la del principio de su gestión. Está en baja. Las muertes por la pandemia, la inflación, el bloqueo de sus planes en el Congreso y la atropellada salida de Afganistán conforman las principales causas de la reducción de su imagen positiva a 43% en solo un año de gestión.

El resultado electoral en el Estado de Virginia parece demostrativo de lo antedicho. Allí, el candidato demócrata Terry McAulilffe perdió ante el republicano Glenn Youngkin, un candidato sin experiencia política. Una derrota en la primera elección importante durante el mandato de Biden, considerada como test para la gestión presidencial.

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