En medio de la pandemia, EE.UU. arremete contra China por la hegemonía global

7 de mayo, 2020

Por Pablo Maas 

 

Ya casi es un lugar común decir que la crisis mundial provocada por la pandemia de Covid-19 está actuando como un acelerador histórico de tendencias previamente existentes. No por repetida, la frase es menos verdadera. Esta semana se está comprobando nuevamente como, por ejemplo, vuelve a calentarse la guerra comercial entre las dos superpotencias mundiales. Estados Unidos y China habían llegado a una tregua en enero en una disputa que se prolongó casi dos años. Se suponía que una pandemia y la mayor crisis económica desde la Gran Depresión de 1930 no era la mejor ocasión para un recrudecimiento de las hostilidades. Se suponía mal.

 

El titular que ayer miércoles se mantuvo durante casi todo el día en el portal web de Financial Times anunciaba: “Estados Unidos considera acelerar la acción económica contra China”. Mientras la enfermedad ya ha matado más personas en Estados Unidos en un mes que la guerra de Viet Nam en varios años, Donald Trump acusó a China de ocultar información y evitar la propagación del virus fuera de sus fronteras. Ahora está pensando en complementar la retórica anti-Pekín ya no solo con sanciones tarifarias sino también con medidas concretas para debilitar las cadenas de valor y los flujos financieros dependientes de China.

 

El martes, Reuters había publicado un informe en la misma línea. “La Administración Trump empuja para romper las cadenas globales de valor desde China”, tituló. Incluso citó a un funcionario on the record, diciendo: “Hemos estado trabajando en reducir la dependencia de nuestras cadenas de valor en China en los últimos años, pero ahora estamos potenciando esa inciativa”. Keith Krach, subsecretario de Cercimiento Económico, Energía y Medioambiente en el Departamento de Estado, dijo que están identificando áreas crítica y cuellos de botella en los abastecimientos, agregando que esto es un asunto clave para la seguridad nacional de Estados Unidos.

 

El Departamento de Estado, el Departamento de Comercio y otras agencias gubernamentales están buscando formas de empujar a las empresas a abandonar a China como fuente de abastecimiento y manufactura. Para eso podrían considerarse incentivos impositivos y subsidios para la relocalización, entre otras medidas, dijo Reuters. No se trata de una novedad. El 9 de abril, Japón anunció un megapaquete financiero de rescate de su economía que incluyó unas sumas sustanciales para financiar la retirada de empresas japonesas de China. Para eso presupuestó US$ 2.200 millones para las empresas quieran volver a localizarse en Japón y otros US$ 200 millones para la que busquen salir de China pero establecerse en otros países. China es el principal socio comercial de Japón.

 

La palabra clave que está repitiéndose en la prensa financiera mundial para describir este proceso es “re-shoring”, el retorno de las fábricas a sus países de origen, allí de donde muchas se fueron cuando en los años ’90, el mandato de la globalización era la externalización, que significó la mudanza de plantas enteras y líneas de producción a los países asiáticos con menores salarios, entonces encabezados por China. Se trataba de ahorrar costos y mejorar la eficiencia de los procesos. Con la deslocalización de la producción, los salarios bajaron en Estados Unidos, aumentando las ganancias de las corporaciones. Pero al mismo tiempo, los salarios aumentaron en China, cuyas empresas comenzaron a su vez a tercerizar actividades en otros países asiáticos.

 

En 2016, los asalariados estadounidenses, que no veían con ninguna simpatía la competencia china, votaron mayoritariamente a Donald Trump, que les prometía el regreso de las empresas estadounidenses a su territorio. Es muy posible que vuelvan a hacerlo en noviembre de este año. En las últimas encuestas, el candidato demócrata Joe Biden aparece perdiendo la ventaja que llevaba inicialmente sobre Trump. Por eso, no es para extrañarse que los “halcones” anti-China dentro del gobierno estadounidense hayan pasado a un primer plano en la toma de decisiones. “La pandemia ha cristalizado todas las preocupaciones que la gente tenía acerca de hacer negocios con China. Todo el dinero que la gente creía que se ganaba haciendo negocios con China anteriormente, ahora ha sido anulado varias veces por el daño económico del coronavirus”, dijo un alto funcionario estadounidense citado por Reuters. Washington está propiciando crear una alianza de “socios confiables” a la que ha bautizado con el nombre de “Red de Prosperidad Económica. Ya el secretario de Estado, Mike Pompeo, había adelantado el 29 de abril que Washington estaba discutiendo con esos futuros socios (incluyendo a Australia, India, Japón, Corea del Sur y otros) la forma de reestructurar las cadenas de valor “para evitar que algo como esto vuelva a ocurrir nuevamente”.

 

La nueva actitud de Estados Unidos de confrontar con China demuestra que las condiciones de su seguridad nacional y la lucha por la hegemonía global es el factor determinante que guía su toma de decisiones. Para seguir esta lógica es preciso entender el concepto de “interdependencia armada”, elaborado por dos académicos, Henry Farrell y Abraham Newman, y citado ampliamente estos días por varios analistas. El artículo se llama “Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion” y fue publicado en julio de 2019 en la revista International Security. Las redes globales no son descentralizadas y homogéneas, sino concentradas y asimétricas, dicen los autores. Esto vale tanto para Internet como para Swift, la cadena global de pagos bancarios, y también para las cadenas globales de valor.

 

Estas redes están “militarizadas”, pueden ser y son utilizadas por la potencia que las hegemoniza, Estados Unidos, como arma para coercionar a otras naciones. Perder la hegemonía de las redes equivale a perder relevancia en el escenario internacional. Así se explica la tenacidad de Washington en expulsar a compañías chinas de las cadenas de abastecimiento que confluyen en el diseño y construcción de las redes de comunicaciones de última generación (5G). Este hecho impulsó a China a considerar la necesidad de impulsar sus propias capacidades para la producción de microchips de avanzada y de este modo mitigar sus propias vulnerabilidades económicas. Así se dirimen las cuestiones centrales de la economía internacional, en términos de ambiciones hegemónicas. Incluso en tiempos de pandemias.

 

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