El Economista - 70 años
Versión digital

sab 18 May

BUE 12°C

La ciberguerra y la advertencia de Einstein

21 junio de 2019

Por Marcelo Torok Profesor de Informática en USAL @MarceloTorok

 

Desde los orígenes de la organización de los pueblos y su lucha por ocupar los espacios y poseer los bienes de los que dispone su vecino, y hasta el día de hoy, el campo en el que se han librado todas las batallas ha sido siempre el mismo: el espacio físico.

Se escucha tan frecuentemente la frase “la lucha por la tierra” como “la lucha por la supervivencia”.  Y es que la tierra implica para los pueblos un lugar donde poder sobrevivir.  Hemos aprendido que una nación tiene un emplazamiento donde ubicarla.  La patria es ese espacio físico, en el que uno habita o anhela vivir, donde habitan los sueños, las esperanzas y los afectos de cada uno.  Vale decir que cuando hablamos de guerras, por lo general, nos referimos a la pulseada entre dos países por quedarse con un territorio. O una pelea entre dos vecinos por ver quién se queda con un lugar que resulta importante a sus intereses geopolíticos, económicos y sus sentimientos también. Peleas hasta la muerte, incluso en una misma nación, simplemente por ver cuál es la etnia que sobrevive o domina a las demás.

Pero existe otro espacio, uno novedoso, del que se habla desde hace unos años a esta parte.  Estamos en el tiempo de la virtualidad y en esa nueva realidad oímos hablar, como al pasar, del ciberespacio, que es un entorno no físico creado entre equipos informáticos para interoperar entre sí.  En ese entorno transcurren muchas de las cosas que suceden en nuestras vidas, las transacciones bancarias, compras y ventas de productos y servicios. También nos comunicamos por diversas vías de texto, audio y video, desde un correo electrónico, hasta una videoconferencia, pasando por los mensajes de WhatsApp.  Conocemos amigos y nos peleamos, nos enamoramos y hasta nos desengañamos por las redes sociales, buscamos trabajo y lo ejecutamos, leemos noticias y descubrimos como somos parte de ellas mediante las filtraciones de nuestros datos, militamos por nuestros derechos y hasta lamentablemente suceden múltiples delitos, crímenes y actos de terrorismo.

La cibernética es la ciencia que se ocupa de los sistemas de control y comunicación entre las personas y las máquinas, estudiando y aprovechando todos sus aspectos y mecanismos comunes.  Y es por esto que ante la popularización de Internet y la tecnología informática, a todo le pegamos un “ciber” por delante y nos queda ciberdelito, cibercrimen, ciberactivismo, ciberterrorismo y hasta cybermonday como oportunidad para comprar apurados aquello que tal vez nunca empleemos.

Y en medio de esta revolución tecnológica que nos tiene inmersos escuchamos hablar de ciberguerra. Y no es un estado de beligerancia que nació hoy, como vamos a leer más adelante tenemos muchos ejemplos anteriores, pero bastó que The New York Times divulgara que EE.UU. tiene sensores en las redes eléctricas rusas para que Donald Trump los acusara de traidores a los periodistas y en su Gobierno dijeran eso mismo de los ciberstalinistas y los ciberputines (por más que suene espantoso el término).

Como todo lo nuevo, esa guerra cibernética no sucede en el espacio físico, pero no nos debemos confundir: en este caso, hablar de virtualidad hace referencia al ciberespacio como un lugar, no a una representación irreal o simulada.

Los estragos ocasionados por un ataque cibernético pueden ser devastadores y letales.  Atacar una red eléctrica o una central termonuclear o los servicios de potabilización y distribución del agua, la destilación y transporte del petróleo y sus derivados incluyendo las redes de gas puede terminar en tragedia.  Silenciar las comunicaciones de una población entera, desconectar los sistemas de balizamiento de un aeropuerto o la radarización y las ayudas a la navegación aérea puede ser recordado como el día más trágico de cualquier país.  Se intentan y han realizado multitud de ataques, algunos más exitosos que otros, algunos conocidos, otros ocultos y otros justificados en causas hasta insólitas pero la realidad es que hoy el golpe puede ser letal y cuanto más desarrollado tecnológicamente hablando sea un país más efectivo puede ser el golpe.

Algunas de las más famosas agresiones que se recuerdan, de manera más o menos reconocida se remontan a 1999, durante la participación aliada en la Guerra de Kosovo, se dice que más de 450 expertos informáticos voluntarios internacionales, al mando del Capitán Dragan, se enfrentaron a los ordenadores militares de las Fuerzas Aliadas. Cuenta la leyenda que fueron capaces de penetrar en las computadoras de la OTAN, la Casa Blanca y el Portaaviones Nimitz.

En 2003, supuestamente los chinos atacaron la infraestructura de los hospitales, la Bolsa de Comercio y Sistemas de Control de Tráfico de Taiwán.

Entre 2004 y 2007, el Gobierno de EE.UU. detectó una falla de seguridad de la información a la que se denominó “Titan Rain” considerada una de las dos más graves conocidas.

En 2007, los rusos fueron culpados por Estonia de reiterados ataques cibernéticos, que afectaron a medios de comunicación, bancos y diversas entidades e instituciones gubernamentales.

En agosto de 2008, durante la guerra de Osetia del Sur, se dice que nuevamente los rusos atacaron nodos tecnológicos del Gobierno de Georgia.

Durante septiembre de 2010, fueron los iraníes quienes registraron un ataque a sus centrifugadoras del programa de enriquecimiento de uranio, empleando dispositivos USB para infiltrar un malware, que recibió el nombre de Stuxnet.

Los canadienses empezaron mal 2011, dado que los sistemas de contraseñas del Ministerio de Finanzas fueron ciberatacadas desde China.

En mayo de 2012, se conoció uno de los Malware más dañinos hasta la fecha: el Flame o sKyWIper, destinado al Ciberespionaje, afectando Arabia Saudita, Egipto, Irán, Israel, Líbano, Siria y Sudán entre otros países.

El 26 de octubre de 2013 se registraron más de 20 ciberataques a la red hidroeléctrica de Chicago.

Por mucho tiempo nuestros sistemas fueron independientes y autónomos, y una central eléctrica no guardaba mayor relación con otra, su gestión se hacía en forma local y a lo sumo se compartían registros y alarmas, no existían sistemas interconectados como el que sufrió la enorme caída de Argentina en la mañana del reciente Día del Padre.

Cuidado: no digo que eso fue un ciberataque y no existen dos “malwares” llamados torpeza e imprevisión.  Solo digo que con la integración tecnológica podemos hacernos más eficientes y, a la vez, paradójicamente eso nos convierte en más vulnerables.  Por eso hace falta protegerse.  No es alocado pensar en cuantos firewalls (dispositivo informático que controla el acceso de una computadora a la red y de elementos de la red a la computadora), se pueden comprar con lo que cuesta un cañón: el arma es necesaria y los dispositivos de protección cibernética, también.

El mundo cambió, cambiaron los riesgos y el modelo de soberanía se ve afectado hoy por Facebook que quiere implementar una cibermoneda no regulada y con alcance internacional y por empresas como Mercado Libre que pretenden actuar como entidades financieras por fuera de toda regulación. Lo mío no es ideología, es preocupación tras haber investigado muchas veces lavados de dinero y financiamiento de actividades delictivas. Me pregunto qué hacemos ahora para proteger los Estados constituidos y nuestra sociedad.

En octubre del 2000 me encontraba recorriendo la NYSE, es decir, la Bolsa de Comercio de New York y la autoridad que me guiaba me dijo amablemente que, luego de la NASA, tenían la mayor infraestructura tecnológica en el mundo, con más fibra óptica empleada y toda la tecnología que veía allí estaba replicada secretamente en otro Estado de la Unión.

Me pareció una arrogancia, pero a los 11 meses tras la caída de las Torres Gemelas, comprendí. El sistema financiero americano seguía firme porque fueron previsores y se enfrentaron de antemano a la hipótesis de conflicto.  Y es que la ciberguerra solo se puede ganar con previsión ante los posibles ataques y entrenando al personal involucrado.

No es una nueva guerra, es el mal de la guerra que muta de formas como si fuera un personaje mitológico que cambia, para mantener su horror y seguirá mutando permanentemente su maquinaria del mal y el espanto, todo esto mientras a lo lejos escuchamos a Albert Einstein afirmar: “No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta Guerra Mundial: palos y piedras”.

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés