Escenario

Convocatoria y confusión

Un compendio de números pueden ser un deseo o un pronóstico. Pero ni los deseos ni los pronósticos son “planes"

Convocatoria y confusión
Carlos Leyba Carlos Leyba 19-11-2021
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Convocatoria, hablando de política, en su sentido más propio es un llamado a una “vocación común”. Es propia si se plantea entre iguales e impropia si marca las diferencias. Las palabras contienen la idea. Sino, no son palabras, son ruidos. Nuestra política está repleta de ruidos y pobre de palabras. 

La confusión es la consecuencia de la dificultad para prestar atención y recordar. La desmemoria, una deriva de la confusión, afecta a la política argentina. Ningún dirigente recuerda los daños que infringió y tampoco presta atención al presente. No lo miran. 

El Presidente ha lanzado, en borrador, una “convocatoria”. Acostumbra a hablar en borrador. Un estado de confusión.

No es el único. No difiere del resto de los ciudadanos dedicados a la política. 

La “confusión” (falta de atención e incapacidad de recordar) es lo que le está pasando a algunos colegas respecto al concepto de “plan plurianual”, el último borrador de Alberto. 

Aclaremos, el que alguien anuncie un conjunto de metas para cada uno de los próximos, por ejemplo cinco años, no significa que esté anunciado un “plan”. 

No hay ninguna razón para pensar que un anuncio, por ejemplo, de futuros años de crecimiento (con tasas estimadas), balanza comercial, cuentas públicas, tasas esperadas de inflación, etcétera, sea un "plan”. 

Puede ser un deseo o un pronóstico. Pero ni los deseos ni los pronósticos son “planes”. 

Para conformar un plan no sólo hay que tener objetivos, condición necesaria, que bien pueden ser esos datos, sino fundamentalmente especificar los instrumentos para lograrlos. 

Mas claramente a la política económica que la define son los instrumentos. 

Esto es interesante contrastarlo con la cotideaneidad de los colegas que repiten “hay que” ante cada interrogante de los periodistas. 

El “hay que”, en la mayoría de los casos, está en la categoría de los “objetivos” que bien pueden ser “intermedios”. Nunca en la de los “instrumentos”. 

Es obvio que los “objetivos” no pueden tener previstas consecuencias negativas. Por eso son objetivos. 

Los que sí pueden tener consecuencias negativas son los “instrumentos”. Por eso los colegas más mediáticos ni remotamente se animan a describir lo que ellos saben acerca de la consecuencia inmediatas del uso de ciertos instrumentos. 

Algunos economistas, intrépidos, han informado que como consecuencia de la aplicación de los instrumentos que proponen, habrá más inflación y más recesión. Luego, suponiendo lo demás constante, la magia del mercado pondrá a rodar la rueda de la fortuna. 

Lo insólito es que muchos de ellos suponen que eso sería aplicar “más capitalismo”. Una enorme confusión.

El capitalismo es una formación histórica que ha llegado hasta nuestros días con gran vitalidad en los países adelantados, social y economicamente, de Occidente. 

Las formas capitalistas de cada país, cada cultura, cada historia, lo hacen diverso. 

Pero en todos, absolutamente, el Estado, garante del bien común, ordena el desarrollo del mismo. 

En particular, y a pesar de la monserga recitada por muchos colegas, cuando hablamos de inversión (que es lo que crea trabajo y productividad en cualquier sistema), el Estado es un proveedor de zanahorias, a veces gigantes, para atraer el capital. 

La función del Estado (en el capitalismo) además de reglas claras y estables, es proveer una estrategia de zanahorias para el desarrollo, de sectores estratégicos o de regiones postergadas, compitiendo con otros países por la atracción de las mismas. 

Mientras Argentina renunció a la provisión de zanahorias, el capital, mucho de lo aquí instalado, migró a Brasil. Lo que declinó aquí, creció allá. 

No fue magia. Es astucia frente a estupidez. Téngalo en cuenta. Porque esa estupidez la venimos reptiendo con todas las banderías políticas.  

Hay una gigantesca distancia entre los economistas que han hecho “política económica”, es decir, que han tomado decisiones y generado consecuencias, muchas veces no deseadas y aquellos que tienen el beneficio de sólo haber “comentado” las decisiones de los que aplican los instrumentos. Los primeros se pregunta "¿cómo?", los segundos afirman “hay que”. 

En el “hay que” las diferencias son pocas, aunque las hay; en el “cómo” las distancias son homéricas. 

Dicho esto convengamos que sería exótico imaginar a un Presidente anunciando como objetivos una proyección de una década de estancamiento, o de alta inflación, o de desequilibrio externo y diez años seguidos de déficit fiscal. Bueno. Si miramos para atrás, no es lo que anunciamos. Pero es lo que hicimos. Confusión: prestar atención y recordar.

Si miramos la última década “Cristina, Mauricio, Alberto” 2012-2021, el cómputo del final del PIB será 12% inferior al del año de partida. Imagine si lo hacemos por habitante. 

La estabilidad de precios y el equilibrio fiscal no han sido características de la década y las cuentas externas, si las miramos desde los pasivos generados, han sido una condena. 

Los tres presidentes, cada uno con sus managers, construyeron una nueva década perdida. 

Martín Guzmán, la única vez que publicó una proyección a diez años para Argentina, imaginó una tasa de crecimiento del 3% anual. Me animo a decir que habiendo propuesto ese objetivo Guzmán no había elaborado un plan: es impensable que haya madurado una estrategia y haya llegado a esa conclusión propositiva. 

No ha sido consciente que, con esa tasa propuesta, en el mejor de los casos llegaríamos en 10 años al PIB de 2013 y entre los argentinos tendríamos varios millones más de pobres. La productividad media habría bajado.   

Un mediático comentarista económico identificó a todo plan de largo plazo con la planificación soviética e ignoró, una verdadera pena, toda la práctica de la planificación indicativa francesa o los planes de largo plazo de la economía social de mercado alemana o, más cerca, el valor de los planes de Brasil, con fuertes contenidos de politica industrial y agropecuaria, país hermano que los mantiene desde la década del '50 y que le ha brindado a nuestros vecinos el progreso. 

En términos comparados desde 1974, cuando vivíamos la euforía de tener el PIB per capita más alto de América Latina, los vemos pasar, en nuestro tren detenido en este desierto de “planes de largo plazo”, ganando distancia. 

Cuando tuvimos la orientación del plan y esto, para salirnos de las banderías políticas actuales, podemos ubicarlo con el resurgimiento del Conada en la presidencia de Arturo Illia y la continuidad del INPE, tuvimos la cuarta década de mayor crecimiento del PIB desde 1814. 

Hablamos de la década 1964-1974 en la que los objetivos y gran parte de los instrumentos (por caso, políticas de fomento) apuntaban a la transformación y al crecimiento. 

No está de más recordar que en esa década la pobreza era del 4% con pleno empleo y una pujanza exportadora de bienes industriales. 

J. Katz y B. Kosacoff afirmaron que “constituye sin duda la etapa más exitosa del proceso de industrialización”; “ningún año en el que la actividad económica haya experimentado una caída de nivel absoluto"; "la tasa anual de crecimiento 'entre puntas' alcanza prácticamente 8%"; "crecen, simultánea­mente, la productividad industrial -6% por año a lo largo del período-, los salarios, el empleo y las exportaciones" ("El proceso de industrialización en la Argentina"). 

Celebro la convocatoria, por cierto en borrador, del Presidente. Pero lo que le faltó, nada menos, es la idea de “vocación común”. 

¿Qué se puede construir si, subidos al escenario, le pisamos los dedos a quienes tratan de subir, elegidos por el pueblo, para conversar? 

¿Desde qué altura del pensamiento, de las realizaciones, de los sueños se “convoca” sin pensar en “el proyecto común?

Alberto es el Presidente. Fue elegido para gobernar. 

Entre la herencia, pésima; la pandemia y los errores propios de un equipo de individualidades (de menor nivel que el necesario para tamaña crisis)  y además adversarios entre sí, en cada rincón de la administración, Fernández perdió la oportunidad del liderazgo que la buena (o mala) suerte le había brindado.  

A partir de esta derrota electoral, iniciando la segunda mitad de su mandato, siendo de partida “pato rengo” (aunque no quiera reconocerlo) tiene la gran oportunidad de construir un liderazgo propio de quién no puede, ni debe, aspirar a ser reelegido. 

Tiene la gran oportunidad de, en dos años que serán sus últimos, construir un liderazgo común.

¿Cómo? El viejo dirigente del PC, el banquero Carlos Heller, devenido en líder económico de la bancada peronista (¡si Perón viviera!) dijo que le "parece muy difícil tratar el presupuesto sin tener previamente resuelto cómo se va a encaminar el problema del endeudamiento". 

¿Qué otra cosa que una suma de pronósticos, a esta altura del partido y con la consabida urgencia, sobre crecimiento, déficit fiscal, tipo de cambio, etcétera, puede ser ese “plurianual”? 

Nada que responda al concepto de “plan”. Más bien un pronóstico de compromisos, a tratar de cumplir, que sean razonables para el FMI y habiliten al trámite de un acuerdo.

Sin duda es imprescindible. 

No hay mucho para pensar acerca del futuro si nos encaminamos motu proprio al camino del default con el FMI.

Pero no es por ahí o no es solamente por ahí, como se construye la convocatoria que termine con la confusión.

El Presidente, que dice admirar a Raúl Alfonsín y que dice haber trabajado junto a Juan Sourruille, debe recordar, y si no aquí va el mensaje, lo que hace muy poco tiempo, antes que nos dejara, se lamentaba Juan Vital: no haber reconstituido la estructura y el espíritu del Conade. 

Pensar el futuro territorial, demográfico, educativo, sanitario, de los transportes, de la energía, con el concurso de las mentes mas brillantes del país, cualquiera sea la ideología o el alineamiento de esas personas, es la inmensa deuda institucional de la democracia. 

Alberto puede, todavía, construir ese liderazgo. Es su gran oportunidad: está de salida. Trabajaría para la historia, y no para la próxima elección.

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