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¿EE.UU. vs China o, más bien, orden liberal vs orden iliberal?

La invasión de Ucrania no hizo más que cohesionar las filas occidentales en una nueva causa común

Las consecuencias de la invasión de Ucrania fueron contraproducentes.
Las consecuencias de la invasión de Ucrania fueron contraproducentes.
Martín Pradás Martín Pradás 14-07-2022
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¿Fue la Guerra Fría un hecho único e irrepetible? Esta pregunta resuena en las mentes de muchos teóricos, que plantean que el mismo esquema se puede replicar, pero esta vez con nuevos protagonistas. ¿La posibilidad de una Segunda Guerra Fría está latente o son simplemente elucubraciones de la época dorada de las Relaciones Internacionales?

Tucídides, en su gran obra sobre la Guerra del Peloponeso, nos narra no solamente una guerra, sino también una conducta o situación replicable a todos los estados y momentos.

Allison Graham, en su estudio, denominó a esta situación “La Trampa de Tucídides”, la cual nos indica que, ante un poder ascendente, el hegemón va a tender a cuidar su sitio, entrando en tensión con el actor primeramente mencionado. Pasó con Esparta y Atenas y pasó otras 15 veces, de las cuales solamente cuatro se logró un traspaso de poder de manera pacífica.

Cabe preguntarnos hasta qué punto la situación ucraniana no es el comienzo del fin de la hegemonía de EE.UU. y las instituciones creadas décadas atrás.

El embate ruso a un Estado soberano, haciendo renacer la guerra tradicional en Europa, llama la atención. ¿Esto hubiese pasado hace 15 o 20 años, cuando la hegemonía estadounidense estaba en su cenit? Probablemente no. Lo que nos da la idea de que el poder norteamericano (así como probablemente sus ganas de mantenerlo) estén entrando en un lento declive.

Los estados, que vivieron mucho tiempo bajo reglas de juego que consideraban ajenas, encontraron ese declive como una oportunidad para cuestionarlas. Sin embargo, el propio sistema prevalece, al parecer, más allá del poderío del hegemón.

Este mismo sistema parece generar beneficios para la mayoría de los países y, por lo tanto, es difícil de soltar. Entonces encuentro pertinente replantear el conflicto actual en términos “EE.UU. vs China”, y pasar a pensar en un “Orden liberal vs Orden iliberal”.

No por nada Estados Unidos intenta reagrupar a la vieja guardia democrática, buscando distribuir el esfuerzo no solo en él sino en otros estados.

La estrategia de contención a China, a través de buck-catchers regionales como lo pueden ser Japón, Corea del Sur o Australia, no deja de ser una estrategia anacrónica, ya que China se está imponiendo claramente en esa zona, donde aparte no nombramos a ninguna potencia nuclear.

Por esta razón, Estados Unidos busca seducir a la única potencia en ascenso capaz de hacerle frente en Asia, India, lo que le daría a este país un nuevo rol dentro del sistema, siempre y cuando lo acepte (esto último, probablemente lo más complicado de la cuestión).

El cambio de las estructuras, debido al declive norteamericano, parece ser más una realidad que una probabilidad. China intentará hacerse cargo del sistema, imponiendo sus instituciones, mientras Estados Unidos es capaz de reformularlo para seguir manteniendo una cuota de poder.

La Segunda Guerra y los '90

Aquí cabe preguntarnos dónde se encuentra el “error” norteamericano. Para determinar esto podríamos comparar dos situaciones de hegemonía. 

Ambas con el mismo actor como protagonista: Estados Unidos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, este país se alzaba como la única superpotencia, debido al desarrollo de las armas nucleares (de las cuales, en principio, tenía el monopolio) y no haber recibido daño estructural durante el conflicto.

Sin embargo, a la hora de sentarse a negociar el mundo de posguerra, cedió gran parte de lo ganado, o las ganancias potenciales, en pos de un sistema internacional con instituciones participativas, teniendo en cuenta a otros actores sobre los cuales se debía apoyar. 

La creación tanto del Sistema de Naciones Unidas, como del Sistema Bretton Woods y por último de la OTAN y el TIAR, fueron los pilares para las instituciones occidentales, con claras reglas de juego marcadas para todos los actores que decidiesen participar. Esto dio cierta cohesión al bloque occidental frente a la amenaza soviética.

Sin embargo, comparado a otro momento de hegemonía, como lo fue en la década del '90 con la debacle de la Unión Soviética, Estados Unidos no tomó la misma postura. Aisló a la nueva Federación Rusa, a la vez que empezó a intervenir en regiones y conflictos ajenos. No cedió para ganar como lo había hecho en el pasado, sino que decidió concentrar ese poder, así como las responsabilidades. Esto desgastó tanto la capacidad norteamericana como la opinión de su pueblo mientras que, evidentemente, George Bush y Bill Clinton no son Franklin Roosevelt y Harry Truman.

El primer punto de quiebre se podría ubicar el 11 de septiembre del 2001, cuando tras el atentado a las Torres Gemelas, el Gobierno de Bush lanzó una guerra sin cuartel contra el terrorismo internacional. Esto llevó a la invasión de países como Irak y Afganistán y, desde ese momento, la confianza de su pueblo, así como sus capacidades no hicieron más que descender.  

El segundo se puede fechar el 24 de febrero de 2022 pero también podríamos encontrar el verdadero punto de partida en la retirada penosa de Afganistán.

El desafío y el elegido

A partir de ese momento, la ventana de posibilidad de una acción contra Occidente se abrió, por lo que los estados revisionistas decidieron aprovecharla en un sitio donde ya habían actuado antes: Ucrania. 

¿Había otras posibilidades? Probablemente: Taiwán y el Mar de la China siempre están latentes en el pensamiento chino, al igual que Japón para los norcoreanos o mismo las Islas Kuriles para los rusos. Ucrania parecía ser el comienzo del desafío a la institucionalidad norteamericana.  

Sin embargo, sus consecuencias fueron contraproducentes. No hizo más que cohesionar las filas occidentales en una nueva causa común, en una nueva causa por la libertad y por la democracia. 

Las democracias de nuevo se reagrupan ante las autocracias, planeando sostener el sistema que tantos frutos les dio (o por lo menos seguridad), pero en caso de poder sostenerlo y conseguir sofocar el levantamiento sino-ruso significaría un nuevo reparto de poder puertas adentro. Este reajuste del bloque liberal puede traducirse en un nuevo equilibrio de poder, generando una redistribución de capacidades.  

En este punto no me atrevería a afirmar un sistema multipolar, debido a que tanto Estados Unidos como China representan 42% del PBI mundial1 y 52% del gasto militar mundial2, pero sí podemos afirmar que ni el gigante americano puede controlar y sostener por sí solo el sistema, ni el asiático puede desafiarlo en una situación ascendente tan precaria. La dificultad para medir el poder por ahora mantiene el statu quo. 

Quedaría así signado un multipolarismo desbalanceado, con un primus inter pares, personificado en Estados Unidos. Es decir, que la seguridad y equilibrio que otorgaban el sistema bipolar o unipolar se vería empañado por una situación en donde muchos estados, con uno a la cabeza, defienden un sistema frente al embate de la potencia ascendente. Todo en un contexto donde la mayoría de estas potencias poseen armas de destrucción masiva. 

Sin duda, esta situación de desafío al hegemón, no mediante la guerra directa sino mediante guerras proxy, el desafío a las instituciones y la imposición cultural, en un marco de destrucción mutua asegurada, es un desafío total y completamente nuevo, tanto para la disciplina como para el ser humano. 
De la Primera Guerra Fría salimos airosos, esperemos que de la segunda también: y si hay tal traspaso, que sea siguiendo la tendencia de las ultimas transiciones, la 5° de 17.

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