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Afecta la inflación

El diablo está en la política económica

En estos tiempos inquietantes, como en crisis anteriores, resurge la narrativa de la dolarización de la economía como herramienta milagrosa

Hace falta políticas fiscales y monetarias consistentes para contener el crecimiento de los precios.
Hace falta políticas fiscales y monetarias consistentes para contener el crecimiento de los precios.
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Las recientes declaraciones del Presidente en un programa de la TV Pública, impresionan desconcertantes, al menos desde el punto de vista de la formación de expectativas en cuanto a la política económica y la evolución de la tasa de inflación. 

Su alusión metafórica a un diablo que gobierna la dinámica inflacionaria, junto con los dichos del Secretario de Comercio, en última instancia, deslindan responsabilidades con respecto al proceso inflacionario. Y en forma congruente con esas declaraciones, el Presidente del BCRA expresa que si no se incrementan las inversiones reales la tasa de inflación no se detendrá, cuando un contexto inflacionario no es el mejor ámbito para seducir a las inversiones productivas.

Para un observador externo, podría sorprender la falta de políticas fiscales y monetarias consistentes para contener el crecimiento de los precios. Para los analistas domésticos, resulta evidente que la ausencia de esas políticas públicas se condicen con el diagnóstico del Gobierno de que la inflación es solo responsabilidad de lo que denominan formadores de precios y no de una macroeconomía con serios desbalances. Y los resultados están  la vista: la tasa de inflación de febrero fue del 4,7% (el rubro alimentos y bebidas no alcohólicas corriendo al 7,5% en el mes); una inflación acumulada en el primer bimestre del año de 8,8%; una marca interanual a febrero 2022 de 52,3 % y una tasa de inflación estimada para marzo que puede romper el umbral del 5%. 

En síntesis, una política antiinflacionaria fallida, que se suma a una renegociación de la deuda pública que devino en paridades de los bonos en niveles previos al inicio de las negociaciones o un acuerdo con el FMI que, una vez anunciado, se descuenta que no podrá ser cumplido. Una cosecha de políticas fallidas que son catalizadores de expectativas inflacionarias crecientes. 

La gestión antiinflacionaria está atrapada entre la crisis política interna de la coalición gobernante y entre discursos oficiales que remiten a viejos noticieros argentinos donde se invitaban a la delación del almacenero que no respetaba el control de precios y las clausuras de comercios. 

Mientras tanto, el resultado fiscal del mes de febrero y el salto en el déficit fiscal primario nos alertan que será muy difícil reducir la asistencia monetaria para financiar las necesidades fiscales del Estado y cumplir con los compromisos acordados con el FMI. 

Por su parte, la irrupción de la guerra en Ucrania, con su impacto dual en el precio de los commodities (beneficios en exportación de granos y mayores costos en recursos energéticos), por un lado y la escasez internacional en la provisión de gas, anticipan otras restricciones que habrá que gestionar y un invierno que se avecina sumando complejidades a la dinámica económica en general.

En estos tiempos inquietantes, como en crisis anteriores, resurge la narrativa de la dolarización de la economía, dando por hecho que será la herramienta milagrosa que nos librará de los pecados inflacionarios, pero obviando las complejidades de la economía política de la dolarización y de sus efectos no deseados.

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