Inflexión: EE.UU. regresa a las primeras filas de la lucha contra el cambio climático

22 de abril, 2021

Inflexión: EE.UU. regresa a las primeras filas de la lucha contra el cambio climático

Por Martina González (*)

Hoy y mañana, el presidente de Estados Unidos de América, Joe Biden, invitará a 40 líderes del mundo a una cumbre climática virtual donde se buscará marcar el retorno de Washington a las primeras filas de la lucha contra el cambio climático tras el determinante abandono del Acuerdo de París por parte de la administración de Donald Trump, además de instar a las naciones a formular sus propios compromisos con el fin de reducir los gases de efecto invernadero de la atmósfera.

Durante su campaña electoral, el candidato demócrata buscó fijar como una de las principales metas de su mandato la eliminación de la contaminación, abandonando el uso de combustibles fósiles hasta alcanzar la carbono-neutralidad en el sector energético para 2035 y en toda la economía nacional para 2050.

La iniciativa para lanzar el encuentro surgió tras la firma de una serie de decretos destinados a reducir la extracción de hidrocarburos de la tierra –eliminando los subsidios a la industria a la cual Trump había beneficiado; frenando las licitaciones para la explotación de petróleo, gas y carbón en terrenos y aguas federales y suspendiendo las perforaciones durante 60 días-, las emisiones de dióxido de carbono de la atmósfera y duplicar la generación de energía eólica en base a aerogeneradores marinos, materializando de esta manera uno de los mayores esfuerzos llevados a cabo por la potencia para combatir el cambio climático.

Sin hacer caso omiso a las áreas que se encuentran atadas económicamente a los combustibles fósiles, Biden ordenó a los organismos federales redirigir inversiones para ayudarlas, debido a que en general suelen estar integradas por minorías y sectores de bajos ingresos. De esa manera, logró responder a las acusaciones de la oposición republicana sobre el posible abandono de las políticas de creación de empleo. En concreto, uno de los decretos firmados creó la Civilian Climate Corps Initiative destinada a contratar estadounidenses para trabajar en la restauración de tierras y aguas federales, incrementando la reforestación y preservando la biodiversidad.

Con todas estas medidas, la Casa Blanca anunció que proclamará “ambiciosos objetivos”, teniendo como horizonte el Acuerdo de París de 2015 del cual el país salió durante el mandato de Trump (2017-2021) y al que Biden decidió reingresar en su primer día como Presidente. 

En términos concretos, se elevó la lucha contra la crisis climática al nivel de “elemento esencial de la política exterior y la seguridad nacional de Estados Unidos. Con esta orden, todos los organismos de Gobierno deberán desarrollar estrategias para integrar toda consideración ambiental a su trabajo tanto nacional como internacional. Y se creó el puesto de “enviado especial del clima de Estados Unidos”, cargo ocupado por John Kerry, figura que oficializó el regreso del país a la lucha climática internacional y uno de los impulsores de la firma del Acuerdo de París durante el mandato de Barack Obama. 

Tras cuatro años de ausencia, celebró la vuelta al movimiento y aclaró que el país tomará una posición de total humildad, en parte debido a que el acuerdo fue básicamente moldeado para que Estados Unidos pudiera adherirse sin problemas.

No obstante, una de las dudas que todavía queda por despejarse es el aporte en números concretos del Gobierno de Biden a la financiación climática internacional, la cual deberá servir para que los países menos desarrollados y vulnerables afronten las consecuencias de la crisis de la mejor manera posible.

Día de la Tierra

La reunión a realizar en el Día de la Tierra tendrá como figuras principales al mandatario chino, Xi Jinping, como así también al presidente de Rusia, Vladimir Putin. Sin dudas, dos personajes con los que Washington ha mantenido y sigue manteniendo una relación acaparada por fuertes tensiones. 

A su vez, líderes de otros 17 países -en su mayoría responsables del 80% de las emisiones globales de GEI, tales como los integrantes del G7, la India, Israel y Turquía- como también de naciones en vías de desarrollo que sufren los efectos del fenómeno climático de una manera más crítica y radical –en particular, la región latinoamericana y africana-, pero que han demostrado voluntad de combatirlo, se congregarán en búsqueda de una solución conjunta para la problemática, apostando al multilateralismo.

Desde el punto de vista de la nación norteamericana, hay muchas expectativas de que la reunión sirva para preparar la Cumbre del Clima de Glasgow (COP26) a realizar en noviembre de 2021, reuniones que año tras año arrojan resultados vacíos, temas inconclusos y dejan mucho que desear. 

Según palabras de Jennifer Morgan, Directora Ejecutiva de Greenpeace Internacional, “existe una brecha enorme entre lo que sucede en las COP –negociaciones que se estancan y carecen de liderazgos claros- y en las calles –protestas multitudinarias lideradas por jóvenes activistas”. La falta de ambición de los principales emisores de GEI se refleja en la lentitud con las que avanzan las conversaciones, así como la ausencia de compromisos rígidos para endurecer los planes de recorte de emisiones le cuestan al planeta tiempo vital.

Diagnóstico actual

A pesar de que la crisis impuesta por el Covid-19 logró ralentizar de manera temporaria la emisión de CO2 a la atmósfera durante 2020, el mundo todavía sigue en camino a un aumento catastrófico de la temperatura, superior a los 3ºC sobre los niveles preindustriales. Durante 2019, y por tercer año consecutivo, las emisiones mundiales de GEI volvieron a aumentar y se situaron en su máximo histórico, según datos provistos por el PNUMA.

Desde 2010, las emisiones que causan el calentamiento global han registrado un crecimiento promedio anual del 1,3%. En 2019 el aumento fue más pronunciado, llegando al 2,6%, como consecuencia del gran aumento de incendios forestales. Las emisiones producto del cambio de uso de la tierra representan el 11% del total a nivel mundial y el grueso de esta cifra se genera en pocos países. A lo largo de la última década, los siete principales emisores han sido China (27%), Estados Unidos (13%), los 27 integrantes de la Unión Europea + Reino Unido + India (7%), Rusia (4,6%), Japón y el transporte internacional. En total fueron responsables del 65% de las emisiones. 

A pesar de la mayor eficiencia energética y la propagación de fuentes de energías bajas en carbono, las emisiones siguen incrementándose en países cuyo consumo de energía se ha intensificado con el fin de cubrir necesidades de desarrollo, en especial China y la India.

El recorte de emisiones ocasionado por la pandemia de Covid-19 durante 2020 se tradujo en una reducción de solo 0,01ºC. La misma no contribuirá de manera contundente a la reducción de emisiones hacia 2030, a menos que los países aspiren a una recuperación económica basada en la descarbonización energética. Para que el calentamiento global se estabilice, es imprescindible que la reducción de emisiones se mantenga con el propósito de llegar a las cero emisiones netas de CO2 y demás GEI. Una recuperación sostenible de la pandemia podría reducir hasta un 25% las emisiones de GEI previstas para 2030 y acercar al mundo al objetivo de limitar el calentamiento global a 2ºC. 

China

Inmersa en un acelerado proceso de industrialización, sus emisiones de CO2 son de 7,5 toneladas por cabeza, según el Banco Mundial, frente a las 6,4 de la Unión Europea. El carbón es una de las piedras angulares del desarrollo económico del país asiático y fue el elemento que impulsó el controversial programa “para construir una central térmica basada en carbón a la semana”, puesto en marcha entre 2006 y 2015. Dicho estímulo tuvo consecuencias negativas, incluyendo la contaminación del aire de muchas ciudades y un exceso de la capacidad productiva.

Mientras el resto del mundo buscó maneras para reducir la generación de energía a partir del carbón, entre 2018 y 2019 China produjo lo suficiente como para abastecer a 31 millones de hogares –porcentaje equivalente a la capacidad energética de la Unión Europea (147,7 GW)- con energía proveniente de hidrocarburos.

La realidad es que toda esta capacidad de producción en la que se está invirtiendo nunca brindará los beneficios económicos, ni hablar de los ambientales, que se esperan de la misma. Sin embargo, aquí es donde la controversia surge. ¿Es válido prohibirle a un país que su desarrollo se base sobre una tecnología que carece? No, pero las consecuencias ambientales son irreparables y no tenemos otro planeta al cual ir. Hemos vivido a partir de la destrucción de la naturaleza y este modelo de producción y ya no es capaz de ser replicado por otras naciones. Es aquí donde el rol de los países más avanzados debe cumplir su promesa y ayudar en la financiación de un nuevo sistema de desarrollo basado en energías limpias y sostenibles.

Brasil

Bajo el controversial mandato del ultraderechista y escéptico de la emergencia climática, Jair Bolsonaro, Brasil ha sufrido las consecuencias de una ausente política ambiental. La cuestión verde en el país capitaliza cada vez más críticas hacia el gobierno de turno debido a que se han paralizado las políticas de preservación de los ecosistemas y se han recortado 95% los fondos para acciones contra el cambio climático, haciendo escalar el tema hasta la agenda prioritaria de la Unión Europea.

El 2019 terminó con datos sumamente alarmantes para el país: los incendios en la región amazónica aumentaron 30%, la deforestación de la mayor selva tropical del mundo aumentó 9,5% en 2020 tras haber saltado 35% en 2019, la minería ilegal se expandió de manera descontrolada envenenando arroyos y ríos con mercurio con el aval del gobierno, la extracción ilegal de madera creció otro 30% y las invasiones a reservas indígenas con asesinatos de líderes y dirigentes alcanzó marcas históricas (256 casos reportados). Claro está que la justicia ambiental no existe en este territorio y que la intención de Bolsonaro de liquidar a la “industria de multas”, es decir, el control del ambiente se ha vuelto realidad.

Desde su asunción, no ha declarado nuevas áreas de protección ambiental ni ha demarcado nuevas reservas de tierras indígenas; desmanteló el Ministerio de Medio Ambiente dejándolo sin recursos presupuestarios; pretende eliminar el Fondo Amazonia –un sistema de financiación millonaria que impulsó Noruega junto a Alemania para frenar la deforestación y recompensar los esfuerzos por preservar la Amazonia y la biodiversidad que alberga- y el Consejo Nacional del Medioambiente –compuesto por representantes de la sociedad civil, empresarios, personas que viven en la selva, ambientalistas, entre otros- bajo un discurso ultranacionalista; ha puesto en duda las cifras oficiales de destrucción de bosques tropicales que elaboraron sus propias instituciones y ha acelerado la aprobación de nuevos pesticidas, con sustancias prohibidas en la UE. Así como si nada, con una batería de medidas desmanteló lo avanzado en los últimos 25 años en términos ambientales.

También amenazó con sacar a Brasil del Acuerdo de París, convenio donde el país se comprometió a llegar a valores cero en la deforestación para 2030. Entre sus mayores preocupaciones se encontraba el compromiso de reforestar un área enorme, “algo imposible de cumplir” según su criterio. Todas estas medidas solo logran dañar la imagen y credibilidad a nivel internacional de la principal potencia de la región, algo que tanto le costó construir en las conferencias mundiales. De esta manera, el mundo mira a Brasil con una mezcla de preocupación e indignación ya que la política ambiental del país parece estar guiada por discrepancias y sed de venganza personales del mandatario.

Argentina

Desde la residencia de Olivos, el presidente Alberto Fernández confirmó su presencia en el evento y coincidió con Kerry en la “necesidad de abordar la temática ambiental como prioridad a nivel bilateral y multilateral”, iniciando una senda de trabajo conjunto, priorizando al ambiente en la agenda global, para que la recuperación económica post-pandemia se alinee con los compromisos climáticos, a fin de promover un desarrollo integral y sostenible en el tiempo –ratificando a la lucha contra el cambio climático como una política de estado para la Argentina-. 

Durante la charla telefónica, el presidente argentino aprovechó la oportunidad para invitar a Kerry a participar de un evento regional a realizar en los próximos meses, bajo el título de “Mecanismos innovadores de financiamiento para el cambio climático”, el cual buscará promover un espacio de diálogo en el continente para delinear los instrumentos financieros y la transferencia de tecnología destinados a emprender la acción climática en la región. De gran importancia será la participación activa o no de Estados Unidos en este nuevo ciclo de conversaciones con los países menos desarrollados, a fin de demostrar su intención verídica o no de “ponerse al hombro” la lucha contra la crisis ecológica.

Desde el ala de los movimientos socio-ambientales, más de 100 organizaciones del país se dirigieron mediante una carta al presidente Fernández exigiendo una reformulación en el posicionamiento del Estado nacional frente a las principales potencias y países desarrollados a nivel mundial –mayores responsables de las emisiones lanzadas a la atmósfera- ante la lucha contra la crisis climática y ecológica. En palabras concretas, solicitaron la reestructuración de la deuda externa argentina proponiendo invertir ese dinero en medidas de mitigación de GEI y adaptación al cambio climático, basándose en el principio internacional de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” institucionalizado en la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, la cual reconoce una deuda ecológica histórica del hemisferio norte para con el hemisferio sur a nivel global.

Mucho se espera de este encuentro, las falsas soluciones ya no cuentan con terreno fértil para seguir manteniéndose en el tiempo y la juventud activista no callará su voz hasta ver un cambio concreto.

Reflexiones finales

El mundo nos muestra día a día que ésta es la década más decisiva en la historia de la humanidad para hacer frente a la crisis climática. Como bien defendió Kerry, “no hay adaptación posible a un mundo cuatro grados más cálido, excepto para los más privilegiados”.

La ciencia enfatiza constantemente que el cambio climático es irrefutable pero a su vez sostiene que no es demasiado tarde para detener su avance. Sin dudas harán falta transformaciones elementales en todos los aspectos de la sociedad: el uso de la tierra y los recursos hídricos, el cultivo de alimentos, el transporte de mercancías, el fomento de las economías y el impulso al desarrollo. 

Las nuevas tecnologías pueden ayudarnos a reducir las emisiones y crear un mundo más limpio y sostenible. No obstante, solo si los gobiernos, empresas, jóvenes, la sociedad civil y el mundo académico trabajan mano a mano, podremos fundar un futuro verde en el que haya menos sufrimiento, reine la justicia y se restablezca la armonía entre las personas y el planeta.

La recuperación económica, social y política tras la pandemia Covid-19 debe configurarse como la oportunidad única para cambiar el rumbo de la historia de la humanidad hacia un futuro más verde.

(*)Licenciada en Relaciones Internacionales, investigadora y coordinadora del Comité Ambiental del think tank Estela Sur