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Entrevista

Zelicovich: "EE.UU. y China no le están pidiendo a países como Argentina que se posicionen a favor de uno u otro"

El Economista dialogó en exclusiva con Julieta Zelicovich, Doctora en Relaciones Internacionales y especialista en relaciones comerciales internacionales

Zelicovich: "EE.UU. y China no le están pidiendo a países como Argentina que se  posicionen a favor de uno u otro"
16 mayo de 2024

Desde hace dos años, tras el estallido de la guerra en Ucrania, el mundo se encuentra en una situación de importante incertidumbre geopolítica y económica.

Dichas tensiones comenzaron un par de años antes, como consecuencia de la pandemia del Coronavirus y guerra comercial entre Estados Unidos y China, pero se incrementaron notablemente luego de la invasión rusa.

Sin embargo, lejos de ir hacia una situación más prometedora, el mundo parece cada vez más conflictuado: desde hace más de seis meses, una sangrienta guerra se desarrolla en la Franja de Gaza y muchos temen que termine desembocando en un conflicto a gran escala entre Israel e Irán.

En este sentido, aunque históricamente las guerras han tenido su impacto económico, desde hace ya varios años, como consecuencia de la creciente interdependencia, el impacto económico es mucho mayor. 

Por ello, en un mundo que aún no recupera los niveles de crecimiento prepandémicos, la gran preocupación es que las actuales crisis internacionales continúen deteriorando la situación a nivel mundial. 

Intentando profundizar en estos asuntos, y tratando de descifrar qué estrategia debería aplicar Argentina ante este complejo contexto, El Economista dialogó en exclusiva con Julieta Zelicovich, Doctora en Relaciones Internacionales y especialista en relaciones comerciales internacionales. 

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Julieta Zelicovich
  • ¿Cómo pueden llegar a afectar a la economía internacional la prolongación de la guerra en Ucrania y las actuales tensiones en Medio Oriente? Hoy en día la atención está puesta en Irán, ya que su intervención en un conflicto armado podría alterar seriamente los precios del petróleo.

Hay un cambio muy importante en el funcionamiento de la economía internacional si lo comparamos con el período de expansión y auge de la globalización.

En ese momento, había ciertas garantías de equilibrios políticos y mecanismos que generaban que los flujos de comercio e inversión tuviesen una baja exposición a los riesgos geopolíticos.

En otras palabras, había pocas chances de que los conflictos armados y de disputas de poder entre los países terminaran impactando en los flujos de comercio e inversión.

Pero, desde 2016, año que reúne el Brexit y la elección de Trump en EE.UU., esto empieza a cambiar muy claramente: lo que estamos viendo desde entonces es una expansión de una serie de políticas que usan el comercio y la inversión como parte de las disputas de poder y un mundo internacional que es crecientemente conflictivo.

La expectativa de que haya conflictos geopolíticos y conflictos armados es creciente, lo que cambia la manera de hacer negocios en el mundo.

Así, se introduce una variable que antes ocupaba un lugar menor, que es la cuestión de la incertidumbre como escenario de negocios, y hoy la incertidumbre está como eje necesario en cualquier proyección económica internacional.

Esta incertidumbre se traduce en disrupciones en las cadenas de valor, mayores precios en algunos commodities que, rápidamente, reflejan cuándo hay interrupciones en flujos de oferta o en algunos flujos de demanda. 

Por ejemplo, el petróleo es uno de estos indicadores, aunque también hemos visto, durante la guerra de Ucrania, que el precio de los alimentos se volvió muy volátil.

Tenemos un mundo donde los precios son más volátiles y esto va cambiando las políticas, tanto hacia adentro de los estados como en las relaciones con otros estados, para asegurar el desarrollo y la inserción internacional.

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Imagen tomada en Ucrania
  • Siguiendo con este hilo, lo que se observa a nivel mundial es que los países empiezan a invertir en producción e industria nacional, lo que va de contramano a lo que promueve el gobierno de Javier Milei con su idea de liberalizar la economía y atraer inversiones.

Hay tres grandes cambios que podemos observar: en primer lugar, está el "retorno" del Estado, que pasa a ser un actor protagónico a la hora de reconfigurar la inserción de los países en la nueva globalización, que es mucho más geopolítica, es una globalización geoeconómica.

Así, al ser el Estado el actor protagonista, vemos un nuevo proteccionismo que tiene que ver con dos acciones: usar comercio e inversiones para torcer o ganar influencia en términos de política exterior.

Acá hablamos de uso de aranceles de restricciones sobre determinados flujos de comercio, ya sea por provisión o por controles de contenido, o para controlar a quién se le vende. Todo esto está asociado a ganar poder sobre las cadenas de valor y fortalecer capacidades domésticas.

Por ejemplo, Estados Unidos está liderando una nueva política industrial muy proteccionista, condicionado a metas ambientales y geopolíticas.

Estos dos usos se combinan con el tercero, que es crear nuevos liderazgos en los sectores tecnológicos claves.

Se apunta a diversificar riesgos, crear capacidad de poder y usar el poder de mercado para ganar influencia, y todo eso da lugar a un nuevo proteccionismo donde el Estado es central.

Algo muy interesante es mirar cómo empieza a cambiar la política hacia la inversión extranjera directa: antes el paradigma central eran los acuerdos bilaterales de inversión para darle garantías al inversor.

Pero, desde 2018 en adelante, una política que toma mucha fuerza y que ya casi 70 estados la están implementando es el control sobre la inversión extranjera directa, monitoreando cuál es el origen de los capitales de esa inversión y en qué sectores pueden o no invertir.

  • En este sentido, ¿qué podemos esperar a futuro en la actual disputa entre Estados Unidos y China?  El gobierno de Joe Biden está tratando de llegar a algún nivel de cooperación más amplio, pero no están logrando grandes acuerdos. Y a esto se suma que, si ganara Trump, es posible que el nivel de confrontación vaya en aumento.

Lo que encontramos es un contexto de fuerte competencia: la dinámica de cooperación y la idea de crecer "con otros" cambia hacia un juego que es leído en clave de suma cero, es decir, que "si yo crezco, es a costa de otros".

Esto se debe a que el PIB global no crece a un ritmo tan alto. Entonces, si uno quiere ganar espacio, hay que desplazar a otros, lo que genera una dinámica de competencia.

Es una dinámica de competencia en un contexto donde hay pocos mecanismos de cooperación institucional en la que los actores se ponen de acuerdo respecto a las reglas que van a compartir. En cambio, se observan muchos mecanismos de retaliación, mucho ojo por ojo.

Es esperable que la relación entre Estados Unidos y China siga siendo tensa, pero sin llegar a una ruptura o un desacople total, porque eso es casi imposible, ya que sus economías siguen estando absolutamente interconectadas.

Lo que hay es un trabajo quirúrgico en aquellos sectores que son estratégicos. En ellos se intenta fragmentar los flujos económicos en un esfuerzo de ganar tiempo en la carrera tecnológica, ya que la base del poder en el sistema internacional tiene un componente tecnológico muy importante, y ahí se está jugando gran parte del esfuerzo.

Por lo tanto, vamos a ver una relación tensa, de competencia, que puede tener momentos de mayor confrontación y momentos donde esa tensión sea menor en algunas esferas comunes.

Aquí el problema es para el resto de los países: si hay una competencia entre los actores más poderosos y hay ausencia de mecanismos de cooperación efectivos, vemos un mundo que se vuelve más conflictivo.

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Donald Trump y Xi Jinping 
  • En relación con esto, parece cada vez más claro que el gobierno argentino está decidido a alinearse detrás de EE.UU., pese a que China es uno de nuestros principales socios comerciales. ¿Cómo ve esta estrategia? 

Una de las características que observamos en el estudio de las dinámicas de las relaciones económicas internacionales actuales es que no se trata de una dinámica de Guerra Fría, donde uno de los rasgos es que había dos polos que se distinguían por cierto componente de estar aislados uno del otro.

De alguna manera, había una capacidad de generar una impermeabilidad a la influencia del otro. Pero eso, en el contexto de una disputa de dos poderes en globalización, no se da.

Por ello, los líderes de Estados Unidos y China no le están pidiendo a los países que ocupan un lugar relativamente periférico, como Argentina, que tomen un posicionamiento a favor de uno u otro.

Por lo tanto, no hay un reclamo de alineamiento, mientras que lo que sí hay por parte de los actores periféricos es un juego de balanceo de intereses.

China tiene algunas líneas rojas, como el reconocimiento de Taiwán, y allí está dispuesta a aplicar todo su peso de mercado para ejercer influencias sobre los países que la desafíen en ese sentido.

En Estados Unidos, la cuestión de compra de armamento militar es una línea bastante importante.

Por fuera de las líneas rojas, hay mucho espacio para balancearse y la evidencia es que la cooperación es lo que más paga, mucho más que el conflicto.

Cuando mejorás tus relaciones con Washington y con Beijing, se incrementan las oportunidades económicas y, si las mejorás con los dos a la vez, la atención que recibís es mayor. Por lo tanto, una buena política exterior juega en las dos bandas.

  • Pese a la llegada de Milei al poder, la tan esperada actualización del Mercosur parece congelada. ¿Qué podemos esperar del bloque en los próximos años, principalmente viendo que ya no queda del todo claro cuál es su objetivo? 

El Mercosur estaba pensado para el boom de la globalización, pero eso no significa que hoy no tenga un papel que cumplir.

El Mercosur juega un papel central para que los países de la región puedan tener mayor incidencia en esta economía internacional tan convulsionada.

Por ello, es el instrumento más valioso que tiene Argentina para su inserción internacional, en la coordinación con los vecinos. Pero, sin dudas, para estar a la altura de ese desafío necesita renovarse. 

Renovarlo implica invertir capital político, aunque el problema del Mercosur es que las relaciones o el impulso político del bloque depende de las relaciones interpresidenciales. 

La distancia ideológica de los presidentes de Mercosur hoy en día hace difícil llegar a un acuerdo de cómo actualizarlo. 

A esto se suma que es fácil "hacerle trampa" al bloque, ya que no hay un costo por no cumplir con las reglas. Entonces, persiste el Mercosur funcionando mal.

Pero es muy importante para la negociación de acuerdos internacionales de los miembros y también para generar integración en áreas que se vuelven claves, como la transición energética.

La integración de energía verde del Mercosur tiene una infraestructura y una potencialidad que pone a los países a discutir con el mundo. Eso requiere que el rediseño de las estrategias de política económica mire al vecino y no estén de espalda a él. 

La administración de Milei no le da prioridad al Mercosur y entonces es poco probable que veamos grandes impulsos en lo inmediato, pero sí tiene una importante potencialidad.

Por ejemplo, existe una ventaja en negociar juntos: el acuerdo Mercosur-Unión Europea, negociado articuladamente por los miembros del bloque, tiene mejores resultados para los intereses de nuestros países que los que la Unión Europea ha negociado bilateralmente con Chile y los países andinos.

Hay un poder de mercado y una capacidad de negociación que se logra con Mercosur que, de manera individual, no podría lograrse y que uno puede empezar a vislumbrar cuando compara los instrumentos que negocia la misma contraparte, en este caso la Unión Europea, con los distintos países de la región.

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