Cuando pase el temblor

20 de julio, 2020

Por Alejandro Radonjic 

La “pospandemia”, tan evocada y deseada por estos días, aun no llegó. Para aflojar con el ombliguismo criollo: tampoco lo está, por cierto, en una buena parte del Hemisferio Occidental. Tardó pero llegó y el Covid-19 hizo metástasis en América. En Argentina, es cierto, la situación dista de haber sido tan grave como en otros países del vecindario. Por ahora, cuanto menos. Sin embargo, no debe descartarse que el virus siga haciendo sus tropelías.

Mientras, otras regiones (Europa, Asia-Pacífico y Africa) están algo mejor y parecen haber dejado atrás lo peor, con excepciones no menores, entre ellas, India. Sin embargo, casi en todos lados hay rebrotes.

Según Reuters, el tránsito de los 13 a 14 millones de contagios globales, ocurrido la semana pasada, insumió 4 días nomás. Con virus y sin vacuna, la pandemia seguirá y los trastornos económicos, también.

El intento de regresar a la normalidad metropolitana en Argentina, más por imposición de contexto económico que por un margen de acción sanitario, puede no ser lineal. Algo anticipó el gobernador de la provincia más poblada del país, Axel Kicillof: “Vamos a pasar a una cuarentena intermitente”. No necesariamente será así, pero la política se guardó la opción. Otros países han vuelto para atrás con sus liberaciones y Argentina ya lo hecho con la Fase 1 de la primera mitad de julio. No está claro que el crecimiento de la curva, en paralelo con la ocupación de camas de terapia, se detenga. Si aumenta el número de muertes, la gente se va a quedar en su casa, con o sin conferencia desde Olivos.

Por si todo eso fuera poco para un país quebrado, con empresas quedando en el camino a rolete y con pobreza en ascenso, (re)apareció la polarización, con un aditivo nuevo: tensiones internas en el Frente de Todos (FdT). Una economía barranca abajo (y un default que no sutura), pandemia no controlada y ruido político. ¿Quién guionó el 2020?

La no linealidad de la pandemia complica las proyecciones económicas e, incluso el mejor escenario (es decir, un virus que va languideciendo y no se requiere volver atrás con el aislamiento), la situación es gravísima. El PIB se derrumbará 12-15% en 2020. Para dar contexto: en 2001, el declive fue de 10,9%. Pero, ¿quién se acuerda del PIB de 2001? Las otras variables concatenadas son las que quedaron grabadas: desempleo arriba de 20% y pobreza, arriba de 50%. Los números de 2020 no serán muy distintos y la secuencia hacia adelante es menos alentadora. Según el econometrista Martín González-Rozada (UTDT), la tasa de pobreza escaló a 47,1% en el segundo trimestre de 2020 y se posó en 52% en el conurbano de Buenos Aires. Son “cifras 2001” y la situación puede empeorar más.

Parecería haber un consenso en que las tasas chinas de 2002 en adelante hoy no serán posibles. Entonces, 2020 tendrá una caída más violenta con una salida que, aun en el mejor escenario, no será tan veloz como aquella. Además del precio de la soja, la economía, cuando salga, saldrá con menos masa salarial (menos trabajadores con salarios más bajos), menos empresas, familias más endeudadas y un Estado extenuado. Para los sectores más postergados, en ascenso agudo desde 2018, la crisis es un calvario: son los primeros que entran, los que más sufren el tránsito y los últimos en salir. Por eso, la mejor política social es evitar las crisis que en 2020 incluyó, además de la compleja herencia macrista, una pandemia que no se veía hace más de 100 años. Así es difícil.

“En general, el impacto todavía está subestimado”, dijo Martín Lousteau el viernes, en Córdoba, sobre la crisis.Algunos temas, incluso, están debajo del colchón del aislamiento y amenazan con salir. La inflación, hoy mansa en la zona de 1,5-2%, podría ir en busca de 3-4% en los próximos meses. Más en general, la “macro” saldrá muy herida de la pandemia y su evolución es no lineal. El deterioro de la posición fiscal fue enorme y, una vez más, no está claro cómo. Según cálculos de Arriazu Macroanalistas, el déficit total va camino a 10% del PIB: el mayor desde 1975. La mirada de Lousteau tiene asidero: no se sabe realmente qué quedará cuando pase el temblor y todo indica que el riesgo es a la baja, es decir, todo estará peor de lo que se piensa. Eso demanda estar preparados.

La nueva realidad que emane de la pandemia seguirá interpelando a todos. Familias y empresas deberán seguir adaptándose a una nueva realidad, más pequeña y selectiva. El rol del Estado es clave y lo ha sido en toda la pandemia: diseñó el aislamiento y salió a gastar para sostener familias y empresas. Ese doble rol deberá seguir, pero deberá sumar un plan para que el sector privado tome la posta de la recuperación. Las finanzas públicas están pulverizadas y el Estado se quedó sin nafta. Además de evitar un “evento macro” (básicamente, que se escape el “billete”), su nueva tarea demandará guardar algunos márgenes de acción fiscal allí donde no llega el mercado y balizar el camino para que sean los privados quienes motoricen la recuperación económica y social. La resolución de la agenda externa (salir del default y firmar un nuevo programa con el FMI) son pasos claves, que se han demorado bastante, pero no son insuficientes. El Estado deberá hacer más que eso y los intentos en ese sentido deben acelerarse. Diálogo, reglas estables e incentivos deberían ser parte del menú. Como aquella máxima de la segunda posguerra: “Todo el Estado que sea necesario, todo el mercado que sea posible”. No será fácil, pero la alternativa a no hacerlo debería ser suficiente incentivo para tomarse el desafío muy en serio. Despertarse cuando pase el temblor, como quería Gustavo Cerati, es la peor opción.

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