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Interesante discurso, pero...

La mera explotación primaria de recursos naturales, como dijo el propio Arriazu, no hizo rico a ningún país

El diario Clarín invitó a discutir acerca de “los motores del crecimiento argentino”.
El diario Clarín invitó a discutir acerca de “los motores del crecimiento argentino”.
Carlos Leyba Carlos Leyba 20-05-2022
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El diario Clarín invitó a discutir acerca de “los motores del crecimiento argentino”. Acertadísima síntesis de Daniel Fernández Canedo. 

Cuatro bien seleccionados economistas fueron invitados para exponer “los motores” necesarios y posibles, para “volver al desarrollo” y construir “las bases macroeconómicas para el crecimiento”. 

Los convocados, distintas tonalidades, representaron el mayor ancho de banda del pensamiento del que se nutre la principal corriente política opositora, incluyendo a uno muy escuchado que “es oficialista”. 

No fueron llamados para analizar la coyuntura. Sí para proponer rumbo, amojonando con precisiones el camino. Para diseñar, o esbozar al menos, “motores del crecimiento”.

El vehículo nacional por ahora va “marcha atrás”. Es un proceso de decadencia. Estamos sin “motor” y sobre un escenario macroeconómico desquiciado. 

La decadencia sólo es posible a partir de un previo proceso de progreso (A. Gerschenkron). 

Los organizadores señalaron que “en los últimos 50 años la economía argentina ha visto destruir riqueza y su PIB por habitante ha crecido en promedio la mitad que nuestros vecinos latinoamericanos”. 

Hay una picardía en eso de “cincuenta años”. ¿Nos dicen que desde 1972 destruimos riqueza? Falso

Hasta 1974 Argentina vivió, después de la primer década (1900/1910), la de mayor crecimiento (1964/74) del Siglo XX y la cuarta mayor de toda la historia. 

Fue una década sin un solo año de caída. Las exportaciones de origen industrial fueron 25% de las ventas al exterior. Finalizó con 4% de la población en la pobreza, con pleno empleo sin informalidad y con una distribución del ingreso del nivel de Dinamarca. Lo acaba de destacar, en reportaje radial, Jorge Fernández Diaz, autor liberal de “Una historia argentina”. Martín Rapetti afirmó que en 2020 el PIB per capita fue igual al de 1974. 

Todo los datos confirman ese “punto de ruptura” de la tendencia de progreso nacional. Números. 

Mirar al pasado es clave, tanto para “identificar” los motores que nos ofrecieron progreso como para aquellos que nos llevaron para atrás. 

No hay que mirar para repetir: el pasado no tiene retorno. Pero sí mirar para no repetir la elección de motores de la decadencia.

Dado que la economía es “economía política” es lógico que el diseño de ese motor esté a cargo de “los economistas políticos”. 

La mayor parte de los profesionales que aparecen en los medios son “consultores”. Una profesión que, al decir de Juan Sourrouille, se ocupa de identificar oportunidades económicas individuales más que propuestas de desarrollo colectivo, que motivaba a los organizadores.

Los convocados pertenecen a la especialidad de los policy makers. Ellos han sido, en mayor o menor medida, funcionarios y, a su vez, se sabe que preparan programas para la próxima gestión. 

R. Arriazu es el autor intelectual de “la tablita”, el programa que ejecutó J. A. Martínez de Hoz en 1976; E. Alvarez Agis fue viceministro de A. Kicillof durante Cristina; H. Lacunza fue el último ministro de Mauricio Macri y C. Melconian, presidente del BNA durante el Gobierno PRO, es el líder del diseño del programa que la Fundación Mediterránea, origen de D. Cavallo, ofrecerá al próximo gobierno. Lacunza lidera uno de los equipos económicos del PRO. Alvarez, crítico del Instituto Patria, es un referente del Frente de Todos: todos lo consultarán para un programa. 

La consulta por “el motor” estaba dirigida a policy makers.

Un escenario prometedor. 

En todos, hoy es un lugar común, hay acuerdo en que hemos vivido períodos de progreso y también que, desde hace tiempo, estamos en regresión. 

La estanflación, estancamiento con inflación, no tiene sólo diez años: llevamos 46 años dominados por estanflación, aunque, entre esos años, en algunos crecimos y en algunos tuvimos estabilidad, siempre “gracias” a que nos endeudamos o quemamos recursos extraordinarios (viento de cola) o stocks para lograrlo. 

A todas esas “originalidades” sucedieron amortizaciones, reposiciones o default de deuda o carencias. 

Arriazu expresó una discrepancia sobre el momento de origen de la decadencia: sostuvo que en los últimos 150 años hubo dos etapas. La primera, de 50 años, que fue de expansión (1872/1922) y la segunda de 100 años, de 1922 a la fecha, que fue de decadencia. 

Si bien la “ruptura” del modelo agro-exportador (nuevas tierras, inmigración, infraestructura financiada desde el exterior y exportaciones primarias a Gran Bretaña) ocurrió en 1930, Arriazu en su exposición anticipó casi una década esa ruptura. 

En esos primeros 50 años el PIB per capita creció 125% y en los 50 siguientes 110%, ambos aproximadamente. No es diferencia significativa. 

Lo conceptual es que fueron dos “motores” diferentes los de esos períodos. 

Hasta 1930 el modelo agro-exportador y las inversiones de Gran Bretaña y, como dijimos, una enorme incorporación de factores (tierra y trabajo). Después de la crisis del '30, el motor de la industrialización conservador que, a partir de 1945, incorporó la construcción del Estado de Bienestar como Occidente en posguerra, hasta 1975. Después “industricidio”. 

Coherentemente con el pasado, Arriazu señaló Vaca Muerta (energía), minería (el litio) y agro, como oportunidades y “motores” del futuro. 

Hoy no está Gran Bretaña y, más allá de la conveniencia o no del modelo, quien aspira a cumplir esa misión es China

Desde Cristina hasta Alberto pasando por Mauricio tenemos una presencia trascendente de China en esos recursos y en la infraestructura pertinente. 

No hay política económica sin geopolítica. Y hoy ese vínculo, que defienden a capa y espada los embajadores políticos del Frente de Todos y de Juntos en China, está atascado por la invasión a Ucrania, situación que limita las ganas o los intereses que algunos tienen en hacernos volver a la economía de la especialización (que de eso se trata), pero ahora con el Celeste Imperio. 

En su disertación Arriazu mencionó la industria del conocimiento. Pero no mencionó a la industria manufacturera, ni el problema del empleo urbano, ni la actual abolición, en la práctica, de los regímenes salarial y previsional y su sustitución progresiva por el sistema de transferencias. Proceso explosivo que para detenerlo requiere de empleo de producción urbana de bienes transables. 

Ningún expositor mencionó “la industria”.

Como todos, Arriazu, señaló enfáticamente la urgencia de lograr equilibrios fiscal y monetario sin hacer mención a medidas concretas, sí a principios básicos. 

Todos coincidieron en esa necesidad urgente pero sin aportar avances concretos acerca del cómo. 

Tal vez la excepción, al menos en un tema, fue Agis quien, luego de hacer un inventario de los costos fiscales de los delirios del Instituto Patria, le señaló al público que si querían bajar los costos previsionales debían aceptar la universalización de “la jubilación mínima” para ellos. 

Lo bueno de esa “boutade” fue que recuerda que todas las políticas tienen consecuencias. 

Cuando se hacen las cuentas de “consecuencias” se revela que hay situaciones en las que el remedio es peor que la enfermedad. 

Alvarez descalificó la idea “reformista previsional” en boga pero no avanzó en, por ejemplo, el diseño de un “motor” de empleo para resolverlo en la base. 

Melconian enfatizó en la necesidad de un shock desregulatorio y en la urgencia de acentuar la prédica de una cultura capitalista y de estricto respeto a la propiedad privada. 

Fue un aerosol para disipar el perfume de exclusividad que pavonean en el asunto M. A. Pichetto y J. Milei. 

Aclaremos que, por ahora en Argentina, la mayor parte de los medios de producción son privados y el derecho de propiedad es irrestricto, salvo expropiación, pagada y por ley del Congreso y eso nos hace un país capitalista. 

Pero a la inseguridad creciente se suma la abolición estatal del sistema salarial y previsional a consecuencia de acudir al sistema de transferencias (planes) en lugar a diseñar el imprescindible motor del empleo. De eso tampoco se habló. 

Melconian expresó con firmeza mediterránea la necesidad de inversiones en infraestructura; Arriazu había señalado que esas inversiones vendrían como deriva de explotar las riquezas naturales que él cuantificó con valores que señaló como “esperanzas”. Su socio, en el artículo que Arriazu mencionó, advirtió con razón sobre el riesgo de “enfermedad holandesa” derivada de esas “riquezas” si son simplemente aprovechadas como bendición. 

Pero, más allá del riesgo de ser explotadas fuera de un enfoque de desarrollo integral, las riquezas naturales referidas por Arriazu, fueron las únicas ideas expuestas acerca de un motor para el desarrollo. 

El único motor mencionado fue “la naturaleza” más la “industria del conocimiento”. 

El último expositor fue Lacunza. Su enfoque enfatizó en la necesidad de acuerdos políticos para poder llevar a cabo un programa de equilibrio macro económico. 

El título de la crónica de Clarín (Annabella Quiroga) fue elocuente: “Bajar el déficit para frenar la inflación, el consenso que mostraron los economistas”. 

Como dijo uno de los expositores “el agua moja”.

El consenso más valioso, respecto del título de Annabella (déficit), sería el de cómo bajar el gasto. 

O lo que es lo mismo cómo bajar la pobreza para reducir la asistencia social, cómo crear trabajo formal para generar tributos, cómo revisar jubilaciones de personas pudientes que nunca trabajaron y por eso no aportaron, como validar jubilaciones por invalidez que no es tal, como congelar el empleo público por 10 años. 

No son “motores”, son bombas de achique que, al menos, ayudarían a que no pasemos de estancados a hundidos. Eso sería un buen consenso.

De cómo crecer más allá de bendiciones, en el seminario, ni hablar. 

La mera explotación primaria de recursos naturales, como dijo el propio Arriazu, no hizo rico a ningún país. No es la historia de Japón, de Corea, de China o de Vietnam.

“Interesante discurso, pero…¿qué es lo que vas a hacer?” Simon Peres a Shai Agassi.

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