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Putin estaba obligado a responder y aparecer como el líder fuerte que siempre quiso presentar ante el mundo, pero quedó a mitad de camino
Aniversario de la invasión

Putin difícilmente gane la guerra, pero sabe que no debe perderla

Termina el invierno boreal y parece aproximarse una nueva escalada a partir del ingreso de personal ruso y de tanques occidentales

Ignacio Hutin 23 febrero de 2023

"Mire y escuche. 21.02.23" rezaban algunos carteles en la vía pública rusa. "La frontera de Rusia es interminable", anunciaban otros y le sumaban la misma fecha. Ese día el presidente ruso Vladimir Putin debía ofrecer su discurso sobre el estado de la Nación, ante ambas cámaras del Parlamento y en un contexto curioso: el mandatario estadounidense Joe Biden había visitado Kiev apenas horas antes. Mientras tanto, Putin no se había siquiera acercado a la línea de contacto en Ucrania, ni había visitado a sus tropas en el frente ni una vez en casi un año de guerra.

Si el ruso quería evitar dar una imagen de debilidad (cuestión trascendental para la historia política en Moscú), su respuesta debía ser terminante. Y sin embargo, no lo fue. Durante unas 2 horas, repitió que Rusia fue forzada por occidente a embarcarse en una "operación militar especial", como la denomina el Kremlin; que busca proteger a las "tierras históricas" de su país; que intentó resolver este "problema" por medios pacíficos y que, al otro lado de la línea de contacto, tan sólo hay un régimen neonazi apoyado por quienes "quieren acabar con nosotros de una vez y para siempre". Nada nuevo.

El resto de su discurso se centró en cuestiones de política interna y bienestar social, hasta finalmente llegar a la única noticia: Rusia suspende su participación en el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, cuya última versión fue firmada en 2010 por Barack Obama y el entonces presidente ruso Dmitri Medvédev

Eso significa que EE.UU. ya no podrá chequear la cantidad de armamento nuclear que Rusia despliega y que Rusia tampoco podrá hacer lo propio con el estadounidense. 

En la práctica, esto ya venía ocurriendo, con lo cual no hay mayores cambios de facto. Aunque sí hay una advertencia, como si Putin recordara que cuenta con cerca de 6.000 ojivas nucleares. Esa es su mayor herramienta disuasoria de cara a Ucrania, pero también a los miembros de la OTAN que participan indirectamente del conflicto y envían a Kiev una importante cantidad de armamento.

La posibilidad de uso de material nuclear parece lejana en el escenario actual y, si eso ocurriese, la organización noratlántica probablemente se vería obligada a participar abierta y directamente en el conflicto, cosa que ha evitado a toda costa hasta ahora. Pero vale preguntarse qué pasaría si Rusia no lograra avances relevantes en los próximos meses, o si incluso perdiera parte del territorio que hoy controla, tal como sucedió entre septiembre y octubre pasado. ¿Cómo lidiar con una posible derrota cuando el propio Putin dice que eso "es imposible"?

  • Según una encuesta publicada por el Centro Levada en diciembre, 74% de los rusos apoya las acciones de las fuerzas del Kremlin en Ucrania, aunque 53% prefería iniciar negociaciones. Aun así, las dudas sobre el rendimiento de Rusia en la guerra han aumentado en el último año: la idea de que la "operación militar especial" está siendo exitosa pasó de 68% en abril al 54% en noviembre. 

Claro que puede cuestionarse la veracidad de estos resultados, especialmente en un contexto de guerra y en un país en el que la desconfianza forma parte de la herencia política de tiempos soviéticos. Por otro lado, hay informes que hablan de que hasta 900.000 ciudadanos rusos han abandonado el país en el último año.

Podría presumirse que, en términos generales, Putin y sus decisiones cuentan con suficiente apoyo incluso a un año del inicio de la guerra, pero ese aval puede mermar según avance el conflicto. Y Rusia no logra una victoria relevante desde octubre, con la excepción del pueblo de Soledar, bajo su control desde enero y que, para entonces, apenas contaba con poco más de 500 habitantes. Aunque la cifra pueda ser exagerada, según el Reino Unido, han muerto hasta 60.000 soldados rusos en el último año.

En ese escenario termina el invierno boreal y parece aproximarse una nueva escalada a partir del ingreso de personal ruso y de tanques occidentales. Kiev cuenta a su favor con el apoyo explícito de EE.UU. y otros miembros de la OTAN que, pese al cuestionamiento de, por ejemplo, el Partido Republicano, continúan enviando material bélico. 

Claro que Rusia también tiene algunas ventajas. 

  • En primer lugar, las sanciones no han hecho colapsar a su economía, aunque sí han forzado a que se incremente el intercambio comercial con China, India, Pakistán y algunos países del sudeste asiático y de Africa. 
  • Por otro lado, cuenta con drones provistos por Irán (según Ucrania) y artillería de Corea del Norte (según Washington), además de la importante ventaja que implica el poder utilizar territorio bielorruso para albergar armamento y tropas. 
  • Finalmente, el tiempo juega a favor de Rusia por la simple razón de que la guerra no se da en su territorio. Si el conflicto se extiende indefinidamente, si se convierte en una cuestión de desgaste que derive en una fatiga en el apoyo armamentístico occidental a Kiev, puede que Putin se vea favorecido.

Eso no significa que Rusia tenga la más mínima garantía de victoria, ni siquiera a largo plazo, en principio porque ha cometido errores que derivaron en demasiadas bajas. Por ejemplo, falló aquel vaticinio (aparentemente informado por el legislador ucraniano más cercano a Moscú, Víktor Medvedchuk) de que el Ejército ruso sería recibido con los brazos abiertos por al menos un sector de la sociedad. 

En cuanto al aspecto militar, Rusia perdió el control sobre cerca de la mitad de los territorios que había logrado ocupar en las primeras semanas de invasión, incluyendo la ciudad de Jersón, la única capital regional que pasó a estar bajo su poder en el último año. El menosprecio a la capacidad ucraniana y la desorganización entre las tropas rusas significaron más repliegues que avances.

A esto se le suma una fuerte presión interna contra el mandatario ruso, no para acordar una tregua sino para ir a fondo en Ucrania. Entre otros, aparecen el líder checheno Ramzan Kadyrov, quien insiste en la necesidad de recurrir al armamento nuclear, o Yevgueni Prigozhin, empresario cercano a Putin y fundador del grupo de mercenarios Wagner, que reclama que sus soldados mueren porque no se les envía munición suficiente.

Tras casi un año en el que la "operación especial" no alcanzó ninguno de los objetivos planteados originalmente, el tan anunciado discurso de Putin necesariamente debía ser categórico y resolutivo. 

Sin embargo no hubo mayores novedades: ni nuevas movilizaciones de personal, ni declaración formal de guerra, ni anexiones. 

Biden paseó por Kiev y dejó un mensaje claro de respaldo a Ucrania, así que Putin estaba obligado a responder y a aparecer como el líder fuerte que siempre quiso presentar ante el mundo, pero quedó a mitad de camino.

Hoy la lealtad de sus subordinados no parece estar en duda, pero mostrar debilidad y pocos resultados concretos puede derivar en cada vez más cuestionamientos internos y de aliados internacionales. Entonces la conclusión es clara: Putin difícilmente gane esta guerra, pero sabe que no debe perderla.

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