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Análisis

Propaganda de guerra

El propósito de la manipulación del idioma, más usual entre los políticos que entre los periodistas, era aportar una cuota de calma a la sociedad

Propaganda de guerra
Jorge Elías 03 marzo de 2022

Palabras prohibidas en los medios de comunicación de Rusia: invasión, ofensiva y guerra. El Roskomnadzor, Servicio Federal para la Supervisión de Telecomunicaciones, Tecnologías de la Información y Medios de Comunicación del Gobierno de Vladimir Putin, apela a la censura ante cualquier intento de distorsionar la embestida contra Ucrania y, por las dudas, restringe en acceso a las redes sociales. 

No vaya a ser que los ciudadanos de a pie se enteren de las víctimas de la brutal agresión de sus bravos militares contra civiles desprotegidos o armados de apuro. 

Lo han visto, de todos modos.

Réplica de Europa: bloqueo en Google, Facebook, Instagram, YouTube y otras plataformas de la agencia de noticias Sputnik y del canal de televisión Russia Today (RT). No vaya a ser que los ciudadanos de a pie se dejen convencer por la versión rusa del TEG a través de los medios de propaganda del gobierno Putin, emparentados con la ultraderecha europea y con los oligarcas de finanzas congeladas que mantienen el status quo del Kremlin.

Represalia de Rusia: bombardeo de la torre de televisión de Kiev. La torre, de 385 metros de altura, era la encargada de distribuir las señales de radio y de televisión en Ucrania. Estaba en el barrio en el cual los nazis mataron a 30.000 judíos en dos días en 1941. Un memorial destrozado con premeditación y alevosía.

En estos tiempos de fake news, posverdad e infodemia, Putin y el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, se acusan mutuamente de ser la reencarnación de Hitler. 

“Esta es la primera guerra que será cubierta en TikTok por personas increíblemente empoderadas, armadas sólo con teléfonos inteligentes, por lo que los actos de brutalidad se documentarán y transmitirán por todo el mundo sin editores ni filtros”, observa Thomas L. Friedman. 

“¿El mundo nunca volverá a ser el mismo?”, titula su columna en The New York Times. Quizá. Los 12 años en los que Hitler y Stalin coincidieron en el poder, entre 1933 y 1945, depararon 14 millones de civiles asesinados por los regímenes nazi y soviético.

La propaganda se lleva pésimo con la verdad. No sólo en los dominios de Putin. Después de los atentados de 2005 contra los medios de transporte de Londres, la BBC recreó la neolengua orwelliana (o newspeak) para evitar el pánico colectivo. Sustituyó la palabra terroristas por “bombers” (literalmente, los que ponen bombas). 

El propósito de la manipulación del idioma, más usual entre los políticos que entre los periodistas, era aportar una cuota de calma a la sociedad. Una forma políticamente incorrecta de neutralizar el impacto de la palabra terrorismo. Lo mismo hace el “El Gran Hermano” en 1984, premonitoria novela disfrazada de ensayo o ensayo disfrazado de novela.

Así como los terroristas eran “bombers”, los irlandeses del IRA y los vascos de ETA eran criminales, los palestinos eran militantes, los chechenos eran guerrilleros y los iraquíes y los talibanes eran bajas. Algunos gobiernos se hacían ver como víctimas de intereses creados. 

En el libro “1984”, con una neolengua rica en eufemismos, Oceanía (Occidente, en realidad) libra una guerra permanente contra Eurasia o Asia Oriental (metáfora del terrorismo) y, para solucionar las necesidades ideológicas irresueltas por el Ingsoc (socialismo inglés), crea su lengua oficial.

George Orwell, autor de “1984”, no intentaba concebir una profecía a plazo fijo, sino asociar un futuro que imaginaba remoto, acaso imposible, con recuerdos aún frescos, como la temporada durante la cual condujo un programa de radio en la BBC, precisamente, y el breve romance que mantuvo con Sonia Brownell (en la ficción, Julia, la amante prohibida del protagonista de la novela, Winston Smith). 

No quería ponerle fecha: el título original de “1984”, síntesis de su aversión al imperialismo, el fascismo y el comunismo, era “El último hombre de Europa”. Ante las objeciones de su editor, aceptó invertir los dos últimos dígitos del año en que estaba escribiéndola, 1948.

Si el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado, como escribió William Faulkner, la estupidez de la censura o la censura de la estupidez no conjuga tiempos verbales. El Gran Hermano te vigila. Y, como ocurre en las redes sociales frente a personas que insultan a quienes opinan distinto, la omisión gana terreno frente a la discusión. Censuro o bloqueo y después existo. Están con nosotros o contra nosotros. 

Putin puso el dedo en el gatillo nuclear. Polonia y Hungría, casi siempre en las antípodas de las políticas de la Unión Europea, cerraron filas con la resistencia frente al avance de Rusia. La OTAN, denostada por Donald Trump y varios líderes europeos, recobró su autoestima.

Orwell tenía una virtud: la honestidad. Presenció la Guerra Civil Española desde un solo bando: la atalaya de la milicia trotskista del Partido Obrero de Unificación Marxista (Poum), desarticulada por Stalin. Era parcial. Confirmaba de ese modo su máxima sobre la libertad: es poder decir que dos y dos son cuatro. Tan sencillo como eso. 

Dos y dos son cuatro, pero, según sopla el viento, ¿son tres o, quizá, cinco? En esas dudas caemos en todas las discusiones, inclusive entre bandos enfrentados de un mismo país. Más aún en el fragor de otra guerra. Una pandemia que siempre parece superada hasta que la estupidez muestra músculo y mata al mensajero.

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