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Cada vez más lejano

Hay que liquidar la cultura de la “economía para la deuda” que comparten oficialistas y opositores.

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Carlos Leyba 24 diciembre de 2021

El FMI fue lapidario respecto al uso del crédito que recibió la gestión Mauricio Macri.

Francisco Jueguen resumió: “Cambiemos debió reestructurar la deuda (no apelar a un crédito); debió controlar la cuenta de capital para evitar la fuga; y debió entender que la lucha contra la inflación no debe limitarse a combatir sólo una causa" (La Nación, 23/12). 

Nicolás Dujovne recibió un sopapo  de sus amigos defraudados. Tomó la guitarra (fue ministro por buen comunicador) y cantó  “nada, nada de esto fue un error”. 

Cambiemos fue un error. Ni de lejos el primero y ni siquiera el peor. 

Apresuró la devaluación y se obligó a pagar por el dólar futuro ($55.000 millones de 2015 e inaugurar la explosión de Leliq). Increíble. 

Le sumó la baja de retenciones y supuso que no habría impacto inflacionario. Más inflación. 

Mas tarde imaginó que con emisión cero no habría inflación. 

Torpezas de una estudiantina que, aclaremos, recibió un desastre económico de manos de Cristina. Pero empeoraron todo. No era fácil. Venimos décadas barranca abajo. Pero empujaron al revés.

El mérito de Cambiemos fue que contaba con la confianza del establishment, nacional y extranjero. La desaprovechó?hicieron todo mal. 

El FMI llegó en el final. Ese fue su error. Nunca es buena la ayuda cuando se hace tarde y mal.

¿Quién de Cambiemos se hará cargo de los errores para liberar a la oposición mayoritaria de semejante hipoteca? 

¿Nadie con la honestidad de decir “la culpa es mía”? ¿Mauricio desde la FIFA? Dujovne se borró. 

Toda confesión requiere examen de conciencia y propósito de enmienda. Cambiemos no ha hecho ninguna de las dos cosas. 

No reconocer los errores los está condenando a ser una mala oposición. 

El kirchnerismo ha sido, y está siendo, un mal gobierno: ya veremos por qué. Y por no reconocer errores fue una mala oposición. 

Si no se reconoce la realidad pasada, difícilmente se puede ser buen gobierno del futuro. 

El General decía “no se preocupe m'hijo que los que vengan nos harán buenos”. Una manera de consolarnos de que vamos de mal en peor: de crisis en crisis. 

Hace tiempo era habitual escuchar “como expresa el ideograma chino toda crisis es una oportunidad”. 

Nuestro exceso de crisis podría haber terminado con las oportunidades. ¿Seremos la excepción?

Oportunidades hubo. Pero el número de crisis agobia las oportunidades a partir de 1975. 

En 46 años 21 fueron de caída del PIB. Otros 21 para recuperar. Quedan 4 años (en medio siglo) para decir “que bien”.

Hoy el FMI evalúa negativamente la gestión que recibió la máxima ayuda de la historia.

Y está a la espera de la reacción de la actual.

Pero si desde hace 46 años (no 50, 60 o 70) venimos de crisis en crisis y las oportunidades o no aparecen o se desperdician, ¿el milenario ideograma del Celeste Imperio aquí no funciona. ¿Por qué? 

Según J. Morales Solá, Felipe González dice “la única manera de medir si un gobierno fue malo o bueno es preguntar si dejó un país más rico o más pobre”. 

Probemos. Desde 1974 (4% de pobreza) la pobreza viene creciendo. 

En 1989 tocó arriba del 40%. En 1994, después de un aluvión de deuda, tocó el piso de 20%. Y de ahí en más creció como una flecha hasta superar el 55% en 2003. 

Otra vez bajó. Pero esta vez el piso fue más alto: 25% en 2017. De ahí en más siempre para arriba orillando el 45%. 

El piso de la pobreza pasó, en 46 años, de 4% a 25%. 

Eran 800.000 personas en 1974 y hoy son mas de 20 millones. 

Si en estos 46 años la población creció en más de 20 millones podemos concluir que todo el crecimiento demográfico es el crecimiento de la pobreza. 

Desde 1974 todos los gobiernos, de acuerdo a Felipe, fueron malos. Y se nota.

Para J. B. Alberdi “la crisis” es el crecimiento repentino de la pobreza. Ese crecimiento sucede después de un período de “prosperidad artificial”. 

En lo “artificial de la prosperidad” está el huevo de la serpiente. 

Por ignorar a Alberdi, muchos de sus admiradores, llaman “populismo” o madre de todas las desgracias, a lo que el gran tucumano, llamó artificial prosperidad. Es mucho más claro.

La pobreza, que es nuestra crisis, la conocemos. Recordemos ahora la prosperidad artificial que nos viene condenado desde 1975. 

La prosperidad del “déme dos” de la Dictadura (para pocos mucha bulla por la heladera importada y Disney). Quedó la deuda externa que financió el jolgorio. Muchos modestos visitaron el primer mundo versión Miami. “Derechos” sin acumulación previa se pagan caro. Artificio terminado, pobres triplicados y más deuda. 

El “éxito” del Plan Austral duró lo que un lirio. A la vuelta de la estabilidad artificial la pobreza subió al tope 55%. 

Los fanáticos de extinguir la tasa inflacionaria exclusivamente cortando la emisión, como alquimistas, convirtieron la moneda nacional en un vale. Al trabajo nacional lo pusieron en competencia con el mundo. Los vendedores nos financian. “Bajamos la inflación” pero  aumentamos la deuda. Retornó el “deme dos” con penetración hasta el último rincón de la estructura productiva. 

Cuando el artificio por “agotamiento” terminó, los pobres se habían multiplicado. Y también la deuda, pero con menor capacidad para pagarla. 

Salvo excepciones, las privatización no contribuyeron a reformar la estructura económica generadora de la deuda. “La economía para la deuda” había echado raíces. 

Por ejemplo la petrolera privatizada por Carlos Menem no invirtió en exploración y con Néstor, gracias a Eskenazi, encontró un mecanismo para fugar utilidades de la “realidad aumentada”: no repongo capacidad, digo “gané” y fugo. 

Recuerde que Néstor fue el primer gobernador que fugó millones de dólares públicos procedentes de la venta de YPF y de las regalías adeudas. 

Menem generó más pobreza y más deuda. 

Siguiendo a González, “la única manera de medir si un gobierno fue malo o bueno se reduce a preguntar si dejó un país más rico o más pobre”. 

Un pueblo con más pobres es hijo de “gobierno malo”. Y aquí “gobierno malo” es el que hace alquimias de “prosperidad artificial” a base de endeudamiento y “abaratamiento” a base de importaciones y destrucción productiva, la “economía para la deuda”.

Dejando de lado la distribución, si vinculamos la deuda con la capacidad de pago, más deuda sin mejora en la capacidad de pago (estructura productiva), deja más pobres. Viene pasando hace 46 años.

F. de la Rúa fue la continuidad de Menem. Nada cambió. La Alianza se subió a la convertibilidad, ese engendro que imaginó curar los déficits gemelos a base de deuda, remates y subirse al prestigio de una moneda que no teníamos. 

Recordemos la fragilidad sistémica: Marisa Escasany, patrocinada por el mediático Luis Moreno Ocampo, se enojó con su hermano Eduardo. La city tembló: los depósitos del Galicia se esfumaron.  

Como el BCRA, por ausencia de moneda nacional, no fungía como banquero de última instancia se urdió un fondo bancario privado para asistirlo. 

El “Rey estaba desnudo” y volaron los depósitos. 

La convertibilidad y el libre mercado de “primero inferior”, no pudieron evitar el corralito, el corralón, el cierre de los bancos, una transferencia gigantesca a favor de unos y en contra de otros; y como colofón un aumento descomunal de la pobreza y, por enésima vez, el baile del default. 

Es decir deuda externa enorme y dificil de afrontar en los términos pactados y una pobreza descomunal que cambió (hasta que no exista una reforma sistémica) la función del Estado. No hay manera de inventar “prosperidad artificial”. 

Al amparo de esa torpeza el Estado dejó de procurar la expansión de las fuerzas productivas para reducir la pobreza y la exclusion y aumentar la riqueza colectiva y la capacidad de pago de la Nación; para dedicarse a transferir, a los tumbos, lo necesario para que los excluidos de la pobreza no estallen. 

La saga Menem, de la Rúa y Duhalde, más allá del mérito del default y de la devaluación, cerraron el ciclo de mayor fracaso de la economía argentina. Llegó Néstor. Oceáno de pobreza, default de una deuda enorme, desocupación, tipo de cambio recontra alto y una respuesta inédita de los precios, por su calma, a la devaluación. 

Un escenario privilegiado para operar. Anestesia naturalizada. 

Los dólares fugados, los que habían huído antes del corralito, obtenían oportunidades de precio inimaginables meses atrás, más aún comparados con la minúscula tasa de interés internacional: un motor inesperado (el regreso de los verdes) empujaba la economía en la que todo se compraba con dos verdes. 

Las materias primas comenzaron a volar y la demanda china hizo su aparición escenográfica con el superboom de las materias primas y, entre la revolución de la soja y la magia de las retenciones, aparecieron los superávit gemelos.

Argentina, embarazada en un accidente no deseado, parió unos gemelos que siempre anheló. 

Pero  la pobreza, más allá del descenso provocado por la recuperaciòn del empleo, no volvió ni remotamente a niveles normales. 

Peor aún: pobreza con superávit gemelos. Los pobres y la deuda pueden esperar, doctrina Kirchner. De producir ni hablar.

La economía creció (con un rebote de aquellos) pero la pobreza y la deuda no dejaron de ser “el problemas”. Cuando los pobres y los nuevos empleados empezaron a consumir, los precios volvieron a las viejas andadas previas a la convertibilidad. 

Cristina lo empeoró todo. Consumió todos los stocks, reservas, energía, suelo (producir más puede implicar perder suelo si no rotamos y fertizamos). 

La peor estrategia para el futuro y festivales para el presente. Los pobres y la deuda aumentaron.

Volvieron los que habían estado con Menem y de la Rúa. Dejaron mas pobres y mucha, pero mucha, más deuda. 

La crisis continúa y las oportunidades no aparecen. El ideograma chino no va. Es que las oportunidades no vienen solas. 

Se necesita un programa para desarrollarlas. Hay que liquidar la cultura de la “economía para la deuda” que comparten oficialistas y opositores. 

Desarrollar la economía para el trabajo y la producción. Obvio. 

Pero cada vez mas lejano. 

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