Dejar de carretear

7 de mayo, 2021

Dejar de carretear

Por Carlos Leyba

Tanto el presidente Alberto Fernández como su vice han prodigado elogios al (los) discurso(s) del presidente de EE.UU. Fernández lo bautizó Juan Domingo, señalando una identidad para con el fundador del peronismo.

¿Humorada o reconocimiento? El entusiasmo de la pareja presidencial por las palabras del Presidente yanqui, invita a proponerles, aquí y ahora, un seminario sobre método y contenidos de los mensajes presidenciales.

Sería una actividad muy productiva para la Nación (y para el Gobierno) si se reunieran el jefe y la jefa de Estado, ministros y funcionarios políticos para analizar una a una las propuestas que Biden formuló a las cámaras y al pueblo estadounidense.

Los discursos de Biden están plenos de contenidos programáticos y más allá de las propuestas, ponen en evidencia de qué se trata “la política” como conjunto de ideas claras para, desde el Estado, construir una Nación. Una Nación y no una parcialidad. En esto ha sido muy claro.

Releyendo los discursos de este “Juan Domingo” se aprende un programa de gobierno expuesto a viva voz, es decir, propio.

Biden (JDB a partir de ahora) señaló, en el Congreso, prioridades públicas de realización inmediata, convocó a los legisladores para que diseñen y voten herramientas, que resumió, para resolver problemas colectivos.

Hizo una exposición de los ejes de la estrategia internacional y una convocatoria a la conversación a todas las fuerzas políticas (obviamente oficialistas y opositoras) y llamados reiterados y concretos a la unidad de la Nación sin la que nada es posible y con la cual, dijo, se han logrado todas las grandes realizaciones del gran país del Norte de nuestro continente

Si ese entusiasmo por JDB es sincero (¿llamarlo Juan Domingo?) de ese seminario que propongo como disparador de ideas debería surgir, sin lugar a dudas, una visión sobre los problemas centrales de Argentina. Y las medidas concretas –propuestas materiales – que permitan encarar “el despegue”. En el ADN de todos sus discursos está la invitación a participar, de igual a igual, a los opositores. En ese aspecto el Presidente yanqui remite a los reiterados esfuerzos del Papa Francisco, su amigo, acerca de la doctrina del “encuentro”.

Las reiteradas procesiones e invocaciones al Vaticano deberían señalar, en el Presidente, una vocación al “encuentro”. ¿Lo hacen?

En su discurso de asunción presidencial inaugural dijo JDB: “Y pido a todos y cada uno de los estadounidenses que se sumen a mí en esta causa. Que nos unamos para luchar contra los enemigos que nos esperan: la ira, el resentimiento, el odio, el extremismo, el desorden, la violencia, la enfermedad, el desempleo y la desesperanza”.

Estas palabras recuerdan a las que pronunció Juan Domingo Perón la noche del 21 de junio de 1973 después de la tragedia de Ezeiza: “Llego casi descarnado. Nada puede perturbar mi espíritu porque retorno sin rencores ni pasiones, como no sea la pasión que animó toda mi vida: servir lealmente a la Patria”. Las palabras de JDB están estrechamente vinculadas a los desgraciados episodios que en el Capitolio precedieron al acto de asunción presidencial. Las de Perón están estrechamente vinculadas a los episodios de violencia salvaje de Ezeiza. Perón agregó un mensaje final, el mismo día que llegó, destinado a los Montoneros que se proponían avanzar no por la vía de los argumentos y la razón democrática, sino por la violencia.

Alberto Fernández, en el acto de inauguración de la continuación de la construcción de viviendas, lanzó un mensaje destinado a reafirmar la “unidad” del frente cuyos pilares, según la foto, son Cristina, Sergio y Axel.

Lo que los une no es el remoto origen de cada uno, claramente olvidado pero muy contrario al presente, sino el destino. La pregunta es cuál.

El discurso de Alberto, escenificado para la unidad, tuvo una “ideología” antes de la “noticia de la foto” y esa “ideología” fue la del tono bélico del intendente Mario Secco: “Si quieren venir, que vengan. Estamos preparados compañeros para darles batalla en las elecciones. Tendrán la Justicia del lado de ellos, el poder económico y los medios, pero jamás tendrán el amor del pueblo” .

El discurso de Alberto, desafortunadamente, siguió esa línea. Una pena.

Poco en sus palabras procedente del Juan Domingo original. Ese líder construyó la política de la concertación en 1973, que era la concertación en torno a un destino y una hoja de ruta que se propuso claramente.

El enigma de esta unidad es que todos juntos se llaman La Cámpora, cobijándose en la figura del que Perón echó por traicionar su programa y todos juntos llaman “juventud maravillosa” a aquellos que Perón echó de la Plaza por “estúpidos e imberbes”. ¿Qué unidad?

En Alberto, al igual que Cristina, lo que revela la unidad de frecuencia, merodeó en su discurso la idea de “golpe” por parte de la Justicia. Más o menos transitó esa ruta. Pero no es todo.

Al mismo tiempo Mauricio Macri, desde Miami, afirmó que “la democracia en Argentina está amenazada”. Es decir, según él, a riesgo de la interrupción sistémica. Aclaró “las democracias ya no mueren por un golpe de Estado”. Calcado de Cristina: hablan igual.

Para Mauricio también “la democracia está amenazada por un comportamiento que busca debilitar la independencia del Poder Judicial, violando la constitución y los derechos humanos.” Es penoso que un expresidente hable, en el exterior, de “golpe de Estado” y es dramático que, de la misma manera, se exprese el Presidente frente a la sociedad. ¿Tienen los “tres” idea de lo que dicen y de sus consecuencias?

Cuando Biden dio su mensaje en el Congreso, saludo a la primera dama y luego al Presidente de la Corte Suprema. Una muestra del respeto, no sólo formal, que se deben las cabezas de los tres poderes entre sí cualquiera sea la posición de los mismos ante determinada situación, en la república democratica de poderes compensados.

Por eso resulta exótico que, dada la admiración por el “nuevo Juan Domingo”, Alberto haya incurrido en el destrato a los miembros de la Corte y a la Corte misma al referirse a ellos, a la Corte o al derecho, como “decrépitos”.

Más aún cuando el Presidente, según sus dichos, es “docente interino” en la Facultad de Derecho (Nota al Dr. F. Crous de la Oficina Anticorrupción, 20/3/20) aunque si bien los profesores regulares son designados por concurso, la docencia, cualquiera sea la jerarquía, implica vocación y respeto por el derecho y, cualquiera sea la disputa, la aceptación de las decisiones de la Corte aunque no se las comparta: eso es el sistema.

Un sistema en que la primera minoría conduce los destinos del país. Es la regla. Pero todos los demás, los que no votan a la primera minoría (generalmente la boleta designada peronista y a veces otra boleta) siguen siendo “pueblo”. Si estamos “todos” es el pueblo. Aún la mayoría absoluta, que en estos tiempos no está, no es “el pueblo” y más allá cualquiera sea el nivel socioeconómico que conforma esa mayoría absoluta o relativa.

La política es conversación. La imposición es la revolución. En las revoluciones, en general, hay partido único. En las democracias, la forma institucional de la política, hay “partidos”, es decir “partes” que conforman el “todo”. Por eso “el consenso” es el modo de gestar “las políticas”.

Eso es lo que dijo en su discurso en el Congreso el nuevo “Juan Domingo”. El destacó el carácter de la crisis que vive EE.UU., crisis educativa, en la carrera cientifica, en las lacras sociales de la enfermedad y de la enfermedad de los odios y la violencia. Habló de curar y de recursos para hacerlo. Y señaló la crisis de infraestructura y de la estructura productiva y señaló la necesidad de comprar norteamericano y de comenzar a “sustituir importaciones”. Se preguntó, entre otras muchas cosas, “¿cómo no vamos a poder producir las aspas de los molinos generadores de electricidad?”.

Por todo lo que dijo Biden es excelente que Alberto y Cristina, los que gobiernan, hayan referido varias veces a esos discursos. Pero no juguemos a la “lectura selectiva” y si lo hacemos digamos porqué.

En el discurso ante el Congreso hay una hoja de ruta para la reconstrucción de EE.UU. casi con nombre y apellido: visión y programas.

Pero hasta ahora, un año y medio después de haber asumido la Presidencia, en el Gobierno no hay el anuncio de una voluntad consistente de despegue. Hemos visto a algunos funcionarios imaginar a Vaca Muerta como el maná del fondo de la tierra que nos llenará de dólares y pasar a la exaltación a las virtudes del “cannabis medicinal”.

Es verdad que nada, ninguna oportunidad debe ser desechada. Y ninguna tiene el don de la panacea: cuando se imagina el turismo se derrumban los servicios por la pandemia. Nunca todos los huevos en una sola canasta. El desarrollo, como dijo un economista muy talentoso de cuyo nombre no puedo acordarme, es jugar al scrabble con muchas letras y así para poder formar muchas palabras; diversificación productiva es el nombre del desarrollo armónico.

Para eso, dada la escasez de recursos, hay que tener prioridades (sistémicas) y para ello hay que tener un Plan que previamente requiere una “visión” y un consenso lo más amplio posible para darle continuidad en un sistema cuya clave de estabilidad es la alternancia.

Es difícil que Fernández, el Presidente, no sea consciente que está en el comando de un avión que viene carreteando en la pista desde hace un año y medio y el aparato “no despega” no levanta vuelo. La pista, obviamente, no es infinita.

Para “despegar” a la búsqueda del éxito hay que tener un plan. El seminario sobre los discursos de “Juan Domingo”, que lo nombran tanto, puede ser una buena manera de aprovechar la oportunidad del debate “entre los unidos” y con una idea más concreta del futuro, convocar a los demás.

Eso solo, ya sería empezar a levantar vuelo y dejar de carretear en una pista que, más temprano que tarde, se agotará.