El rol de Papá Estado en la política comercial e industrial

7 de septiembre, 2020

El rol de Papá Estado en la política comercial e industrial

Por Jorge Riaboi   Diplomático y periodista

Si no fuera por el idioma y el nivel de los especialistas que intervienen en los debates organizados por algunos centros de reflexión (think tanks), uno podría suponer que la dirigencia de Estados Unidos y de otras naciones de la OCDE, perdió la brújula ante el indómito avance económico y geoestratégico de China y el resto del Asia. Ello se refleja en la clase de terapia correctiva que se evalúa para frenar la desindustrialización de América y Europa iniciada hace tres décadas. Su clase pensante mira con respeto, no con desdén, las recetas abandonadas que solían diseminar, sesenta años atrás, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la UNCTAD. Ya no resulta sospechoso, ofensivo o descabellado el concepto de política industrial, sustitución de importaciones, deterioro de los términos del intercambio y ciertas formas de regionalism0 proteccionista que la región dejó al costado para abrazarse al Consenso de Washington.

En Argentina, esas ideas fueron precozmente absorbidas por Rogelio Frigerio, el más influyente de los asesores del expresidente Arturo Frondizi. En esos tiempos aún no existía necesidad objetiva ni noción certera sobre cómo insertarse en el mundo global ni administrar la compraventa de tecnología y diseño; el papel económico de los servicios o los planteos ultra-sensibles sobre medio ambiente, cambio climático, deforestación y salvaje expansión de la frontera agrícola.

Era la época en que estaban de moda las estériles polémicas entre keynesianos, monetaristas y estructuralistas.

El establishment argentino de los ‘60 no acostumbraba a usar fluidamente la palabra planificación pese a la existencia del CONADE (un concepto ideológicamente bastardo en la etapa de la Guerra Fría si el mismo no estaba santificado por las teorías de Jacques Rueff, el economista francés que le calentaba las orejas al difunto presidente Charles De Gaulle), o los de política industrial y las medidas (no las teorías) anticíclicas como las que, desde marzo de 2020 implantaron, en forma anárquica, las presentes autoridades monetarias y fiscales de Washington. En estas horas los banqueros centrales consideran rutina acompañar el descabellado déficit fiscal estadounidense que pasó de los US$ 1.000.000 millones a los US$ 3.300.000 millones.

Hasta cierto momento de nuestras vidas se decía, con aceptable lógica, que el Estado debía establecer un contexto racional y dejar que el sector privado compita sin interferencias ni paternalismos. No era mala teoría, si uno era capaz de ignorar y entender las prácticas reales de las mayores economías de mercado. La Ley de Murphy lo definía con mayor claridad: para los economistas la realidad suele ser un caso excepcional (y exótico) de la teoría económica.

Por esos y otros motivos, las naciones que se des-industrializaron al galope por ver pasivamente como sus grupos multinacionales procesaban o maquilaban su producción en terceros mercados (cadenas de valor), sin pensar a fondo todos los ángulos y la magnitud del problema, hoy desparraman abundantes lágrimas. Son países que también perdieron gravitación hegemónica en el campo científico-tecnológico y en la conducción de los usos industriales, comerciales y bélicos. Y ese crucial error es el que en estas horas ocupa el centro de la escena.

El esfuerzo por concebir una nueva Política Industrial, que de eso se trata, excede el campo de las razones de seguridad y supervivencia económica. El mundo acaricia la idea de organizar con cerebro menos rentístico, más inclusivo y socialmente digerible, la nueva política macro-económica. Esta incluye el dejar que el Estado meta los garfios en cómo definir qué se produce, quienes lo producen, de qué manera se produce (PPM’s en inglés), sin que a nadie le quite el sueño la noción de elegir ganadores al evaluar el futuro en temas como la inteligencia artificial, el control de la oferta de medicamentos y el manipuleo de los equipos medicinales. Y aunque todavía no hay tangibles consensos operativos, es un enfoque que gana tracción en gente como el senador Marco Rubio, un audaz cruzado del populismo conservador estadounidense.

Es un enfoque a cara descubierta que engloba el concepto del deterioro de los términos de intercambio, un insumo que la Comisión de la Unión Europea (UE) suele usar a discreción cada vez que justifica su propia veta proteccionista en sectores como la Política Agrícola Común (PAC) hoy en vigor, así como en la que se comenzará a aplicar el año que viene (2021/27), Covid-19 mediante.

Una de las expositoras que describió estos hechos en un panel realizado el miércoles pasado, se desempeñó como Subsecretaria de Comercio en la época de Ronald Reagan. La señora no tuvo ningún complejo al recordar los enfoques del Consejo Estadounidense de Competitividad (año 1986) ni la opinión de mirar cariñosamente la economía con visión ombliguera, como lo hace en estos momentos con otra clase de anteojeras y dilapidando recursos a diestra y siniestra la China (RPCh) de Xi Jinping (ver mi columna de la semana pasada).

Lamentablemente el presente liderazgo global no está en manos de estadistas, sino de Presidentes bastante analfabetos que inventan plataformas a gusto del pueblo consumidor y votante.

El otro elemento que acaba de irrumpir en la vida de Estados Unidos, a nueve semanas de la elección presidencial, y tras un cuarto de siglo de creciente fe proteccionista, aislacionismo político y apoyo bipartidario al mercantilismo, es una llamativa buena onda del 90 o más porciento de la sociedad hacia una renovada liberalización del comercio. Es lo que en apariencia detectó una consulta del Consejo de Chicago para Asuntos Internacionales, que se publicó el 27 de agosto en el Boletín del Instituto CATO. En la columna se afirma que los ciudadanos reaccionaron, ante los delirios de Donald Trump, pidiendo una política orientada a crear más y mejor apertura al comercio exterior.

Ambos enfoques parecen contradictorios, pero son útiles para reformular la tercerización asignada a las cadenas asiáticas de valor y dar rienda suelta a la doctrina de la integración vertical, al concepto de reindustrialización y a convivir con un capitalismo selectivo de aliados comerciales. Ello incluye la existencia de cadenas de valor entre economías o naciones aliadas de pensamiento similar. Son nociones ajenas a la hiperrentabilidad.

En Estados Unidos aún se cree que el resto del mundo depende de su inversión en investigación y desarrollo en el campo de la ciencia, la tecnología y el diseño (unos US$ 600.000 millones por año sólo para la investigación de base, o sea cinco años de exportación de bienes de la República Argentina). Esto aclara por qué recién ahora se entiende que la tercerización agigantó la capacidad industrial y exportadora de China y del resto del Asia, lo que permitió establecer la capacidad de generar sofisticada tecnología propia a sus competidores económicos y rivales geoestratégicos.

Estados Unidos piensa de Asia, lo que antes Europa pensaba de la ortodoxia capitalista de Washington tal como diagnosticaba el Desafío Americano (The American Challenge). La nueva estrategia defensiva que parece surgir de todo esto, es la necesidad de fortalecer más estrechamente la asociación del sector público con el sector privado para reindustrializar y preservar el control del proceso en territorio propio o en cadenas de valor equilibradas con socios (y aliados) confiables.

Esa misma gente dice que en la OMC se debe acabar con la cláusula de Nación más Favorecida (lo que es un gigantesco disparate y una supina ignorancia de por qué importa el multilateralismo). Ellos sólo repiten que, en los últimos doce años (2007/19), el nivel de industrialización estadounidense cayó, por imperio de la tercerización, entre el 13 y el 20%.

En ese contexto fueron muriendo o pasaron de manos gigantescos conglomerados del calibre de Nortel, Motorola, IBM y General Electric. Cuando en este Washington se habla de fiables aliados, la lista se restringe a casos como el de Australia, Corea del Sur, supongo que Canadá, Japón y alguno de la Unión Europea (básicamente Alemania). América Latina no está en la lista y los muchachos no ocultan que se reservan el derecho de admisión.

¿Llegarán estas recetas a la mente de los candidatos que pugnan por dirigir la Casa Blanca a partir del 20/1/2021? Quién sabe. Difícilmente en el caso de Trump, si éste da vuelta el escenario político y se queda con la reelección. Y es una incógnita en el caso de Joe Biden, el que hoy es visto como un candidato civilizado, con ideas de política comercial no muy diferentes a las actuales, pero con los modales de Jimmy Carter; la gran diferencia es que va acompañado por una vicepresidente que desborda de energía y tiende a llevarse el mundo por delante lo que en principio no está mal, nada mal.

Los promotores de este debate sobre una “nueva Política Industrial” basada en generar en territorios amigables los productos derivados de la innovación científica, tecnológica y los diseños de última generación para resucitar la economía real de Estados Unidos y frenar a China con la mano visible del Estado, parecen satisfacer a la mayoría silenciosa.

El histórico ídolo de estos enfoques, Raúl Prebisch, creador de nuestro Banco Central y líder de los enfoques que dieron vida a la CEPAL y la UNCTAD, en su momento fue etiquetado de comunista por la CIA y de gorila por el peronismo, sin tener en cuenta que el general Juan Domingo Perón le pidió sus opiniones pocas semanas antes de ser despojado del poder por la denominada Revolución Libertadora. Tras el golpe militar, el Gobierno le volvió a pedir opinión y generó su célebre informe “Moneda Sana o Inflación Incontenible”, un texto que para un “principiante” no estuvo del todo mal. Tras esa etapa, Don Raúl cambió numerosas veces de punto de vista casi siempre para bien. El solía autodefinirse como un “eterno no conformista”.

También se le atribuyó el haber dicho que para ser un buen economista a uno le deben gustar el vino, las novelas de policía y las mujeres, aunque nunca fijó orden de prioridades. Tal dogma contradice otra Ley de Murphy, cuyos postulados dicen que “economista es alguien que conoce 100 maneras de hacer el amor, pero no tiene con quién hacerlo”. Y aunque Don Raúl escribió un libro razonablemente bueno sobre Keynes, su fuerte nunca fue la especulación teórica. No hace falta coincidir con todo lo que hizo o dijo, para reconocer que dio un ejemplo de vida en materia de delivery intelectual.

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