Alberdi diría: Repúblicas nominales hacen gobiernos fiscalistas

29 de agosto, 2020

Por Javier Cubillas

La visión feudalizada de la economía actual producto del estado de emergencia y de las medidas de cuarentena dictadas por el Gobierno Nacional dan por entendido que el Estado, y no los contribuyentes, subsidian a empresas y organizaciones sociales. Pero además, la emisión monetaria actual sin respaldo en el financiamiento, la producción o las reservas no hace más que pagar a futuro a los mismos contribuyentes, un costo caro (producto de la distorsión de precios y/o la necesidad de buscar algún bien de valor que no sea el peso) para cuidar o mantener su valor y estabilidad patrimonial.

Por ello, viene bien recordar a Alberdi un día como hoy, 29 de agosto, fecha de su nacimiento, quien explicaba ya en el año 1854 que había una diferencia sustancial entre vivir en un sistema feudal y uno moderno en materia económica.

Sobre el feudal decía: “Hasta aquí el peor enemigo de la riqueza del país ha sido la riqueza del Fisco. Debemos al antiguo régimen colonial el legado de este error fundamental de su economía española. Somos países de complexión fiscal, pueblos organizados para producir rentas reales. Simples tributarios o colonos, por espacio de tres siglos, somos hasta hoy la obra de ese antecedente, que tiene más poder que nuestras constituciones escritas. Después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional: he ahí toda la diferencia”.

Sobre el moderno decía: “La Constitución argentina ha sido fiel a su sistema de buscar la riqueza por el camino de la libertad; de servir al interés del fisco por medio del bienestar general; de obtener el aumento de la riqueza del gobierno por el aumento de la riqueza de los gobernados que contribuyen a formarla; de agrandar las rentas del Estado por el aumento de las rentas de los particulares; y de someter su inversión a las mismas reglas de prudencia y de buen juicio de que depende el aumento de las rentas privadas”.

“El mérito del sistema de la Constitución, que ha dado esta prelación o preferencia a la riqueza de la Nación sobre la riqueza del fisco. (…) El Estado está comprendido en esta ley natural de la riqueza: debe subsistir de la renta colectiva de los particulares que le forman, no de sus fondos. He ahí el asiento de toda contribución juiciosa: de toda contribución que sirva para enriquecer la Nación y no para empobrecerla”.

Por ello, Alberdi exclama no sin alertar entonces que siguiendo los parámetros constitucionales que protegen la libertad civil y la industria-privada siempre antes que la del fisco-Estado “…echar mano de los fondos productivos, exigir capitales, tierras, servicios por vía de contribución, es entrar en una crisis de destrucción, que sólo un extremo puede legitimar, a saber: la necesidad de no sucumbir: antes de tener fortuna, es preciso tener existencia. La fortuna se hace; lo que no se hace dos veces es la patria” (Sistema Económico y Rentístico de la Confederación).

Esto es lo que más hemos sufrido por parte de los gobiernos locales y el nacional en su intento de sostenerse a las espaldas de los ciudadanos. Con relato en un estado de necesidad nos han sumergido aún más en un estado de riesgo productivo, comercial y económico sin precedentes y sin claros resultados efectivos en materia sanitaria. No teniendo inteligencia ni perspectiva alternativa producto de la ideología que los conducen no conocen más herramientas que las de intervención y restricción generalizada sin discriminación o focalización alguna.

Por ello, Alberdi también advertía que no todo era única ni última responsabilidad del Estado omnipotente sino que en parte, la responsabilidad individual, era clave en estos contextos de expansión de lo estadual sobre lo societal. En este sentido expresa: “La falta de espíritu público en nuestras Repúblicas nominales tiene una mitad de la responsabilidad de su atraso propio. Del gobierno podrá ser la otra en mucha parte, no lo dudo, pero ella no excusa la del país. Entretanto es el pretexto que releva de todo escrúpulo a la incuria abyecta de nuestras ciudades manumitidas. ¿El gobierno os impide pintar, renovar, hermosear cada tres meses vuestros edificios? ¿Os impide alumbrarlos brillantemente por las noches? ¿Os impide hacer puertas, veredas, empedrados, puentes, caminos para vuestra propia comodidad? Diréis que sí. Os diré entonces que quien lo estorba es el mismo poder que os hace comer mal, vestir peor, habitar casas lóbregas y tristes, vivir vida mezquina y pobre”.

Y continúa diciendo: “La mitad de la organización del país está en la organización de la propia persona. ¿Qué ha querido decir Montesquieu, cuando ha dicho que el gobierno de libertad era el más caro de los gobiernos? Que es el que demanda más sacrificios, no más tributos. Lo más fuerte del precio que la libertad cuesta a la Nación reside en el servicio prestado en consagración, en celo, en participación libre y voluntaria por sus habitantes en favor de la obra del bienestar propio y común”.

“Ser libre no consiste en pasar la mañana en el café renegando a voz en cuello de todos los actos del gobierno; es vivir en continuo afán y en perpetua solicitud, es tomar parte en todo lo que interes a la Nación; sobre todo es vivir con la mano en el bolsillo, -fisco doméstico y casero-, en el que tiene cada ciudadano un poder de acción pública más eficaz que el fusil de la guardia nacional, herramienta inútil para hacer caminos y puentes, para hermosear las ciudades”.

En la fecha de un nuevo aniversario de su nacimiento es claro lo que toca a cada lado del mostrador en términos de responsabilidad en el contexto actual. Si nada cambia, es porque nada ha cambiado dentro nuestro y ello nos hace volver al título del artículo: vivir bajo Repúblicas nominales no hace más evidenciar que nos volvemos coparticipes de gobiernos fiscalistas.

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