¿Podrá la pandemia revertir la caída de la innovación y la productividad mundial?

18 de junio, 2020

coronavirus

Por Pablo Maas

Que la necesidad es la madre de la invención ya lo decía Platón, pero los historiadores de la tecnología han podido comprobarlo una y otra vez. Tal vez el ejemplo más célebre es la historia del volcán y la bicicleta. El 10 de abril de 1815 la erupción del volcán Tambora en Indonesia fue la mayor registrada en la historia, a tal punto que se escuchó a más de 2.000 km de distancia. La erupción provocó anomalías climáticas globales, se perdieron cosechas y el ganado murió en gran parte del hemisferio norte, lo que condujo a la peor hambruna del Siglo XIX. En 1816, que se conoció en Europa como el “año sin verano”, la gente primero se comió la avena destinada a los caballos y después a los caballos mismos. Ese verano tan especial, el alemán Karl von Drais inventó un modelo temprano de bicicleta: un “caballo mecánico”, que no necesitaba alimentarse, un velocípedo de dos ruedas, pero todavía sin pedales, que se impulsaba con los pies.

La invención de la bicicleta es un ejemplo cásico de la teoría constructivista de la tecnología. Los grandes inventos de la historia no surgen por generación espontánea, son producto de una construcción social. En el ejemplo, Von Drais ya estaba interesado en la construcción de vehículos que no precisaban de la tracción animal no porque se le ocurría, sino porque existía una demanda social: cada vez resultaba más caro alimentar a los caballos y la hambruna de 1816 fue la gota que rebalsó el vaso y que dejó marcas en toda una generación. Otro alemán, Justus Von Liebig, era un adolescente ese año de 1816. Su invento, el extracto de carne, fue una respuesta al hambre que pasó entonces. Una crisis puede provocar muchas respuestas creativas.

“Lo mismo puede ser cierto para esta pandemia”, se esperanza Tim Harford, el autor del bestseller “El economista camuflado”. Para este economista y columnista, cuyo último libro se titula “Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo”, las disrupciones tienen esa virtud de alterar el statu quo y provocar cambios. “Tal vez sea posible que las futuras generaciones apunten a 2020 como el año en el que se terminó el estancamiento de la innovación”, escribió Harford en el Financial Times esta semana.

Para este autor, el mundo tiene un problema con el progreso tecnológico. O, mejor dicho, con la ausencia de él. En el Reino Unido, la cuna de la Revolución Industrial, la productividad de la economía aumentó un esquelético 0,3% durante 2010-2019, por lejos la cifra más baja desde comienzos del Siglo XIX y bien por debajo del 2% anual en los diez años posteriores a 1997, una cifra que se acerca más al promedio de largo plazo. Si hablar de productividad se torna algo abstracto, miren la cocina de su casa, propone Harford. No hay nada allí que no estuviera hace 50 años. En cambio, entre 1920 y 1970, los cambios fueron espectaculares. Lo mismo corre para los viajes en avión. Volamos (o volábamos) a la misma velocidad que en 1958. Las nuevas tecnologías, como los vehículos autónomos o los robots inteligentes, no terminan de consolidarse. Pero mientras tanto, las viejas tecnologías siguen rindiendo sus frutos.

En esta pandemia, por ejemplo, son las viejas tecnologías, no las nuevas, las que están viniendo al rescate. El respirador mecánico es un invento de 1928. Esta semana se anunció que la dexametasona, un corticoide de amplio uso desde la década de 1960, es efectivo para rescatar pacientes en estado crítico internados con coronavirus. La producción de cortisona data de 1948 y fue producto del enorme impulso a la investigación médica que provocó la Segunda Guerra Mundial.La tecnología médica del siglo XXI todavía está lejos de mostrar avances equivalentes a los de la primera mitad del siglo XX en términos de las mejoras extraordinarias que produjo en la esperanza de vida y la reducción de las tasas de mortalidad.

¿Podrá la pandemia cambiar este estado de cosas? A veces las calamidades pueden generar necesidades que incentiven la innovación, como en el cuento del volcán y la bicicleta. Pero también hay calamidades que son simplemente eso, disrupciones destructivas. La cuestión se complica también porque nadie parece tener en claro la dinámica de la innovación tecnológica, es un campo repleto de paradojas. En 1987, seis años después de la invención de la PC de IBM, el premio Nobel de Economía Robert Solow observó que “las computadoras están en todas partes, menos en las estadísticas de productividad”. En 2012, un discípulo de Solow, Robert Gordon, volvió a observar el mismo fenómeno  en plena era de Internet. Las nuevas tecnologías digitales eran impotentes para impulsar la productividad en forma equivalente a la que lo habían hecho las viejas tecnologías analógicas como el motor de combustión interna, la electricidad, los automóviles y los aviones.

La inteligencia artificial está emergiendo como otra de las promesas incumplidas de la tecnología y a punto de ingresar, si no en un nuevo “invierno” como ya varias veces en las últimas décadas, en un nuevo y frío otoño, pronostica en su última edición el respetado Technology Quarterly de The Economist. “Los vehículos autónomos ya están demorados y es posible que nunca lleguen”, dice la publicación. Los sistemas que se ocupan del lenguaje como los chatbots o asistentes personales, registran poco más que regularidades estadísticas y, más que inteligentes, podrían describirse como “idiotas savants”, agrega.

La paradoja es que hace pocos años la inteligencia artificial parecía imparable luego de que una computadora se convirtiera en campeón del juego del Go.

Hay un debate fascinante entre economistas e historiadores de la tecnología acerca de las causas de estas paradojas. Los más tecno-optimistas dicen que la contribución de las nuevas tecnologías está subestimada en las mediciones del producto bruto de las principales economías. Otros sostienen que es una cuestión de tiempo y que existen retrasos en la forma en que las empresas adoptan y despliegan las nuevas tecnologías, como ocurrió con la electricidad a comienzos del siglo XX. El aporte más reciente a este debate acerca de las causas de la caída en la innovación tecnológica en Estados Unidos lo atribuye a la desaparición de los “laboratorios corporativos” como los Bell Labs y Xerox Park en la década de 1980.

La Investigación y Desarrollo que realizaban estos laboratorios no ha podido ser reemplazado por el diseño que ha adquirido el actual ecosistema innovador, sostienen cuatro investigadores de la Universidad de Duke (The changing structure of American innovation: some cautionary remarks for economic growth).Podemos esperanzarnos con que las nuevas formas de teletrabajo y teleeducación que ha traído la pandemia persistirán, con el consiguiente aumento en la productividad. La necesidad, como desde los tiempos de Platón, está impulsando a las empresas y gobiernos a experimentar con ideas nuevas. Pero a esta corriente se oponen los fuertes vientos de frente que anuncian una recesión, o depresión, sin precedentes, e la economía mundial.

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