La colina hay que subir

10 de abril, 2020

Por Sebastián Giménez  Escritor y trabajador social

 

Aplanar la curva, esa es la cuestión, diría Hamlet en la pandemia del Siglo XXI. La recta o diagonal ascendente se debería aplanar como en un trapecio, para luego descender como en esa figura geométrica, hasta tocar la base. Y estaremos a salvo. O por lo menos, naciendo, enfermando y muriendo de otra cosa que no sea el Covid-19. Que la demanda no supere la oferta de camas de terapia intensiva y aislamiento.

 

Pero estamos en la etapa ascendente. La colina hay que subir, nada es sencillo aquí, dijo en su canción “El Misterioso Dragón” Víctor Heredia en 1996. No es sencillo organizar siquiera el cobro de los jubilados, como ocurrió hace poco. Que vayan sólo los que más lo necesitan, dijo Alejandro Vanoli. O sea, todos. Cerraron los bancos, abrieron los bancos, un racimo de jubilados amontonados, para infarto de los infectólogos. Se refuerza la asistencia alimentaria, enhorabuena. Pero los sobreprecios acordados hacen eyectar a una decena de funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social. Donde hay una necesidad, nace un sobreprecio, la cara infame de los miserables que lucran con la necesidad y el sufrimiento del semejante, con alimentos, con los barbijos y el alcohol en gel.

 

La colina hay que subir, decía Heredia y ante todo está el dragón, que con su fuego intentará parar la construcción. Al dragón le podemos poner el nombre de coronavirus, pero también el de la especulación, la avaricia y la ganancia a cualquier precio (y literalmente). Las posibilidades que se aplane la curva son directamente proporcionales a la solidaridad de todos los sectores sociales, acatando las indicaciones sanitarias pero también poniéndole el hombro a la crisis.

 

Para los conservadores, el sueño es que la crisis del país y mundial se vea como una forma de paréntesis. O sea, como una pequeña interrupción, una apostilla en el relato del capitalismo financiero y global que no sufriera sustanciales modificaciones y en que la pandemia sea un accidente explicado con una nota al pie. Y que el día después del Día D, vuelva todo a la normalidad. ¿Qué normalidad? Ya nadie sabe. Lo que es casi seguro es que, los que sobrevivan, serán más pobres por lo menos en un principio, hasta cuando se logre también aplanar la curva descendente (o caída libre, más bien), de la actividad económica. A esa curva también habrá que aplanarla, esperemos que no a ras del suelo.

 

La sensación es que se abrirá otro capítulo y se revalorizará un poco más el rol del Estado. En pandemia, Estado Nación mata globalización. Volverse hacia sí mismo. Cada país, cada comunidad. Una guerra contra un enemigo invisible. ¿De qué estará hecho el nuevo orden global? En 1917, la Revolución Rusa no hubiera existido sin la Primera Guerra Mundial. ¿Qué cambios traerá aparejados los costos de la guerra contra el enemigo invisible, en nuestro país y en el mundo?

 

No hay respuestas lineales, ni rectas ni curvas, la historia a menudo es un garabato desordenado de trazos e intereses cagándose a trompadas. Lo que es seguro, es que necesitaremos algo de lo que dice la canción de Heredia en su estribillo, que habla de una solución para derrotar al dragón y vivir un poco mejor: “Una flor, un corazón, una porción de sol, y esas ganas de vivir”.

 

Dejá un comentario