El Economista - 70 años
Versión digital

sab 24 Feb

BUE 21°C
Escenario

La entrada al laberinto

No son "los síntomas" el problema (inflación, déficit fiscal y externo). El problema es la estructura productiva que los causa. Es su estructura productiva lo que hace estables a los desarrollados y no es "la estabilidad" la que produjo el desarrollo. ¿El carro delante del caballo?

Sin "los por qué y los orígenes de los problemas" no encontraremos la salida, que es el lugar por donde, en 1975, entramos al laberinto.
Sin "los por qué y los orígenes de los problemas" no encontraremos la salida, que es el lugar por donde, en 1975, entramos al laberinto.
Carlos Leyba 10 febrero de 2023

Fernand Braudel, maestro de historiadores, señaló: "el historiador ve más cómodamente los cómo que los por qué; y mejor las consecuencias que los orígenes de los grandes problemas" (pág. 84, "La dynamique du capitalisme", Flammarion. 2008). 

La cita a raíz de que resultan, para la desconcertante larga duración de la decadencia argentina (PIB per capita 2020 igual al de 1974), poco sólidas las más difundidas explicaciones acerca de "los por qué y orígenes de los problemas". 

Simplificaciones negacionistas, explicaciones militantes de ideologías del presente. 

La negación de las estadísticas es trauma dominante entre economistas e historiadores, cuyas voces ocupan los medios. 

Ese trauma inhibe el diseño de estrategias de superación. 

Por causa de esas simplificaciones, en "los caminos al futuro", hay cartelería que grita, sin fundamento, "por aquí no, peligro". Clausura alternativas de política en exitosa ejecución en el mundo. No saben lo que hacen.

Nada más soberbio que la ignorancia. La mejor inversión de campaña electoral sería enviar a economistas, de ambas coaliciones, a las oficinas de políticas públicas de los países centrales: ocurrirá entonces un "cambio de discurso o de narrativa" al descubrir cuál es la política económica exitosa del mundo real. 

Abrigo esperanza que descubran el engaño de "Haz lo que yo digo, más no lo que yo hago". 

También ese periplo ayudará a comprender el por qué y el origen, de nuestra agotadora decadencia. Entonces podrán estar en condiciones de iluminar el escenario en que los políticos -los verdaderos- deberían diseñar el cómo revertir la decadencia. 

Con las actuales propuestas de demencial continuidad del oficialismo a la Kicillof o las ideas de reformas institucionales de los opositores, que obviamente no son estructurales, la encerrona en la que estamos inexorablemente se agravará. 

Obvio, la "estructura" económica se forma por aquello que producimos y exportamos y en lo que trabajamos. 

Exportamos naturaleza, son pocos los que trabajan con mediana productividad -80% en servicios- producimos poco e importamos mucho, en relación a lo que generamos. Mega desempleo real disimulado.

Sólo un diagnóstico adecuado, ¡basta de descripción de los síntomas!, hará posible "un programa" emulando a los países que han crecido. 

Con ese logro, un programa capaz de consenso, será posible un liderazgo que es condición necesaria para despejar el horizonte que nos agobia. 

Sin programa no hay liderazgo; y éste sólo es posible con capacidad de generar consenso en el programa que proponga aquél que se postule. 

"Política" sin "programa" y sin liderazgo, es un oxímoron. Una consecuencia de la ausencia de diagnóstico fundamentado. En este vacío llueven candidatos: es que no exige pensar. 

Alberto se resiste al llano: nunca debió haber salido. Para reemplazarlo enfilan ministros, gobernadores, intendentes y piqueteros. Una murga bullanguera. 

En el cotillón de JxC a los obcecados candidatos, se suman Lilita, M. Lousteau y R. López Murphy. Parió la abuela.

Todos candidatos de la simplificación que perturban con su escandaloso silencio de ideas. La campaña amenaza ser una "fiesta inolvidable" de cuya resaca surgirá el próximo gobierno. 

¿Habrá una reacción sanadora para debatir un programa integral y dejar de parlotear "enérgicamente" sobre los síntomas?

Por eso el "laberinto argentino", al que L. Marechal creyó resolver "saliendo por arriba". Error. 

En la entrada al laberinto está la salida: ahí los "por qué y los orígenes de los problemas". 

El mayor problema, arrastra los demás, es un país ahíto de recursos, carentes de ideas, que no puede impedir que 60% de nuestros niños, en un océano de abundancia, padezcan la pobreza que extravía su futuro y al futuro colectivo, 

Hace 48 años que el número de las personas en pobreza crece. Desde 1975 a 7% anual acumulativo.

Temblaran las tumbas de la oligarquía criolla del Siglo XIX que pensó y encontró la salida, y no es una metáfora, para la abundancia desparramada en el desierto. Lo hizo con ferrocarriles atados al motor del "centro, el Imperio Británico, de aquella economía mundo". 

Acogimos generosamente flujos migratorios a causa de nuestro nivel de ingresos superior al de los países europeos de donde partían; y brindamos oportunidades superiores (p.ej., educación gratuita). Aquellos inmigrantes lograron, en una generación, lo que en su tierra habrían demorado cuatro. Con ellos expandimos el territorio productivo, pero también la tentación de la inmediatez. 

Tuvo otros costos. Desequilibramos la demografía concentrando la población, empobrecimos al interior profundo, soterramos valores culturales y no nos propusimos agregar valor económico in situ, salvo casos excepcionales. 

Desde entonces (1860) y hasta el punto de quiebre (1975) que nos arrojó a la decadencia, estábamos entre, al menos, subiendo y bajando, los primeros veinte, treinta, países del mundo. 

En 1930 el motor del Imperio dejó de serlo y fueron los "conservadores" en el poder los que encontraron, con la estrategia de industrialización forzada y un mercado interno creciente, el poderoso reemplazo para el golpe económico inferido por el desenganche de aquél motor que se apagaba. 

Desde entonces el "centro" de la nueva "economía mundo", dada nuestra dotación, nos hizo más periferia y nos alejó de los impulsos del "nuevo centro". 

La sabia estrategia de los 30, la de industrialización y pleno empleo y luego la del Estado de Bienestar del 43, rindieron sus frutos. 

Es increíble la obstinada negación de los economistas mediáticos acerca de la expansión de la clase media, la movilidad social ascendente, ocurrida vigorosamente hasta 1975, basada en la expansión productiva y de la productividad.

Recordemos que la década 1964-1974 "constituye sin duda la etapa más exitosa del proceso de industrialización" y "durante este periodo no se observa ningún año en el que la actividad económica haya experimentado una caída de nivel absoluto". Por el contrario, "la tasa anual de crecimiento 'entre puntas' alcanza prácticamente al 8%" (y en ella) crecen, simultáneamente, la productividad industrial -6% por año a lo largo del período-, los salarios, el empleo y las exportaciones". (Sin embargo, ésta) "secuencia madurativa de largo plazo no siempre ha sido adecuadamente comprendida en el debate económico nacional" ("La industria argentina, desarrollo y cambios estructurales", J.Katz y B. Kosacoff, Cepal 1989).

Esta lamentable y generalizada incomprensión, al dejar de lado la realidad, ha instalado en historiadores, economistas, periodistas y en la repetición de loro de la política, la sentencia canónica "a fines de los años 60, la sustitución de importaciones se agotó". 

Frase estrella de la TV. Es una afirmación tan liviana como pegadiza, a tal punto que ha más que descarrilado todo el debate económico nacional.

Esta asombrosa afirmación ("se agotó" como si fuera una vertiente) tuvo el enorme poder de alimentar, al mismo tiempo, discursos opuestos, como el montonero y el neoliberal dominante, a pesar de no tenerlo asumido por los actores. 

La guerrilla la utilizó para justificar la necesidad de instalar, por las armas, el "socialismo nacional". Y también la utilizó el discurso de las armas estatales genocidas - impuestas gracias a los montoneros - para imponer la apertura irracional generadora del industricidio, el desempleo y la pobreza.

Es sorprendente que aún se reivindique la cultura del "deme 2" vía atraso cambiario, sin tener en cuenta que no hay "políticas sin consecuencias" (Dictadura, Menem, Cristina). Ese apetito, consumir primer mundo con deuda, es lo que nos legó el golpe del 76. Atención, el primer paso, en democracia, fue el "rodrigazo" (1975) amamantado por nueve meses de la obsolescencia intelectual de A. Gómez Morales, ministro de J. López Rega y Lorenzo Miguel.

F. Olivera (LN, 5/2/23) señaló el surgimiento de un "ejercicio de la nostalgia" de "aquél logro de Cavallo": se refiere a la estabilidad de precios asociada al desequilibrio real, medido por el desempleo y la mecha larga de la bomba que estalló en 2001. F. O. nos informa que hay quienes proponen el adelgazamiento, supuesta estabilidad, con anfetaminas ante la desesperación de la gordura de los precios. 

Esos atajos bajan kilos (transitoriamente) pero queman neuronas: flacos por un rato pero idiotas para siempre. 

En los políticos, en los medios, a ambos lados de la grieta, hay aversión a considerar las consecuencias y a mensurar el largo plazo. Sería útil un "Ministerio de las consecuencias" para considerar el efecto de largo plazo de las "medidas": ahí se esconde el diablo de las ideas light. Ejemplo: moratorias previsionales para todos, endeudarnos en dólares para financiar el déficit, invitaciones a "volar" de aterrizaje estrepitoso. 

La liviandad de los mensajes surge de la visión inspirada en ser un país de "consumidores". Aquí está el nudo del problema que viene de la inmediatez. 

"La sociedad" es un conjunto que conecta lo económico, la cultura, la estructura social. Para que lo económico funcione, la cultura tiene que basarse en valorar la producción; y la estructura social responder a esos valores: cuidar el trabajo y procurar el pleno empleo. No hay derechos sin acumulación. 

En el sistema capitalista, el mercado y el Estado han de funcionar en esa dirección. Ocurrió en todos los despegues (de Inglaterra a Taiwán). En el capitalismo no hay excepciones históricas: políticas de promoción y protección, oferta de bienes públicos y finanzas asistiendo a la industria y a las inversiones. 

No son "los síntomas" el problema (inflación, déficit fiscal y externo). El problema es la estructura productiva que los causa. 

Es su estructura productiva lo que hace estables a los desarrollados y no es "la estabilidad" la que produjo el desarrollo. ¿El carro delante del caballo?

Sin "los por qué y los orígenes de los problemas" no encontraremos la salida, que es el lugar por donde, en 1975, entramos al laberinto: no "se agotó". Fue industricidio con premeditación y alevosía. 

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés