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Hoy es un buen día para morir

26-06-2019
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Por Daniel Montoya @DanielMontoya_ y Gonzalo Fernández Guasp @conurbanensisy

“La filosofía falló, la religión falló, es la hora de la ciencia”, dice Nelson Wright, uno de los estudiantes de medicina del film “Línea mortal”. No hay cita más oportuna para la coyuntura política argentina que la pronunciada por el personaje encarnado por Kiefer Shuterland.

La economía y la política le dieron tan pocas soluciones a la gente durante la última década, como la filosofía y la religión al audaz grupo de colegas de Wright empeñados en conocer los enigmas de la muerte. Ante semejante situación límite, es hora de ensayar experimentos extremos, en esa zona desconocida donde nadie sabe qué hay del otro lado.

En el plano político, ese mismo espíritu temerario de “Línea mortal” empujó a las dos fuerzas dominantes a abandonar la lógica de facciones políticas en pugna, conocida como “la grieta”, para aventurarse en la construcción de tres alianzas electorales, conformadas por partidos, que tal como su nombre lo indica, pasan de representar las partes de la sociedad, a buscar captar el todo. ¿Qué tienen en común los tres competidores más relevantes: Juntos por el Cambio, Frente de Todos y Consenso Federal? Que son oxímoros, contradicciones.

Aunque quizá pueda discutirse la participación dentro de la definición anterior del frente oficialista, sigue siendo claro que los tres se presentan como alternativas para la concreción de algo distinto: mientras que “Cambiemos 2” continúa intentando diferenciarse de lo que concibe como kirchnerista; la fórmula Alberto Fernández - Cristina lo hace frente al macrismo y Consenso Federal con respecto a las dos anteriores.

Para entender ese juego de partes con voluntad de todo es necesario situarse coyuntural y estructuralmente. Sólo en el primer nivel, encontramos la lógica electoral según la cual lo más conveniente para los agentes es volverse lo suficientemente ambiguos, como para lograr captar la mayor parte de votos posible. Pero como quedó claro con el enroque oficialista, gobernar no es sólo ganar elecciones, y existe un después, después de diciembre. Y allí no sólo se encuentran los vencimientos de deuda, sino una sociedad cada vez más fragmentada en términos de bases y dirigencia.

No hay evidencia más clara de lo anterior que lo mencionado al comienzo: en estas elecciones, cada uno de los participantes se considera la solución a todos los problemas del país (que, curiosamente, identifican en distintos lugares) a la vez que presenta a los demás como ineptos. Es entonces cuando la coyuntura y la estructura comienzan a verse las caras: con los responsables de la representación dando cuenta que cumplirán el rol de ser, en el mejor de los casos, pilotos de tormenta. Pero, para esto, necesitarán de toda la tripulación.

Conscientemente o no, los dirigentes están alimentándole el fuego a la olla de presión que es, actual e históricamente, la sociedad argentina. Y quizá cuando decidan retirarlo sea demasiado tarde. Manifestaciones como las de la Sociedad Rural en el conflicto del campo, las marchas contra cierta corrupción, a favor de distintos fiscales, las movilizaciones por los derechos y los antiderechos, entre tantas otras, no son cosa sólo del pasado sino también del futuro.

Por lo que, en el marco de una sociedad conflictiva y de un mundo más hostil, las complicaciones no son nunca sólo económicas y el problema de los consensos es que, a fin de cuentas, sólo puede haber uno del que, en todo caso, se desprenderán los demás. Moncloa, Moncloíta, Bicentenario, Olivos, el que fuera. Así, la persistencia de visiones alternativas entre las cuales no haya puentes de diálogo, representará, tarde o temprano, una verdadera amenaza para nuestra democracia.

¿Está empeñada la dirigencia política argentina, como los colegas de Wright, en saber qué hay del otro lado? Pues parece que, tras el experimento extremo de 2001, los principales referentes políticos ya decidieron que esta vez sí es un buen día para morir. Los cierres de listas lo dejaron bien claro. ¿Cómo podemos pensar que, haciendo las mismas cosas, lleguemos a obtener resultados diferentes?

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