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Cambiar la Argentina: Endgame

El margen para aplicar reformas que le permitan a la Argentina salir del estancamiento, cambiar y acceder a OCDE se ve cada vez más reducido ante la falta de audacia para innovar.

Los candidatos se enfrentan entre sí, y con la realidad.
Los candidatos se enfrentan entre sí, y con la realidad. EE
Tiki Gomez Goldin 02 noviembre de 2023

Barajadas ya las cartas, sabemos quiénes son los finalistas. Ahora los dos candidatos enfrentarán sus propuestas al futuro de un balotaje ante un país que precisa ni más ni menos que efectuar cambios. Y esta puede ser la última oportunidad de cambio autentico. Una última oportunidad para hacer lo que haya que hacer para sortear el estancamiento y la crisis. La incógnita radica en qué tan dispuestos están los finalistas.

Argentina atesora en su interior ni más ni menos que el 10% de los dólares circulantes en el mundo. Sin embargo, su mercado de capitales es 11 veces más pequeño que el de Uruguay y 16 veces más pequeño que el de Chile, cuando estos países cuentan con una población de 3.4 millones y 19.5 millones respectivamente, mientras nosotros una de 46 millones de habitantes. La inseguridad jurídica y la debilidad de nuestro sistema financiero explica el fenómeno que se da en nuestro país en el que compramos los electrodomésticos en cuotas y las propiedades al contado.

Hemos concentrado el ímpetu de nuestro foco económico en la actividad agroindustrial pero le hemos dado la espalda al mar. Nuestro litoral marítimo posee nada menos que una extensión de alrededor de un millón de kilómetros cuadrados, con más de 5.000 kilómetros de costa, y en sus aguas se desarrolla una de las más relevantes pesquerías del planeta. No obstante ello, perdemos hasta US$ 5.000 millones anuales en pesca ilegal -principalmente por parte de barcazas chinas- que equivalen al ingreso anual que tiene la Argentina en materia turística, la quinta industria generadora de divisas.

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Perdemos hasta US$ 5.000 millones anuales en pesca ilegal.

Más aún, supimos tener a ELMA, Empresa Línea Marítima Argentina, que como naviera estuvo entre la 4° y 5° más grande del mundo. Hoy en día el 90% de las barcazas, a causa de la arquitectura impositiva y laboral, es de bandera paraguaya (país que, por cierto, no tiene salida al mar). Resulta más absurdo cuando se considera que siendo una Nación que vive principalmente de sus exportaciones no pueda transportar sus productos por medios propios sino que ese precio se le impone desde afuera a causa del descalabro fiscal.

Por si fuera poco, la informalidad alcanza al 43% de los trabajadores y nos encontramos ante un escenario donde hay asalariados en la formalidad pero que no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas cayendo así bajo la línea de pobreza. Ahora bien, los sectores sindicales se han mostrado absolutamente reticentes a modificar siquiera un ápice de la legislación laboral que -en pleno siglo XXI- data de hace ya 50 años.

Lo mismo sucede en materia educativa. La bandera de la educación pública y de calidad se ha levantado siempre pero el desempeño estudiantil y docente han caído continuamente a lo largo de las últimas décadas. Para colmo, la corporación docente-sindical se rehúsa férreamente a ser evaluados vía pruebas PISA o de cualquier otra índole para de este modo conocer cómo mejorar las políticas públicas educativas. Como resultado, la calidad de la que tanto nos ufanamos continúa en franco descenso.

En definitiva, lo que tiene la Argentina es una aversión al cambio fruto de su conservadurismo que le impide, por pánico, someterse al proceso de innovación destructiva. 

En el libro "Por qué fracasan los países" de Acemoglu y Robinson, se demuestra como gran parte de la prosperidad política y económica de un país se explica no solo por sus instituciones en lugar de su geografía sino por su disposición a esta innovación destructiva. Este sería el proceso por el cual las nuevas innovaciones y tecnologías reemplazan o destruyen las antiguas, llevando a la obsolescencia de industrias, productos y formas de hacer negocios establecidas para darle lugar a las nuevas que generan mejores resultados y progreso. 

Cuando se inventó la máquina a vapor, por ejemplo, es cierto que se pagó el costo de que muchos empleados que trabajaban con telares quedaron en desuso. Lo mismo puede pasar cuando instalen en nuestro país surtidores de nafta por mano propia. Pero posteriormente implicó e implica avance y progreso sustancial. Eso es precisamente lo que la Argentina no hace en ningún aspecto: económico, industrial, laboral, educativo, institucional, etc.

No resta mucho margen para aplicar reformas profundas que el país precisa imperiosamente para cambiar y encaminarse hacia una senda de crecimiento. Ahora bien, el problema real reside en la disposición que tengan los candidatos a presidente que quedan frente al balotaje para pagar el costo político que pueda suponer equilibrar la macro e impulsar las reformas sectoriales que le impiden el crecimiento a la Argentina. Es decir, a afrontar el status quo y la innovación. 

La amplia mayoría de las mencionadas, como la reforma laboral, la aplicación de pruebas PISA, la consolidación de un mercado de capitales hacia uno más robusto, etc., se encuentran contempladas en la hoja de ruta para acceder a la OCDE, el grupo de 38 países que representan el 75% de la inversión directa extranjera y el 60% del comercio global. Desgraciadamente, el gobierno del Frente de Todos/Unión por la Patria decidió no responder a la invitación por parte de la Organización de enero del 2022, siendo el único país en actuar de tal forma. En su lugar, prefirieron seguir profundizando relaciones con Irán, Rusia y China a través de los BRICS.

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La pregunta del millón es qué tan temerarios serán finalmente Sergio Tomás Massa o Javier Gerardo Milei para afrontar el status quo y así aplicar los cambios que Argentina pide a gritos. La realidad social, política y, sobre todo, económica del país demuestra que estamos ante una de las últimas oportunidades para salir del estancamiento, ante un juego crítico, ante su Endgame.

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