Elecciones legislativas

A cada domingo le llega su lunes

Convertir el lunes 15 en un amanecer requiere las coaliciones en que se habrá dividido casi por la mitad el electorado priorice la tarea de reflexionar

A cada domingo le llega su lunes
Carlos Leyba Carlos Leyba 12-11-2021
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Administrar el triunfo siempre es más difícil que explicar la derrota. Se puede desear la derrota o el triunfo de uno u otro y viceversa. Habrá un resultado. Pero cualquiera sea, sabemos que será inquietante: el resultado no pareciera que puede despejar al clima de tormenta. 

Ningún resultado será un mensaje de que, a partir de ese momento, algo bueno va a ocurrir. 

No sólo se trata de nuestra particularísima situación. Hay una cuestión de época. En nuestro caso se suma la larga decadencia. 

Hace tiempo Zygmunt Bauman nos enseñó que el "poder significa la capacidad de hacer cosas y la política es la habilidad para decidir qué cosas han de hacerse". 

Y nos explicó que hoy el Estado es el territorio del divorcio entre ese sentido de la política y ese sentido del poder. 

Pero aquí sufrimos la revelada incapacidad de quienes hacen política para formular ideas claras sobre el rumbo. Es una singularidad en una situación singular. Tampoco ideas convincentes, movilizadoras, para ejecutar desde el Estado. 

Eso denuncia el "vaciamiento" de la política. Un vacío que también es evidente en quienes critican a "los políticos". 

Como consecuencia del vacío de ideas y de proyectos, de la política que ha ocupado el Estado, el Estado ha perdido capacidad de ejecución por ausencia de ejercicio.  

Todo triunfo electoral supone que la victoria (más allá de condena inferida al derrotado) abre el tener que cumplir la necesaria realización de ese mínimo de expectativas positivas que, por la gravedad de las circunstancias, deben ser satisfechas casi de inmediato: inflación, pobreza, desempleo, inseguridad. 

Por todo eso el voto emitido es un voto urgido. Vota la necesidad. 

Puede haber promesa antes de votar. Pero después del voto se esperan realidades. 

Lo inquietante es que las realidades están muy lejos de poder ser concretadas. Sea que el triunfo represente un cambio parlamentario. O que sea un triunfo en el Parlamento confirmatorio de quien ejerce el Ejecutivo.

En las inmensas dificultades del presente, también vivimos un clima de intolerancia. Muchas realizaciones son necesarias para declinar ese clima. 

Quién gane sabe que llega sin las herramientas, que no están, y sin el pensamiento de conjunto que aglutina, sin las ideas compartidas porque no han compartido la reflexión profunda y el debate generoso. 

En el interior de ambas coaliciones hay visiones opuestas. Por ejemplo, respecto a cuál es la función del Estado. O acerca de cuáles los objetivos prioritarios y a los que dedicar la mayor parte de los recursos. Y más precisamente acerca de cuáles son los instrumentos. 

En "los instrumentos" está la más concreta definición de la política como ejercicio del poder.

¿Qué puede tener en común Axel Kicillof con la mayor parte de los demás gobernadores, por ejemplo, respecto de hasta dónde avanzan el Estado y el control y si deben ser o no la dominante de la acción política? 

O, ¿qué pueden tener en común Mauricio Macri, Javier Milei y Patricia Bullrich con las posiciones maduras de Facundo Manes, Horacio Rodríguez Larreta y Elisa Carrió?   

A todos, en cada coalición, les cabe la afirmación de Jorge Luis Borges en su poema "Buenos Aires": que no nos une el amor, sino el espanto. 

No los une lo que quieren sino lo que no quieren. Y por esa razón todos sabemos que aquí los votos ganadores serán votos en contra de otro, pero no necesariamente a favor de lo mismo. 

En ese sentido el "silencio de ideas", no nos habíamos dado cuenta, termina siendo una profunda astucia. 

La aparición de Milei, la provocación de Macri y Patricia, es un primer paso en estas distancias internas de Cambiemos. De la misma manera que, por ejemplo, la aparición de Martín Insaurralde es una reacción del peronismo de origen, frente a los invasores de La Cámpora y Kicillof. 

Cualquiera sea el triunfador, mirando las últimas horas, está muy lejos de tener un claro significado. 

¿Quién desplazará a quién? ¿Qué podrá aglutinar elementos tan distintos?

"Nada desaparece hasta que se lo reemplaza". No hay desapariciones. No hay reemplazos. Inquietante. 

Y mas que inquietante dada la infinita reducción del espacio disponible, para hacer, por ejemplo, política económica. 

El sector externo está dominado por la deuda pendiente y no negociada, que no depende sólo de nosotros y que nos condiciona a largo plazo. 

El sector social está dominado por la pobreza, la enorme deuda social que no sólo no se reduce sino que crece y que no se evidencia otra estrategia que la que nada cambie para que todo quede como está. 

A la inflación que resiste, cualquiera sea la medida, se la trata como algo "en sí" cuando es la inevitable consecuencia de una degradación permanente de la productividad y un alejamiento permanente de las oportunidades de empleo en los sectores que acrecientan la productividad mientras, además, bien medido aumenta el desempleo estructural. 

La economía que crece, sí,  pero, en ausencia de inversiones, no pasa de ser el rebote del gato muerto: el producto potencial bien medido baja. 

Es que todo esto muy malo que nos pasa hoy viene de arrastre. Esto no es una crisis. Es un estado de decadencia que ha nublado la inteligencia y el compromiso de las clases dirigentes. 

Hay que entender que la decadencia es tal sólo si hubo un tiempo previo de progreso. 

Con la mitad de la población en la pobreza y sin nada, ninguna idea y ningún compromiso, que nos ponga en claro quién y cómo, se hará cargo del rescate, nuestro presente podría estar retratado en la obra "Sin pan y sin trabajo", que pintó el aristócrata Ernesto de la Carcova (1894).

Parecido, pero lamentablemente no es así. 

Esa pintura es parte de un pasado del que ni rastros quedan. Hoy estamos claramente "sin pan y sin trabajo" pero no como en 1894.

La década (1884/1894) fue la de mayor crecimiento de la historia argentina. La obra reflejaba el dolor y la angustia de aquellos a los que el progreso no había arrastrado y a los que había dejado afuera. Porque eran tiempos de progreso. 

Ernesto de la Carcova pintaba el contraste del mundo en el que él vivía con el de aquellos que él veía. No les quitaba la mirada. No habían logrado subir al avasallador progreso económico colectivo. 

A los que el progreso aún no incluía eran, de aquellos que llegaban cruzando el Atlántico a la búsqueda de ese torbellino de satisfacciones, los que aún no lo habían alcanzado. Sin pan y sin trabajo, era una angustia desoladora pero con la espera de amarrarse a una corriente que pasaba. Muchos otros, los hijos de la tierra, los criollos, los que migraban cruzando "la pampa" y no el mar, sufrían esas privaciones  a causa de la distancia "del centro geográfico del progreso" cuya velocidad disminuía tierra adentro, pero existía. 

La Argentina progresó e incluyó. Y "Sin pan y sin trabajo" dejo de ser una fotografía de un momento y pasó a ser un cuadro en el Museo. Dejó de representar la realidad inmediata. 

Progresamos: creando trabajo y aumentando la productividad. A pesar de las crisis  que no fueron pocas. El crecimiento de cada década posterior a la obra de de la Cárcova fue sostenido hasta 1974 y ese año fuimos el país de mayor PIB por habitante del continente. 

Con 4% de pobreza (800.000 personas) y una pujanza exportadora creciente de bienes industriales la década de 1964/1974, que fue la cuarta década de mayor crecimiento desde 1814, "constituye sin duda la etapa más exitosa del proceso de industrialización" sin "ningún año en el que la actividad económica haya experimentado una caída de nivel absoluto, con la tasa anual de crecimiento 'entre puntas' que alcanza prácticamente al 8%". 

Crecen, simultáneamente, la productividad industrial -6% por año a lo largo del período-, los salarios, el empleo y las exportaciones ("El proceso de industrialización en la Argentina", Jorge Katz y Bernardo Kosacoff). 

No fue una casualidad ni viento de cola. Fue crecimiento de la productividad y del empleo.

En lo que todos los economistas, de todas las capillas, hay una coincidencia es que vivimos un "notable pésimo comportamiento luego de 1975" señalan en "Nueva Historia" Cortés Conde/Della Paolera (pág. 25). O que en 2020 el PIB por habitante fue igual al de 1974, como calculó Martín Rapetti.  

Estamos hablando de pésimo comportamiento desde 1975 que se expresa que, llegados aquí, el PIB por habitante ?la productividad media? es igual a la de 1974, en ese año con pleno empleo y 4% de pobreza. Hoy, con un crecimiento del 7% anual acumulativo en el número de personas pobres, las 800.000 excluidas de 1974, son hoy 22 millones, aproximadamente la mitad  de la población: la medida del fracaso que hay que superar. Ninguna palabra de las escuchadas en esta campaña, y tampoco en las anteriores, ilusiona una salida.

Es que no es lo mismo pintar "Sin pan y sin trabajo" y en la ventana el conflicto por la fábrica que cierra en medio de un océano de expansión, que retratar los conflictos de la inseguridad en el océano de deterioro y tristeza que nos abruman.

En estas condiciones qué significa en términos de realizaciones próximas el triunfo electoral. Poco. 

Quienes hayan sido elegidos, los ganadores, habrán de recibir (en estas condiciones y no hay otras) un desafío que es gigantesco frente a las tremendas amenazas y las escuálidas fortalezas que habrán de disponer.

Es que aquí y ahora el triunfo no es, por ejemplo, botar una embarcación terminada, con la tripulación entrenada, apropiadas cartas de navegación  y un rumbo cierto. 

No.

No hay rumbo. No lo propone nadie. La tripulación de Juntos o Cambiemos permanece unida por el espanto al FdT y viceversa. 

Convertir este lunes en un amanecer requiere antes que nada que cada una de las coaliciones en que se habrá dividido casi por la mitad el electorado, prioricen la tarea de reflexionar, de pensar, cuál es el orden de prioridades y cuales los instrumentos que están dispuestos a sostener para reparar esos daños prioritarios. 

En otros términos, cada coalición elaborar una Agenda concreta de aquí y ahora. Es la primera responsabilidad. 

Discutir y armonizar esas agendas es hacer amanecer el lunes.

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