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Los progresos y dilemas del futuro divorcio europeo

Atilio Molteni Atilio Molteni 30-12-2019
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Por Atilio Molteni Embajador

A pesar del contundente apoyo electoral que recibió el Gobierno del Primer Ministro Boris Johnson el pasado 12 de diciembre, todavía no quedan del todo claro las ideas y el hacia dónde apunta la brújula oficial a la hora de negociar los detalles de cada una de las sensibles decisiones que caerán sobre las espaldas de quienes negociarán lo que falta del retiro del Reino Unido de la Unión Europea (UE). El menú de sustancia impone definir cómo serán los futuros vínculos políticos y comerciales con la Unión Europea (UE); si el Reino Unido podrá solucionar a largo plazo, por encima del próximo cuatrienio, los asuntos que median entre Irlanda del Norte e Irlanda; si Escocia habrá de elegir el camino de seguir bajo las reglas de Bruselas o Londres y si Gales tiene algo que decir.

Pero más borrosas son las recetas para encarar la futura Membrecía del Reino Unido y la UE con la OMC y cuáles serán los acuerdos bilaterales y regionales con el resto del mundo. Dentro de ese paquete, tampoco es sencillo determinar cómo sigue su condición de Miembro de nota en las Naciones Unidas (el Consejo de Seguridad) y su papel en el grupo de organizaciones que surgieron de los Acuerdos de Bretton Woods, como el Fondo Monetario y el Banco Mundial o, en el plano político, el reacomodamiento e influyente papel que despliega en el marco de la OTAN.

Una de las expresiones más notorias del perfil del Primer Ministro Johnson fue presentar al Reino Unido como una potencia global, un enfoque que generó las críticas de sus oponentes, quienes alegaron que la referencia podía ser válida para relatar el pasado del calificar la historia del Imperio Británico.

Hasta el momento, con algunos menoscabos o asuntos pendientes, la importancia del Reino Unido como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, el G20, el ser potencia nuclear, una nación con Fuerzas Armadas muy significativas y con amplias conexiones internacionales en los campos de la defensa, las relaciones económicas y culturales, se mantuvo bastante bien.

Por ello, debería ser viable un protagonismo global similar cuando el Gobierno abandone las limitaciones de política exterior y de defensa que surgiera de la necesidad de coordinar sus posiciones con los enfoques de la UE. Esa agenda debería incorporarse al análisis permanente de nuestras autoridades al definir la nueva realidad británica, pues tal patrimonio incidirá tanto en el conjunto de nuestras relaciones bilaterales como en las controversias que existen acerca de la soberanía de las Islas Malvinas, así como de otros territorios y espacios adyacentes del Atlántico Sur que históricamente reclamó el país.

El Primer Ministro Johnson no le teme a los movimientos espectaculares. Antes de las elecciones había apostado a la disolución del Parlamento con la finalidad de terminar con las medias tintas. Tal atajo hizo posible que el Partido Conservador capitalizara 365 escaños (48 más que en la anterior elección y un margen del 55% de los votos totales). Semejante vuelco dejó sin aliento al Partido Laborista de Jeremy Corbyn, quien presentó una plataforma de objetivos poco atractiva para los votantes, un enfoque que redujo a sólo 202 los escaños conquistados y a perder 60 bancas (lo que sólo le permitió colectar el 33% de los votos). La jugada significó, asimismo, la pérdida de apoyo en áreas tradicionales del riñón laborista. Las restantes 83 bancas se dividieron entre ocho Partidos minoritarios.

Esa evolución hizo que el Partido Conservador se apropiara de un poder que no había alcanzado desde 1987, cuando conquistara su tercera victoria Margaret Thatcher. El hecho sepultó la necesidad de efectuar otro referéndum sobre el Brexit o de optar por una salida sin acuerdo de la Unión Europea (UE).

Precisamente, estas elecciones fueron convocadas con la finalidad de solucionar el Brexit bajo las reglas del artículo 50 del Tratado básico de la UE, cuyo texto regula el procedimiento del retiro de un Estado Miembro. Este camino se abrió paso como saldo del referéndum vinculante aprobado el 23 de junio de 2016, encaminado a “retomar el control del país y sacarlo de los burócratas de Bruselas”, objetivo esquivo por las distintas posiciones que hubo en el Parlamento acerca de la futura relación con la UE, donde se verificaron grandes disidencias intra y extrapartidarias.

Estos acontecimientos encontraron campo fértil en el hecho de que actual líder del laborismo se corrió mucho a la izquierda y en que los “internacionalistas” no fueran capaces de articular un mensaje atractivo respecto al Brexit, lo que seguramente obligará a introducir serios cambios en el futuro liderazgo. Una interpretación de lo ocurrido, hace pie en la idea de que muchos trabajadores que solían votar por el Laborismo ahora están más seducidos por el nacionalismo que por las ideas socialistas, hecho que también se nutre de las promesas conservadoras de aumentar el gasto oficial en programas sociales, policiales, de infraestructura y de salud en las zonas deprimidas del país.

Johnson había sido electo Primer Ministro el 24 de julio de 2019, después de desempeñarse como alcalde de Londres y Ministro de Relaciones Exteriores, puestos en los que desarrolló acciones políticas a lo Donald Trump que incluyeron: 1) la promesa de llevar adelante un Brexit “duro” de la UE; 2) que el retiro de esa Unión se concretaría el 31 de octubre de 2019 con o sin acuerdo; 3) en el aplomo con que cerró el Parlamento el 29 de agosto para evitar que la oposición vetara un Brexit sin acuerdo, una medida que anuló sin temblar el 24 de septiembre mediante una intervención sin precedentes de la Corte Suprema; 4) el avance logrado mediante una nueva fórmula para las relaciones entre Irlanda e Irlanda del Norte; 5) la decisión de acordar con la UE un plazo que vencía el 31 de enero de 2020 para el retiro de la Organización, el que complementó con convocatoria a elecciones anticipadas, lo que se interpretó como una jugada política audaz pero con amplios resultados.

El Primer Ministro también llevó adelante su campaña para estas elecciones bajo el lema “Vamos a hacer el Brexit” sin detallar un verdadero programa de Gobierno, cosa que facilitó su victoria, ya que obtuvo un mandato que le permite cambiar totalmente las características económicas y políticas del país.

El primer resultado de esta enorme apuesta, fue que el pasado 20 de diciembre la Cámara de los Comunes aprobara, en segunda lectura, la ley que aprueba el Acuerdo sobre la retirada de la UE, y del Euratom, por 358 votos contra 234, con lo que empezó el proceso que se espera concretar, a fines del próximo mes de enero, después de ser aprobado por la Cámara de los Lores y por el Parlamento Europeo.

En sustancia, la nueva propuesta de Brexit no difiere mucho de la que fue negociada por su antecesora, la exPrimera Ministro Theresa May. Sólo se agregó un nuevo capítulo acerca de la situación de Irlanda e Irlanda del Norte y algunos cambios en su Declaración Política, el insumo más sensible del debate, el que deriva de las circunstancias particulares de la historia de ese territorio y del Acuerdo Constitucional de 1998. La idea que emerge si se aprueba esta decisión, es que Irlanda del Norte siga alineada con la UE desde el final del período transitorio hasta por lo menos cuatro años más, plazo que puede ser extendido y un contexto en el que subsistirá la ausencia de controles regulatorios o de aduanas entre Irlanda e Irlanda del Norte; es decir, sin frontera dura convencional.

Los observadores estiman que no es imposible llevar el proceso a buen término si las partes resuelven estos asuntos con negociaciones muy complejas, pues hasta ahora ambas partes evitaron que la sangre llegue al río y Johnson estableció muy buenas relaciones con los líderes europeos, quienes reconocen la importancia de mantener cerca a Londres por sus capacidades militares y diplomáticas cuando prevalece un muy difícil momento en las relaciones internacionales, cuando Rusia manipula importantes hechos estratégicos y China exhibe su poder político fuera de Asia.

Además, las partes ya elaboraron mucho trabajo regulatorio sobre conceptos fundamentales y entendimientos con la UE (cuyo borrador está contenido en el documento 2019/C 144 I/01, del Diario Oficial de esta Unión, en cuyo contenido se contempla una Declaración Política sobre la futura relación entre las partes). En ese contexto, Johnson tiene vía libre para procesar la nueva etapa que sería prolongada y comenzará el 31 de enero de 2020. Para hacerlo, la UE debería conseguir, antes del 25 de febrero, un mandato para efectuar las nuevas negociaciones con Londres.

Los nuevos objetivos de este ejercicio consistirán en la revisión de los documentos preparatorios, llegar a entendimientos relevantes entre las partes, como los relativos al uso de tarifas cero para cuotas ilimitadas con la UE; el momento en el que el Reino Unido tendrá potestad legal para suscribir acuerdos comerciales con terceros Estados al recuperar la autonomía de su política comercial (en la que se presume la obvia negociación de un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, cuya factura cuenta con el respaldo de Trump) y su obligación de respetar las normas de la UE en temas como el cambio climático, el medio ambiente y los estándares laborales.

Pero no todo fueron victorias para el Gobierno conservador, ya que el Partido Nacional Escocés se consolidó en las pasadas elecciones y su líder, Nicola Sturgeon, anunció su intención de celebrar un nuevo referéndum sobre la independencia de este territorio, lo que constituye un visible peligro para la integridad del Reino Unido. Tampoco se sabe que escenario se presentará a Londres si Trump cesa en sus funciones por destitución o pérdida de elecciones y en Washington la clase política supone que el Reino Unido es un caballo de Troya de la Unión Europea o viceversa.

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