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Israel: un cambio de gobierno sin cambios en la orientación política

La derrota de “Bibi” Netanyahu no impide su victoria “póstuma” respecto de la tesis del Gran Israel que liquida cualquier pretensión palestina de un Estado independiente

Un cambio de gobierno sin cambios en la orientación política
Un cambio de gobierno sin cambios en la orientación política
Luis Domenianni Luis Domenianni 21-03-2022
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Hace poco más de nueve meses, la Knesset -el Parlamento israelí- ungía primer ministro a Naftali Bennett (49 años), un político de derechas que desempeñó diversos cargos ministeriales durante el Gobierno del exprimer ministro Benjamin Netanyahu.

Bennett alcanzó el máximo grado de la administración estatal no en función de los votos obtenidos en las elecciones, sino como consecuencia de su alianza con el centrismo de Yair Lapid, a su vez apoyado por partidos de izquierda, de centro y por los diputados árabes.

Restaban solo 35 minutos del plazo constitucional para formar gobierno cuando Yair Lapid informó al entonces presidente Reuven Revlin que había logrado constituir una mayoría parlamentaria de 61 diputados sobre los 120 legisladores que componen la Knesset, con Naftali Bennett como primer ministro. Solo uno más de lo necesario.

El pacto, poco natural, entre Bennett y Lapid incluye una distribución cronológica de la jefatura de Gobierno: los dos primeros años (2021/2023) para Bennett, los restantes (2023/2025) para Lapid. 

Un pacto político que nunca es del todo seguro dado que, con el retiro de alguno de los partidos que integran la coalición, el andamiaje puede caer. Para finalizar su mandato, a Bennett falta poco más de un año, recién después sigue el bienio de Lapid. En un país como Israel, mucha agua política puede correr bajo el puente, durante todo ese tiempo.

Bennett es un hombre rico producto de sus negocios informáticos, en particular a través de su empresa de ciberseguridad Cyotta que el ahora primer ministro vendió en 2005, nada menos que en US$ 145 millones.

Previamente, este padre de cuatro hijos y a la vez descendiente de padres judíos estadounidenses que emigraron desde San Francisco a Haifa, encabezó en su etapa moza una organización juvenil religiosa-sionista conocida como Bnei Akiva.

Sirvió en el Ejército de Israel, condición en la que participó en 1996 de la ofensiva contra el Hezbollah en el sur del Líbano, con el grado de comandante. Al término del servicio militar estudió Derecho y se graduó como abogado en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

En su época de estudiante, Bennett ingresó al Likud, el partido nacionalista que presidía el hoy exprimer ministro Netanyahu, quién lo designó jefe de personal y jefe de la campaña electoral del 2007.

Particularmente cercano a su hoy rival que ayudó a vencer, Bennett ocupó diversas carteras ministeriales. Fue titular de Defensa, Educación, Asuntos de la Diáspora, Economía y Asuntos Religiosos, siempre con Netanyahu como primer ministro.

Muy seguido por los colonos israelíes implantados en Cisjordania, para el nuevo primer ministro el conflicto con los palestinos no puede ser solucionado, solo soportado. “Nunca existió un Estado palestino” y por tanto no hay ocupación israelí, es otro de sus razonamientos hechos públicos. 

Más graves aún: “Los terroristas no deben ser liberados, deben ser matados” o “si Irán continúa implantándose en Siria, le prometo un Vietnam”. Frases no precisamente válidas para obtener un premio en materia de derechos humanos.

Si desde el interior, el conflicto con los palestinos siempre está latente, aunque con algunas diferencias, desde el exterior el balance de nueve meses de Gobierno de Bennett no deja en evidencia una diferenciación de importancia frente a la administración Netanyahu. 

Es decir, el conflicto político y bélico con la teocracia de Irán, con la dictadura sangrienta de Siria y con el brazo armado del shiísmo libanés Hezbollah, continúa y corre riesgo de agravarse ante el avance nuclear iraní.

En la vereda de enfrente, buenas relaciones en distinto grado con las monarquías árabes del Golfo, en particular Baréin y Emiratos Arabes, con Jordania, con Egipto, Marruecos y Sudán. Relaciones que comenzaron bajo los auspicios del expresidente norteamericano Donald Trump, amigo especial del exprimer ministro Netanyahu.

La cuestión palestina

Ocurrió el pasado 23 de enero de 2022. A través de Twitter, el ministro de Asuntos Civiles de la Autoridad Nacional Palestina, Hussein Al-Sheikh, mantuvo una reunión con el ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Yair Lapid. Un mes antes, en Jerusalén, el presidente palestino Mahmud Abbas visitó al ministro de Defensa israelí, Benny Gantz.

¿Se trata de un cambio de la posición israelí sostenida durante la administración Netanyahu? ¿Retoman vigor los acuerdos de Oslo de 1993 acerca de la creación de un Estado Nacional Palestino en Cisjordania y Gaza? ¿Finaliza la política de asentamientos de colonos en Cisjordania?

Nada de eso. La derrota de Netanyahu en la lucha por retener el poder, no impide su victoria “póstuma” respecto de la tesis del Gran Israel que liquida cualquier pretensión palestina de un Estado independiente.

Una victoria póstuma que aceptan y hasta festejan quienes desalojaron al antiguo primer ministro. Es decir, el derechista Bennett y el centrista Lapid. Sencillamente, porque la tesis de un Gran Israel que sume a Cisjordania, a las alturas del Golán, a una franja en el extremo sur del Líbano, aunque no a la Banda de Gaza, ya no resulta impensable.

En todo caso, falta decidir que tipo de Estado representaría ese Gran Israel. ¿Religioso? ¿Sionista? ¿Laico? Sobre esta cuestión, lejos se está de un acuerdo. Precisamente, despejar el horizonte político fue la razón que impulsó el octogenario presidente Abbas a visitar el domicilio del ministro Gantz.

Como se dijo, el actual Gobierno israelí sigue los pasos del anterior en la cuestión palestina. O sea, conversaciones y colaboración sobre seguridad y economía. Nada, cero en materia política. Se trata de avanzar para evitar un nuevo estallido como el de mayo de 2021, algo que los responsables palestinos imaginan como muy probable e inmediato.

Abbas no fue solo a casa de Gantz. Sus acompañantes fueron el nombrado Hussein Al-Sheikh, responsable de la colaboración en materia de seguridad con Israel y Majed Faraj, el jefe de los Servicios de Inteligencia palestinos. Fácil es deducir, por tanto, que el tema tratado fue la seguridad.

Es que la Autoridad Nacional Palestina cayó en un desprestigio nunca visto. Ya casi nadie cree en Cisjordania en su capacidad para alcanzar un estado independiente. Soltada su mano por las monarquías petroleras del Golfo que antes la financiaban, es percibida por sus ciudadanos como un simple sustituto del ocupante israelí. 

Imaginar un escenario de radicalización, particularmente juvenil, encabezada o aprovechada por el Hamas -islam político- que gobierna Gaza en detrimento de la Autoridad Nacional Palestina, lejos está de parecer improbable.

Del lado israelí, solo 40% de la población, según una encuesta de la Universidad de Tel Aviv, sostiene aún la solución de dos estados: uno israelí, el otro palestino. El mismo sondeo indica que 75% no siente ni “culpabilidad”, ni “vergüenza” por el control militar de los palestinos de Judea y Samaria, es decir de Cisjordania.

Hasta la fecha y desde 1967 cuando Cisjordania fue ocupada militarmente, tras la Guerra de los Seis Días, los sucesivos gobiernos solo mostraron interés en proteger y asegurar el bienestar de los colonos que, legal o ilegalmente, se radicaban en los territorios ocupados. Hoy, resulta imprescindible atender e impulsar la economía palestina para evitar estallidos. 

Así lo entiende la administración demócrata del presidente Joe Biden, a gusto con la coalición de partidos que desalojó a Netanyahu considerado como “demasiado amigo” del expresidente Trump. Tres son las premisas que impulsa el Departamento de Estado norteamericano: reducir el conflicto, mejorar la vida de los palestinos y evitar una nueva guerra en Gaza.

Como se ve, del Estado Palestino independiente nadie se acuerda.

Los árabes de Israel

Tampoco se acuerdan los árabes -ni los drusos- que viven dentro de las fronteras originarias del Estado de Israel. Los drusos, pueblo musulmán no árabe, incluso forman parte del Ejército israelí.

En cuanto a los árabes, el simple hecho de llamarse a sí mismos árabes los diferencia de aquellos que se declaran palestinos. ¿Quiénes son estos árabes? Aquellos que no emigraron, ni abandonaron sus propiedades cuando en 1948 fue creado el Estado de Israel.

Fue el 15 de mayo de 1948 cuando expiró el Mandato Británico sobre Palestina tras el acuerdo de las Naciones Unidas para partir en dos el territorio ocupado. Por un lado, un Estado judío sobre 55% de la superficie y, por otro lado, un Estado árabe sobre el resto del territorio con la excepción de la internacionalización de Jerusalén y de Belén.

Ese mismo día, Egipto, Irak, Líbano, Siria y Jordania iniciaron la invasión con sus Ejércitos apoyados por voluntarios libios, saudíes y yemeníes. Al cabo de diez meses, los ejércitos árabes fueron vencidos por el nobel ejército israelí constituido sobre la base de las milicias que combatían a los árabes antes de la independencia.

Se dio entonces la “Nakba” -en lengua árabe, la catástrofe-, término con que los residentes árabes de Israel emigraron -voluntaria o forzosamente- hacia los países árabes circundantes. Esos árabes y sus descendientes que vivieron y aún viven en campamentos de refugiados son quienes se auto denominan palestinos. 

Por su parte, los árabes de Israel suelen, en parte, simpatizar con la causa palestina. Solo en parte, ya que no son pocos quienes se sienten relativamente cómodos dentro del Estado judío en función de las condiciones de vida mucho más favorables que en Gaza, Cisjordania o en los estados árabes vecinos.

Tan es así que, en las últimas elecciones israelíes, votaron por la Lista Arabe Unida que dirige Mansour Abbas, un odontólogo que, además de árabe, habla hebreo e inglés, y que no teme afirmar que Israel es un Estado judío y así continuará, mientras la población árabe resulte minoritaria. Hoy, abarca 20% del total de los habitantes de Israel.

¿Qué pretende Mansour? Mejorar las condiciones de vida de los árabes israelíes que conforman su electorado. Básicamente, el reconocimiento legal de las aldeas beduinas del desierto del Néguev, la lucha contra la criminalidad que flagela los barrios árabes de las ciudades, la obtención de permisos de construcción y la inversión en escuelas.

En síntesis, un programa ambicioso que nada dice sobre los territorios palestinos, ni sobre sus pobladores. Es que Mansour y sus votantes -obtuvo cuatro escaños en la Knesset en las elecciones del 2019- apuntan no solo a mejorar la vida de los árabes de Israel. También, y como objetivo a largo plazo, pretenden un Israel laico donde convivan árabes y judíos.

Y en este punto, aunque con distintos objetivos coincide con la idea del Gran Israel o el Israel Histórico. Una idea que cala cada vez más hondo, dentro y fuera del país. En cuyo caso, la discusión de mañana será si ese Gran Israel deberá ser religioso o laico.

Los árabes de afuera

Mientras tanto, las relaciones exteriores israelíes muestran cambios sustanciales, en particular en la vinculación con el mundo árabe. No de todo el mundo árabe, pero de buena parte de él. A la fecha, funcionarios israelíes de alto nivel se trasladan a capitales del Golfo Pérsico y al Africa del Norte, son recibidos por sus pares locales y firman convenios de cooperación.

Por supuesto que el principal aliado del Estado judío es Estados Unidos, aunque la relación no parece tan estrecha como lo fue, en su momento, aquella que sostuvieron el expresidente Trump con “Bibi” Netanyahu.

Hoy, el presidente Biden mantiene cierta distancia con el primer ministro Bennett y viceversa. Primero porque la actual administración norteamericana no tiene del todo clara la idea del Gran Israel. Más aún, le gusta poco y nada. Siente cierta nostalgia por los Acuerdos de Oslo de 1993 sobre la creación de un Estado palestino. Y desconfía de Bennett.

Tal vez allí debe buscarse la causa por la cual el Gobierno israelí no mostró un entusiasmo militante respecto de la invasión rusa sobre Ucrania, en sintonía con el resto del Occidente político. Es más, ofreció sus oficios de buena voluntad para mediar entre las partes.

Algún memorioso podrá recordar que fue la Unión Soviética el país que más apoyó la creación del Estado de Israel y la partición de Palestina en 1948. No obstante, tras aquel momento, los gobiernos rusos siempre favorecieron a los países árabes enfrentados con Israel.

Actualmente, los rusos no solo apoyan, sino que combaten en Siria con sus unidades aeronavales, en colaboración con el dictador Bashar Al-Assad contra los rebeldes del norte del país. Y Siria es un enemigo manifiesto de Israel.

Si la actitud israelí frente a Rusia y Estados Unidos aparece como “más equilibrada” es escaso el margen de elección. Ocurre que el principal enemigo para los israelíes es el Irán teocrático, del que los sirios son casi vasallos, al menos mientras dure la guerra civil y del que los libaneses del Hezbollah chiita, son un brazo armado.

Absoluta coincidencia pues entre Estados Unidos e Israel salvo que un nuevo acuerdo nuclear con Irán acabe por concretarse, en cuyo caso de manera inversamente proporcional crecerá la desconfianza israelí y la amenaza de un eventual ataque sobre las instalaciones atómicas de la dictadura teocrática de los ayatolas. 

Precisamente, es el constante enfrentamiento con Irán, Siria y el Hezbollah el elemento que posibilita la nueva y amistosa relación con los países árabes denominados moderados, quienes no parecen “sonrojarse” ante la idea del Gran Israel.

Hablamos de Marruecos por cuyas calles ya pasean los turistas israelíes, muchos de ellos de origen marroquí. De Egipto, a esta altura un viejo aliado. De Jordania, otro viejo aliado. De Sudán que intenta con altibajos recomponer sus relaciones con Occidente. Hablamos de los Emiratos Arabes y de Baréin. Hablamos de Arabia Saudita, por ahora, detrás de bambalinas.

Hacia sus capitales vuelan o concurren el nuevo presidente de Israel, el laborista Isaac Herzog, el primer ministro Bennett o el ministro de Relaciones Exteriores Lapid. En todas ellas son recibidos con honores militares y tratados como amigos.

En el medio, ni muy enemigo, ni muy amigo, se ubica el islam político que gobierna Turquía -país musulmán no árabe- y Catar. Ahora bien, ninguno de todos los mencionados sostiene ya la causa palestina como en el pasado, a excepción de Argelia donde el otrora izquierdista e independentista Frente de Liberación Nacional continúa gobernando el país.

Lejos de dormirse sobre los laureles, la diplomacia israelí profundiza su relación con los países africanos. El debate acerca de su estatus de observador en el seno de la Unidad Africana así lo demuestra, tras dos décadas de rechazo.

Casi tres cuartos de siglo tras su fundación, el Estado de Israel aparece no solo como interlocutor válido para los países occidentales, sino como un socio en ciernes para algunos países árabes y africanos.

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