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Tensiones

Irán: entre la responsabilidad por la puñalada a Salman Rushdie y la amistad con Putin

El régimen teocrático de los ayatolas salió a desmarcarse del atentado contra el escritor indio, nacionalizado británico, Salman Rushdie

Rushdie publicó “Los versos satánicos” en 1988, novela que trata, en parte, aspectos de la vida del profeta islámico Mahoma
Rushdie publicó “Los versos satánicos” en 1988, novela que trata, en parte, aspectos de la vida del profeta islámico Mahoma
Luis Domenianni Luis Domenianni 22-08-2022
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Presuroso, el régimen teocrático de los ayatolas salió a desmarcarse del atentado que un ciudadano libanés llevó a cabo, apuñalamiento mediante, contra el escritor indio, nacionalizado británico, Salman Rushdie, en una pequeña ciudad -Chautauqua- del Estado de Nueva York, en Estados Unidos.

En rigor, se trata, más vale, de un intento de demarcación. Como si la historia comenzase en ese momento, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní puntualizó que no existe ninguna vinculación entre el agresor y que nadie “cuenta con el derecho de acusar a la República Islámica de Irán”.

Inmediatamente agregó, en el extremo del descaro, que “en ese ataque solo Rushdie y sus partidarios merecen ser repudiados y aún condenados”, para justificar que “al insultar las cosas sagradas del islam, Rushdie se expuso a la cólera y a la rabia de la gente”.

Es más, como para que no queden dudas, el diario ultraconservador que suele reflejar el pensamiento del “guía supremo” de la revolución iraní, ayatolá Alí Jamenei, calificó al atacante Hadi Matar (24 años) de “persona con coraje y consciente de su deber que atacó al apóstata y vicioso (sic) Salman Rushdie”.

Otro diario conservador iraní fue aún más allá, al vincular el atentado con Estados Unidos para “probablemente propagar la islamofobia en el mundo”. Viejo como el mundo, el culpable culpabiliza a los demás.

Rushdie publicó “Los versos satánicos” en 1988, novela que trata, en parte, aspectos de la vida del profeta islámico Mahoma. En particular, las revelaciones que le formulara el Arcángel Gabriel reflejadas en el Corán, el libro sagrado del islam.

El libro fue prohibido en Irán y un año después, instalado en el poder, el ayatola Ruhollah Jomeini, el entonces guía supremo, dictó una “fatwa” -condena- que habilitaba a cualquier musulmán a atentar contra la vida de Rushdie en cualquier parte del mundo. 

Esa “fatwa” está en plena vigencia. Nunca fue derogada. Es más, premia con una recompensa de US$ 2,8 millones a quién ejecute a Rushdie. Pero, además, hace extensiva la “condena” a muerte a todos aquellos que colaboraron con el literato anglo-indio. 

Así, perdió la vida el traductor japonés de “Los versos satánicos” Hitoshi Igarashi y fueron atacados el traductor italiano Ettore Capriolo y el editor noruego Wiliam Nygaard.

Sin dudas, directa o indirectamente, el Gobierno iraní está detrás, “fatwa” mediante, del reciente atentado contra Rushdie. Peor aún, su ambivalencia -yo no fui, pero lo aplaudo- es una actitud felona de quien impulsa a otro a cometer un acto de extrema gravedad sin reconocer su responsabilidad y, entre elogios, lo abandona a su suerte. 

Por otra parte, el atentado contra Rushdie no constituye un hecho aislado. Forma parte de la constante violación de los derechos humanos que lleva a cabo el régimen de los ayatolas. 

Los casos sobran. El más reciente: la pena de seis años de prisión para el cineasta, opositor al régimen, Jafar Panahi. Su delito: la denuncia formulada, junto con otros cineastas también detenidos, mediante una carta abierta, por el arresto de varios colegas y la represión contra las manifestaciones prodemocracia y opositoras al régimen.

O el caso del excandidato presidencial reformista Mohamad Tajzadeh, que ya lleva más de un mes de detención provisoria acusado por “colusión contra la seguridad del Estado” y por “propaganda contra la República Islámica”. Tajzadeh ya purgó una pena de prisión de siete años motivada por “propaganda contra el sistema”.

Protestas y represión

El 18 de junio de 2021, Ebrahim Raisi resultó electo presidente de Irán y el 3 de agosto del mismo año fue entronizado por el guía supremo Alí Jamenei, requisito sin el cual la elección popular no cuenta con ninguna validez.

“Electo” es casi un eufemismo. La totalidad de las candidaturas reformistas y la mayoría de las conservadoras fueron rechazadas por el Consejo de los Guardianes de la Revolución en la intención de entronizar al jefe de la autoridad judicial del país, el citado ultraconservador Ebrahim Raisi.

La ruptura de la fachada democrática que cubría la teocracia iraní se debió probablemente a la necesidad de organizar una sucesión para el ayatola Jamenei que ya cuenta con 83 años. Bien puede ser Raisi, el beneficiado. Por supuesto que semejante manipulación electoral determinó que más de la mitad de los iraníes no concurriesen a votar.

El nuevo presidente es, en realidad, un represor. Legal, si se quiere, pero un represor al fin. A los 28 años -ahora cuenta con 61- fue uno de los cuatro jueces que sentenciaron a penas capitales a aproximadamente 30.000 personas durante cinco meses de 1988. Ese conjunto de cuatro jueces es conocido en Irán como el Comité de la Muerte.

En mayo pasado, estallaron en varias ciudades iraníes protestas populares a partir de la eliminación de las subvenciones estatales para los precios de la harina y el aceite de cocina. Resultado: varios productos de consumo masivo como el pan, las pastas, los huevos, la carne y los lácteos vieron sus precios multiplicados hasta por tres.

Semejante estado de cosas impulsó a los iraníes a protestas en las calles. Primero en el sur y el oeste del país, particularmente en la región de Juzestán. Luego, se extendió a diez provincias. De protesta por el alza de precios, la protesta derivó en cuestionamiento para Jamenei y hasta de reivindicación de la dinastía Pahlevi, la del sha depuesto en 1979.

Según Human Rights Watch, al menos cinco personas murieron por la represión con gases lacrimógenos y balas reales llevada a cabo por los bassidji, los “voluntarios islámicos”, voluntarios que cobran del Estado. Es decir, parapoliciales. Allanamientos y arrestos, a la orden del día.

Un tercio de los iraníes vive en la actualidad con ingresos por debajo de la línea de pobreza. La mala gestión económica y la corrupción endémica determinan una inflación que ya supera el 54%, anualizada a julio.

Por supuesto y para no variar, al ayatola Jamenei no se le ocurrió otra cosa que echar toda la culpa del desastre a los... Estados Unidos. Y, entonces, desarrolló toda una teoría sobre un sórdido complot para manipular a la “nación iraní” contra la Revolución Islámica.

Como siempre, la culpa es de los demás. Se trate del petróleo robado, el 27 de mayo de 2022, a dos buques griegos tras su captura en el Golfo Pérsico convertido en un acto heroico de “los bravos soldados de la República Islámica” o se trate de la carestía de la vida por culpa del embargo norteamericano.

O del derrumbe de un edificio que causó la muerte de 33 personas en la ciudad de Abadán cuyo propietario “eludió” el permiso para construir seis pisos en cuyo lugar levantó diez. Típico caso de corrupción, solo que el propietario aparece como muy próximo a figuras encumbradas del régimen. Antes un “amigo”, ahora se trata de echarle toda la culpa.

Nuclear

En 2015, Irán firmó un pacto con las potencias nucleares reconocidas (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido) más Alemania que consistía en la regulación del programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de las sanciones occidentales.

Un pacto que, como todo pacto, depende de la voluntad de cumplimiento que sus signatarios están dispuestos a respetar.

El programa nuclear iraní abarca varios sitios de investigación, una mina de uranio, un reactor nuclear y algunas instalaciones de procesamiento que incluyen una planta de enriquecimiento del uranio.

Ahí reside el quid del asunto, en la planta de enriquecimiento. Y es que el enriquecimiento del uranio que se logra mediante su centrifugación en instalaciones preparadas al efecto es la materia prima para su uso militar.

Por supuesto que Irán jura y perjura que no tiene otro interés que el científico y que el empleo pacífico de la energía nuclear. Primera contradicción, ningún país que emplee con fines pacíficos exclusivos la energía nuclear, enriquece el uranio.

Tras la firma del acuerdo en 2015, el espionaje israelí y el saudita, por vías separadas, llegaron a la conclusión del objetivo militar nuclear del régimen de los ayatolas. Estados Unidos, presidido por aquel entonces, por Donald Trump, decide retirarse del acuerdo y reanudar las sanciones contra el Irán.

Hay que descartar a China y Rusia, con regímenes autoritarios siempre dispuestos a cerrar filas con los enemigos de las democracias occidentales y, por tanto, ambos amigos de los ayatolas.

En cuanto a los tres europeos, ya casi es tradición mantener una calma que raya en la temeridad frente a los autoritarios. Más aún cuando dichos autoritarios son poderosos. Pasa en Ucrania, también frente a Irán. Además, ante un eventual corte en el suministro de petróleo ruso, los europeos muestran un interés creciente en el crudo iraní.

De allí, el recomienzo de las negociaciones en Viena, Austria, a principios de agosto 2022 y la redacción de un nuevo texto por parte de la Unión Europea (UE) que no forma parte de la negociación, aunque Alemania y Francia sí forman parte y el Reino Unido abandonó la UE y estrechó sus lazos con Estados Unidos.

Los iraníes aún no contestaron y no parecen tener apuro en hacerlo. Entre otras cosas, porque luego de la salida de Estados Unidos, Irán adelantó su programa. Según los cálculos de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), el país cuenta ya con más de 43 kilogramos de uranio enriquecido al 60%.

El acuerdo del 2015 preveía un máximo de 3,67% para el enriquecimiento del uranio. Según los expertos, para fabricar una bomba nuclear hace falta uranio enriquecido al 90%. Irán no está lejos. Más aún si se tiene en cuenta el secretismo que rodea la cuestión. Aunque, según el espionaje israelí, ya está en condiciones de fabricar tres bombas atómicas.

Rusia y los demás

El 15 de agosto, en el Fuerte Terepaima de la ciudad de Barquisimeto, Venezuela, tuvo lugar la ceremonia de apertura de los Juegos Militares (deportivos) de los que participan una treintena de países. Entre ellos, además del local, Rusia, China, Irán, Cuba, Birmania, Bolivia y hasta Abjasia, territorio separatista de Georgia, alineado con el presidente ruso Vladimir Putin.

Obviamente, el todo financiado por Rusia y China y su cruzada contra Occidente. Irán no podía faltar, claro. Pero la “unión” entre la cristiana ortodoxa Rusia y el islam chiita iraní va más allá de unos juegos deportivos militares y avanza a paso veloz.

Por ejemplo, el lanzamiento del satélite ruso-iraní Khayyam desde el cosmódromo de Baikonur, ubicado en Kazajistán, base de despegue para todos los artefactos espaciales rusos, el 10 de agosto de 2022. Como todo el mundo puede suponer, se trata de un satélite ruso “operado por la agencia espacial iraní”. Es decir, pintado con los colores de Irán.

Oficialmente, el Khayyam, bautizado así en honor al sabio y poeta persa del siglo XII Omar Khayyam, es definido por el Gobierno iraní como un satélite de telecomunicaciones destinado a fines comerciales.

Una visión que no comparte el gobierno norteamericano. Para el Departamento de Estado de Estados Unidos, el programa espacial iraní asociado con Rusia y el lanzamiento del Khayyam, no es otra cosa que la puesta en órbita de un satélite espía. Algo que el presidente Putin niega.

Unos días antes, el 20 de julio del 2022, en Teherán, el presidente Ebrahim Raisi recibió con bombos y platillos a su colega Putin y al presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Oficialmente, se trataba de discutir la salida o la continuidad de la guerra en Siria, donde los dos primeros apoyan al régimen dictatorial del presidente Bashar Al-Assad.

En verdad, el tema que más se trató fue el de la guerra en Ucrania, en particular, la liberación del Mar Negro para el transporte de cereales ucranianos y la eventual provisión de drones militares de precisión iraníes, como el Shahed-191 y el Shahed-125 para Rusia, que no está en condiciones de fabricarlos y que sufre la precisión de los drones turcos que utiliza Ucrania.

Tanto para Putin como para Raisi, el encuentro permite intentar mostrar una reducción del aislamiento que los rodea. De allí, la importancia de la presencia del poco previsible presidente turco.

De paso, cada uno de los participantes avanzó sus peones. Del lado iraní, el anuncio con gran pompa de la firma de un protocolo por valor de US$ 40.000 millones entre el gigante petrolero ruso Gazprom y la compañía estatal iraní NIOC. Consiste en la explotación de varios campos petroleros y en la modernización de infraestructuras iraníes.

Al recibir a Putin, el ayatolá Jamenei justificó la invasión a Ucrania como preventiva, porque en caso contrario “el otro campo hubiese provocado una guerra”. Textual, relato y cinismo al extremo.

Para endulzar más aún a su visitante ruso, Jamenei abogó por el reemplazo del dólar norteamericano en las transacciones internacionales propuso el intercambio en monedas locales. Un punto particularmente sensible para un Putin que reclama que los pagos para las exportaciones rusas de gas y petróleo se lleven a cabo en rublos.

El punto también subyugó al presidente Erdogan. Solo que hubo un detalle que pone en riesgo la iniciativa antidólar: la inflación turca fue, anualizada a junio pasado, fue del 78,6%; la de Irán, anualizada a julio, fue del 54% y la de Rusia, en desaceleración, anualizada a junio, fue del 15%.

¿Quién quiere como reservas monedas que se desvalorizan significativamente? Obvio, nadie.

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