El Economista - 70 años
Versión digital

mar 16 Abr

BUE 16°C
Aniversario

El FMI y el desafío de reinventarse para no seguir perdiendo prestigio

Este 1° de marzo, se cumple un nuevo aniversario desde que el Fondo Monetario Internacional entró en funciones en 1947. Sin embargo, 77 años después de ese suceso, el Fondo parece estar en un momento de debilidad que pocas veces se ha visto a lo largo de su historia.

El FMI y el desafío de reinventarse para no seguir perdiendo prestigio
01 marzo de 2024

Con una deuda de unos US$ 44.000 millones con el FMI, la situación es casi crítica para el gobierno de Javier Milei, que, a partir de 2025, seguramente deberá hacer malabares para realizar los pagos correspondientes. 

Pero, más allá de que el FMI es más que conocido en Argentina, y pese a contar con sus defensores y detractores, en un nuevo aniversario de su entrada en funciones es bueno analizar en qué situación se encuentra este organismo a nivel global.

Aunque, formalmente hablando, el Fondo Monetario Internacional fue creado en diciembre de 1945, en realidad, entró en funciones el 1° de marzo de 1947, hace ya 77 años. 

Su gestación ya había comenzado en 1944, cuando el mundo aún estaba en plena Segunda Guerra Mundial, aunque el triunfo occidental era prácticamente  un hecho. 

En ese momento, en el marco de una conferencia en la ONU, los representantes de 44 países se reunieron en la localidad de Bretton Woods, en el estado de Nuevo Hampshire. 

Conscientes del nivel de destrucción y crisis generado por la guerra, los países buscaban promover un contexto favorable desde lo económico para reconstruir el mundo. Además, teniendo en cuenta lo que había sucedido en las décadas anteriores, se intentaba evitar devaluaciones que elevaran las tensiones entre los países. 

En ese marco, se creó el FMI con el objetivo de sostener la estabilidad de la "moneda mundial", lo que en otras palabras significaba garantizar pagos y tipos de cambios que permitieran las operaciones transnacionales. 

Así, con la intención de no repetir las políticas financieras de la primera posguerra, que desembocaron en la Gran Depresión de 1929, el FMI tuvo como misión contribuir con los países que registraban déficits en su balanza comercial para que pudieran resolverlos adecuadamente. 

Cómo trabaja el FMI

Con sede en Washington, el FMI cuenta con la participación de 190 países y, más allá de evaluar las economías naciones, también es un prestador de divisa, las cuales responden a necesidades de los gobiernos de equilibrar o resolver lo que se denomina "balanza de pagos". 

En otras palabras, tal como sucedió durante el gobierno de Mauricio Macri, el dinero se utiliza pagar deudas que se pueden generar por malas administraciones.

Sin embargo, dicho dinero no llega sin condicionamientos: el Fondo a cambio exige que el país acepte implementar medidas económicas impuestas por el organismo.

Y aquí es donde comienzan los problemas, ya que los críticos del Fondo consideran que sus políticas globales determinan una preponderancia de los países desarrollados en desmedro de los subdesarrollados. 

Las críticas contra el Fondo 

En primer lugar, la principal crítica en contra del Fondo es que constituye un organismo que "responde a los intereses de EE.UU.". 

Esto se debe a que el reparto de votos interno está basado en el tamaño y la "apertura" de las economías de los países, favoreciendo a países como Japón, Alemania y China, pero principalmente a EE.UU., que es el único con derecho de veto. 

Por su parte, los países en vías de desarrollo, que en general son los que reciben los préstamos, casi no tienen representación en los procesos de toma de decisiones. 

A esto se suma el "acuerdo de palabra" entre EE.UU. y Europa, que acordaron que el FMI y el Banco Mundial estén liderados por un ciudadano europeo y uno estadounidense, respectivamente.

Además, otra de las grandes críticas es que las condiciones de la política económica que promueve el FMI socava la soberanía de las naciones prestatarias, debido a que esto limitar su capacidad en la toma de decisiones políticas y erosiona su control sobre las estrategias de desarrollo nacional. 

En este sentido, también se critica duramente que las recomendaciones incrementan la brecha entre ricos y pobres, ya que, para sanear el gasto público, los grandes recortes apuntan a las políticas sociales.

En diálogo con El Economista, Jimena Domínguez, Magíster en Relaciones Internacionales y profesora universitaria de Organismos Internacionales, explica que a "las instituciones hay que entenderlas en su contexto, tanto de creación como corrientes. El FMI es una institución hija de Bretton Woods, cuya génesis y función original no era la actual". 

"Cualquier imagen de este tiene que estar ligado a comprender que las instituciones creadas en la inmediata posguerra obedecían a una configuración del mundo distinta a la actual. Ello supone una tensión de base que afecta al FMI y a otras instituciones de la época. No afirmaría categóricamente debilidad ni pérdida de credibilidad dado que, a hoy, no tiene un competidor en capacidad de préstamo", agrega. 

Sin embargo, Domínguez considera que "la crítica o controversia en torno a su metodología de corte ortodoxa a la hora de intentar corregir los desequilibrios no es una novedad. Es una crítica recurrente en los últimos 30 años". 

Por ello, para la experta, "aquellos que se encuentran en medio de un programa deben saber aprovechar esa tensión subyacente porque otorga posibles espacios de indulgencias en forma de renegociaciones, modificaciones de plazos, etc. que no hubiesen existido en otro escenario". 

China, la gran preocupación 

Ante esta situación, cansados de las imposiciones y el "moralismo" del Fondo, muchos países han comenzado a buscar préstamos en otros lados, como es el caso de China, quien no exige reformas económicas a cambio. 

Para 2019, el año previo al inicio de la pandemia del coronavirus, los préstamos directos y créditos comerciales de China habían pasado de ser casi cero en 1998 a más de US$ 1,6 billones, cifra que equivalía al 2 % del PIB mundial.

Dentro de esta cifra, se encuentra la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, en la cual 151 países han recibido unos US$ 900.000 millones. Pero el Gigante Asiático no solo es un importante prestamista, sino que también rescata países, ya que ha otorgado US$ 240.000 millones de financiamiento de emergencia en los últimos años.

Por ejemplo, en 2021, China brindó US$ 40.500 millones en préstamos de este tipo a países en apuros, mientras que ese mismo año el FMI prestó US$ 68.600 millones.

Al respecto, para Domínguez, "la capacidad de préstamo es distinta. Institucionalmente, el New Development Bank no tiene en la actualidad la misma capacidad para otorgar financiamiento. A nivel bilateral, los acuerdos con China conllevan obligaciones al igual que cualquier otro contrato, sea en forma de swap, plan de inversión, etcétera".

"Si se plantease una competencia entre instituciones con la misma capacidad, quizás podríamos pensar en quien ofrezca las mejores condiciones, en el punto actual la competencia es más ideológica que financiera", añade. 

EE.UU. toma la posta

Pero, aunque desde Pekín defienden su accionar, en Occidente acusan al Gigante Asiático de brindar "prestamos coercitivos", ya que, cuando muchos países no pueden devolver el dinero, China se niega a reestructurar las deudas y se termina quedando con la infraestructura que se produjo con él en esos territorios. 

Por ello, ante esta situación, a fines de 2023, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, propuso en la cumbre del G20 una reforma del Banco Mundial y el FMI para ofrecerles a las economías en desarrollo una alternativa. 

Biden defendió la modernización del FMI y el BM con el fin de ofrecer a los países en desarrollo "préstamos transparentes" y de "alta calidad" para volver a convertir a estas entidades en los principales acreedores del "Sur Global".

Por el momento, centrado en su campaña presidencial, Biden no ha profundizado mucho más con la idea. Sin embargo, en el caso de ser reelecto, el líder demócrata sabe que tiene gran trabajo que hacer si no quiere que el FMI continúe desprestigiándose, tal como sucede en Argentina.

Consultada sobre esto último, Domínguez manifiesta que "Argentina es parte de la institución desde 1956 y en ningún momento planteó abandonarla, aun cuando no tuviese programas vigentes. Ello obedece al componente a que la pertenencia y relación con la misma también implica una pertenencia a una configuración particular de la política internacional". 

"La relación no es solamente de Argentina con una institución multilateral de crédito, sino con una visión particular de la política internacional que, como todo en una realidad anárquica, implica sus costos y sus beneficios. Hasta hoy, los beneficios de pertenecer a la misma han opacado los costos; de lo contrario, no tendríamos motivo para continuar siendo parte", sentenció. 

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés