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Dolarización o economía bimonetaria (no) es la cuestión

Sólo cuando se despeje del horizonte la probabilidad de una nueva crisis cambiaria, podremos aspirar a desactivar el carry trade, la dolarización de carteras, la fuga y cualquier otro mecanismo defensivo perfeccionado al calor de la "cultura" bimonetaria.

Dolarización o economía bimonetaria (no) es la cuestión
Agustín Kozak 19 mayo de 2023

Marcelo Diamand advertía que el extravío conceptual que inspira la política económica explica nuestra incapacidad para despegar. 

Aquí intentaré mostrar dos cosas. La primera es que partiendo de diagnósticos erróneos, las propuestas resultantes son contraproducentes. La segunda es que el extravío conceptual es tal que espacios antagónicos hacen recomendaciones, en esencia, similares.

La rampante inflación es el principal problema a resolver. Atrás quedaron los días en que algunos la justificaban como un subproducto del crecimiento. Todo el arco político coincide en que, en estos regímenes, la inflación daña el nivel de actividad de corto plazo, las capacidades productivas de largo, el salario real y la distribución del ingreso.

No sorprende que, en plena campaña, la política ensaye diversos abordajes para lidiar con ella. Lo que asombra es cómo facciones antagónicas, partiendo de distintas concepciones del fenómeno inflacionario, llegan a propuestas convergentes... y nocivas.

En un extremo, la dolarización. Cómo política anti-inflacionaria busca forzar el equilibrio fiscal. Hay que disciplinar al gobierno quitándole el respirador del BCRA. Sí la inflación es un fenómeno monetario, destruyamos la moneda. Muerto el perro, se acaba la rabia. Varios problemas.

Desde el punto de la estabilización macro, impone un esquema extremo de fijación cambiaria. Como el tipo de cambio es inflexible, ajustan las cantidades (empleo y actividad) o precios internos (salarios). La economía queda entonces expuesta a shocks externos (devaluación de Brasil, sequía, precios internacionales); y la somete a la política monetaria de EE.UU. (cuando la Fed aumenta la tasa, Argentina perderá competitividad).

Por supuesto hay consecuencias productivas. Primero, el costo eventual de la mayor volatilidad macroeconómica, es el deterioro de capacidades de largo plazo. Segundo, más concentración y primarización de las exportaciones, aumentando la dependencia respecto de los sectores tradicionales. Tercero, la sustitución de producción doméstica por importaciones. Anotemos también la centralización territorial en torno a núcleos productivos, más resilientes ante las crisis.

Por el lado del frente externo, el deterioro de la Cuenta Corriente podrá ser compensada transitoriamente con endeudamiento externo. Luego, el ajuste social será inevitable.  Es que la dolarización tiene fuertes implicancias distributivas: atiza el conflicto entre la competitividad internacional y el salario, ya que el tipo de cambio deja de mediar entre el mercado externo y el laboral. Fuerza la productividad, podrá defender alguien. Sí, aunque ello implique sangre, cuando el sudor y lágrimas no alcancen.

En el otro extremo, la "cultura" bimonetaria. Un enfoque según el cual la escalada de precios es consecuencia del ajuste periódico del BCRA del tipo de cambio, lo que impone un piso alto de inflación. Desde esta perspectiva, la utilización del dólar como ancla es clave para desactivar las expectativas inflacionarias en el marco de una sociedad acostumbrada a pensar en términos de la divisa.

Esta perspectiva tiene el mérito de reconocer que la dolarización (de facto) es disfuncional para el desarrollo económico. Pero parece despreocuparse de los orígenes de tal "cultura", como si estuviera en nuestro ADN. 

La "cultura" bimonetaria es, en realidad, un conjunto de comportamientos defensivos internalizados en las reglas de juego para preservar nuestro patrimonio ante crisis recurrentes. Es la respuesta de la sociedad a la incapacidad del gobierno para proveer un bien público esencial: la estabilidad macroeconómica. No tiene una raíz genética, sino institucional. 

Subyace a esa inestabilidad las fijaciones cambiarias, tan vitoreadas por los enfoques de la "dolarización" y de la "cultura bimonetaria", que devienen en atrasos, que al margen de destruir el aparato productivo, terminan en agotamiento de reservas internacionales, endeudamiento externo y fuga de capitales que ningún cepo puede contener. Finalmente una devaluación violenta arrasa con la riqueza de los argentinos imprudentes. 

Cada nueva crisis refuerza esas conductas defensivas. Emerge un nuevo conjunto de reglas de juego aún más disfuncional para el desarrollo. Suele denominarse "ciclos de marcha y contramarcha" a estos episodios de crisis y recuperación. Este rótulo se queda corto. Parecería ser que quedamos atrapados o estancados en el mismo lugar. No es así. La dinámica es la de un espiral descendente.

Acertar el diagnóstico es clave para alejarnos de la decadencia. La idea del déficit fiscal como causa madre del desorden macro es errada. Es atractiva, pero errada. Miremos la experiencia de 2016-2019: reducción del déficit sin emisión, en el marco de metas de inflación. Consecuencias: especulación financiera y fenomenal atraso cambiario. La inflación se duplicó. ¿Lo mismo pero más rápido? ¡No!, no es por ahí.

La restricción externa es el principal límite al desarrollo nacional y también el determinante de la inflación crónica. Si no entendemos esto, estamos condenados no al subi-y-baja, sino al tobogán. El problema argentino es cambiario. Nuestra frondosa historia económica es muy explícita en marcar que el dólar como ancla de inflación termina en catástrofe. También muestra que el ingreso masivo de capitales genera apreciación cambiaria que termina en desestabilización. Eximir al dólar de ser una variable electoralista es un primer paso hacia una estabilidad perdurable. 

Si la restricción externa es el enemigo, la escasez de divisas es la madre de todas las batallas. Dos opciones: o cuidamos los dólares cada vez más escasos, o multiplicamos las fuentes capaces de abastecernos de ellos. Esta segunda parece la salida más sensata. Consiste en diversificar la estructura exportadora.      

Esto implica tener una política de tipo de cambio real competitivo y estable (TCRCyE). En contexto de subdesarrollo, los mercados suelen fallar. Una falencia típica es la de generar una cantidad subóptima de actividades exportadoras. Reconocer un dólar alto es una forma de recompensar el mayor riesgo que conlleva la inversión en tales sectores. Habida cuenta de que estos proyectos tardan en madurar, el nivel del TC es tan importante como su persistencia en el tiempo.

Esto no quiere decir que todos los sectores productivos deban ser beneficiarios del dólar alto. Hay sectores muy generosamente dotados por la naturaleza. Son competitivos a casi cualquier tipo de cambio. La política cambiaria debe equiparar las oportunidades exportadoras. Equidad no es igualdad.

Esta suerte de depreciación compensada puede aún resultar insuficiente para un desarrollo nacional sectorialmente equilibrado y territorialmente integrado. Probablemente se requiera un esquema de TC múltiples que acelere el proceso, redirigiendo la acumulación de capital productivo hacia actividades estratégicas.

Se trata entonces de utilizar la política cambiaria, no para contener la inflación, sino para aumentar el influjo de dólares comerciales. Pocos bienes tan necesarios como el aire, y aún así su obtención no desvela a nadie. La clave es su abundancia. Lo mismo pasa con el dólar: un país que genera más dólares de los que necesita, no estará obsesionado por ellos.

Es cierto que en el cortísimo plazo, las fijaciones del TC pueden planchar los precios. Victoria pírrica. El costo es el atraso, que conlleva la contracción de divisas disponibles, la causa última de la inflación crónica: el riesgo latente de quedarte sin dólares. Combatir eficazmente la inflación requiere más, no menos, exportaciones.

Sólo cuando se despeje del horizonte la probabilidad de una nueva crisis cambiaria, podremos aspirar a desactivar el carry trade, la dolarización de carteras, la fuga y cualquier otro mecanismo defensivo perfeccionado al calor de la "cultura" bimonetaria. También podemos ilusionarnos con repatriar el ahorro argentino en el exterior para canalizarlo a la actividad productiva. La sensación de estabilidad es más efectiva que todos los blanqueos juntos.

Y mientras tanto el debate político parece extraviado. Y es ese extravío lo que explica no sólo nuestra incapacidad de despegar, como decía Diamand, sino también las razones del hundimiento. 

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