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Convertir la debilidad en fortaleza

El actual esquema de 15 dólares es, no sólo engorroso, también perverso: premia a las exportaciones tradicionales y castiga al resto

Convertir la debilidad en fortaleza
Agustín Kozak 24 abril de 2023

Con la campaña electoral lanzada, las propuestas económicas se revelan. La unificación de los dólares goza de transversalidad. Algún matiz respecto del ritmo de convergencia, pero hay consenso en ir hacia un único tipo de cambio.

Y es cierto. El actual esquema de 15 dólares es, no sólo engorroso, también perverso: premia a las exportaciones tradicionales y castiga al resto. Refuerza el patrón primarizado y territorialmente focalizado de la estructura exportadora. Concentra en dos dimensiones: sectorial y geográfica. 

Acentúa la vulnerabilidad a shocks exógenos, de precios y/o clima. Refuerza la conurbación de los polos, reflejo de las oportunidades vitales desplegadas en el territorio.

Una de las praderas más fértiles del mundo a pocos kilómetros del principal puerto de ultramar del país, predispone naturalmente a Argentina a constituirse en un "embudo": 5 provincias concentran 80% de las exportaciones y el complejo oleaginoso-cerealero explica casi el 50% de las ventas externas.

El "dólar soja" reafirma este patrón. El "dólar agro" busca mitigarlo. Pero aunque conceptualmente sea justo y necesario, la decisión fue revisada por su eventual impacto inflacionario. La necesidad tiene cara de hereje.

Dicho impacto es una pequeña muestra de las consecuencias de un sinceramiento cambiario a gran escala, como el que se promete desde los atriles. Hasta qué punto hay espacio para tal corrección en una sociedad golpeada por una inflación galopante, elevados niveles de pobreza y bajos salarios. Lo deseable no suele coincidir con lo posible.

Detrás del "dólar soja" hay mucho más que una meta del acuerdo con el FMI. Está el principal determinante de la estanflación crónica: la restricción externa. Cuando hablamos de las dificultades del desarrollo nacional, Australia y Canadá suelen aparecer como referencias de lo que Argentina pudo, y no supo ser. 

No son ejemplos válidos. No sufrieron la escasez de divisas. Gozaron de dos siglos de déficit corrientes financiados. Una comparación más justa es con los países del Este asiático, que sí saben de carencias de dólares. 

Para combatirla hay dos caminos posibles: o se administra la escasez de divisas o se multiplican las fuentes de abastecimiento. Los asiáticos hicieron esto último. Pero hicieron algo más: convirtieron las restricciones en oportunidades. 

En algún punto de estos procesos de desarrollo basados en exportaciones, sus socios comerciales les impusieron topes. Los gobiernos de Asia administraron estas cuotas otorgándolas, un poco en base al market share conseguidos en el pasado, y otro tanto en virtud a los nuevos nichos conquistados. Así, las empresas fueron inducidas a buscar nuevos y más valiosos mercados.

Volvamos a Argentina. ¿Podemos transformar nuestra mayor debilidad, la restricción externa, en una fortaleza? Más aún, ¿lo podemos hacer sin una fuerte devaluación? Creo que hay una chance que merece ser discutida. 

En un escenario de escasez, el racionamiento es necesario. El cepo es legítimo para priorizar los dólares para la producción. La brecha, en tal contexto, será significativa y perdurable. Argentina está cara al dólar oficial, que registra una apreciación del 40% respecto de diciembre 2019, lo que dificulta la diversificación exportadora. Pero también está baratísima al paralelo: los dólares financieros en torno a $400 son equivalentes al dólar overshooting de salida de la convertibilidad. Una ganga.

Y sí utilizamos esta brecha para promover las exportaciones no tradicionales. Al permitir que determinadas actividades se liquiden a los dólares bursátiles hiper-competitivos, se estimularía la inversión y la producción en esos sectores. La misma mecánica pondría un techo a la brecha, al suministrar una oferta estructural de divisas en los mercados financieros. No se reciente el balance del BCRA. El efecto inflacionario podría ser neutro.

Un aspecto negativo es que el BCRA se perdería de comprar estos dólares, justo cuando más precisa recomponer reservas. Entonces, hagámoslo sobre un conjunto reducido de exportaciones "estratégicas" y por el incremental. 

¿Tiene sentido empezar por actividades que hoy ya se exportan? Sí, porque potenciaremos sectores con probada eficacia. ¿Pero cuales? se me ocurren 4 criterios: 1) producciones en provincias de menor desarrollo relativo; 2) intensivas en mano de obra; 3) con alto contenido tecnológico; 4) a pesar de estar asociadas a las ventajas comparativas, le falta desarrollo. Las actividades privilegiadas deberían cumplir al menos uno.

Hay 15% de las exportaciones que serían "elegibles". Los cultivos regionales de exportación son complejos que satisfacen los dos primeros criterios. El cannabis podría agregárseles. El software, la economía del conocimiento, la biotecnología, las industrias petroquímica y farmacéutica satisfacen el tercer criterio. Los complejos pesquero, porcino, aviar están poco desarrollados y paradójicamente son las proteínas de origen animal más consumidas en el mundo. Criterio 4. Más aún, se podría imponer que para mantenerse en el régimen promocional, las firmas beneficiarias deben cumplir metas de desempeño (inversión, exportación, empleo).

Así, acopiaríamos dólares extras para sostener el nivel de actividad, nutrir las reservas del BCRA y recuperar el prestigio de la moneda nacional. Sólo cuando la expectativa de una crisis de Balanza de Pagos sea borrada del horizonte, podremos aspirar a la repatriación del PIB fugado. No hay blanqueo que valga.

Al mismo tiempo mejoraríamos la composición de las exportaciones, con su ya mencionado alto grado de especialización productiva y concentración geográfica. Visto así, el desafío de integrar productiva y geográficamente al país no pasa por eliminar la debilidad (a partir de una gran devaluación con unificación cambiaria), sino por transformarla en una fortaleza (usando la brecha con un propósito desarrollista).

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