Cisnes negros: ¿pueden las elecciones cambiar las cosas?

29 de marzo, 2021

Cisnes negros: ¿pueden las elecciones cambiar las cosas?

Por Luis Varela

Hace once semanas, cuando extremistas republicanos atacaban el Capitolio, pocos días antes de que Joe Biden destronara a Donald Trump, tres de los principales bancos de inversión del mundo salieron a decir al unísono que durante 2021 el dólar iba a caer 20% contra las principales monedas, que las commodities iban a seguir subiendo y que los activos, las cosas contantes y sonantes eran el único refugio posible para el mundo de las inversiones.

¿Qué ocurrió desde ese momento? Una sucesión de “cisnes negros” (eventos inesperados) provocaron reacciones masivas, sobre todo ahora que todo está a un clic de distancia en los celulares, y desde aquel momento el sube y baja de los precios fue impresionante, pero esencialmente puede decirse, de mayor a menor, que el dólar no solo no bajó sino que subió, los activos se frenaron y según parece las sorpresas recién empiezan.

Los “black swans” no dejan de aparecer. Sólo por citar dos circunstancias de alto impacto pueden destacarse  el portacontenedores gigante que encalló en el canal de Suez y que bloqueó un cuarto del petróleo mundial, y el rebrote del Covid-19 (con nuevas cepas más peligrosas) que están aumentando las muertes en Paraguay, Brasil, Chequia, Hungría y Eslovenia, e incluso con Alemania superando a España en fallecidos, ocupando el triste puesto del noveno país más dañado del mundo.

Podríamos seguir enumerando muchas más situaciones de alto impacto, pero probablemente la que más está moviendo el amperímetro es la creciente desconfianza de los inversores en el joystick de la secretaria del Tesoro de EE.UU. Janet Yellen y en el comando de Jerome Powell, titular de la Reseva Federal. En respuesta a los cisnes negros, Biden arroja dólares desde helicópteros y la Fed deja la tasa corta en 0%, pero es incapaz de manejar la tasa larga. En 7 meses la tasa a 5 años de los bonos del Tesoro subió de 0,2% a 0,9% anual, la tasa a 10 años subió de 0,5% a 1,7% anual y la tasa a 30 años trepó de 1,9% a 2,4%.

En mayo pasado el IPC estadounidense tenía una variación interanual del 0,1%, en julio del 1%, en diciembre del 1,4% y en febrero del 1,7%. Biden, Yellen y Powell insisten con que por el momento la inflación anual está bajo control, dicen que hay maneras alternativas para enfrentarla en vez de subir las tasas cortas… pero semana a semana los inversores se ven tensando, los más conservadores migran desde posiciones riesgosas a bonos en dólares con el pago de una tasa del 2,4% segura, y todo lo que iba a seguir subiendo hasta las nubes parece haberse detenido.

El caso probablemente más emblemático y extremo de todas estas reacciones se puede ver en lo sucedido con el precio de la acción de GameStop, una cadena de tiendas de videojuegos que se transformó en un ring de combate entre los fanáticos milenians (nacidos con internet en las venas) y los elefantiásicos megafondos de inversión (que vienen desde el ábaco y la Olivetti) y que pulsean por la corona mundial entre un club de fans que buscan sobrevivir y el liquidador que viene a cerrarlo.

En medio de todos estos cisnes negros, la cotización de GameStop en Wall Street cotizaba a US$ 181 poco después del ataque al Capitolio, voló hasta US$ 350 pocos días después, se desplomó hasta US$ 41en febrero, volvió a escalar hasta US$ 298 hace dos semanas y el viernes cerró otra vez a US$ 181, como cuando vinimos de España.

Con el virus, con Suez bloqueado, con las tasas de EE.UU, Rusia, Brasil y de Turquía más altas, el dólar fue tomado otra vez de refugio, tanto que la semana pasada volvió a subir contra todas las monedas. Saltó 4,9% contra el real en Brasil, subió 2,7% en Chile, 1% contra el euro y el franco suizo, 0,7% contra el yen, 0,6% contra le libra y 0,5% contra el yuan, no se salvó ninguna.

Paradójicamente, el único lugar del mundo en el que el dólar se detuvo fue en Argentina. Los dólares oficiales siguieron subiendo a un ritmo semanal del 0,6% (un punto y medio mensual menos que la inflación), pero los dólares libres se hicieron puré: el blue bajó 1,4%, el contado con liquidación perdió 2,5% y el dólar MEP se hundió 3,8%.

En el sistema financiero detallaron que el dólar turista dejó de operarse. Al cotizar a $161 (el precio más alto de todo el cuadrante), el volumen mensual de operaciones cayó de US$ 4.000 millones en julio a apenas US$ 100 millones el mes pasado. Y aseguran que el blue está muy débil porque la gente no tiene fondos para pagar los gastos y debe sacar dólares del colchón. Y que los dólares financieros libres están circunstancialmente débiles porque en cuatro días iba a vencer el impuesto a la riqueza (algo que fue postergado hasta el 16 de abril).

El caso es que con este dólar tan firme en el mundo, la suba enloquecida de los commodities se detuvo. En marzo sólo las criptomonedas siguen estallando, con el Bitcoin subiendo otro 20%. Pero con mucha selectividad los metales y los granos pisaron el freno, casi no tienen variación en el mes. Y el petróleo bajó 1,4% con Suez bloqueado.

Y esta entrada a una especie de “animación suspendida” por supuesto terminó afectando a las bolsas. De subas semanales kilométricas, la semana pasada Frankfurt subió 0,9%, México mejoró 0,7%, Wall Street estuvo mixto (con suba del 1,4% en el Dow pero baja del 0,6% en el Nasdaq), San Pablo bajó 1,2%, Tokio cayó 2,1% y la Bolsa de Buenos Aires fue otra vez la peor de todas, con un derrumbe del 5,2%.

Lo único bueno que tuvo la semana pasada para el mercado argentino fue lo sucedido con el precio de los bonos, que rebotaron bastante hasta el jueves. Dos bancos de inversión recomendaron los títulos largos del canje porque pagan un buen cupón dentro d 14 semanas: llegaron a subir 7% entre lunes y miércoles, pero después retrocedieron y el balance semanal fue 4% arriba. Con Cristina diciendo “no tenemos plata para pagar” y con Alberto diciendo lo que siempre dice, los inversores pusieron otra vez pies en polvorosa.

El riesgo país, que había llegado a 1.680 puntos el 10 de marzo y caído hasta 1.516 unidades el martes pasado, terminó el viernes otra vez caliente a 1.580 puntos básicos. Con la soja y el maíz en las nubes, entre enero y febrero el país tuvo un superávit comercial de US$ 2.130 millones. ¿Cuánto quedó de eso en las reservas del Banco Central? Apenas US$ 208 millones, el 9,7% de lo ingresado. Nada menos que US$ 1.922 millones, el 90,4% de los ingresos fue quemado para mantener al dólar artificialmente frenado. Y en paralelo se vendieron bonos que prometen tasas a vencimiento del 21,2% anual, hipotecando sin salida al Gobierno que tome el mando en 2023.

¿Qué se ve por delante? El Gobierno tiene un solo objetivo: hacer un papel digno en la elección de octubre. Los inversores descartan que algún acuerdo con el FMI, con el Club de París, con el Banco Mundial puedan actuar como drivers para cambiar el clima. Muchos miran encuestas y piensan que en octubre el oficialismo perderá. Pero hay una verdad indiscutible: en octubre se renuevan bancas conseguidas en 2017, momento en el que a la actual oposición le fue bien, y ahora pone esa mayoría de bancas en juego. Por lo que aun haciendo el oficialismo una mala elección, es posible que la relación de poder en el Congreso no se modifique demasiado.