Adiós al “just in time”: se agrava la crisis de las cadenas globales de abastecimiento

Está quedando cada vez más claro es la endeblez de algunos supuestos de la globalización, como aquel que asumía que el flujo mundial de mercaderías y servicios debía funcionar como un reloj

25 de marzo, 2021

Adiós al “just in time”: se agrava la crisis de las cadenas globales de abastecimiento

Por Pablo Maas

Esta semana, el tráfico marítimo entre Asia y Europa se interrumpió luego de que un buque portacontenedores se encallara en el canal de Suez. El “Ever Given”, un gigante de 400 metros de largo que transportaba 20.000 contenedores desde China al puerto de Rotterdam, se atascó en el canal de 350 metros de ancho y en pocas horas se formó una fila de un centenar de buques esperando poder cruzar a un lado y otro. 

Por el canal de Suez pasa el 10% del comercio marítimo internacional. No es la primera vez que un buque queda varado en este canal. En 2016, hubo dos episodios de este tipo, pero con embarcaciones de mucho menor porte, según Lloyd’s List, una publicación especializada.

En cualquier caso, el incidente disparó las alarmas en el ya convulsionado escenario del comercio internacional, que todavía se está recuperando del shock que sufrió durante buena parte de 2020 a causa de la pandemia. El confinamiento provocó demoras en cadenas globales de abastecimiento diseñadas para trabajar “just in time”. Posiblemente el caso más grave haya sido el sector de los semiconductores, del que dependen numerosas industrias. La escasez mundial de chips ya ha provocado considerables trastornos a la industria automotriz, a la fabricación de teléfonos celulares y a las ventas de consolas de videojuegos.

Para empeorar las cosas, una sequía atroz que ya lleva varios meses en Taiwán, el mayor productor mundial de microprocesadores, está amenazando con agravar la crisis de abastecimiento. Esto ocurre porque la fabricación de semiconductores demanda enormes cantidades de agua. Se estima que una fábrica promedio utiliza 15 millones de litros por día, equivalentes al consumo de una ciudad de 50.000 habitantes. Las reservas de agua de Taiwan están en un punto crítico y no se esperan mejoras hasta por lo menos el mes de mayo, cuando ocurren las lluvias monzónicas.  La escasez de semiconductores reveló hasta que punto la economía internacional depende de Taiwán, y, en especial de la mayor empresa del sector, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). Con la (mala) experiencia que dejó la pandemia en cuanto a la manufactura global de ciertos insumos críticos para la salud, no es casual que se estén multiplicando los esfuerzos para diversificar la geografía de la producción de chips. 

Intel, por ejemplo, acaba de anunciar que invertirá US$ 20.000 millones en la construcción de dos nuevas plantas de microprocesadores en Estados Unidos. Hasta hace poco, la compañía había jugado con la idea de tercerizar la producción de sus semiconductores. Pero está a la vista que los tiempos de la “producción costa afuera”, que en el pasado fue la principal consigna de la globalización, ya han pasado a la historia. Por el contrario, la desglobalización está impulsando ahora el “reshoring”, el regreso de numerosas industrias a sus países de origen. La industria de semiconductores es un buen ejemplo.

Al igual que la sequía en Taiwán, el cambio climático está provocando otros impactos inesperados en la manufactura. Las heladas que el mes pasado paralizaron la economía de Texas, el mayor estado productor de petróleo y gas de Estados Unidos, golpearon fuertemente a la poderosa industria petroquímica local, que todavía y a un mes de la gran tormenta, que causó un apagón masivo sin precedentes, no ha vuelto a la normalidad. El Financial Times advirtió ayer que “se avecinan meses de trastornos en la cadena global de abastecimiento de productos químicos que son críticos para la producción de multitud de productos, desde autos y pañales a equipamiento médico”. 

El cuadro de oferta y demanda de los tres plásticos más utilizados en el mundo, el polietileno, el polipropileno y el policloruro de vinilo (PVC), está que arde. Ante una demanda muy firme, los precios de exportación del PVC estadounidense treparon a un récord de US$ 1.775 por tonelada, el doble que un año atrás. En el mercado de propileno, los precios están casi tres veces más altos que en mayo del año pasado, según expertos de la industria citados por el FT.  

El alza en el precio de los plásticos se produce al mismo tiempo que el aumento del petróleo, el acero, el cobre, aluminio y otros commodities de uso difundido. Este nuevo superciclo de las materias primas está alimentando pronósticos de una mayor inflación en los próximos meses, algo que podría llevar a las autoridades monetarias en Europa y Estados Unidos a aumentar las tasas de interés antes de lo planeado. Sin embargo, esto todavía no está ocurriendo. La Reserva Federal de EE.UU. y el Banco Central Europeo (BCE) parecen considerar por ahora que es prioritario rescatar a las economías del golpe fenomenal que sufrieron con la pandemia y que la inflación, por el momento, no representa un peligro real.

Lo que sí está quedando cada vez más claro es la endeblez de algunos supuestos de la globalización, como aquel que asumía que el flujo mundial de mercaderías y servicios debía funcionar como un reloj, sin fricciones ni trabas de cualquier naturaleza. Los sucesos recientes demostraron que un riesgo sanitario como una pandemia puede hacer trizas este modelo en cuestión de semanas. Y el creciente riesgo climático está haciendo repensar a muchos las ventajas de una dependencia excesiva en las cadenas globales de abastecimiento.