Grietas o negociación: la historia muestra rupturas y tolerancia

16 de julio, 2020

Por Oscar Muiño

La democracia necesita la posibilidad de alternancia. Una esperanza –al menos la expectativa– ante el cansancio social o el fracaso de un gobierno. Y la alternancia precisa tolerancia. Que supone, sobre todo, respetar al rival. Si ganó en buena ley, reconocerle su legitimidad; si fue derrotado, no utilizar el poder del Estado para desacreditarlo, ignorarlo, perseguirlo.

El país vivió dividido entre 1890 y 1916 y roto entre 1930 y 1973. Primero fueron perseguidos los radicales, luego los justicialistas, casi siempre los comunistas. El encuentro patriótico entre Juan D. Perón y Ricardo Balbín intentó mutar la intolerancia. Tuvieron éxito en liquidar la antinomia peronismo-antiperonismo. Pero los demonios seguían presentes y cambiaron de bandera. Primero la guerra dentro del peronismo y luego de 1976, la persecución contra todos. En 1983 el país se rompía…

Raúl Alfonsín no persiguió a nadie, salvo a los golpistas (era la primera vez y eso ayudó a terminar con los golpes). También impulsó acuerdos con el peronismo. Un sector justicialista (Antonio Cafiero, el primer Carlos Menem y la Renovación) lo comprendió, otro inició una tarea de demolición.

Menem gobernó con una mira inversa a la radical en su política interna y externa, pero la Reforma Constitucional –más allá de valoraciones- exhibió una virtud destacable: por primera vez desde la Ley Sáenz Peña la dirigencia concertaba un texto. No lo había hecho la Constituyente de Perón en 1949 y tampoco aquella de 1957, con los dos radicalismos. La Constituyente fue la convergencia plural entre los que pensaban distinto.

De la Rúa y el peronismo convivieron hasta casi el final, cuando la derrota electoral de la Alianza y la pérdida de control estimuló a un sector justicialista a apurar el desenlace. Argentina se desintegraba pero dos líderes bonaerenses –Eduardo Duhalde y Alfonsín- decidieron apuntalar el primer y único gobierno parlamentario. Dejaron jirones pero salvaron una crisis indecible.

Todo cambió en 2003 En 2003, por primera vez en la historia, ningún candidato llegó al 25% de los votos. Cinco postulantes se apretujaron en diez puntos. Parecía indispensable conversar. Néstor eligió distinto. Disciplinó a la dirigencia justicialista y luego lanzó una convocatoria: la Concertación Plural. Parecía un acuerdo pero no. Quería cooptar voluntades elegidas por votos opositores. Consolidada su hegemonía, comenzó a cavar. Ellos vs. nosotros. Se agravó en el conflicto con el campo. Cristina quiso ir por todo. No había voluntad para fijar los márgenes de la disidencia. Sólo confrontación entre proyectos. El manual de kirchnerismo básico consideraba imposible que un empresario de centro-derecha pudiera ganar alguna vez. Por eso estimuló el crecimiento de Mauricio Macri.

Macri demostró una perspicacia que sus rivales le negaban. Aceptó el reto y convocó a su propia trinchera con la tierra cavada por los K. Así ganó. Entusiasmado, decidió que la grieta era la garantía para consolidar su nueva supremacía. Que Cristina Kirchner jamás podría volver. La rival ideal. Cuando Esteban Bullrich la derrotó en 2017 quedó convencido que tenía razón. Y siguió sin escuchar a nadie, como si fuera el presidente plebiscitario de una fuerza personalista.

Cristina leyó el mensaje y supo que ella no podría ganar. Optó, entonces, por elegir entre varios. Aprendió de 2015. Supo que no servían incondicionales. Por el contrario, el menú sólo albergaba peronistas que la habían enfrentado con rudeza. Pudo haber sido Sergio Massa, pudo haber sido Felipe Solá. Finalmente, eligió a Alberto Fernández.

En 2019, mientras Cristina abría el juego, Macri siguió despreciando la voz de la UCR y contestó las advertencias de diversos jefes del PRO con sordera creciente. Cerrado en un círculo minúsculo, escuchaba aún menos que CFK.

Las urnas le dieron la razón a Cristina. El país eligió igual que ella: un hombre sin jefatura partidaria ni base territorial. Un burócrata eficaz exaltado como profesor con discurso centrista.

Hoy, ni Mauricio Macri ni Cristina comparten el rumbo de Fernández. Macri acusó: “En algunos países hemos tenido gobiernos que vieron que la pandemia es una buena oportunidad para avanzar en autoritarismos soft, que pueden devenir en dictaduras como la de Venezuela. Acá hemos visto lamentablemente un gobierno que ha intentando en la pandemia avanzar sobre libertades, libertad de expresión, funcionamiento de la justicia, independencia de los poderes, la propiedad privada. Pero ha generado una reacción activa y fuerte de la sociedad, que se ha movilizado para expresarse en contra de estos abusos y avances”.

Cristina eligió expresarse de modo indirecto. Reivindicó “el mejor análisis que he leído en mucho tiempo”. Un artículo de Alfredo Zaiat en Página 12. ¿Qué ofrecía Zaiat? Una observación crítica al encuentro del presidente Fernández con los empresarios del G-6: “Una apuesta oficial fuerte dirigida al mundo empresario concentrado. El mensaje de Fernández es sencillo de entender aunque no es probable que haya sido aceptado por los interlocutores elegidos. El presidente Alberto Fernández propone la reconstrucción de la economía a partir de un capitalismo con otras bases. Para esa tarea está convocando a un sujeto económico que hoy es otro; no es el que imagina para construir otro capitalismo dentro de un modelo de desarrollo nacional”. Para el autor, “los grupos Techint y Clarín no son sólo la expresión de la derecha empresaria por ser antiperonistas o por la obsesión patológica con CFK y la letra K. Son más que canales de esa manifestación política a través de cámaras empresarias o de una red de medios. Ambos se han convertido en la conducción política de ese espacio ideológico”.

Macri y Cristina, con distintos argumentos sugieren que el otro es una amenaza. Y hay que velar las armas. Los dos ganaron por la grieta y no aprendieron que no sirve para construir una sociedad integrada e igualitaria.

Esta semana, el primer contacto presidencial con los jefes parlamentarios de la oposición abre la chance de un camino distinto. Mientras, el Presidente parece aislado. No se escucha el respaldo de la Nomenklatura del PJ, el protagonismo de los gobernadores peronistas ni de los gremios oficialistas. Al parecer, todos esperan el desenvolvimiento de la relación entre Alberto y Cristina.

Las pocas voces que hasta ahora se escuchan convocan a preparar el conflicto. Suenan fuerte porque son las únicas que hablan. ¿Se animarán actores de reparto a liquidar la influencia de los grandes protagonistas?

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