EE.UU. o China: ¿quién liderará?

13 de julio, 2020

Por Damián Cichero

El Covid-19 no solo ha producido una crisis económica mundial sin precedentes, sino que también ha elevado aún más las tensiones entre EE. UU. y China. El pasado 7 de julio Donald Trump notificó a las Naciones Unidas que su país abandonará la Organización Mundial de la Salud en 2021, con el argumento de que China presionó a este organismo para que ocultara información sobre la pandemia. Un dato no menor es que Estados Unidos es el principal contribuidor de la OMS, ya que aportó US$ 400 millones en 2019, por lo que su salida pondrá en grave peligro la supervivencia financiera de la institución.

La gran incógnita que se genera es quién guiará el sistema internacional en el futuro: mientras Trump es acusado de oponerse al globalismo en base a su lema “América Primero”, las capacidades de China para remplazar como potencia hegemónica al país norteamericano son realmente discutibles.

De acuerdo con la política internacional de Trump, si tenemos en cuenta los abandonos del Acuerdo de París sobre cambio climático, el pacto nuclear con Irán o la OMS, convenios que, según él, “abusaban” de su país económicamente sin obtener los resultados buscados, uno podría suponer que el presidente intenta alejar a EE.UU. de su histórico papel como líder del orden mundial. Sin embargo, intervenciones como las negociaciones con el líder de Corea del Norte en 2018 y 2019, las imponentes sanciones económicas a Irán y el ataque contra su general Qasem Soleimani o el liderazgo de la coalición internacional contra el ISIS nos muestran lo contrario. EE.UU. mantiene su liderazgo internacional, pero ahora actúa unilateralmente, sin tener que recibir la aprobación de sus aliados o darles explicaciones.

Cuando en octubre de 2019 la tasa de desempleo llegaba a 3,5%, su cifra más baja en los últimos 50 años, todo marchaba bien para el mandatario norteamericano. Pero, en 2020, EE.UU. se convirtió en el país con mayor cantidad de infectados y muertos en el mundo. El virus provocó la pérdida de más de 22 millones de puestos de trabajo, aumentando la tasa de desempleo a 14,7%, la cifra más alta desde la crisis de 1929. Aunque ahora su economía comienza a recuperarse en los últimos dos meses se crearon 7,5 millones de empleos, el FMI prevé una contracción del 8%, que se suma a la enorme deuda pública de US$ 14 billones que el país arrastra.

Desde el punto de vista económico, China tenía grandes problemas antes de la pandemia: una enorme deuda pública destinada a ineficientes empresas estatales (su deuda total oscila entre el 250% y 300% de su PIB) y la constante devaluación de su moneda que provocó en 2015 y 2016 un gasto de miles de millones de dólares para mantener estable su economía mientras empresarios retiraban sus inversiones por temor a la crisis. Además, existe una burbuja inmobiliaria donde los precios de las viviendas se han duplicado en la última década debido a las constantes emigraciones de la población a la costa este y sur del país (donde se centra la actividad económica), lo que desató una fuerte presión demográfica en las grandes ciudades pese a su gran territorio (9 millones km2).

La más importante estrategia económica de China es su “Nueva Ruta de la Seda”, lanzada en 2013 por Xi Jinping. Para su realización, el país asiático entregó enormes préstamos a varios países para la construcción de diferentes obras de infraestructura en todos los continentes. La consultora RWR Advisory Group calcula que los montos invertidos llegan hasta los U$S 460.000 millones. Pero la actual pandemia significó un brusco freno a esta iniciativa, además de un gran riesgo, ya que muchos de los países deudores han pedido retrasar o refinanciar dichas deudas. Esto genera a China un gran dilema: reestructurar la deuda poniendo en peligro su economía o no ceder ante las demandas, provocando el enojo de muchos de sus “aliados”.

Respecto al área militar, el 8 de julio autoridades chinas se expresaron respecto al arsenal nuclear estadounidense, “invitándolo” a reducirlo a los niveles que ellos poseen. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), EE.UU. dispone aproximadamente de 7.000 ojivas nucleares contra las 320 de China. Y en cuanto a la cantidad de portaaviones, el país del Norte tiene 19 (21 próximamente), contra tan solo 2 de China (planean llegar a 8 en 2035). Además, el país norteamericano cuenta con un gasto militar anual de U$S 700.000 millones, una cifra que casi triplica los U$S 250.000 de China (segundo país en el ranking). Esto nos muestra que actualmente el poderío estadounidense es inalcanzable.

Podríamos decir que actualmente EE.UU. mantiene estable su liderazgo. Sin embargo, un dato no menor es que los líderes chinos, debido a su longeva historia y cultura, tienen una noción de tiempo muy distinta a la occidental. Por lo que, probablemente, sus objetivos no están planteados a corto plazo, sino pensados en décadas. Sin embargo, su gran problema para convertirse en la máxima hegemonía será otro.

En los últimos 20 años, el crecimiento chino ha sido asombroso, pero para ello tuvo que adaptar su economía al “libre mercado”, uno de los pilares del liberalismo. Esta ideología, que tiene principios como la libertad de expresión, el derecho a la propiedad privada o el Estado de Derecho, se encuentra muy incorporada en la población de Europa y diferentes países de Asia y Oceanía como Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda y Australia. Si China quisiera liderar el mundo, primero debería adaptarse a las realidades que este plantea, ya que difícilmente admitan como líder a un país que se opone a sus principios básicos. Desde la caída del muro de Berlín no ha surgido ningún sistema que desafíe al liberalismo respecto a su capacidad de cumplir los dos requisitos que la existencia del hombre demanda: ser reconocido por sus logros individuales y obtener bienestar material.

El presidente chino Xi es la primera persona desde Mao Tse Tung en ostentar, al mismo tiempo, los cargos de jefe de Estado, jefe del Partido Comunista y jefe de las Fuerzas Armadas. En su país, muchas libertades individuales, como el derecho a protestar o expresarse, casi no existen. Quizás el ejemplo más claro de esta situación sea lo recientemente sucedido en Hong Kong, antigua colonia británica que, en 1997, pasó a ser parte de China, pero con la aplicación de la política “un país, dos sistemas”, donde se le otorgaba una gran autonomía hasta el año 2047. Pese a esto, el 30 de junio, China aprobó la controvertida Ley de Seguridad, donde se atribuye nuevos poderes en Hong Kong para castigar cualquier hecho que perjudique su seguridad nacional. Este amplio poder de interpretación prácticamente será el fin de la autonomía y libertad de la región, lo que generó un repudio internacional a gran escala. Trump catalogó este hecho como una tragedia para Hong Kong y dijo que ya no la consideran políticamente autónoma, por lo que dejarán de brindarle un trato especial por temer la filtración de información. Australia, Nueva Zelanda, Japón y la Unión Europea han mostrado también su descontento, amenazando con tomar represalias

El área tecnológica, donde China lidera la carrera por el 5G, también puede servir de ejemplo. El pasado 24 de junio, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, aseveró: “Los vientos han dejado de favorecer a Huawei ahora que los ciudadanos de todo el mundo comienzan a advertir el peligro que representa el estado de vigilancia del Partido Comunista Chino”. Esto se debe a que las leyes chinas exigen a empresas como Huawei, pionero en tecnología inalámbrica de quinta generación, que brinden apoyo a los servicios de inteligencia china. Por ejemplo, el Reino Unido y Francia planean restringir fuertemente el uso de la misma en sus territorios.

La intención de China no es clara respecto a su futuro papel en el sistema internacional. Todavía no ha podido superar a Estados Unidos, aunque no pareciese imposible que en unas décadas lo consiga. Sin embargo, como vimos, su mayor problema es ideológico y, aunque pueda liderar la economía del mundo, difícilmente obtenga el consenso que se requiere para guiar a la humanidad.

Por su parte, Argentina ha mostrado en los últimos meses un gran acercamiento con Pekín, algo que preocupa a Washington. El Gobierno mostró públicamente su apoyo a la OMS y China, lo cual no fue bien visto por EE.UU.

Durante el mes de abril, China fue el socio comercial número uno de nuestro país con un 11,7% de las exportaciones totales y 14,1% de las importaciones, según la Cámara de Exportadores de la República Argentina (CERA). El país asiático fue el primero en salir de la cuarentena y hoy es el más activo en cuanto a comercio internacional. Teniendo en cuenta la crisis sanitaria de Brasil, nuestro histórico socio comercial, hay grandes posibilidades de que China lo desplace totalmente en 2020. Además, debemos mencionar que nuestros dirigentes se han mostrado muy optimistas en cuanto al desarrollo de la red 5G de Huawei en nuestro territorio.

Como en otros casos, aquí también debemos ser sumamente cuidadosos, ya que actualmente nuestro principal problema es el pago de la deuda externa. No está claro si Trump permanecerá en la Casa Blanca luego de las elecciones de noviembre, pero el apoyo estadounidense será clave a la hora de negociar con el FMI y los acreedores. La mejor opción, por el momento, es mantener una neutralidad cordial con ambos países pero, a futuro, todo parece indicar que la balanza se inclinará hacia Oriente.

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