El Acuerdo Trans Pacífico

Una mirada desde la Argentina

2 de mayo, 2013

El Acuerdo Trans Pacífico

(Columna de Juan Miguel Massot*)

El comercio internacional está transcurriendo por momentos importantes, entre otros motivos, por dos negociaciones de gran trascendencia. La primera, denominada Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica o Trans Pacific Partnership en inglés (TPP, de aquí en más), y la segunda, las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE) que procuran alcanzar un acuerdo comercial de gran alcance.

El TPP, impulsado por los Estados Unidos y cuya primera reunión formal se realizó en el año 2010, se basa en el acuerdo de cuatro países (Chile, Singapur, Nueva Zelanda y Brunei, el denominado P- 4) que entró en vigor en el 2006. La iniciativa actual está abierta a todos los países del Foro de Cooperación Asia Pacífico (APEC, en inglés), aunque excluye de manera explícita a un protagonista fundamental de la región del Pacífico: la República Popular China.

Luego de dieciséis reuniones de alto nivel y la incorporación a las conversaciones de países como Tailandia y el Japón, involucra a un total trece países hasta el momento: Estados Unidos, Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Vietnam, Tailandia y Japón; los cuales reúnen, si se excluyen a los BRICS y a la UE, la mayoría del comercio y de las inversiones mundiales.

Una mirada global

La definición del TPP como un “acuerdo comprehensivo”, debido a la diversidad de cuestiones económicos y comerciales incluidas, y como el “patrón a seguir en los acuerdos comerciales del Siglo XXI”, revela una serie de aspectos económicos y políticos de suficiente significación como para explorarlos.

Es conveniente hacerlo desde la Argentina, sobre todo por tratarse de un país cuya estrategia de inserción internacional parece, como mínimo, anacrónica. Este enfoque está resultando en una consistente pérdida de competitividad como consecuencia de su marginación de las negociaciones sustantivas en curso, a lo que se suman otras variables, como la apreciación real del peso y un conjunto creciente de distorsiones contrarias a la inversión y al comercio.

De los rasgos fundamentales que tiene actualmente el TPP, surgen al menos las siguientes cuestiones. ¿En qué consiste la importancia de la iniciativa? ¿Hay aspectos conceptuales económicos controvertidos que requieren especial atención? Finalmente, ¿qué lecturas de largo plazo se pueden hacer desde y para la Argentina?

En cuanto a la primera pregunta, se puede conjeturar por el momento que la importancia de esta iniciativa está, entre otras razones, en la definición que realiza del escenario geopolítico y económico mundial para la primera parte del Siglo XXI. En cuanto a lo primero, identifica un desafío externo para los Estados Unidos que se substancia en la República Popular de China. En lo que refiere al escenario económico, toma como escenario base el de una profundización de la globalización económica como tendencia indiscutible para las próximas décadas. En definitiva, la definición de un escenario geopolítico y económico-financiero para los Estados Unidos y sus aliados constituye el aspecto más trascendente de los documentos que alimentan las negociaciones. Por lo tanto, pensar en el TPP como un instrumento de la estrategia geopolítica de los Estados Unidos para el Siglo XXI es superior a hacerlo sólo o principalmente como un acuerdo comercial ambicioso.

En lo que respecta a la segunda cuestión, esto es, la existencia de aspectos económicos controvertidos, hay que analizar tanto el enfoque general de la iniciativa como los desafíos instrumentales u operativos que afronta. Se trata de un acuerdo que a lo largo de veinticinco capítulos propone una profunda liberalización comercial en mercancías (agricultura y manufacturas industriales) y servicios, y pretende fijar reglas para una serie de cuestiones de alta sensibilidad, como son las compras públicas, la propiedad intelectual, las empresas estatales, la legislación laboral, los servicios financieros y las inversiones, entre otros.

El contrapeso del enfoque de liberalización aplicado son las resistencias de grupos de interés nacionales y de los mismos gobiernos que pueden verse perjudicados, al tiempo de exponer al acuerdo a controversias futuras como consecuencia de la generación de desequilibrios entre los países, fundamentalmente, en los temas sensibles antes señalados. Vale la pena señalar que más allá que todos estos temas son de alta complejidad, resuenan en cada país de manera distinta. Por ejemplo, las compras públicas son muy sensibles en Estados Unidos, así como lo son las empresas estatales en Singapur, o la propiedad intelectual en la mayoría de los intervinientes.

Por todas estas razones, se supone que las negociaciones serán más arduas que lo esperado, posiblemente no se logre su firma en octubre del corriente año, tal como estaba previsto, y que algunos países, como los Estados Unidos, tengan que dar a cambio beneficios sustantivos para lograr que el acuerdo se firme. El TPP también plantea interrogantes sobre el abordaje en estas negociaciones de las lecciones obtenidas de las negociaciones y aplicación de los tratados de libre comercio (TLC) firmados en los últimos veinte años, del fracaso de la Ronda de Doha y de las consecuencias de la última crisis financiera en la concepción sobre la organización económica internacional reconocidas, incluso, por el FMI. Claramente, los avances y apoyos recibidos hasta el momento por esta negociación y de los textos que están sobre la mesa, no puede sino ser interpretado a partir de los aspectos tratados anteriormente, esto es, los geopolíticos, así como también por la funcionalidad con tiene para el juego del poder global los enfoques excesivamente simplificados de la globalización económica.

Una lectura local

Finalmente, en lo concerniente a la Argentina, la importancia del TPP obliga a una definición estratégica de largo plazo que responda de manera pragmática a los intereses nacionales. Un aspecto a tomar en cuenta es que el resurgimiento de China como potencia mundial no puede seguir siendo considerado como una mera ampliación de los mercados de exportación de agroalimentos, sino como un verdadero desafío para la posición geopolítica del país del que penden, entre otras cosas, los acuerdos comerciales.

Asimismo, pretender repetir las estrategias de relacionamiento internacional de los años treinta o la de la tercera posición en la Guerra Fría, ya sea fruto de una interpretación desacertada de los acontecimientos o de lecturas sesgadas, podría conducir a la Argentina a una marginación absoluta de las decisiones mundiales, e incluso hemisféricas.

Para concluir, si bien la Argentina no es siquiera una potencia intermedia, una estrategia internacional apropiada frente a los eventos que se están sucediendole permitiría aprovechar para su propio beneficio algunos de sus activos, como son su posición geográfica en el Atlántico Sur/Antártida, sus recursos naturales y humanos, y sus antecedentes y compromisos en otras dimensiones (como los derechos humanos, la intervenciones humanitarias, la no proliferación nuclear, etcétera). Salir del ostracismo y encarar con prudencia, pero proactivamente, las oportunidades y desafíos que se abren en estos tiempos, es un deber ineludible para la dirigencia actual si pretende que las generaciones futuras no queden entrampadas en las telarañas de la pobreza y de la irrelevancia mundial.

(*) Director del Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL. La nota es una síntesis de la ponencia “La Economía Política del TPP” realizada por el autor en el Seminario “Trans-Pacific Partnership: reflexiones desde Asia, Latinoamérica y Estados Unidos” organizado conjuntamente por el Comité de Asuntos Asiáticos, el Comité de Asuntos Latinoamericanos y el Comité de Estados Unidos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) el 18 de abril.