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Escenario

Magnicidio y leyenda negra

Nadie ha recordado, en estos tristes días, el monumental magnicidio que, en democracia, en septiembre de 1974, acabó con la vida de José Ignacio Rucci

Perder la memoria y la verdad es un signo de enfermedad. Ahí estamos.
Perder la memoria y la verdad es un signo de enfermedad. Ahí estamos.
09-09-2022
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“Es costumbre olvidar la significación intelectual de las fechas históricas”. J. L. Borges (prólogo al Facundo, edición 1974). Costumbre dañina y peligrosa. Memoria selectiva. Conveniencia inconfesable. La peor de todas. 

Hay un olvido intencional que se debe a la posición de sus autores y cómplices que, desde 1983, permanecen ocultos y ocupando lugares de decisión. Volveré. 

El frustrado magnicidio de Cristina trajo a la memoria magnicidios frustrados desde que comenzó esta democracia. 

La democracia es la necesidad de la alternancia y de la estima del otro. No hay democracia sin amistad política, sin reconocernos parte de un todo. Tampoco sin paz. 

La política es la negación de la violencia para resolver conflictos, sin confianza en la Justicia, precaria y frágil, tampoco hay democracia. 

En nuestro ADN hay una energía autodestructiva para el olvido. 

Es difícil encontrar una “significación intelectual” a los intentos de magnicidio que la prensa ha inventariado. Hubo un olvido inexcusable. Lo veremos. 

Ninguno de los magnicidios inventariados ha tenido “un significado”. 

El inexplicablemente ignorado sí que tiene un “significado histórico”: un parte aguas. Nunca volvimos, desde entonces, a un sendero de progreso. 

De los magnicidios inventariados sus autores fueron irrelevantes. No expusieron argumentos. 

Los argumentos los intentan los que no participaron. 

Los hechos  se disuelven por su liviandad y los rescatan las interpretaciones ajenas. Carecen de significación intelectual y por eso no son “hechos históricos”. 

Intentan ascenderlos a esa jerarquía. Son imposturas. 

No hubo en esos magnicidios, afortunadamente fallidos, significado histórico. 

No hubo contenido. Sólo la exteriorización de un intento vacío. 

Al intento de magnicidio de Cristina lo explican con dos argumentos. Uno de la presunta causa. Otro de su presunta cura.

El primero predica el motor ideológico como “el odio” propalado por opositores y sus voces. 

Destaco una interpretación pensada, relevante por el nivel académico de sus autores.

El 3 de septiembre, una asociación peronista de filosofía expresó el “intento de asesinato, ... es consecuencia de los ... discursos de odio provenientes ..., de la oposición, de los medios de comunicación, de redes sociales y de buena parte del aparato judicial". Causa develada por académicos. No difiere de la de L. D'Elía o de Víctor H. Morales. 

El 26 de agosto, por el vallado en la casa de Cristina, esos intelectuales declararon que “ella  (y) el gobierno que integra y el Pueblo que la ha elegido, han sido víctimas de una brutal agresión ... esa agresión no ha terminado...Frente a esa posibilidad histórica, está la prepotencia de minorías que sólo buscan defender sus privilegios y canonjías, ejerciendo la fuerza contra sus propios pueblos...(por eso) condena la prepotencia “gorila” y compromete ... defender sus legítimos derechos y conquistas sociales”. 

Al vincular este intento de magnicidio al odio de los opositores y de los medios, le dan significado  de ejercicio de “la fuerza contra sus propios pueblos...prepotencia gorila”. Los autores, en el documento, se comprometen  a “defender... derechos y conquistas sociales”.

Un culpable (el odio opositor) por instigación; y un significado histórico: atacar “derechos y conquistas sociales”. 

El texto ignora que con 40% de pobreza se han arrasado derechos y conquistas sociales, lo que se disparó en los '90 y se mantuvo, con un mínimo de 25% de la población en la pobreza, durante los cuatro gobiernos kirchneristas (15 años) más los 4 años de macrismo. Las responsabilidades son proporcionales a los años de gobierno. 

Nada se hizo, durante doce años K, para construir una base sólida que pudiera recuperar el bienestar colectivo perdidos a partir del magnicidio olvidado, que ya recordaremos. 

No se puede reconstruir ni sostener el bienestar colectivo si no está basado en la acumulación. Eso no se logró y todo el discurso tornó falaz. 

No hubo una década ganada. El viento de cola se llevó puesta una nave sin rumbo, la que estaba a cargo de una tripulación incapaz de leer lo más elemental de la carta de navegación y que, como era obvio, terminó rompiéndola (Indec) para ocultarse y ocultar, que la nave seguía en curso de colisión. Ahí estamos.  

Para los miembros de esta asociación de filosofía, el insólito ataque a CFK, la no menos insólita ausencia de protección y de cuidado de las fuerzas de seguridad, se comprende, ese es su significado para ellos, a partir de la existencia de un designio malévolo que nadie ha reivindicado y que sí ellos se atribuyen la capacidad de asignar. 

Le pretenden dar “significación histórica” a un hecho que no la tiene, porque sus autores no la tienen.   

El segundo argumento, el de la presunta cura, lo ha expresado el senador José Mayans. 

En realidad el intento de magnicidio, en las frases de Mayans, está implícito en el acto de acusación judicial y sería una “ejecución” de la acusada sin que se substancie el juicio. La eventual “condena”, para Mayans, sería un acto criminal en sí mismo. 

Por lo tanto la conclusión, lo substancial del segundo argumento con el que se le quiere dotar de significación histórica al frustrado magnicidio, es: si “¿Queremos paz social? Paremos el juicio de Vialidad” (sic).

Para el senador “el germen que generó la violencia extrema” (sic) es el juicio.

Para Mayans lo que está en el “germen de la violencia” lo que cargó el arma asesina, es la acusación misma. 

Poco importa si esa acusación tiene fundamento o es una infamia. Para establecerlo hace falta un juicio. Parar el juicio es negar su necesidad. 

La consecuencia es mucho más fuerte. Lo que no es posible para la paz social es la mera existencia de la acusación. La que el fiscal ha hecho propia. 

Mayans aclaró, al igual que los miembros de la asociación de filosofía, que “bueno... la política del odio hacia los movimientos populares es de hace rato”.

Oscar Parrilli corrigió y dijo: “Para CFK solo Justicia. Sin paralizaciones, o injerencias extrañas. Y con jueces imparciales". Sensato.

Si Mayans, Parrilli y CFK creen que sus bancadas han nombrado “jueces imparciales” deberían tener absoluta tranquilidad ya que, la totalidad de los jueces, designados desde 1983, lo han sido por la permanente mayoría de senadores formada por los miembros de su propio bloque. 

Ningún senador de la mayoría debería dudar de la imparcialidad de sus Jueces porque se habrán asegurado de esa condición antes de nombrarlos. 

Sabemos que, en definitiva, la Justicia de los hombres no es “la Justicia” y si bien es cierto que hay una enorme cantidad de instancias y muchas personas involucradas en todos los procesos, no es menos cierto que hay condenas y absoluciones injustas, equivocadas, incluso atroces. 

Es esencial para la democracia aceptar esta Justicia, sin dejar de ser conscientes de su falencia y la necesidad de mejorarla. Tratar de mejorar los procesos, el acceso y la transparencia, no implica negar el dictado de justicia. 

Las palabras de Mayans han sido tóxicas, como tóxica es la conducta de Fabián Rodríguez Simón, prófugo de la Justicia, luego de haber sido “operador judicial” (qué espanto) de Mauricio Macri y figura prominente del PRO.

Llegados aquí cabe volver a la frase inicial de Borges sobre la costumbre de olvidar la significación intelectual de las fechas históricas. 

Nadie ha recordado en estos tristes días, el monumental magnicidio que, en democracia, en septiembre de 1974, acabó con la vida de José Ignacio Rucci.

Un plan preparado, una decena de guerrilleros asesinos, como le dijo Mario Firmenich al director de El Descamisado, que lo mataron “para acabar con la pata sindical del pacto social”. 

Para acabar con el Pacto Social de Perón y Balbín. 

Ese hecho sí que tuvo una “significación intelectual” claramente expresada. Un hecho histórico. Un parte aguas. 

El Perón del '73 vino a abrazarse con Ricardo Balbín, a desertar del discurso de la división y la violencia.

El Perón que dijo y puso en práctica aquello que “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, ya no era, con esos hechos y dichos del '73, el mismo Perón del '55. 

En ese gobierno lo acompañaban, viejos adversarios como Don Ricardo y muchos de los que habían sido “comandos revolucionarios” en el '55.

Tampoco era el Perón del diseño de la política económica, social e internacional de 1955. 

Vino a compartir el modelo del “acuerdo social” de la democracia cristina y el socialismo de la Europa de posguerra, para sostener el Estado de Bienestar y la profundización de la industrialización exportadora que crecía vigorosamente desde 1964. 

Para los Montoneros, cuando Perón ganó por  aclamación, ese modelo, el del Pacto Social, era “pequeño burgués”. Su éxito los expulsaba de la historia sin violencia y definitivamente. 

Por eso ellos, a sangre y fuego, quisieron reemplazar ese modelo por el del "socialismo nacional”. 

El asesinato de Rucci era mutilar el acuerdo y era el prólogo de la muerte de Perón. El fin del progreso y el comienzo de la decadencia en que caímos. Lo dicen las cifras.  

Muchos de los montoneros, responsables históricos del comienzo de la decadencia argentina por haber abortado aquél programa de la amistad política, hoy - sin confesarse ni pedir perdón - contribuyen a  construir una “leyenda negra del Pacto Social”. 

Hoy son poderosos, son académicos, editores de grandes diarios, fueron y son ministros. Son parte sustantiva del poder. 

Gracias a ocultar la verdad, gozan de un doble halago protector. 

Un halago, el de los jóvenes que militan el heroísmo de esos oportunistas, sobrevivientes y cobardes, que no se animan a decir quienes fueron. 

Otro, el halago del poder económico que vive del presente, sin bucear el pasado, para poder construir el futuro. 

El único magnicidio en democracia, fue un hecho con significación intelectual e histórica, y en estos días, nadie lo recordó. 

Ni la CGT. 

Perder la memoria y la verdad, es un signo de enfermedad. Ahí estamos.

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