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Competencia política ficticia y real

A la mayor parte de los actores políticos y empresariales los invade una duda similar: "¿La mía está, no?".

Elecciones 2023
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Daniel Montoya 23 julio de 2023

Sergio Massa versus Juan Grabois. Patricia Bullrich contra Horacio Rodríguez Larreta. Javier Milei versus "la casta". Juan Schiaretti contra "la grieta". Internas en la izquierda. El resto no sabe no contesta. 

Ese parece ser el tablero de la competencia política 2023. Parece

En realidad esa es apenas la apariencia de una carrera dónde los diferentes envases tienen poco que ver con el contenido.

¿Quién piensa seriamente que Massa compite contra Grabois? Si fuera ese el problema del ministro de Economía y precandidato a presidente de la casi unidad, hoy hasta podría estar probándose el bastón y la banda presidencial. 

Por el contrario, la colección de yunques que aplastan al tigrense por adopción está integrada por una larga lista de fracasos de la bochornosa gestión del ex Frente de Todos, hoy Unión por la Patria. 

¿Cómo explicar el ajuste permanente que supone una inflación galopando por encima del triple dígito anual? ¿Cómo volver a vender a la tribuna propia un acuerdo con el FMI que fue anunciado con bombos y platillos y firmado por el exministro de economía Martín Guzmán hace poco más de un año? 

Y, lo peor de todo, ¿cómo borrar de la memoria del electorado la experiencia de una Cristina Kirchner juntándose con Alberto Fernández al sólo efecto de generar una ficción de proyecto político dónde el kirchnerismo se posicionó de entrada como una oposición con sueldo, chófer y la inagotable billetera de Anses y Pami? Háblame del sueño del pibe.

Antes que nada, el principal desafío de Massa es engañar a la realidad. Vale decir: lo tiene claro al punto de echar mano a los servicios de Antoni Gutiérrez Rubí, un selecto miembro del club de consultores en encantamiento de serpientes. 

Antoni Gutiérrez Rubí, un selecto miembro del club de consultores en encantamiento de serpientes.
Antoni Gutiérrez Rubí, un selecto miembro del club de consultores en encantamiento de serpientes.

Por otra parte, la misión de su challenger Grabois no pasa por seducir al viejo núcleo duro de votantes de Massa, tan sensibles a la baja del Impuesto a las Ganancias y a todos los avatares que alcanzan a los asalariados con mucha antigüedad que están al tope de la pirámide salarial y que un talentoso encuestador y consultor político amigo los define en términos de "aquella franja de votantes que tienen una bordeadora en su casa".

Nada más ajeno a la experiencia de quiénes deberían auspiciar la candidatura de un referente político de los 22 millones de compatriotas alcanzados por alguna variante de plan social. En el vecino Paraguay definen ese recorte político en estos términos: "ndahaei ñanderehegua" ("no es uno de los nuestros"). 

En tal sentido, las góndolas de los candidatos de Unión por la Patria no deberían tocarse entre sí. Es el abismo entre el mundo de los impuestos y el de los planes. De quienes contratan directa o indirectamente servicios de contadores y de aquellos que golpean las diferentes ventanillas estatales, sea por cuenta propia o a través de sus punteros políticos.

¡Ojo! Siempre y cuando la propuesta del líder de los movimientos sociales referenciado con el Papa Francisco no termine siendo acompañada solo por el electorado progre de Palermo Rúcula y Chacalermo tan sensible al discurso de opción por los pobres desde la comodidad de un dúplex chic con amplia cercanía a bellísimas cafeterías dónde suenan términos cool como Flat White o Latte Machiatto y te llaman por tu nombre de pila.

Mal de Massa consuelo de Zonzos

Así como el drama del precandidato de Unión por la Patria no es Grabois, tampoco la piedra en el zapato de Bullrich es Rodríguez Larreta. El talón de Aquiles de cualquier proyecto dinamita a la Milei o semidinamita estilo Macri es que, al final del día, a la mayor parte de los actores políticos y empresariales de nuestro país los invade una duda similar: "¿Pero la mía está a salvo, no?". Es decir, está todo bien mientras se dinamite o semidinamite al otro.

En tal sentido, el enorme desafío que tiene ese amplio arco político dónde sobresalen Bullrich y Milei, aunque también alcanza a Rodríguez Larreta, pasa por cómo impulsar un programa que incluya reformas laborales, quitas de subsidios, reducción del gasto público, racionalización de empresas públicas y eliminación de prebendas en un contexto dónde no hay un hongo atómico previo que haya hecho la tarea de disciplinamiento social al estilo 1989 o 2001.

larreta vs bullrich
 

En ese ámbito, hoy predomina una actitud ambigua en el electorado. 

A la mayoría de los argentinos la inflación y la inseguridad les aprieta el zapato pero, a la par, hay una especie de inconsciente colectivo donde habitan algunos viejos fantasmas relacionados con proyectos fallidos de modernización así como falsas promesas de inversiones e integración a un primer mundo al cual hoy huyen los hijos  de una clase media nacional extinguida en el plano de los ingresos pero resiliente con relación a sus grandes aspiraciones y sueños.

En cuanto al actual alcalde porteño, su principal escollo no reside en el debate zoológico interno, sino en el gran interrogante planteado por un gran hit cinematográfico de 1980: ¿y dónde está el piloto? ¿A qué argentino no le corre frío por la espalda ante la posibilidad de tener a otro hombre gris como presidente después de la patética experiencia de un Alberto Fernández que transcurre sus días en Olivos sin agenda conocida siquiera?

En tal aspecto, el equipo de comunicación política de Rodríguez Larreta está tan persuadido de ello que ya no saben con qué disfraz y ceño fruncido vestirlo. Puede ser injusto con él pero resulta muy sencillo saltar desde el casillero de De la Rúa al de Alberto Fernández y de ahí sin escalas al del jefe de Gobierno porteño actual. Más que hombres de negro, hombres de gris si los hay.

Por último, ¿qué hay de Schiaretti? Hasta hoy, casi nadie se enteró de la candidatura presidencial del saliente gobernador de Córdoba y ello continuará siendo así. 

Si el "gringo" se sienta a tomar un café en la calle Florida, pocos se percatarán de su presencia. Por supuesto, eso es todo lo que no ocurre con la marca Córdoba, lugar de veraneo de muchos compatriotas, enclave académico de muchos estudiantes de las provincias y hoy arena de los principales espectáculos deportivos del país.

En lugar de tomar por ese sendero tan jugoso, Schiaretti optó por el camino de meterse en el trillado chiquero de "la grieta" y posicionarse como una figura más del panelismo político tan preciado en los medios metropolitanos. 

Cómo cordobés residente desde hace 30 años en Buenos Aires me animo a aventurar una hipótesis al respecto: todo el orgullo mediterráneo que muestra el cordobés puertas adentro, rozando algunas veces el chauvinismo, le cuesta inexplicablemente formularlo puertas afuera. ¿Serán las luces del puerto y de la calle Corrientes que encandilan con su renovado brillo? Muy probablemente.

Por último, unas palabras acerca de la interna de la izquierda. Más que interna electoral, la campaña de la izquierda parece una paritaria estatal. Ruptura con el FMI, bloquear los proyectos de minería y de explotación de hidrocarburos, salario mínimo de $500.000, entre otras propuestas. En cualquier variante resulta muy visible la interpelación al Estado y cuesta percibir en qué medida tales estrategias apuntan a la movilización de actores sociales. 

Quizás ello tenga algún profundo sentido político: si bien la sociedad argentina está lejos de estar anestesiada al estilo de muchas sociedades vecinas de países latinoamericanos, es cierto que cualquier proyecto político que apueste de lleno a la movilización de la sociedad civil siempre choca contra una cultura argentina estatista de larga tradición que dista de aquella experiencia que describió Alexis de Tocqueville en su visita a Estados Unidos a mediados del siglo XIX, in memoriam.

En definitiva, sea por el lado de Milei o de la izquierda, siempre los proyectos políticos, aún los más disruptivos, pasan de alguna manera por un intento de apropiación y de conducción de las instituciones estatales. 

Romper con el FMI: ¿quién lo haría sino el Estado? Dolarizar: ¿quién lo haría sino el Estado? Al final del día, estatistas somos todos.

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