El Economista - 70 años
Versión digital

vie 14 Jun

BUE 19°C
Análisis

Coincido con Cristina

El “milagro” de Stiglitz no es el primero que se anuncia. Todos terminaron mal.

stiglitz
stiglitz .
Carlos Leyba 13 enero de 2022

“Siempre el coraje es mejor,  la esperanza nunca es vana” (“Milonga para Jacinto Chiclana”, Jorge Luis Borges). Coraje es la “impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor”. Esperanza es el “estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos” (RAE, 1925).

Una mirada a vuelo sobre nuestra dirigencia evidencia que no conoce tal cosa como aquello que como país “deseamos”; y tampoco revela capacidad de “esfuerzo del ánimo” para descubrirlo. 

¿Habrá una búsqueda de “lo posible” y un aire de “impetuosa decisión”? 

Consuelo, los milagros existen. 

Una apostilla económica nacional nos recuerda que no es Joseph Stiglitz el único que anunció milagros a pedido de un amigo. Un “milagro” no se le ha negado a nadie.

Ud. sabe el final: durante los años de Martínez de Hoz se habló del “milagro” (entraban dólares); con el “Cavallazo” (pocos lo recuerdan) alguien, en los pasillos bancarios, gritó “milagro”; con el Plan Austral, ¡milagro!, con más entusiasmo; más acá con el Plan Bonex (Superman González) alguien lo gritó y la apoteosis fue con la convertibilidad: ¡Milagro!

Descubierta la farsa y en el derrumbe, vino la salida en “V” de Eduardo Duhalde. Otra vez milagro prorrogado hasta Néstor y, finalmente, el festival Letras de Mauricio, ¡milagro!

Todos esos “milagros” fueron apenas rebotes de gato muerto, estabilidades efímeras basadas en vientos favorables que, un experto navegante habría utilizado para avanzar al Norte y no para girar en redondo como, finalmente, ocurrió. Hoy el PIB per capita es, más o menos, el de 1974.  

Todos “los milagros” terminaron con crecimiento de la deuda externa o clima de default. Con todos, la pobreza no bajó del piso del 25% multiplicando por 6 la tasa previa a los “milagros” cuando la economía era simplemente normal. 

Entiendo el “terror” a los milagros, pero el ilustre Premio Nobel se dispensa regalos a sí mismo a través de los discípulos. En Argentina toca de oído.

El “milagro” que esperamos no está en la coyuntura, no en las ingenierías espectaculares que se han desplomado dejandonos peor que antes.

El milagro al que apostamos es el despertar de la política como diseño del ideal histórico concreto. Estamos lejos. Pero nada es imposible.

El milagro sería pensar un rumbo, una estrategia, articular un plan. Aquello que es “la normal” para todos los países que procuran su desarrollo y progreso. Aquello que nosotros hace 46 años que no tenemos y que ha hecho que el país se enrede, gestión tras gestión, en la maraña de la decadencia: estanflación de largo plazo, derrumbe social, salto atrás educativo, debilidad institucional y democracia electoral sometida al gobierno de las minorías activas. 

El milagro al que apostamos es el despertar de la política como diseño del ideal histórico concreto. Estamos lejos. Pero nada es imposible.

En el actual estado de ánimo colectivo es impensable escapar de la chatura, el vuelo rasante, de los debates públicos que son aquellos a los que las personas del común tenemos acceso. 

Tal vez, aunque lo dudo seriamente, en la intimidad, estos hombres y mujeres, los que tienen responsabilidades públicas y aquellos que aspiran a tenerlas, invierten horas y horas, en indagar las reales necesidades de la Patria, en analizar el método para hacerlas posibles, en juntar coraje y con esos valores convocar mañana a una gran epopeya transformadora. Para ser honestos ninguna de las habituales intervenciones públicas, las de todos los lado de la grieta revela que, detrás de los discursos demoledores sobre el adversario, exista un atisbo de pensamiento, de profundidad, que revele se les haya atravesado una idea capaz de generar coraje y esperanza que, como cantó don Jorge Luis, en esa milonga, son las cosas propias de un hombre “cabal, y con el alma comedida”. No está.

Los dirigentes de nuestros días están lejos de esa letra.

Una pequeña mirada a los actores principales lo indica. Sin ánimo de ofender a los citados, sino de poner las cosas en su lugar. Veamos.

Juan Domingo Perón, en silencio, en esas primeras presidencias cultoras de rencores, tuvo la inteligencia, la generosidad, la mirada hacia el futuro, de posibilitar que el padre de Martha Argerich, hoy la pianista más aclamada del mundo, gorila de la época, pudiera llevar a su hija a formarse con la mayor educadora musical europea. Sin esa decisión, una cuestión pequeña pero transformadora, es probable que Martha no hubiera sido la intérprete que es. Se nace. Pero se forma.

Cristina Fernández de Kirchner, en esas gestiones de rencores que no puede abandonar porque alimentan su naturaleza, usó el tiempo de pedagogía de todo hombre y mujer públicos cuando sube al escenario, para alabar a L-Gante con la información equivocada que su talento se había despertado gracias al reparto de computadoras de “Conectar Igualdad”. El mismo rapero (o como se llame) se encargó de desmentirla: no la había recibido. Habitual auto asignación de mérito equivocada de Rolex de oro y lenguaje de arrabal. 

Colosal distancia. Esas pequeñas cosas que anticipan otras.

Por ejemplo, si bien ha quedado en el olvido porque, cuando uno asiste a un desmoronamiento, las primeras piedras se olvidan, Cristina K presidiendo el Senado abrió una sesión sin haber logrado el quórum en el tiempo reglamentario. 

Igual condujo la sesión y sancionó una ley que reformaba la que el Senado, de previa mayoría kirchnerista, había dictado y que la Cámara de Diputados había modificado, por un voto. 

La norma tenía el mérito de aumentar la recaudación y el demérito de modificar las leyes tributarias, no como consecuencia del debate parlamentario sino a las piñas como revela sesionar sin haber logrado, en tiempo y forma, el quórum. 

Esas son pequeñas piedras de un derrumbe, como lo son también las “metáforas descerebradas” del que fuera ministro de Trabajo de María Eugenia Vidal y cuyo nombre prefiero olvidar. 

El mismo que se presentó como “soy el ministro” en una reunión presidida por un trío de espías a la que asistía disciplinadamente, sin darse cuenta que, la suya, era la máxima jerarquía institucional de los que allí estaban sentados. ¿Quién los convocó? ¿Quién los espiaba? ¿Qué escondían? Ineptos para todo.

Martha brilló en el mundo, L-Gante seguramente hará carrera por sí mismo y gracias al equipo de Vidal, el Pata Medina -sí, el Pata que años ha pugnaba a los tiros por llevarse el féretro de Perón- se ha convertido en la victima heroica de los canales del oficialismo. Víctima: ¡sindicalista de peso en valor de 11 palos verdes!

¿Todo al revés?

Todo esto pasó y pasa independientemente de la crisis con el FMI. 

Son historias paralelas: la de “la política menor de los provocadores televisivos de ambas pantallas” por una vía y la del FMI por la otra. 

¿Las paralelas no se cruzan? 

Otra de esas vías es la transitada por Luis D'Elía, militante pro-iraní, lanzado a tomar la Corte por asalto, a construir una epopeya de la Justicia asamblearia propia de estas democracias no natas, enfermas, gobernadas por las minoría activas y militantes. 

Por arriba de Luisito, acostumbrado a “tomar justicia” por mano propia, está el juez Ramos Padilla, el primer convocante y ¡“bingo”! la mismísima Cristina cuya vocera judicial, Graciela Peñafort, convocó a la marcha con “fundados expedientes que en el ideario de Cristina trocan en razones”. 

¿De qué se está disfrazando el Presidente cuando apoya una convocatoria para “derribar a la Corte”? 

Próximos al Carnaval, que imagino sin corsos,Alberto Fernández, que había defendido la designación de los dos jueces que propuso Mauricio Macri y a los que votó la mayoría kirchenrista del Senado, descubrió, con ese aire impostado de profesor de Derecho en la UBA que no lo es, que no sólo los dos jueces propuestos por Macri sino los elegidos por Néstor y Cristina, son “un papelón”. 

¿De qué se está disfrazando el Presidente cuando apoya una convocatoria para “derribar a la Corte”? 

En este aquelarre paralelo a las negociaciones con el FMI que, a esta altura van siendo las de nuestra relación con el mundo, ocurren cosas, no diré sorprendentes, pero sí molestas, como una sucesión de funcionarios haciendo “pito catalán” a los líderes del G20 al que pertenecemos. 

Por ejemplo, el Gobierno, que condenó acciones del nuevo por quinta vez presidente de Nicaragua, asistió a la asunción del mando junto con un líder iraní que Argentina, como Estado, acusa de haber participado en el atentado de la AMIA y pide su captura internacional. Nuestro Embajador en ese país, cuyo mérito es ser hermano de un gobernador, pero sin muchas mentas diplomáticas, asistió impertérrito. 

Mientras tanto Jorge Argüello, embajador en EE.UU., jura y perjura la adhesión de Alberto -su amigo- al Occidente capitalista (no hay otro). 

La escaramuza de Luisito (¿se acuerdan cuando tomó la comisaría de la Boca y a partir de ahí se le complicó la permanencia a un ministro de Néstor?) puede llegar a las escalinatas del Palacio de Tribunales y saldrá en todos los portales del planeta. 

Hacer política es tener ideas, no acumular comentarios críticos. Párenla. Tengan el coraje de pensar y generar esperanzas. O búsquense otro trabajo. Oficialistas y opositores.  

Como Cristina ya sesionó sin quórum y no pasó nada, a partir de allí todo es posible en esta viña con poco respeto por los reglamentos y las instituciones: siempre por la banquina para adelantarnos en la fila.  

Fíjese las vueltas de la vida. “Siempre el coraje es mejor”. Esta línea borgiana es pedagógica para los cuatro cortesanos. Ya la Jefa de la nueva SIDE (cambia el pelo pero no las mañas) se sacó la foto con Luisito entregándole documentación para que investigue (¿?). Ponga imaginación y veamos.

Mi pregunta es, a tanta gente noble e inteligente que acompaña al Presidente, ¿qué van a hacer? Porque lo que dicen es lamentable. Las palabras se las lleva el viento, las acciones no.

Mi pregunta es, a tanta gente noble e inteligente que milita en la oposición, ¿qué proponen, concretamente, más allá del eterno y vacío “hay que” de los economistas de la TV? ¿Cuándo diseñan el cómo y cuentan las consecuencias? ¿Cuándo exponen el Plan que piden a los que no lo tienen? ¿Cuándo reconocerán el desastre que dejaron, cierto, a partir del desastre que heredaron?

“La esperanza nunca es vana”.

Hacer política es tener ideas, no acumular comentarios críticos. Párenla. Tengan el coraje de pensar y generar esperanzas. O búsquense otro trabajo. Oficialistas y opositores.  

En eso coincido con Cristina.  

LEÉ TAMBIÉN


Lee también

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés