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Nueva fase de la guerra

Rusia: la salvaje visión multipolar del mundo del presidente Putin

Como el zar Alejandro I, en 1812 o Stalin frente a Hitler, el autócrata Putin imagina una alianza “natural” con el general invierno para quebrar la unidad occidental

Moscú busca reconstruir los límites de aquellos imperios rusos de los siglos XIX y XX: el zarista y el soviético
Moscú busca reconstruir los límites de aquellos imperios rusos de los siglos XIX y XX: el zarista y el soviético
Luis Domenianni Luis Domenianni 07-08-2022
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No debe ser malinterpretada. La partida de un barco con cereal ucraniano desde el puerto de Odessa no debe confundirse con un primer paso en dirección de la paz. Responde sencillamente a la visión pseudo “multipolar” que pretende imponer el Gobierno ruso.

Corresponde a las demandas de terceros países, particularmente de Africa y de Asia -muchos de ellos, con regímenes autoritarios y hasta dictatoriales- que, habitualmente, recibían abastecimiento desde los puertos del Mar Negro de Ucrania. Abastecimiento ucraniano, pero también ruso.

El presidente ruso Vladimir Putin imagina un mundo multipolar donde todos luchan contra todos en distintos escenarios en todos los rincones del planeta.

¿Cómo es ese mundo multipolar? Se trata de un mundo donde impera una lucha sin cuartel para consolidar y ampliar esferas de influencia. ¿De quienes? De Estados Unidos, de China, de Rusia y de algunos países de la Unión Europea (UE), particularmente Francia y el Reino Unido.

Es desde ese pensamiento que bien pueden explicarse las opciones geopolíticas y las aventuras militares rusas -oficiales con sus propias Fuerzas Armadas y mercenarias con el Grupo Wagner- en Siria, en Libia, en Mali, en la República Centroafricana. O en Venezuela y Nicaragua.

Y para ello, pretende rediseñar, si es necesario hasta por la fuerza, esas esferas de influencia. Contra Francia en Africa. Contra Estados Unidos en el mundo. Por ahora, con China como aliado táctico, aunque se lo presente como estratégico.

Junto a esa visión global aparece, sin contradicción aparente, la visión geopolítica de proximidad. Aquella que tiene por objetivo reconstruir los límites de aquellos imperios rusos de los siglos XIX y XX: el zarista y el soviético.

¿Cuál es la doctrina de esa “reconstrucción? Con algunas diferencias, la idea nazi del “lebensraum”, el espacio vital. Este “lebensraum” no se basa en anticipar un riesgo de superpoblación, ni de apropiarse de materias primas faltantes en la eventual metrópoli, como fue el caso alemán, sino en la “rusificación” de un espacio geográfico.

Esa “rusificación” muestra tres “patas”. La principal, claro, es la propia Rusia donde el objetivo es hegemonizar a los numerosos pueblos que habitan el territorio de la denominada oficialmente Federación Rusa. 

El 20% de la población de Rusia… no es rusa. Mayoritariamente tártara. Seguida por ucranianos, bashkirios, chuvasios, chechenos y armenios. Es una diversidad que vive en paz mientras… no pretendan otra cosa que formar parte del imperio ruso, zarista, soviético o “putinesco”.

Prueba de ello, Chechenia. Aplastada y sometida tras dos guerras, la primera 1994-1996 y la segunda 1999-2009. Esta última particularmente brutal, con empleo de todas las variables de guerra sucia, transcurrió en su totalidad mientras Vladimir Putin ostentaba los cargos de presidente o primer ministro.

La “pata” secundaria es la reconstrucción del espacio zarista-soviético con la incorporación de Bielorrusia y Ucrania, en particular, sin dejar de mirar al Cáucaso, a los países bálticos y a la pequeña Moldavia.

La tercera es el Asia Central. A su vez ex territorios soviéticos con poblaciones diversas, pero mayoritariamente musulmanas, poco dispuestas a caer nuevamente bajo el dominio ruso.

Fuera del “lebensraum”, como se dijo, el presidente Vladimir Putin lleva la disputa a una escala planetaria. Es que más allá de un nuevo relato antiimperialista o antifascista, se trata de trazar una línea divisoria entre las democracias liberales y los autoritarismos, bando este último en el que tallan Rusia y China.

Reacciones

Presentada como “socia” desde la década de 1990, hoy Rusia, tras su ataque a Ucrania, es catalogada como amenaza para -en distinto grado- los treinta países que integran la alianza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Durante la cumbre de la organización celebrada a finales de julio del 2022 en Madrid, España, su secretario general, el ex primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, definió al actual gobierno ruso como “la amenaza más significativa y directa para la seguridad de los aliados”.

Y de las palabras a los hechos. De una capacidad de movilización de 40.000 hombres en 15 días, la nueva doctrina bélica de la OTAN prevé una movilización de 100.000 soldados en menos de diez días, si alguno de los países miembros es atacado, y de 200.000 suplementarios en treinta días.

Frente a Rusia, la OTAN sumó cuatro nuevos agrupamientos tácticos de manera de cubrir la totalidad de los 1.200 kilómetros de frontera que separa a Rusia del resto de Europa.

A los agrupamientos de Estonia, Letonia, Lituania y Polonia, se sumaron -tras Madrid- Bulgaria, Eslovaquia, Hungría y Rumania. Muy posiblemente, cuando quede completada la incorporación a la OTAN de Finlandia y Suecia, un noveno agrupamiento militar cubrirá la nada desdeñable frontera ruso-finlandesa.

Al dispositivo terrestre, se agrega el aéreo. Sin mayor necesidad de concentración, aviones militares de todas las fuerzas aéreas de la OTAN patrullan los espacios aéreos de los países situados en la primera línea de frontera. Despegan de bases aéreas en las zonas de potencial conflicto o desde sus países de origen o desde portaaviones.

Además de los interesados, todos contribuyen. Militares franceses, británicos, croatas, checos y hasta canadienses integran los agrupamientos extra nacionales. Todos contribuyen, pero la defensa Europa no sería gran cosa sin la presencia de los Estados Unidos.

El despliegue militar norteamericano en el Viejo Continentes supera los 100.000 soldados, efectivos que aumentarán según los compromisos asumidos por el presidente norteamericano Joe Biden en la cumbre de Madrid.

Otro tanto es verificable desde el plano de los gastos para la defensa. Hasta no hace mucho un valor inalcanzable, hoy ya son nueve los países que superan el 2% del PIB como inversión en defensa. Son 19 más aquellos que afirman alcanzar dicho volumen en 2024.

El 2% ya no es más un techo. Se transformó en un piso. Entre los grandes, Francia aparece como el más retrasado para alcanzar dicho piso al que prevé llegar recién en 2024. Por el contrario, el Reino Unido es el buen alumno que ya gasta un 2,5% de su PIB en defensa.

De su lado, Alemania con el socialdemócrata Olaf Scholz como jefe de gobierno se despidió de su pacifismo consagrado tras la caída del Muro de Berlín, para comprometerse a otorgar a la Bundeswehr, el ejército alemán, el carácter de primera fuerza armada convencional de Europa.

Aquella vieja “cortina de hierro” cuya autoría correspondió al ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, pero que hizo famosa años después Sir Winston Churchill para marcar una frontera territorial pero también ideológica con la Unión Soviética, recupera hoy tras el asalto a Ucrania, su plena vigencia, en el Siglo XXI.

El futuro

A Vladimir Putin no le va bien con su agresión sobre Ucrania. Su Ejército está empantanado. Desde que el primer soldado ruso puso pie en territorio ucraniano, durante el presente año, ya pasaron más de cinco meses.

De aquel paseo militar que muchos imaginaron con una caída de la capital ucraniana, Kiev, en aproximadamente un mes, a esta parálisis actual donde ni siquiera el objetivo de la plena ocupación del Donbass pudo ser cumplido, el olor a fracaso empieza a diseminarse.

Más aún a medida que el Ejército de Ucrania comienza, tímidamente, a recuperar territorios ocupados y a desalojar a los atacantes del ex Ejército Rojo. No obstante, no parece disponer el autócrata ruso de demasiado margen de maniobra para retirar sus cansadas tropas del país vecino. 

La omnipresente propaganda en medios de comunicación, la persecución de cualquier tipo de disidencia, el encarcelamiento y, por ende, el silencio del opositor Alexei Navalny, dotarán posiblemente de mucho vigor a la reacción si la “operación militar especial” termina mal.

¿Puede terminar mal? Puede. En primer término, porque Occidente, en general, y los Estados Unidos en particular no reducen su apoyo al gobierno del presidente Volodimir Zelenski. Un apoyo en armamento moderno que permitió, hasta aquí, resistir y causar daños cuantiosos a la maquinaria bélica rusa.

Como el zar Alejandro I, en 1812, frente a Napoleón Bonaparte. Como Stalin frente a Hitler entre 1941 y 1945. El autócrata Putin imagina una alianza “natural” con el general invierno para quebrar la unidad occidental.

El arma, claro, es el gas ruso. O, mejor dicho, la falta de abastecimiento de gas proveniente de Rusia que retardará el funcionamiento industrial en Europa y motivará eventuales protestas de los ciudadanos europeos que verán mermar su calidad de vida con escasa calefacción durante el próximo invierno.

Si Europa parece vulnerable, los Estados Unidos no lo son. Al menos, no lo son frente a la amenaza del gas ruso. Y si bien, políticamente, el funcionamiento en unidad de la OTAN resulta deseable, militarmente con los Estados Unidos como proveedor de armamento a Ucrania, alcanza.

Es más, el presidente de los Estados Unidos Joe Biden trazó como objetivo el debilitamiento integral del poderío ruso, militar y económico.

No obstante, el ánimo de victoria siempre es relativo cuando de Europa se trata. No aparece un Winston Churchill dispuesto a ir hasta un triunfo militar. La gran pregunta entonces es si es posible alcanzar un compromiso que sirva a todos con el límite de no conceder nada en materia de integridad territorial ucraniana. No parece fácil. 

Si fuese el objetivo, hará falta definir, correcta y concretamente, el concepto de “unidad territorial” ucraniana. No debería ser menos que total. Debería pues incluir los territorios en manos separatistas en parte de las provincias de Donetsk y de Luhansk, y la Crimea anexada unilateralmente a Rusia.

Pero, entonces, ¿nada es negociable? Todo el resto puede ser negociable, pero desde la recuperación de la integridad territorial. Desde allí bien pueden discutirse, por ejemplo, los derechos de las minorías de habla rusa, desde la autonomía hasta la autodeterminación.

La desmilitarización de las regiones fronterizas, la reactivación del Consejo Atlántico Norte-Rusia, la notificación previa de las maniobras militares de cada bando, las inspecciones y la publicación de los gastos de defensa, conformarían un paquete para recuperar confianza. 

Todo ello es imaginable para un futuro. Pero, ¿es posible mientras Putin esté en el poder?

Régimen o país

Para algunos analistas, la posibilidad de acordar una salida al conflicto pasa por la aplicación de la vieja doctrina de la Ostpolitik. La Ostpolitik fue el procedimiento que empleó el ex canciller federal alemán, Willy Brandt, entre 1969 y 1974, para normalizar la relación con los países de Europa Oriental, incluida la porción alemana comunista.

El principio central, no escrito, de la Ostpolitik consistía en diferenciar regímenes de estados. Así, la Alemania Federal de Brandt podía establecer relaciones con los países comunistas del Pacto de Varsovia, sin por ello dejar de integrar la OTAN como alianza ofensiva-defensiva contra el comunismo soviético y sus satélites.

Aquel pensamiento y aquel accionar no parecen factibles para atender la actualidad. Al menos, no lo parece para quienes sostienen que Rusia dejó de ser un país “al que se lo puede tratar normalmente”.

Entre quienes así piensan sobresale el primer ministro de Lituania, la señora Ingrida Symonite. No es ella sola, aunque en distinto grado, para la mayoría de los gobernantes de las europeas exrepúblicas soviéticas, para Georgia y para los ex integrantes del Pacto de Varsovia, la descripción cuaja a la perfección.

Solo Bielorrusia y su dictador Alexandr Lukashenko se muestran como aliados del presidente Putin. En particular, tras las protestas prodemocracia que sacudieron a Bielorrusia tras el fraude electoral del autócrata.

Symonite fue uno de los escasos gobernantes que advirtió, durante años y ante quien quisiera escucharla, sobre el peligro ruso. Los principales países de Occidente, inclusive los Estados Unidos del expresidente Donald Trump prefirieron obnubilarse con una eventual prosperidad económica rusa de la mano de las inversiones extranjeras.

La idea dominante fue que, si una sociedad se enriquece, paralelamente crecerá su demanda de libertad. Ocurrió al revés, tanto Rusia como China son prueba de ello. Como lo fue la Alemania nazi en su época. No es el comercio el eje central de las relaciones exteriores sino la existencia o no de una voluntad de paz.

Otro tanto para la política interior. Se acepta y se sostiene la vigencia del estado de derecho. O, lo contrario. A nadie escapa que en Rusia rige un régimen muy similar a una dictadura.

Una dictadura necesita, no del consenso, sino del miedo para imponer su visión única de la historia, del presente y del futuro. 

Encarcelamiento de opositores, persecución de medios de comunicación más o menos independientes, censura y control sobre intelectuales y artistas, dominio absoluto del aparato judicial, intensa propaganda única son los métodos del régimen “putinesco” para hacer marcar el paso a los 144 millones de personas que habitan suelo ruso.

Nunca, tras la caída de la Unión Soviética, imperó en Rusia el estado de derecho. Los crímenes del comunismo en el poder quedaron impunes. Nadie fue juzgado. No hubo Juicio de Núremberg. La adhesión a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 fue, en la práctica, meramente declamativa.

El Gobierno ruso actual no solo invade Ucrania, no solo anexa por la fuerza Crimea -el referéndum respectivo se llevó a cabo con la península ocupada por el Ejército ruso-, no solo fomenta la secesión de territorios en la misma República de Ucrania, en la de Georgia y en la de Moldavia. Va más allá.

Intenta imponer una concepción autoritaria e imperialista sobre el espacio que rodea su territorio, en particular, y sobre el resto del mundo, en general. Así obliga con énfasis creciente a cada gobierno de cada país a tomar posición respecto de su visión maniquea del universo que manipula, tergiversa y disimula.

Con Putin o contra Putin. No queda espacio para medias tintas, si de la preservación del estado de derecho, de las libertades públicas, del pluralismo y de la plena vigencia de la libertad de opinión, se trata.

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